Las nueve musas
Crescenzi

«Las horas que limando están el día», el nuevo libro de Flavio Crescenzi

Promocionamos tu libro

Tuve el privilegio de entrevistar a Flavio Crescenzi con motivo de la publicación de Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia, libro que nos ofrece un testimonio conmovedoramente poético de los no tan lejanos tiempos del coronavirus. Comparto con los lectores de este medio el gratificante resultado.

Las horas que limando están el día

Guadalupe Rodríguez: Ante todo, Flavio, quiero felicitarte por tu nuevo libro. Lo leí de un tirón y te confieso que tengo varios párrafos subrayados. Lo primero que te quería preguntar es si te considerás parte de esa tan anunciada camada de escritores que supuestamente iban a inundar las librerías con textos que hablaran de la pandemia, camada que, salvo escasas excepciones (pienso en Violeta, de Isabel Allende, o Delfines en Venecia, de Francisco Moulia), todavía seguimos esperando.

Flavio Crescenzi: Muchas gracias, Guadalupe. Es una verdadera satisfacción saber que la, posiblemente, primera lectora de este libro haya disfrutado tanto su lectura. Con respecto a tu pregunta, debo decirte que siempre me costó identificarme con cualquier camada de escritores, y este caso no sería una excepción. Entiendo que la pandemia, en cuanto tópico literario (ya sea que se la tome como conflicto, ya sea que se la tome como escenario), amenazaba con convertirse en un muy conveniente lugar común y que, a juzgar por las evidencias, esto no ha ocurrido todavía. Sin embargo, creo que habrá más material sobre este tema en un futuro no tan lejano. Es cuestión de esperar. Por lo pronto, Las horas que limando están el día solo debe tomarse como un aporte circunstancial (y tangencial) al presagiado fenómeno editorial que mencionaste.

Bueno, preparate. Porque, en cuanto el fenómeno editorial del que hablamos estalle finalmente, vas a quedar como uno de los precursores por culpa de tu libro.

Veo un tanto improbable que alguien se tome la molestia de incluirme en esa nómina, pero, en caso de que sí suceda, no me quedará más remedio que enfrentar mi destino de «precursor» con resignado heroísmo.

Ja, ja. Y contame, Flavio, ¿hasta qué punto los hechos que referís en este «diario» son verídicos? Te lo pregunto porque recuerdo que en uno de tus artículos afirmás que «todo texto autobiográfico comporta de algún modo una impostura»[1]. ¿Lo que escribiste en Las horas que limando están el día responde también a esa premisa?

Sí. No hay manera de que un texto autobiográfico sea del todo verídico. Y no solo se trata de un problema de enunciación (quién enuncia, desde qué lugar enuncia, qué procedimientos retóricos o pragmáticos emplea para materializar su enunciación, etc.), sino de una imposibilidad concreta de comunicar la totalidad del universo evocado. Esto último, ya en el ámbito del texto, se traduce como recorte (o, si preferís, como edición), que, según la pericia de quien escriba, podrá ser más o menos aprovechable, más o menos sugerente. El punto es que ese recorte —al parecer, inevitable— evidencia el carácter discontinuo y fragmentario de cualquier evocación, de cualquier bienintencionado «ejercicio de la memoria». Esa discontinuidad y esa fragmentación, justamente, vuelven irreal cualquier discurso. Los escritores de autoficción conocen muy bien esta dinámica, solo que en sus obras deciden doblar la apuesta: ya no se conforman con la desrealización ocasionada por el aludido recorte, sino que incorporan hechos ficticios a sus vidas, agregándole así más irrealidad al, de por sí, espectral arcón de sus recuerdos.

 Está bien, pero hay una entrada de tu diario en la que aparece un personaje, un tal Raúl Martínez de Vizcarrondo, que, supuestamente, está muerto, y este muerto, por lo que se entiende de tu texto, dialoga con vos de vez en cuando. No creo que esto tenga que ver con los efectos de la discontinuidad o de la fragmentación de la memoria de los que hablabas, sino con un liso y llano acto de creación literaria, de apuesta a la ficción, ¿no te parece?

