Las nueve musas
Los últimos serán los primeros

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Siempre he creído que esta frase: los últimos serán los primeros,  convertida en aforismo, encerraba  un atajo. La paradoja tiende a sorprender, es como si se nos ofreciese un producto y al mismo tiempo se nos ocultase algo, de tal modo que se aproxima a esa magia que luego no lo es.

Hay un truco que nunca descubrimos, mientras el mago parece poseído por un extraño poder o una sabiduría poco corriente. Se nos ha repetido que trataba sobre  una cuestión de puestos, especie de cola invertida que, anuladas las reglas, supondría un procedimiento para alcanzar el nuevo orden.

¿Corresponde a los intereses del mundo? Si así fuera, ya que los jornaleros estaban allí para obtener algo que había sido establecido en el contrato verbal: un denario, sería justo. Claro que, a primera vista parece una burla o ¿una revolución? Los operarios han estado tiempos diferentes, cabe pensar que su rendimiento no sea el mismo, luego no se paga por su trabajo, sino por el mero hecho de estar, por haber sido convocados. Como consecuencia, aunque sea justo pues el contrato es lo que importa, hay una desigualdad al romper con el orden lógico, lo establecido se vuelve relativo, abre una puerta a la sorpresa. ¿Preparaba para tiempos de crisis?, por naturaleza, el hombre, vive en crisis permanente. La diferencia se funda en la existencia del tiempo.

Sin embargo, la parábola no habla de este mundo, sino que trata con toda claridad del reino de los cielos, donde el tiempo no existe, por tanto la lógica del rendimiento no es válida. Si añadimos que  la viña no es viña, sino un mero referente para hacer visible la abstracción que se propone, lugar  donde se ejerce esfuerzo y resultado, resulta una ocupación que tampoco es trabajo. Lo que importa es que han sido aceptados. Leamos ese parecido:

«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.» Mateo (20,1-16)

Quizá tiene una estrecha vinculación con la vida ascética. Nos situamos ante una  relación directa con la disciplina del desasimiento, cuanto menos,  cuando eres el último, has alcanzado un grado: el no deseo, que te convierte en  primero.

Después he pensado, y ¿si lo último fuese la palabra? La última sería el resumen de la vida, y como consecuencia la primera, la fundamental. En este caso, los últimos, sin duda, serán los primeros. La parábola que trata de la vendimia y la cantidad que van a cobrar los vendimiadores, podría ser interpretada como aquellos que escriben y hasta que no encuentran su curso, ocupan el último lugar, pero una vez que han dado con su estilo, entonces pasan a ser primeros.

Sin embargo, esta parábola, parece que guarda aún su secreto. ¿Son sólo los últimos, aquellos que gracias a su esfuerzo, por fin han dado con las claves de la composición y ahora son capaces de formular lo que propongan? No creo que se trate de competencia entre diferentes  grupos. La confusión estaría en el uso del plural, “los últimos”. Quizá ese pelotón de los torpes ha sembrado ciertas dudas sobre la justicia. Sin embargo, si dejamos el lenguaje figurado, y este relato  se refiere a uno mismo, quizá sea otro el resultado. Vamos a prescindir del trabajo en la vendimia y tratemos de lo que sucede en uno mismo.

Si decimos que,  por fin, hemos  dado con la verdad, habremos llegado al final, tras muchos años manejamos más o menos el arte de decir y, ese final, equivale al último, así daremos por  solucionado el enigma.

No obstante, si consideramos como enigma, la obra de arte, las dificultades sociales, los problemas de cualquier tipo, entonces veremos que, realmente, cuando hemos encontrado lo último, es cuando alcanzamos la  conciencia del resultado.

De ahí que se diga que toda novela comienza por el final. Ahora, vemos con más claridad que, siendo los primeros, no sabemos muy bien de qué va aquello, será necesario llegar a su conclusión para conocer lo que se ha estado haciendo.

Mañana y tarde, principio y final, podrían ser una misma cosa, que tratamos desde una doble perspectiva, o desde dos tiempos diferentes, sin que ninguno de ellos se correspondan con una orden casual determinante, de este modo los primeros y los últimos vendimiadores reciben el mismo denario.

Estas fábulas, las parábolas,  tienen una gran ventaja, se pueden aplicar a diferentes niveles, de ahí que el receptor pueda ser universal. El extrañamiento que se produce cuando todos reciben el mismo salario, supone una contradicción, ¿una injusticia?

De una contradicción nace “El Quijote”, hombre de un tiempo que pretende vivir con ideales ya viejos, modos de vivir anticuados para el mundo moderno. Hay, pues, una contradicción en el tiempo, y también en el espacio, buscar la fama a través de hechos gloriosos en un lugar despoblado.

Sin duda es una paradoja que nos ayuda a ver más. El jornal definitivamente no es cuantitativo, sino mera valoración de aptitudes, reconoce que está capacitado para realizar el trabajo. En la novela, Don Quijote, se presenta como uno de esos últimos, no sólo por sus ideas anticuadas, su vestimenta impropia, su comportamiento, sus discursos pertenecientes a una retórica prescrita, sin embargo, el lector se rinde ante la evidencia de su bondad, de su amor a la libertad y, sobre todo, por su humanidad profunda, alcanza así el grado de primero.

Otros verán que busca suprimir competencias, anular privilegios, pero a mi me parece que la relación entre dueño y operarios lo que verdaderamente persigue es mostrar que, para comprender  algo no hay orden, dado que en el aula, que es el mundo, todos pueden obtener un mismo resultado, dicho de otro modo, conocen de acuerdo con su disposición y preparación, aunque por estar allí, no son ni primeros ni últimos, sólo son.

Tras estas divagaciones, no doy por terminada interpretación alguna, porque, esta historia, al estar contada sobre la base de una contradicción, nunca va a dejar de serlo. Ahí está su misterio. El agua de la ola parece que va engullir el muelle, sin embargo, cuando se retira y serena, descubrimos que aún sigue ahí.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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