Las nueve musas
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Antes de comenzar, me gustaría aclarar que según Judith Jesch (Women in the Viking Age, 1991) el vocablo en nórdico antiguo del que deriva la palabra vikingo, vikingar, solo se aplicaría a aquellos hombres escandinavos que, entre los años 800 y 1100 d. C., se dedicaban a ir de expedición en sus barcos. Por tanto, las mujeres no podrían haber sido «vikingas». De hecho, ni siquiera todos los hombres escandinavos de este periodo lo habrían sido.

Realizada esta aclaración, veamos la relevancia de la mujer en la sociedad nórdica entre los siglos IX y XII, sociedad que llamaremos vikinga por extensión de la faceta más conocida de estos pueblos escandinavos.

Mujer vikingaLa mujer en la sociedad Vikinga, disfrutó de derechos y libertades mucho mayores que en la mayoría de otras culturas de la época. Participó en saqueos y guerras, colonizó tierras e incluso protagonizó venganzas. Pero no pensemos por ello, que se trataba de una sociedad matriarcal. No obstante, podemos afirmar que su rol fue más allá de la familia y la reproducción, al contrario de lo que sucedía en otras muchas sociedades coetáneas, e incluso posteriores y actuales. Hablamos de la mujer vikinga libre, no de las esclavas, que no tenían apenas derechos, o de mujeres de grandes nobles, que disfrutaron de muchas más prerrogativas que estas.

El papel de las mujeres en la cultura Vikinga, no es una cuestión sencilla, ya que si bien se definían claramente unos roles de género, estableciéndose normas e incluso regulándose por ley, existen numerosos datos y ejemplos que muestran que estos se alteraban a menudo. La respuesta a esta cuestión la podemos hallar en la propia naturaleza adaptable de este pueblo, que viviendo en entornos hostiles y con pocos recursos, no se aferraba a las expectativas para cada sexo y subvertían las normas en caso de necesidad. También debemos atribuir esta flexibilidad al respeto, ya que las tareas denominadas “de mujeres”, eran consideradas igual de importantes y necesarias que las de los hombres.

En resumen, podemos decir que el rol masculino estaba más orientado hacia la comunidad, mientras que el femenino hacia la familia. Ellos eran los encargados de aspectos como la política, la caza y la guerra, mientras ellas se ocupaban de la economía familiar, del cuidado de la casa y las tierras, de la elaboración de utensilios y ropa, o de la venta de bienes y alimentos de producción doméstica. Es decir, la húsfreyja (la dama de la casa) era quien mandaba en el ámbito doméstico, reconociéndole la ley su autoridad sobre los recursos del hogar y de la granja, así como la de dirigir los negocios vinculados a los mismos, sin requerir el beneplácito o aprobación del marido.

La mujer no solo era importante a nivel económico y organizativo, sino que también a nivel moral. Era la guardiana de las tradiciones, tanto familiares como sociales, la que formaba a los hijos en los valores vikingos, la que enseñaba religión y transmitía las leyendas, historias y hazañas de los antepasados (en este sentido, según algunos investigadores, habrían sido las precursoras de la poesía escandinava derivada de esta tradición oral que mantenían viva). Guardaban el legado vikingo y lo transmitían a las futuras generaciones para que la sociedad avanzase apoyándose en lo que fueron. Y no solo se encargaban de los propios hijos, también criaban y educaban a huérfanos o a aquellos que acogían procedentes de otras familias, algo muy común entre clanes vikingos. Por todo ello, la sociedad vikinga tenía en gran consideración a sus mujeres.

Esta distinción entre el ámbito privado y el público, también se llevaba al religioso, siendo las mujeres las encargadas de oficiar ritos específicos para la prosperidad de la familia y del hogar. La propia mitología refleja esta dualidad, siendo Odín el dios de las actividades consideradas masculinas, y Frigg, su esposa, la diosa del hogar, de las artes domésticas, del matrimonio y de la maternidad.

Frigg
Frigg hilando las nubes, por J. C. Dollman

Profundizando algo más en el asunto, podemos decir que más que el sexo, el estatus social, dependiente de factores como el linaje, la riqueza o el prestigio personal, era el que determinaba la autoridad en la sociedad Vikinga. Como ya hemos mencionado, si bien los varones tenían preferencia en ciertas actividades de mando, las mujeres también podían asumirlo si las circunstancias así lo aconsejaban, cosa que no sucedía en otras culturas, que negaban directamente a las mujeres cualquier autoridad pública. También debemos indicar, que la naturaleza de cada comunidad permitía una mayor o menor flexibilidad en este sentido. En comunidades más guerreras, las mujeres participaban más en las denominadas actividades masculinas, mientras que en las agrícolas eran los hombres los que participaban más de las actividades consideradas femeninas. En general, las comunidades más pacíficas tenían una jerarquía menos rígida y una división de roles más laxa.