Claro, ese personaje es una invención poética o, si querés, alegórica. Me valí de ese recurso para hablar de todos los muertos que ocasionó la pandemia y expresar así el «malestar metafísico» que me generó enterarme de esas pérdidas. Probablemente, la entrada donde aparece el finado Raúl sea el texto más surrealista del libro. Hay otro momento (en la entrada del 21-09-2021, para ser más exacto) en la que la invención poética me llevó a convertir el llanto de mi perro en una algo así como una mancha de petróleo y a asegurar que los vecinos me refirieron ese hecho, lo que tampoco ocurrió en la vida real. Los efectos de la discontinuidad o de la fragmentación de la memoria funcionan solo como evidencias de la desrealización de lo evocado, no como invenciones en un sentido estricto. Aunque, ahora que lo pienso, podríamos considerar esos efectos como una suerte de grado cero de la ficción.

¿Podríamos leer tu libro, entonces, como una rara nouvelle de autoficción?

 Solo si aceptamos los efectos de la discontinuidad y la fragmentación de la memoria como una suerte de grado cero de la ficción.

Ja, ja. Aceptémoslos, aceptémoslos. Pero, entonces, ¿en qué se diferenciaría Las horas que limando están el día de la tan cuestionada literatura del yo?

  En primer lugar, habría que precisar cuál es esa literatura del yo tan cuestionada. Creo que los Diarios de Cheever o los de Anaïs Nin, por no nombrar títulos como Mortal y rosa o La belleza convulsa del amigo Umbral, son incuestionables. Me parece que el problema lo plantean aquellos textos escritos en primera persona carentes de astucia o trabajo estético, esos que solo buscan exaltar el yo como si el autor, en vez de ofrecernos una obra literaria, estuviera haciendo una campaña de marketing.

 El famoso autobombo.

 Sí, aunque preferiría que utilicemos un término que no mancille en absoluto la dignidad de los instrumentos de percusión.

Con relación a esto, en tu artículo también decís lo siguiente: «Una especie de literatura de lo privado, de lo íntimo, es lo que parecería prevalecer hoy en día; una literatura que desconfía de la literariedad y de las búsquedas formales, una literatura anecdótica y contingente que ha dejado de lado todo afán de trascendencia»[2].

Así es. Y volviendo a tu pregunta, creo que mi libro se diferencia de ese tipo de literatura, precisamente, en que no desconfía de la literariedad ni de las búsquedas formales.

Coincido. De hecho, tu diario lírico se sostiene por una prosa muy cuidada, una prosa eminentemente poética, pero que no duda en tomar elementos de la crónica y del ensayo. ¿Creés que esta «promiscuidad genérica», como escribiste alguna vez, puede llegar a entusiasmar al lector contemporáneo, ese lector que, quizá, no esté tan dispuesto a leer textos complejos o «sinuosos»?

No lo sé. Posiblemente, mi estilo de escritura aleje a ese tipo de lector, pero no porque sea demasiado complejo lo que hago, sino por cierto prejuicio estético: se suele condenar de antemano aquello que no está «en sintonía» con los gustos de la época.

Este libro también intenta dar cuenta del linaje literario al que adscribís, de tu canon personal. Lo que se advierte en el título, que es un verso de Góngora, pero también en las muchas menciones a otros autores (fundamentalmente españoles) que hacés en varias páginas. ¿Necesitabas llevar a cabo esta suerte de «confesión de parte»?

Hablar de necesidad sería un exceso. Es algo que surgió espontáneamente. No puedo negar mis preferencias, esas lecturas que me formaron y me ayudaron a configurar algo así como un «estilo». Pienso que uno escribe desde esas coordenadas, desde ese «linaje», como bien decís, y que eso que poco a poco va convirtiéndose en una obra no es otra cosa que la tentativa —casi siempre infructuosa— de ser incluido en esa tradición, en esa especie de sagrada familia que uno mismo se ha creado. La literatura no es más que el testimonio de ese intento (al menos, del que cada escritor ha procurado materializar en su trabajo).

