Las nueve musas
Año cero

Sobre ceros y calendarios

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No será la primera vez que leo o escucho la curiosa expresión “año cero”. Si nos tomamos el trabajo de bucear en internet, veremos que se usaron esas palabras para dar título a una revista científica de una conocida editorial, a una película dramática española, a algún álbum de rock, a una revista española sobre esoterismo, ocultismo, parapsicología y ufología, y la lista puede ser bastante larga.

Incluso, a mediados de enero de este año un jefe de Estado, economista de profesión, dijo en la 54ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial, en Davos (Suiza): “Si consideramos la historia del progreso económico, podemos ver cómo desde el año cero hasta el año 1800, aproximadamente, el PBI per cápita del mundo, prácticamente, se mantuvo constante durante todo el período de referencia.”

Estas palabras fueron parte de un discurso comentado después por miles de personas en todo el planeta a través de redes sociales y otros medios. Sin embargo, más allá de los aplausos y diatribas que despertó, de los análisis y comentarios periodísticos extraídos sobre el tema parece que ninguna de tantas personas hizo hincapié en un tema elemental: ¿Hubo realmente alguna vez un año cero?

año cero

Para responder a esta pregunta, hay que remontarse al siglo VI de nuestra era, cuando la Iglesia Católica era conducida por el papa Hormisdas, cuyo pontificado se extendió entre el 20 de julio de 514 y el 6 de agosto de 523, fecha de su deceso.

Por entonces, existía la costumbre de contar los años desde la coronación del emperador romano Dioclesiano. Así, el año 1 de la era dioclesiana era el equivalente al 284 de nuestra era actual; esta práctica comenzó en Alejandría y para entonces se había extendido por buena parte de Europa. Pero Dioclesiano había tenido la mala idea de ser un gran perseguidor del cristianismo y eso no era del agrado de la Iglesia, como es lógico entender.

Por otro lado, se sabía que durante largo tiempo de la historia romana el punto de partida para la cuenta de los años había sido la fundación de la ciudad de Roma. Ese año ancestral se conocía como el año 1 AUC (Ab Urbe condita) y tal cuenta de los años no se había perdido.

Ahora bien, cabe recordar que el número cero no existía en los sistemas numéricos de romanos y griegos antiguos, quienes utilizaban un, para nada práctico, sistema numérico basado en letras. No hay más que intentar dividir dos números romanos (vgr. MDLIV por XIII) para entender su nula practicidad para realizar cálculos aritméticos.

Brahmagupta
Brahmagupta o Brama Gupta (c. 598 – c. 670) (supuesta imagen de este gran matemático de la India)

El número cero fue inventado muy lejos de Europa. Fue concebido por matemáticos de la India durante el siglo VII de nuestra era actual. Hay quienes atribuyen específicamente a Brahmagupta (c. 598 – c. 670) el desarrollo de la notación posicional en unidades, decenas, centenas, etc., de tan amplia difusión y aceptación en el mundo moderno. Su obra Brahma-sphuta-siddantha (año 628) sería el inicio de este sistema de numeración que incluía el cero, así como también los números negativos. [1]

Los árabes difundieron después (siglos VII y VIII) tal sistema numérico por el norte de África (Magreb) y por España (Al-Ándalus). Los primeros manuscritos españoles con estos números “arábigos” (en rigor de verdad deberían llamarse números “indios” o “hindúes”) datan del siglo X. Aunque hay alguna disputa sobre la difusión de estos números hacia el resto de Europa, casi todos los eruditos coinciden en que fue Leonardo de Pisa (Fibonacci) el que escribió el primer tratado europeo sobre este importante tema. Su obra, escrita tan tardíamente como en el siglo XII, habría contribuido mucho a generalizar la aceptación del “nuevo” sistema numérico venido de Oriente, y del cero en particular.

Dionisio el Exiguo
Dionisio el Exiguo (c. 460 – post 525) Según ilustración del libro South by East: Notes of Travel in Southern Europe (1877) de G.F. Rodwell

De ahí que, cuando en el siglo VI (unos seis siglos antes de Fibonacci), el papa Hormisdas (hay quienes pretenden que fue el papa Juan I) solicitó al erudito Dionisio el Exiguo que averiguara el año del nacimiento de Jesús de Nazaret [2], el cero no figuraba como número entre los europeos. Aclaremos que el bueno de Dionisio era, además de monje, matemático y astrónomo.

