Las nueve musas
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Lo que empieza con una cita de Kierkegaard no aventura ser de fácil digestión. Si en el camino transitado empezar con el gran filósofo danés concluye con la música de un grupo, tan artificial como pegadizo, como «Scarlet pleasure» y su «What a life» algo ha debido quebrarse durante la travesía.

De la desesperación propia derivada de la conciencia de la mortalidad al hedonismo rápido e individualista del placer instantáneo. ¿En qué consiste vivir? ¿Cuándo dejó de ser divertido el paso de los días? ¿cuándo las metas se transformaron en obstáculos infranqueables ante los que retroceder?.

Vinterberg, junto con von Trier, máximo exponente del cine danés, se aventura, nuevamente, por el camino de la turbación vital que produce precisamente eso, continuar vivo en una realidad que ha dejado de satisfacer y que transforma la existencia en una cuesta arriba que te separa de los más cercanos sin necesidad de poner distancia física con nadie.

El grupo de amigos y compañeros de trabajo (profesores de instituto) formado por Martin, Nikolaj, Tommy y Peter asume, cada uno a su manera, ese ocaso que la película sitúa alrededor de cumplir los 40, aunque, obviamente, al espectador, acostumbrado a seguir a esta familia de actores encabezada por Mads Mikkelsen desde hace muchos años, le suene más cercana la década del 5 que la del 4.

DrukMartin y su grupo ha dejado de sentir la vida como un juego, y necesitan recuperar esa autoestima personal para poder enfrentarse a diario ante los desmotivados alumnos, los abducidos hijos sólo pendientes de las pantallas de sus móviles y las distanciadas parejas que, más que probablemente, hayan sido empujadas fuera del círculo íntimo por la progresiva decadencia del espíritu de todos ellos.

El revulsivo, el macguffin ciertamente falso por el que se dejan querer los cuatro hombres se llama alcohol. Borrachos ilustres ha dado la historia del cine, pero como demuestra la película ningún humano está libre de presentarse en público bajo los efectos de alguna copa de más. Maquillando la realidad bajo la pose científica de experimento, y queriendo seguir los paradigmas establecidos por un sociólogo que asegura que los humanos hemos nacido con 0,5 miligramos de alcohol menos del necesario, su planteamiento inicial será el de mantener de lunes a viernes, desde que se levantan hasta las 20 horas, un nivel de alcoholemia constante de 0,5. La cámara se embriaga al mismo ritmo que los cuatro profesores que encubren el vodka en botellas de agua y llenan sus espacios personales de botellas a las que recurrir cuando la poción mágica empieza a decaer en su torrente sanguíneo. Los cuatro, cada uno según sus habilidades, consiguen su objetivo inicial, entusiasmar a sus alumnos, bien en grupo o como elementos individuales necesitados de atención, unos porque sienten en la fragilidad de los más inestables la necesidad de ayudar para sentirse mejor, otros, como Martin, para recuperar ese liderazgo perdido, ese pasado de profesor brillante y mente despierta.

El elemento excitante les convierte en mejores pero su diferencia es tan efímera como ficticia, acercándose progresivamente a la autodestrucción.

A ojos de los más cercanos no consiguen eludir la mirada sancionadora, la sospecha de que ninguno de ellos se parece a quienes eran, de que algo bulle en su interior que les ha transformado, quizás aparentemente en algo más aproximado a lo que fueron hace muchos años, pero de manera tan artificial como poco creíble. Exteriormente, para el centro, para los padres, para los alumnos, el grupo de los cuatro alcanza cotas de éxito profesional que ya no recordaban.

En los momentos de feliz embriaguez la cámara se mueve, flota, permanece en movimiento, un movimiento calculado porque, en el fondo, los cuatro aún controlan tanto el consumo como sus efectos externos, flotamos con los actores en ese estado de felicidad fugaz proporcionado por el alcohol, en la verborrea cínica e ingeniosa, pero acercándonos al nubarrón cuando los efectos desaparecen. Cuando regresa la hora de la abstinencia, que incluye los fines de semana, el plano se torna estático, la mirada eléctrica de Martin se va apagando, su locuacidad se desvanece, su atractivo personal parece esfumarse a la misma velocidad que el cuerpo absorbe el alcohol consumido para mostrarnos al mismo hombre derrotado y sumido en la angustia de vivir que se presentó en la primera fiesta, la del cumpleaños cuarenta de Nikolaj.