Otro aspecto que destaco de tu libro es la crítica sociológica que diseminás a lo largo de sus páginas, algo que, o bien puede adoptar la forma de caricatura (como en los momentos en que, a través de los ojos de tu perro, te reís de los convencionalismos de la clase media porteña, tan reaccionaria ella), o bien la forma de «abierta condena moral» (como en el texto del 18-06-2021, en donde decís: «Teníamos que actualizar nuestro odio, cambiarlo de sitio y de ropaje, ya que ahora no está bien visto el odio porque sí. Odiar a un virus parecería un poco más sensato, pero también más estratégico. Es una forma de estilizar otros odios menos confesables, como los que, de tarde en tarde, se agolpan sobre el asfalto inquieto e invariablemente inquietan nuestras vidas»). ¿Crees que esa sociedad desequilibrada que a duras penas entendió la pandemia tiene algo que ver con el auge de la derecha en lo político que se advierte a nivel mundial?

Es posible. Aunque, por supuesto, debe haber otros factores en juego. Lo cierto es que la pandemia, lejos de darnos un «baño de humildad» como sociedad y como especie, hizo que nuestro lado más oscuro, más egoísta, más vil, aflorara sin complejos. Hablo en plural solo porque me considero parte de la sociedad y de la especie, no porque comparta ese falso arrebato dionisíaco. En fin, nunca le tuve demasiada confianza a la humanidad; no obstante, me sigo considerando un humanista. Llamame sentimental, si querés.

Ja, ja. Hacés muy bien. Cambiando de tema, por lo que vi, tu mujer, tu perro, tu madre y la literatura (entidades a las que les dedicás el libro) serían los protagonistas, junto con vos, de ese universo pandémico que evocás. No obstante, es tu perro el que adquiere mayor relevancia. ¿Esto fue deliberado o te salió naturalmente?

La presencia del perro se impuso por sí sola. Esa criatura nos acompañó en el periplo físico y emocional que realizamos mi mujer y yo, periplo que duró desde noviembre de 2020 hasta mayo de este año, y nos sigue acompañando ahora que la pandemia se ha convertido oficialmente en un recuerdo. Dudo que las cosas hubieran sido mejores sin el cariño, la proximidad y la contención de ese animal. Le debía, creo, un homenaje literario, algo a la altura del que le hizo Juan Ramón Jiménez a Platero o Jack London a Colmillo Blanco.

Sí, lo de Juan Ramón Jiménez es evidente. De hecho, lo decís en el texto del 06-05-2021: «Sí, mi perro, esa suerte de Platero que me ha brotado en la escritura y en la vida para que, a través de él, narre mis monótonos días en pandemia, pero sin la destreza andaluza de un Juan Ramón Jiménez, ni la paciencia argentina de un veterinario de suburbio». Lo de Jack London sí que me toma por sorpresa.

¿Sí? No obstante, considero que hay más de London que de Jiménez en mi libro. Al menos, en lo que atañe al vínculo entre el animal y el protagonista (que, en este caso, supuestamente, vendría a ser yo). Sumado al hecho, científicamente irreductible, de que mi perro se parece más a Colmillo Blanco que a Platero.

Ja, Ja. No me atrevería a negarlo. Flavio, da la impresión de que el diario es tu excusa para hablar de los pequeños placeres de la vida, de los afectos verdaderos; es como una especie de canto a la madurez, o al equilibrio que da la madurez, un equilibrio que te permitió atravesar la pandemia, que, en tu caso, parte de una pérdida (no del todo explicitada), sigue con la mudanza a tu «casa de la infancia», continúa con la enfermedad de tu madre y termina con algo así como un retorno a la armonía (reflejado especialmente en el último texto, el del 10-05-2023). Todo un ejemplo de resiliencia, diría. ¿Sentís que estás, como Dante, «a mitad del camino de la vida»? Lo digo, claro, por lo de la madurez. Y de ser así, ¿fue la pandemia, en algún punto, tu «Infierno»?