Los cálculos de Dionisio el Exiguo lo llevaron a hacer coincidir el supuesto año del nacimiento de Jesús de Nazaret [3] con el año 753 AUC (es decir, el año 753 de la fundación de la ciudad de Roma). A ese año se lo designó como año 1 A.D. (primer Anno Domini o primer año del Señor), notación que hoy se da por sobreentendida cuando se indica el año en que vivimos o los que sucedieron a ese año base. También se podrían usar, en lugar de las siglas A.D., las expresiones d.J.C. (después de Jesucristo), d.C. (después de Cristo) o E.C. (de nuestra era común).

Hoy por hoy, solo se mantienen las expresiones a.J.C., a.C. o a.E.C. (antes de Jesucristo, antes de Cristo o antes de nuestra era común, respectivamente) cuando se trata de acontecimientos históricos anteriores al supuesto año del natalicio de Jesús (vgr. 399 a.C.: ejecución de Sócrates en Atenas, o 539 a.C.: caída de Babilonia a manos de los persas de Ciro el Grande).

Este nuevo punto de partida de los años lo sugirió el citado monje en el año 525 de nuestra era cristiana o común (poco después de la muerte del papa Hormisdas), es decir en el año 1278 AUC del viejo calendario romano, y así fue instituido oficialmente por la Iglesia Católica. Este es el año que podemos tomar como el momento en que nace nuestro calendario actual, calendario que fueron adoptando naciones y más naciones en años o siglos posteriores hasta generalizarse en todo el mundo.

Sin embargo, si analizamos los años cercanos a ese año 1 de nuestra era, vemos que la sucesión de años serían 2 a.C. – 1 a.C. – 1 d.C. – 2 d.C., pero que no existe un año cero. Esto es así porque el cero en este caso es un instante en el devenir del tiempo, nunca un año completo.

En conclusión: nunca hubo un año cero. Y esta afirmación es válida no solo para nuestra era común sino también para los antiguos calendarios romanos, el que manejaban los antiguos griegos, así como para todos los que se crearon y desaparecieron antes del nuestro. Al fin de cuentas, tampoco hubo nunca un día cero para cada mes (ya sea este lunar o solar) ni semana cero ni mes cero ni siglo cero ni milenio cero.

Pero, expresiones son expresiones y discursos son discursos.

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[1] Los mayas también inventaron un sistema aritmético de posiciones a la par que el número cero. Esta civilización amerindia tuvo su período clásico desde el año 250 de nuestra era común hasta el año 900, aproximadamente. Dominaron el área comprendida por los actuales territorios de Yucatán (sur de México), Guatemala, Belice, y el oeste de El Salvador y Honduras, área donde se encuentra un conjunto irregular de ruinas correspondientes a enormes templos y palacios de sus antiguas ciudades-estado. Los eruditos mayas hacían sus anotaciones en una especie de papel obtenido por machacamiento de la corteza de higueras silvestres más un baño de cal. Su escritura era una mezcla de símbolos fonéticos que representaban unidades de sonido con ideogramas que significaban palabras. Hoy solo quedan cuatro códices después de la hoguera de miles de estos documentos ordenada en el siglo XVI por Diego de Landa, primer obispo de Yucatán, un fanático religioso que así quemó la historia de toda una civilización, pero que los arqueólogos fueron recuperando en el pasado siglo, al menos parcialmente a partir de inscripciones en monumentos de piedra.

[2] Hay discusión académica sobre cuando nació Jesús de Nazaret. En lo que coinciden casi todos los eruditos es que no nació en el año 1 (1 d.C.) de nuestra era, sino antes. Es decir que Dionisio el Exiguo se habría equivocado en su cálculo, aunque no por mucho probablemente. Algunos postulan que pudo haber nacido en el año 4 a.C., año que se toma como el de la muerte de Herodes el Grande por la mayoría de los historiadores. El problema es que no es absolutamente seguro el 37 a.C. como el año de la toma de Jerusalén por este “rey de los judíos” (nombrado así por el Senado de Roma) y el consecuente derrocamiento del anterior rey asmoneo Antígono, aliado de los persas, enemigos de los romanos. Si dicha toma fue un poco después, como sugieren algunos historiadores, la muerte de Herodes el Grande pudo haber ocurrido quizá en el 2 a.C. y por ende el nacimiento de Jesús bien podría haber sido en este último año citado.