DrukVinterberg sabe controlar a sus criaturas eliminando cualquier condición moralista en la sucesión de imágenes. Beben para sentirse mejores y para mejorar su relación social, se creen capaces de dominar la bestia sobre la que cabalgan, pero todos ellos estarán a punto de perder aún más de lo que creían no tener cuando deciden empezar la aventura. Actúan para mejorar y sentirse vivos, por lo tanto no cabe que se les juzgue por lo que no quieren, sino, en todo caso, por lo que pretenden conseguir.

El 0,5 se transforma en 1, y el 1 en la barra libre, el control se ha perdido, parece imposible escamotear su condición al resto, pero son capaces de mantener la solidaridad de grupo, todos empezaron y todos habrán de terminar y asumir que las consecuencias parecen peores que los remedios.

¿Qué vida queda después de haber recuperado la cima y caer a la realidad, incluso siendo ésta mucho más incómoda que al principio? Sólo les queda la alegría transitoria de haber conseguido triunfar en lo académico incentivando a los alumnos ante ese examen de selectividad que, al principio del año, parecía tan lejano como insalvable. Trago a trago, copa a copa, la amistad se ha reforzado al tiempo que la realidad no ha cambiado como ellos querían, lo que si saben es que su interior se sentía mucho mejor con ese 0,5 que en el estado de abstinencia en el que la vida se torna estática como la imagen del director, vacía como una casa abandonada, y monótonamente gris como el orden al que hay que volver para recuperar la estabilidad.

El juego parece concluido y abandonado al final de la película. La sobriedad, reñida con el placer, hace mella en las miradas de un Mads Mikkelsen pétreo pero exhausto para encarar el futuro, dicho sea de paso un actor pletórico y en permanente estado de gracia y perfectamente acompañado por sus otros tres colegas, entre los que la mirada vidriosa y empañada de Thomas Bo Larsen anticipa que en todo juego hay ganadores y perdedores.

Eros y tánatos aparecen de nuevo enfrentados como en cualquier drama modélico, el eros del poder, del reconocimiento social, del liderazgo, frente al tánatos al que conduce esa ingesta descontrolada y constante que se acerca a la idea de autodestrucción incontrolada.

Como si la vida fuera demasiado lenta cuando nada ayuda a soportarla, el consumo del alcohol acelera los momentos de bienestar de la misma manera que acerca el fín. Constatar que ha llegado un momento en que sobrevivir no es suficiente y que esperar mansamente el final no es aceptable puede desequilibrar a cualquiera, que tu vida personal ha desaparecido para convertirte en garante de la vida de la de otros es una desesperación en la que te diluyes en unos hijos que, cuando crecen, te ignoran; cuando las conversaciones y la complicidad de pareja desaparece no basta convivir para estar cerca.

Vinterberg

El alcohol que estos cuatro aspirantes a jóvenes eternos consumen parecería acercarles a la irresponsabilidad de sus alumnos, la diferencia es que para éstos existe el ansia de vivir deprisa cuanto antes los placeres de la edad adulta mientras para aquéllos, desengañados de su adultez, se trata de regresar a la despreocupación de una juventud ilusoria.

Por eso cierra tan bien la película Vinterberg, porque sabe unir la decepción, la derrota, el triunfo y el liderazgo puntual en una sola escena que nos invita a lanzarnos, a la vida, al vacío, a lo que surja delante sin más freno que nuestros miedos, aunque puede que ese miedo sólo pueda afrontarse con ayuda suplementaria, con un 0,5 que encienda la mirada y desinhiba nuestro sentido del ridículo.

DRUK. (Título internacional: Another round). Dinamarca, Suecia, Países Bajos, 2020. Dirección: Thomas Vinterberg. Guion: Thomas Vinterberg, Tobias Lindholm. Producción: Zentropa (Sisse Graum Jørgensen, Kasper Dissing). Montaje: Anne Østerud, Janus Billeskov Jansen. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Sonido: Polina Volynkina. Música: Mikkel Maltha. Reparto: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Maria Bonnevie. Duración: 116 minutos.

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Miguel Ángel Martín Maestro

Miguel Ángel Martín Maestro, nacido en Palencia en 1967.

Cinéfilo por vocación, magistrado desde 1995 por necesidad para poder ser cinéfilo.

Colaborador habitual en el periódico "Ultimo Cero" de Valladolid como comentarista cinematográfico y único responsable de la web "noshacemosuncine.com"

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