La mujer vikinga, nacida libre, disfrutaba de una posición social y legal reconocida, no sólo podía heredar propiedades, sino que también mantenía sus derechos sobre éstas y otras que tuviese tras casarse, e incluso podía divorciarse. El matrimonio podía disolverse por cualquiera de las partes implicadas si no resultaba satisfactorio, siendo el único requisito el de solicitarlo en presencia de testigos. Por tanto, las mujeres también podían exigir la separación, es más, generalmente eran ellas las que lo hacían, ya que además de mantener su derecho sobre las propiedades aportadas al casarse, tenían la potestad de exigir la parte del marido si este tenía la culpa. De este modo, la mujer tenía suficiente independencia económica como para salir adelante y volverse a casar si así lo deseaba. Los motivos para la separación podían ser muy diversos, siendo los más comunes la infertilidad, la impotencia, los malos tratos o mala gestión económica de la granja, siendo los malos tratos causa de divorcio inmediato.

La mujer también defendía activamente el honor de su clan, ya que si bien no podía emprender acciones judiciales al no poder participar en las asambleas gubernamentales, sí tenía la potestad, y la ejercía, de instar a un hombre (su marido, padre o familiar masculino) a hacerlo. El no poder participar directamente no se debía a que se las considerase inferiores, o no se las respetase, sino por un motivo relacionado con el honor. Uno de los derechos fundamentales de los vikingos era el de portar armas, sin embargo, esto no era permitido a los esclavos, obviamente, ni a las mujeres. Pero no por desprecio o subordinación, sino por protección, ya que un vikingo, por honor, jamás atacaría a un semejante desarmado. Prohibir que las mujeres llevasen armas era por tanto una forma de protegerlas, ya que las consideraban importantes. Además, dañar a una mujer estaba considerado como un acto vergonzoso y castigado por ley, siendo la violación uno de los pocos motivos en los que los vikingos y su asamblea de gobierno contemplaban la pena de muerte. Incluso besar a una mujer en contra de su voluntad era motivo de proscripción y destierro. La magnitud del castigo dependía de la posición social, del estatus relativo entre agresor y agredida. No obstante, una cosa es que de forma habitual no pudiesen llevar armas encima, y otra muy distinta que no las supiesen utilizar. Todas las mujeres sabían defenderse y emplear sus armas, y no dudaban en hacerlo cuando era necesario para su protección o la de los suyos. Los conceptos de honor, coraje, independencia y fuerza eran cualidades altamente valoradas también en las mujeres.

Un ámbito en el que las mujeres vikingas gozaban de una posición indudablemente mejor que la de otras sociedades era todo lo referido al amor y a la sexualidad. El deseo sexual femenino no era visto como algo impuro que debiera controlarse. La poligamia era aceptada, siempre que fuese consensuada, y que una mujer tuviera amantes no era motivo de escándalo, al contrario, podía percibirse como algo beneficioso para la comunidad, ya que si el marido pasaba largos periodos fuera de su hogar, era razonable buscar a alguien que además ayudase con el trabajo y el cuidado de la casa. La clave era que la pareja lo supiese y aceptase, ya que de lo contrario se trataría de adulterio y no se habría respetado el honor del cónyuge, que tendría derecho legal a pedir un castigo o un resarcimiento tanto por parte de su pareja como del amante. Incluso algunas leyes, les permitían matar al que sorprendían en la cama con su esposa, para preservar el honor, y castigar a ella a golpes. Lo mismo sucedía si lo sorprendían con otra mujer casada de su familia. El concepto del honor iba estrechamente ligado al estatus social, lo que apreciaba en los castigos aplicados, ya que cuanto mayor era el honor, o la posición social ultrajada, mayor era el castigo.