Interesante comparación. Acabo de cumplir 50 años, así que creo estar «a la mitad del camino de mi vida» (si es que no pasé ya esa mitad). Y si la pandemia fue mi «Infierno», mi perro fue sin duda mi Virgilio. Por otra parte, mi Beatriz estuvo en todo momento a mi lado, lo que de alguna forma hizo de mi «Infierno» un «Paraíso». Es curioso, mi mujer se llama Laura, como la musa de otro gran italiano, Francesco Petrarca, poeta que, según tengo entendido, cumplía años el 20 de julio, tal como suelo hacerlo yo.

Ja, ja. Pero qué «divina» coincidencia. Bueno, no tengo más preguntas para hacerte, Flavio. Solo quisiera añadir que elegí cinco textos de tu diario para acompañar la entrevista. Se me ocurre que esto puede ayudar a que los lectores tengan una idea más completa de qué es lo que van a encontrar en las páginas de Las horas que limando están el día. También incluí una lista de las librerías de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en las que, según me comentaste, se puede comprar el libro. Y un link a la página de Amazon por si alguien tiene el interés de conseguir la versión digital.

Me parece muy bien, Guadalupe. Estoy seguro de que tu selección será adecuada.

Te agradezco enormemente que me hayas dado la oportunidad de tener este diálogo con vos, Flavio. ¡Y mucha suerte con el libro!

 Al contrario, el agradecido soy yo. Siempre es un placer conversar con alguien que lee con atención lo que uno escribe.

Flavio Crescenzi
Flavio Crescenzi

 

Selección de textos

 31-12-2020

El año termina luego de haber terminado con la mayoría de nosotros. Los que sobrevivimos (si es que en verdad sobrevivimos) no tenemos pensado ponerle precio a nuestra suerte, no tenemos previsto narrar nuestro calvario a generaciones venideras, no queremos limpiar la sangre delatora todavía.

El aislamiento —cada vez más solitario, pues los aislados también parten con la lluvia— nos ha enseñado a llorar sin errores ortográficos. Y así seguimos, impávidos, flemáticos, como dicen que lucen los espejos en Londres a las cinco de la tarde. Sin duda, la angustia ha sabido exhibir su dandismo entre pandemias y asesinos.

Queda poco tiempo para que el medievalismo recurrente de este año cese, aunque más no sea, en los flacos calendarios que por lo general hay en las cocinas. Queda poco tiempo para que las horas, «que limando están el día», se conviertan en gaviotas y vuelen, bienhechoras, al curioso limbo del olvido.

Lo que vendrá después tendrá otro rostro, otro nombre, pero seguramente nos encontrará abrazados, como esos cuerpos que los arqueólogos suelen hallar en las ruinas de Pompeya (o por ahí) cada vez que la melancolía de la especie lo reclama.

03-01-2021

Entre sombrillas, entre tapabocas, en la acuarela plomiza de la tarde, llegás con tu sombrero de turista, pájaro parisino que vive en tu cabeza desde que regresaste, quizá bailando, de la tierra de Sartre y Valéry. Tenés hoy cara de Virgen de provincia, y una pureza de cuando fuiste niña en Bizancio o Estambul (ay, tiempo que cambiás las geografías) se percibe en cada uno de tus gestos.

Sospecho que sos hija del día, pues él, por las mañanas, suele traerte el mundo en una rosa para que sonrías y hagas y respires antes de que descubras que toda flor, por más que procuremos impedirlo, se marchita no bien empieza a anochecer.

Sin embargo, seguís siendo viajera a pesar de haber vivido tantos meses confinada en tu ritual de extractos e insulinas.

Y ya que el almanaque ha querido empezar con éxodos y muerte, no me queda más remedio que llorar sobre el metal aterido de tus manos, sobre el mármol legendario de tu cuello y sobre la estepa blanca de tu vientre el destino nómade que nos espera a la vuelta de la esquina. Pero lo lloraré ahora que sé que puedo hacerlo, es decir, antes de que el año vuelva a encerrarse en un armario, sí, como se encierra nuestro perro cuando tiran cohetes los idiotas o ruge un trueno lejanísimo en el cielo. Tal vez, mi llanto limpie nuestros pasos; tal vez, el horizonte sea al fin y al cabo como un río.

