Las nueve musas

Llegar por el dolor a la alegría

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Reflexiones sobre la muerte de mis padres

Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe. /
Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía.

 José Hierro

 «A la vida me trajeron quienes la vida dejaron mientras la mía seguía, y cada vez que me acuerdo, regresan»[1], declara el escritor español Manuel Vilas en su libro Alegría, título que remite —en confeso y sentidísimo homenaje— a un viejo poemario de mi admirado José Hierro. La lectura de esta frase, como en buena medida la del libro, me hizo tomar conciencia de mis más recientes pérdidas, sopesarlas con taxidérmica mesura (sin ofuscaciones, sin quebrantos, sin mohínes), es decir, a prudencial distancia del llanto irrevocable y del dolor.

Mi madre falleció el 27 de marzo de 2024; mi padre, el 28 de abril de 2023 (algún día tendré que indagar acerca de la extraña simetría que presentan estos datos; algún día, que no es hoy). Como se deducirá de lo expuesto, en menos de un año perdí a mi madre y a mi padre. En menos de un año, tristemente, cambió mi mundo por completo.

La partida de mi padre no me afectó tanto como la de mi madre. Supongo que eso se dio así porque yo vivía con mi madre, y a mi padre solo lo veía una o dos veces por semana. Me mudé al departamento de mamá (mi casa de la infancia, mi escondrijo de la adolescencia) en febrero de 2021, huyendo de otra muerte, la de mi suegra, con quien mi señora y yo compartimos techo, comida, satisfacciones y congojas por más de cuatro años. A mi padre lo había dejado de frecuentar por ese entonces; sin embargo, tuvo el tino de volver a comunicarse conmigo una vez que mi señora, mi perro y yo nos instalamos en la casa de mi madre (para mi sorpresa, también tuvo el tino de mudarse a pocas cuadras de ahí). Mis padres, debo aclarar, se separaron cuando yo tenía apenas dos meses de vida.

Mi madre gozó de muy buena salud ese primer año; mi padre no tanto, pues él ya padecía una insuficiencia pulmonar que nunca se trató debidamente, la misma que poco tiempo después lo mataría. Los problemas de mi madre comenzaron en 2022, cuando se le detectó una atrofia cerebral que le ocasionaría un lento y sinuoso deterioro cognitivo, deterioro del cual tuve que ocuparme en todos y cada uno de sus desconcertantes aspectos. Mi madre era cuatro años mayor que mi padre, pero por esos vericuetos del destino murió después que él.

Una rápida conclusión de todo esto bien podría ser que, cuando nuestros padres se nos mueren, uno deja automáticamente de ser hijo. Sucede que la identidad que más o menos hemos logrado construir a lo largo de los años supone la existencia de unos padres (o, al menos, la de uno de ellos), una existencia en la cual podamos reflejarnos o de la cual debamos escondernos; una existencia de la cual podamos hacer gala o a la cual debamos ignorar sin concesiones. Siendo hijos, nuestros padres nos marcan, nos determinan, para bien o para mal. Sin embargo, cuando dejamos de serlo, cuando nuestros padres se marchan al incomprensible cielo de los padres, no nos queda más remedio que volver a preguntarnos quiénes somos. Las respuestas serán muchas, pero ninguna incluirá la posibilidad de seguir siendo hijos de alguien. En esto, sin ir más lejos, radica la orfandad, y la orfandad es un vacío muy similar al de la muerte, porque de alguna manera la preanuncia.

Hace unos pocos días, escuché al filósofo Darío Sztajnszrajber hablar sobre estos mismos temas en una entrevista que le hicieron por streaming. Él perdió a sus padres también recientemente, lo que lo llevó a pensar, con más angustia que la que puede esperarse de alguien habituado a desgranar problemas metafísicos, en la proximidad de la muerte, pero no de cualquier muerte, sino de la propia. Mis reflexiones, como es fácil advertir, no llegan a ese punto, más allá de que también estén atravesadas por ideas relacionadas con lo efímero de la vida o con la mortalidad de los cuerpos, que, conjeturo, son inevitables en casos como este. Mis reflexiones, por si aún no ha quedado claro, apuntan a recuperar todo aquello que tenga que ver con la alegría, y no solo por mí, sino también por los dos que ya partieron, de modo que nada que no sea «alegre» pueda asociarse a su recuerdo.

