Las nueve musas
Gramática

Sobre el escritor y su rechazo a la gramática

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No creo que esté mal esperar de aquel que dice tomarse la escritura seriamente un mínimo grado de formación en ciertas áreas. Desde luego, no pretendo que todo el que se lance a la escritura se prepare para ocupar un sillón en la Academia (faltaría más); me conformo con que posea una vaga idea de la historia literaria de su idioma, algunas nociones elementales de redacción y algún mínimo conocimiento de ortografía y de gramática. ¿Pido demasiado? Si el lector así lo considera, significa que las cosas no están funcionando tan bien como pensábamos.

Y, en efecto, las cosas parecerían no estar funcionando tan bien como pensábamos. Contrariamente a lo que demandan estos tiempos, cada vez son menos los hablantes que se preocupan por consolidar o perfeccionar sus competencias lingüísticas, dentro de las cuales, como se deducirá, se encuentra la escritura. Me avergüenza decir que muchos narradores se han convertido en ejemplos de esta merma, quizá, porque para algunos lo único importante es contar una buena historia, sin darse cuenta de que lo que en verdad hace la diferencia es saber cómo contarla. Ese «saber cómo» supone un preciso y cuidado manejo de la palabra, manejo que nos remite a aquellas pocas exigencias que expuse en el párrafo anterior. De todas ellas, vale la pena decirlo, la vinculada a la gramática es la que genera más rechazo.

Lo que sucede, por lo visto, es que muchos escritores ignoran que la gramática no se limita a retener ciertas normas generales. De hecho, existen por lo menos tres formas de abordar las nociones que de ella se desprenden. Tenemos, para empezar, una gramática que puede entenderse como el conocimiento innato, intuitivo o implícito de una lengua que posee cualquier hablante que se precie; luego, una que puede entenderse como disciplina descriptiva, y, por último, una que puede entenderse como disciplina normativa (que es la que, sin duda, les viene a estos escritores a la mente cada vez que se habla del asunto). A continuación, intentaremos explicarlas.

  1. La gramática como conocimiento innato o implícito

 Cualquier usuario de la lengua posee un conocimiento gramatical que bien podríamos admitir como innato o implícito. Dicho de otro modo, cualquier usuario de la lengua domina una serie de reglas que determinan su manera de hablar, aunque no sea muy consciente de ello. Precisamente esto es lo que le permite, aun sin tener estudios formales de gramática, expresarse con arreglo a ciertas convenciones básicas como la rección, la concordancia y la correlación verbal, y, del mismo modo, a «sospechar» de aquellas locuciones que las transgreden.

Ahora bien, si a cualquiera de estos hablantes se le pregunta, por ejemplo, qué lo llevó a aceptar como ley inquebrantable que el sustantivo concuerde en número con el verbo o en género y número con el adjetivo, se encontrará posiblemente en un aprieto. ¿A qué se debe esto? Pues a que se le estará exigiendo un tipo de conocimiento específico a alguien que solo posee un conocimiento intuitivo y práctico de la lengua.[1]

El conocimiento específico que menciono no es otro que el que se adquiere mediante la observación y el estudio. Un conocimiento que juzgo imprescindible para aquellos que desean escribir con cierta idoneidad.

  1. La gramática como disciplina descriptiva

El conocimiento gramatical innato o implícito, no obstante, puede explicitarse mediante la observación, y la gramática descriptiva es la disciplina que se ocupa de garantizar este proceso. De la observación, precisamente, fueron surgiendo algunos patrones que explicaban el comportamiento de las distintas unidades lingüísticas empleadas por una comunidad en un determinado período de la historia.

Se sabe que las primeras gramáticas de la humanidad fueron el producto de un análisis taxonómico de la lengua dominante, un análisis cimentado en la descripción tanto de los elementos que la integraban como de las funciones que estos cumplían o les hacían cumplir a otros elementos del sistema. De lo que se infiere, si se me permite el reduccionismo, que toda gramática empieza por ser descriptiva para luego convertirse en normativa.

La gramática descriptiva, aun en nuestros días, posee un alto interés científico. Sin embargo, no es la que más ayudará a quien desea escribir bien, pues, como su nombre lo indica, esta gramática se limita a describir la lengua tal como la usan los hablantes, sin entrar en consideraciones sobre lo correcto o lo incorrecto.

  1. La gramática como disciplina normativa

Podríamos decir que la gramática normativa se ha convertido en el terror del escritor irresponsable, aquel que, amparándose en el principio de libertad estética, decide ignorar cualquier convención lingüística, por más mínima que sea. Lo cierto es que la gramática normativa es una referencia ineludible para quien desea dominar la lengua estándar culta, que es la que se refleja en libros y revistas, y la que se le exige a las páginas web y a los correos electrónicos profesionales. Es, sin ir más lejos, la que intento defender desde este medio con muchos de mis artículos; es, también, la que, jornada tras jornada, procuro explicarles a mis siempre recelosos clientes.

Con respecto a esto, es sumamente interesante lo que se puntualiza el prólogo de la NGLE, que, recordemos, se concibió como una gramática, a la vez, descriptiva y normativa:

Las construcciones gramaticales poseen forma, sentido e historia; unas son comunes a todos los hispanohablantes y otras están restringidas a una comunidad o una época. Pero, además, las construcciones gramaticales poseen prestigio o carecen de él; se asocian con los discursos formales o con el habla coloquial; corresponden a la lengua oral, a la escrita o son comunes a ambas; forman parte de la lengua estándar o están limitadas a cierto tipo de discurso, sea el científico o el periodístico, sea el lenguaje de los niños o el de los poetas.[2]

La lengua estándar es el resultado de una convención social largamente razonada, es por eso por lo que es tan poderosa. Es imposible desenvolverse en sociedad sin ella. Es imposible ganarse el respeto y la confianza del resto de los hablantes (entre los que, por cierto, se encuentran escritores y lectores) sin su cumplimiento. Por lo demás, el hecho de desconocer las reglas gramaticales correspondientes a esta lengua estándar no las invalida en absoluto, y en un mundo hipercodificado como el nuestro, en el que el usuario promedio de Internet necesita contar con habilidades lingüísticas concretas, esto se hace cada vez más evidente.

En contextos como el señalado anteriormente, el escritor debería ser un faro en las tinieblas y no ese personaje indolente que vemos llenar de erratas los muchos blogs y libros que «ofrendan al acanto». Debería, pero casi nunca lo es. Y lo más triste es que solo en contadas ocasiones tiene la humildad de contratar un corrector para ayudarlo.

[1] Este conocimiento intuitivo, innato o implícito es el que cimienta las teorías generativas o transformacionales del lingüista estadounidense Noam Chomsky, quien las desarrolla en obras como La estructura sintáctica, de 1957, o Sintáctica y semántica en la gramática generativa, de 1972.

[2] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua. Nueva gramática de la lengua española: morfología y sintaxis, Espasa, Madrid, 2009.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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