25-01-2021

Enero huele a pueblo. El crepúsculo, entre las dieciocho y diecinueve horas, es como la obra en marcha de un altar sin imágenes que se congrega o derrumba en una esquina del cielo. Es como si algo grandioso, prominente y celestial se estuviera haciendo y deshaciendo, construyendo y reconstruyendo, en el polvo cerúleo de la tarde. Así, con estruendoso silencio, muere el día.

En la calle, mientras paseo al perro, me acerco a un árbol alto, el más alto y joven de todos los que veo, acaricio su suave y fino tronco, inhalo el estertor verde de sus ramas y me pongo a reflexionar una vez más sobre lo gótico. «Todo el gótico está en los árboles», me digo. Todo un estilo que llena Europa, que habita el tiempo y que expresa a Dios nace sin duda de la contemplación de un árbol joven. Si el oro del cielo es la inspiración del barroco, el verdinegro esbelto de los árboles es la inspiración del gótico («gótico como la esperanza es este limbo», escribí alguna vez en un poema de vampiros). Los estilos más históricos y los que han hecho más Historia no son sino consecuencia de la contemplación del crepúsculo por ciertos espíritus sensibles. Sucede que, en esta hora hermosa y diferida, el oro clama su luz, y el árbol da su último rezo.

La nube y el árbol. El palacio y la catedral. La orgía y la oración. Parece que solo hay dos únicas formas posibles de vivir, aunque las llamemos de diferentes maneras. En definitiva, solo se es gótico o barroco, y yo creo que he sido y soy un poco de ambas cosas.

El perro me rescata de mí mismo, me recuerda que debemos seguir adelante, no detenernos sino para orinar o para algún otro acto parecido (mi perro es muy nietzscheano cuando quiere). Vamos a un supermercado, a una lavandería, a una farmacia… La gente, alrededor, se arremolina como hojas secas en otoño, pero estamos en enero, y enero, a pesar de las nubes y los árboles, huele a pueblo todavía.

13-03-2021

 Mi perro contempla su reflejo en el vidrio del ventanal que da al balcón. Sabe que es él, pues nunca se dejó engañar por las imágenes (en eso, digamos, también nos parecemos). Supongo que, si se queda horas en esa postura de esfinge, es porque está meditando a su manera. Seguramente desfilan por su mente praderas aún no conquistadas; árboles cuya frondosidad es solo comparable a la fuerza de micción que tienen ciertos animales de prestigio; alguna comida suculenta; quizá mi mano, cuando se suaviza hasta el punto de confundirse con su pelo. Pero no, no es eso. Es la transustanciación de la jornada que ahora nace pasada por el tamiz de sus sentidos.

Sí, contempla el perro su reflejo, y su mirada me va contando el día, la claridad vaga del afuera, el esfuerzo que hacen los que salen de sus casas con miedo a contagiarse de otras pestes, el clamor incalculable de los autos y camiones. Mi perro habita voluntariamente la mañana, y su sabia vigilancia coloniza el tiempo virgen, recobra el mundo, ya ciudad, para que yo lo escriba sin demora.

Los ruidos se congregan, comunican su fortuna bajo un gran cielo amanecido y un alto viento de banderas. Mi perro escucha el fluir raudo de las calles en clara dispersión, lo que me recuerda a un pasaje de Miguel Ángel Asturias («A las detonaciones y alaridos del Pelele, a la fuga de Vásquez y su amigo, mal vestidas de luna corrían las calles por las calles sin saber bien lo que había sucedido y los árboles de la plaza se tronaban los dedos en la pena de no poder decir con el viento, por los hilos telefónicos, lo que acababa de pasar»). En todos los recovecos del silencio hay ya un augurio de mundo circundante y transitado.