Y, finalmente, llegué «por el dolor a la alegría»[2]. El 10 de mayo, mientras firmaba ejemplares en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, recordé a mi madre una vez más, pero en esta ocasión había algo distinto, pues fue un recuerdo cómplice, un guiño amoroso a la figura que de ella guardo en mi memoria, a esa efigie risueña y amigable que parecía estar ahí, junto a mí, celebrando un acontecimiento que muchas veces previó con ironía, pues estaba muy al tanto de mi escaso interés por la cultura de Feria. Sí, mi madre, cuyo nombre aparece en las dedicatorias de los dos libros que tenía frente a mí para firmar (en uno de los cuales, incluso, hay un texto en el que hablo de cómo me impactó su enfermedad cuando aún no estaba controlada, cuando todo parecía que iba a terminar peor de como terminó en realidad)[3], estaba ahí, llenando con su ausencia las grietas de tantísimos pasillos, haciendo que brotaran patitos amarillos en la cabeza de la gente.

La alegría que sentí aquella tarde es la misma que siento ahora que escribo estos párrafos insomnes, en los que la catarsis intenta ser dosificada por la mismísima escritura (ignoro si con éxito). Mi madre me acompaña en esta nueva etapa de mi vida desde rincones insospechados para muchos, incluso para mí. Mi padre hace lo propio, aunque de un modo más difuso. De alguna forma la muerte de ambos me hizo aferrarme más a mi familia, es decir, a la elegida, que es la que me queda, pero también a la lectura, a la que hoy por hoy ya no solo acudo por trabajo. Mi mujer, mi perro y mis libros, por consiguiente, se han convertido en mi guarida; ellos me ayudan a conservar —con alegría, por supuesto— la memoria de mis padres. Qué más puede uno pedir sin que lo linchen.

Rebajas
Alegría: 1 (Adonáis)
  • Hierro del Real, José (Autor)
Rebajas

[1] Manuel Vilas. Alegría, Madrid, Editorial Planeta, 2019.

[2] José Hierro. Frase del primer verso de «Alegría», soneto incluido en el poemario homónimo publicado en 1947 (ver epígrafe).

[3] El libro al que aludo es Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia (Buenos Aires, Editorial Autores de Argentina, 2023); el texto en cuestión es el correspondiente al 15-02-2022, que aquí comparto:

Febrero se ha llevado consigo la memoria de mi madre. Sí, esa mujer que ahora está sentada al borde de la cama —frente a la blanca puerta de un armario, sobre cuya superficie proyecta imágenes sinuosas, lugares vaporosos, rostros superpuestos— me dijo alguna vez: «Hijo, esto es el mundo». Ahora me confunde con su hermano fallecido, con amantes del pasado, con uno de los tantos médicos que la trataron hace algunos cuantos años para curarle un cáncer incipiente.

La observo perderse en el blanco del armario como si realmente estuviera viendo una película, la prolongación de sí misma hasta donde hiciera falta, el empuñarse enteramente, como hubiera querido hacerlo mediante la imaginación durante todos estos años. En efecto, contenerse a sí misma en una idea le está resultando muy difícil, máxime, si no tiene recuerdos a los cuales aferrarse. No obstante, creo que se explora a sí misma en ese blanco, se dispone de sí, hace detonar una carga silenciosa en el arsenal de rencor que fue su vida.

Impasible y dilatadamente fuerza la memoria de su propio cuerpo y lo lleva a esos tiempos en que era degustado por los ojos de los hombres. «Así miran ellos», piensa o cree que recuerda. «Así mira él».

Para esta mujer obnubilada por la blanca puerta de un armario, deshojar la carne hasta el final, darle al silencio del cuerpo su clamor más taciturno, encender en el frío de la mente la hoguera más helada parecerían ser acciones necesarias. Alguien habló del amor como de un crimen sin víctima. ¿Y esto, entonces, qué es? Posiblemente, una batalla sin contrarios (aunque debo confesar que mi madre nunca fue una buena combatiente).

Huyó de su niñez cuando era niña, huyó hacia la posesión mental de su vida y de su ser, ignorando duramente las revelaciones espontáneas, los ramilletes de rosas, las cajas de bombones. Tal vez quiso llegar a todo primero con su cabeza, pero incluso en esto le fue mal: el cuerpo siempre se interpuso. Ahora ya no sabe ni recuerda (ay, y si algo somos es lo que sabemos, es lo que podemos recordar). Ahora solo se deja exorcizar por el purísimo blanco del armario (esa pantalla de largometrajes invisibles, ese espejo feraz de nata y leche), mientras peina sus cejas con una zapatilla.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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