Es altamente improbable que el nacimiento de Jesús fuera a fines del mes de diciembre (sea el año que fuese), habiendo por los menos tres razones que lo sugieren: 1) que los pastores de Judea, según el Evangelio de Lucas, mantenían aún sus ganados pastando durante la noche en el momento de nacer Jesús, actividad que ocurre a lo sumo hasta mediados de noviembre de cada año; 2) que por el censo que Augusto César ordenara, José de Nazaret con su esposa María debieron trasladarse a Belén y alojarse en un pesebre vacío (Evangelio de Mateo), pues no quedaban posadas libres para gente forastera que debía censarse en la aldea betlemita, detalle muy consecuente con la falta de ganado en dichos pesebres según el punto anterior; 3) que las autoridades romanas no irían a elegir una fecha tan irritante como el 25 de diciembre (época del año caracterizada por mucha nieve o lluvia, frío intenso y caminos intransitables) para que miles de judíos y galileos fueran a presentarse ante las oficinas censistas de las ciudades pertinentes según sus diversas casas y tribus.

Por ende, es más probable que el nacimiento de Jesús haya tenido lugar en otoño (septiembre u octubre), estación más benigna para censar y cuando los ganados aún pastaban durante la noche. Por ende, si tal nacimiento fue en septiembre/octubre del año 2 a.C., el error de cálculo de Dionisio el Exiguo habría sido apenas de un año y pocos meses, respecto del año 1 d.C. que hoy se toma como base de nuestra era común. Un error así de leve sería más probable que desvíos groseros de muchos más años para un erudito como ese monje Dionisio el Exiguo, que utilizó complicados cálculos astronómicos para fijar sus ciclos lunares de 19 años.

[3] Varios críticos han llegado a decir que Jesús de Nazaret nunca existió, dando como razón que sobre su vida y obra solo han escrito sus discípulos directos (vgr. sus apóstoles) o personajes que no lo conocieron, pero adoptaron su fe (vgr. el médico y evangelista Lucas, el ex sectario fariseo Saulo de Tarso conocido como Pablo). Y que fuera de los textos bíblicos conocidos como Nuevo Testamento, nadie de su tiempo ajeno al cristianismo escribió sobre Jesús.

Uno de los tantos que cayó en este error fue, por ejemplo, Herbert George Wells. Este eximio narrador y pensador, pese a que consideró a Jesús como el hombre más influyente de todos los tiempos, en otro texto afirmó que “los antiguos historiadores romanos pasaron completamente por alto a Jesús; él no dejó impresión en los registros históricos de su tiempo”.

Pero tal afirmación no es correcta en absoluto. Se refirieron a Jesús de Nazaret, al menos cuatro escritores no cristianos del siglo I: Tito Flavio Josefo (c.37 – c.100), Publio Cornelio Tácito (c.55 – c.120), Cayo Plinio Cecilio Segundo, conocido como Plinio el Joven (61 – c.112) y Cayo Suetonio Tranquilo (c.70 – post 126).

Héctor Zabala

Héctor Zabala

Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, Buenos Aires, 1946).

Dirige la revista literaria Realidades y Ficciones y su suplemento desde 2010.

Fue redactor de la revista literaria Sesam, de la Sociedad de Escritores de General San Martín (2007-2010).

Reside en la ciudad de Buenos Aires.

Ha sido distinguido con varios premios nacionales e internacionales en narrativa corta y fue jurado literario en diversas ocasiones. Ha publicado en 2016 los libros de cuentos “Rollos sacrílegos”, “Unos cuantos cuentos” y “El trotalibros y algunos mitos”. También, en 2016, la obra teatral “Diván en crisis”, en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala. En 2019 publicó “Pateando tableros, relatos con algo más que ajedrez”. Tiene varios libros pendientes de publicación.

Obras de su autoría han sido publicadas en diversas revistas literarias, como Letralia, Alga, La Bella Varsovia, entre otras.

Es contador público nacional por la Universidad de Buenos Aires (UBA), maestro internacional de ajedrez (IM-ICCF, 1999 y SIM-ICCF, 2001), medalla de plata (ICCF, 2002) y fue el VIII campeón latinoamericano de ajedrez postal (CADAP, 1994).

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