El cielo, imponente de nubes, presagia tempestades de azúcar y algodón. De a ratos, el sol se vierte en las veredas, sembrando un amanecer en cada losa. El día se extiende como un animal que recién se está desperezando, desborda las calles, viaja en abultados colectivos, se exalta en las bocinas, entre la luz y la sombra, de cara a un soplo húmedo.

La vida tiene un despertar dorado y tenue, con luz trémula en los balcones y en los charcos de las rutas. Pueden verse algunas hojas secas decorar los pasos del gentío, como vestigios de un cataclismo lento y taciturno. De pronto, el sol lo alumbra todo, lo llena todo, dejando sin ropajes la mañana.

Arriba, la pausada migración del cielo. Nubes y viento. Y, en el horizonte, vagamente matizado, tras las últimas terrazas, mi perro percibe todavía un suelo puro, inhabitado, intacto. Creo que ahí es donde quiere que lo lleve.

22-08-2021

Todo poema es de alguna forma una elegía. Y no porque estemos recordando en él a un ser entrañable (sea este Duino, Sánchez Mejías o Ramón Sijé) cuya pérdida lamentamos contrita y luctuosamente, con una gravedad de escribanía de suburbio, colegio parroquial o servicio funerario, sino porque en todo poema muere algo, algo, diría, que pertenece a la naturaleza misma del lenguaje.

Sucede que el poema supone siempre una capitulación de orden semántico, una renuncia al sobrevalorado concepto de univocidad, y esto, lejos de ser un obstáculo interpretativo, constituye la esencia de lo poético, su profunda y mágica verdad. Efectivamente, en todo poema que se precie muere un poco una determinada manera de concebir el mundo, aquella basada en lo que las palabras denotan de por sí, eso que podríamos denominar el horizonte referencial de nuestra lengua.

Por el contrario, la poesía, en el mejor de los casos, no se refiere a nada en específico, sino que habla de lo que ella misma aloja en sus entrañas, y lo que aloja es tanto que no puede enumerarlo, es por eso por lo que lo dice todo a un tiempo, superponiendo planos y sentidos, imponiendo un mundo nuevo, un mundo basado en lo que las palabras connotan de por sí, eso que podríamos denominar, a falta de una expresión más precisa, el polisémico horizonte de la lengua.

Sí, todo poema es de alguna forma una elegía y, en consecuencia, es lícito llorar por lo que muere de esta lengua utilitaria que ya no nos representa una vez que los versos comienzan a ordenarse en el papel o en la pantalla. «¡Qué esfuerzo el del caballo por ser perro!», decía el ya subrepticiamente citado García Lorca; sí, un esfuerzo que culmina con la muerte del caballo y el nacimiento de un perro improbable, metafórico y, sin lugar a dudas, andaluz.

Recuerdo haber escrito en mi tercer libro de poemas (quizá, el más surrealista y, por lo tanto, el más polisémico) unos versos que decían «muere una imagen crece una paloma / crece una llanura muere un hormiguero». Huelga aclarar que aún hoy me angustio por el fallecimiento de esa «imagen» y de ese desconcertante «hormiguero», aunque debo admitir que me satisface saber que una «paloma» y una «llanura» aparecieron para tomar posesión de los espacios finalmente vacantes; tal vez ellos (me refiero al ave y al paisaje, no a la figura y al hogar de las hormigas) puedan llenar con su existencia mis vacíos.

Guadalupe Rodríguez

Cómo conseguir el libro

Si andás por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, podés adquirir la versión impresa de Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia en la librería Otras Orillas (Mansilla 2974) o, si no, en la librería En el Viento (Mendoza 2630). También podés pedirlo a Editorial Autores de Argentina.

Si estás en cualquier otra parte del mundo, obtené tu e-book directamente en Amazon.

[1] Flavio Crescenzi. «Discurso y literariedad en el texto autobiográfico», en revista Las Nueve Musas, 20 de agosto de 2023.

[2] Ibíd.

Última actualización de los productos de Amazon el 2024-07-21 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.

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