con María José Marí Castelló-Tárrega
Al fondo La Pedriza, estamos en la Sierra de Madrid, encontramos bolos gigantes de granito, como animales dormidos, grises como palabras caídas.
Vamos a casa de Ana Martín Gaite. Ana es alta, decidida, fue alumna del Instituto Escuela, cuenta que estuvo a punto de ir a Murcia para contraer matrimonio, y que, de haberlo hecho, tendría un montón de hijos.
El Boalo es uno de esos pueblecitos pequeños, con una plaza en donde se come un plato de carne espléndido, que satisface plenamente, pues todos alargan la sobremesa al aire libre en este sol de noviembre.
La casa de las Martín Gaite está en las afueras, la parcela está cercada por un muro de piedra, alguien abre la cancela, los coches se acomodan bajo los árboles. Subimos unos escalones y ya estamos dentro, la casa está llena de espejos que curiosos reciben a los recién llegados. Hay tantos objetos, jarras, copas, bandejas, colocados ordenadamente en armarios de puertas de cristal que, estos mismos espejos, sirven de guardianes. Si conocemos a través de sombras, los espejos representan ese saber, porque olvidan.
Repasamos el mobiliario de principios del XX, que contiene la casa, los libros de un notario, el despacho obra de un carpintero que podría haber sido arquitecto. Recorremos habitaciones, como si se tratase de un museo, que nadie vigila, donde incluso podemos tocar para ver mejor, porque el tacto también tiene ojos. Hay cuadros de época, labores de la madre. Ana ha reunido aquí todo lo que conserva la memoria, porque las cosas, como los libros, contienen a sus lectores, en ellos permanecen las horas, las costumbres, los sucesos familiares, algunos ligados a la historia. A veces, como un murmullo, oímos las voces de aquellos momentos. Los objetos, fuera del ámbito familiar, se vuelven mudos y sordos, se convierten en trastos cuya existencia siempre es ajena.
Después salimos a ver la tierra sobre la que se asienta la casa. Hay una roca de granito que parece que hubiese rodado hasta allí, para poner un punto sobre el plano, como un cuento, como uno de los libros de Carmen. A la roca se puede subir, sin embargo, como si se tratase de una escultura, los niños no suben, no se dejan caer.
Más abajo la piscina entre los árboles. El agua está verde y transparente. Dice Ana que, Carmen se bañaba hasta el final, cuando ya la luz comenzaba a enfriarse en el fondo. Le gustaba el trato íntimo, solitario, con el agua quieta. Una piscina no es un cuadro, aunque refleje el paisaje. Se parece a una página, cuya lectura no es posible, porque debajo permanecen las letras desparramadas, las palabras inconexas, las frases rotas.
Volvemos de la piscina a la casa, hay una pequeña cuesta. Ahora entramos en la casa de Carmen. Carmen y Ana siempre han estado unidas y también separadas. Respetan su independencia. Hay una pequeña cocina, que no se parece a la de la casa de Ana donde tomaremos el té y el bizcocho, donde alegremente charlaremos.
Los objetos parece que se hubiesen transformado en libros, en collages, la escalera que conduce a la biblioteca, la puerta que da a la terraza, aún está iluminada por el sol de la tarde. La construcción es sólida, bloques de granito y cemento. Ana cuenta anécdotas, muestra cartas, apuntes, señala cuadros.
Ana y María José Marí, coincidieron en Ginebra, ambas trabajaban para las Naciones Unidas, Ana lectora de español, María José traductora, ambas conocen lo difícil que es pasar de una lengua a otra y que siga diciendo lo mismo. Sería fácil si sólo se tratase de los términos tal como permanecen en los diccionarios, pero ellas saben que el buen traductor es escaso, porque las palabras son seres con vida propia, muy sensibles a las mínimas variantes con que se proyectan sobre la página. Basta una coma o un punto, el orden del sujeto, el sinónimo elegido para que el texto, oculte, transforme, reduzca o magnifique. En definitiva, sea falsa la página.
Ahora Ana lee a Carmen. Es difícil conocer al otro, más aún, saber dar cuenta del otro, pasarlo a palabras. No sé si Ana ha escrito, quizá no, y lo ha hecho así para no perder esa frescura que tienen las palabras, los gestos, los ojos. Aparece ante nosotros la niña y la escritora. Las tardes se acortan en noviembre. Con el té y la charla, esta tarde acaba, ya casi ha entrado en la noche, enciende las luces. Es el momento de las fotos, como escenario, armarios y espejos. Hace ya cinco años que, Ana, nos dejó, fue en mayo.
Cuando salimos ha refrescado. Mientras nos alejamos, aumenta la oscuridad. Ahora, la casa parece que tuviese vida propia, los objetos se agrupan para formar una unidad. Cada uno de ellos sostiene un recuerdo de Carmen, de Ana, de los padres.

















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