Crónica albeldense
Crónica albeldense (siglo ix), donde menciona brevemente la derrota de los vikingos en las costas gallegas por las tropas del conde Pedro

Como vemos, al contrario que en muchas sociedades de la época, las mujeres no eran consideradas como meros objetos de placer, o simples paridoras para obtener descendencia, sino que eran enormemente respetadas por su labor y papel en la sociedad. De hecho, la mujer era la que daba la condición social de los hijos, esto es, de madre esclava, hijos esclavos, y de madre libre, hijos libres, no siendo determinante la condición social del padre salvo excepcionalmente. Además, la categoría social de un hombre podía basarse en la de la futura esposa, por lo que conseguir riquezas para concertar un buen matrimonio era muy importante, ya que se debía aportar una cantidad equivalente a la que aportaría la esposa.

Si bien el papel habitual de las mujeres cuando acompañaban a los hombres en incursiones o batallas era el de atender heridos, cocinar, resguardar los campamentos y realizar tareas domésticas, a veces también luchaban. Pero no nos llevemos a engaño, ya que si bien la literatura nórdica medieval habla de mujeres guerreras llamadas skjaldmö (doncellas escuderas vírgenes que peleaban junto a los guerreros en el ideario mitológico nórdico), estos relatos son muy posteriores a la era vikinga, escritos por hombres cristianos y con intenciones específicas. Por tanto, de una veracidad histórica más que cuestionable. Si bien hubo mujeres guerreras, estas fueron una anomalía ya que se nos presentan como casos extraños y/o haciendo frente a situaciones excepcionales que requirieron de su intervención. Realizamos esta afirmación basándonos en varios aspectos, como el hecho de que prescindir de la mayoría de mujeres jóvenes, en edad de casarse y tener hijos, para ir a la guerra habría resultado un suicidio social; tanto por la necesidad de organizar las granjas y cuidar de los hijos durante las ausencias de los hombres, como por la continuidad de las familias. No obstante, no podemos negar que las mujeres hubieran luchado como los hombres, ya que sabían hacerlo y estaban capacitadas para ello, pero lo habrían hecho de forma excepcional, antes de casarse y formar una familia, lo que no les dejaba demasiado margen por las edades tempranas a las que se producían los matrimonios. O bien, se trataba de mujeres que consagraban su vida a la lucha, lo que tampoco resultaría habitual.

skjaldmö
Hervör muriendo tras la batalla con los hunos. De Peter Nicolai Arbo.

Basándonos en los yacimientos arqueológicos, indicar que se han encontrado tumbas de mujeres que han desconcertado a los arqueólogos al contener armas y otros elementos generalmente atribuibles a los roles masculinos. Pero han sido pocos y poco concluyentes. La mayoría muestran roles de género, marcados y diferenciados: hombres enterrados con armas y herramientas, así como mujeres con artículos relacionados con el hogar, la costura o la joyería.

Es muy complicado saber a ciencia cierta qué significado poseen esos elementos en un contexto funerario, pues no necesariamente el hecho de contener una espada está indicando que se trate del entierro de una guerrera. Un hacha por ejemplo, podría haber estado relacionada con las labores de la granja, también, las viudas asumían los roles de sus difuntos esposos, por lo que sus tumbas fácilmente podrían contener armas. De igual modo, los ajuares funerarios no siempre muestran la realidad de lo que fue la vida cotidiana del difunto. Por ello, el abanico de posibilidades es muy amplio.

No obstante, sea cual sea el grado de participación de las mujeres en las guerras, ello no altera el hecho de que la mujer vikinga gozó de prerrogativas que la hacían característica y distinta a las mujeres de muchas sociedades de la época. Por desgracia, estos derechos y libertades fueron perdiéndose conforme se produjo el avance del cristianismo, que relegó el papel de la mujer e impuso una visión de ésta mucho más sumisa, recatada y apartada de la vida pública.

Como conclusión, indicar que esta relevancia de la mujer en la sociedad vikinga también se refleja en su mitología, ya que sus deidades femeninas no solo son numerosas, sino también importantes. Por ejemplo, Frigg, la esposa de Odín, es la diosa del cielo, el amor y la fertilidad. Tiene la capacidad de la profecía, y es la única aparte de su marido que puede ver los nueve mundos desde su trono.

También esta Jord, la diosa que representa a la naturaleza y personifica la tierra, o Skaoi, la diosa del invierno y la caza, o Freyja que encabeza a las Valkirias que Odín envía a recoger a los soldados caídos en batalla. Un largo listado de deidades mayores y menores, protagonistas de historias impactantes y llenas de curiosidades, que reflejan claramente la transcendencia de la mujer en la sociedad vikinga.

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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