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preposiciones

El género es una propiedad gramatical del sustantivo (aunque también de algunos pronombres) que se extiende a determinantes, cuantificadores y adjetivos mediante el fenómeno de concordancia. En este artículo recordaremos sus rasgos más importantes.

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  1. Las partes de la oración

 La clasificación de las diferentes partes de la oración —también denominadas partes del discurso, clases de palabras o categorías gramaticales— puede hacerse desde distintos puntos de vista o criterios.[1] Los específicamente gramaticales son el morfológico, que se basa en la forma de la palabra, y el sintáctico, que se basa en la función que cumple la palabra dentro de la oración. La significación, como es lógico, también es un criterio que puede ayudar a esta clasificación, entendiendo por significación no el significado lexical de una palabra, sino su significado gramatical, es decir, aquel que es común a todas las palabras de una misma clase (por ejemplo, la significación común de los sustantivos o los verbos).

Ateniéndonos exclusivamente al criterio morfológico, podemos afirmar que las palabras de nuestro idioma se clasifican en variables e invariables. Así pues, son variables las palabras que poseen morfemas flexivos —los llamados accidentes gramaticales en la enseñanza escolar—, que son aquellos que permiten los cambios de forma de las palabras (el género y número en el sustantivo y en el adjetivo; el género, número y persona en los pronombres; el modo, tiempo, aspecto, número y persona en el verbo), e invariables las que no poseen morfemas flexivos y, por lo tanto, no experimentan cambios formales (adverbios, preposiciones, conjunciones).

Como vemos, los sustantivos y los adjetivos están muy relacionados entre sí, independientemente de que se trate de categorías distintas. Sucede que los sustantivos y los adjetivos tienen muchas características en común. En principio, poseen los mismos morfemas de número y género; pero, además, los morfemas derivativos de uno y otro no son en muchos casos diferentes, y algunos de ellos poseen la propiedad de poder formar, a partir de una misma base de derivación, un sustantivo y un adjetivo. Esto ocurre, sin ir más lejos, con los gentilicios. Por ejemplo, en la oración Los caballos árabes tienen muy buena estampa, la palabra árabes funciona como adjetivo, mientras que en la oración Los árabes son muy imaginativos, funciona como sustantivo, ya que en este caso va agrupada con el artículo.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre sustantivos y adjetivos: solo los sustantivos se pueden dividir en apelativos y propios. Los sustantivos apelativos son los que tradicionalmente denominamos comunes, es decir, aquellos que sirven para nombrar personas, animales o cosas; los propios, los que empleamos para particularizar las diferentes versiones de una misma clase, especie o género de la realidad.[2]

  1. Significación del género de los sustantivos apelativos de persona y de cosa

De acuerdo con su género gramatical, los sustantivos de nuestro idioma se dividen en femeninos y masculinos. El género neutro, más allá de las «creativas» formas que promueve el mal llamado lenguaje inclusivo,[3] no existe en español para este tipo de palabras.[4]

Decimos que un sustantivo es femenino cuando las formas femeninas del artículo y de otros determinantes (caracterizadas por el morfema flexivo de género -a) se agrupan directamente con el sustantivo o aluden a él: la niña, la paloma, esta rosa. Siguiendo la misma lógica, decimos que un sustantivo es masculino cuando las formas masculinas del artículo y de otros determinantes (caracterizadas por el morfema de género -o, -e o por la ausencia de morfema) se agrupan directamente con el sustantivo o aluden a él: el niño, el hombre, este adalid.

Cuando los sustantivos apelativos son de persona, los femeninos y los masculinos —al menos, en la mayoría de los casos— designan respectivamente a mujeres y varones. Esto también es aplicable a las formas del artículo y de algunos pronombres, incluyendo entre ellas las formas del pronombre personal de tercera persona fuera de la construcción atributiva (Hoy la he visto; A ese le arreglo yo las cuentas). Solo existe una restricción a este principio: los plurales masculinos los, ellos, esos, etc., designan una pluralidad de varones, pero también pueden designar, al mismo tiempo, una pluralidad de varones y mujeres, sin importar la cantidad que haya de unos y de otras, hecho que es posible en virtud de que, en español, el masculino es el género no marcado (Asistieron al funeral niños y hombres, pero ninguno de ellos conocía al difunto; En la cola del cine había niños, mujeres y hombres, ellos no se preocupan de la inclemencia del tiempo).[5] Los sustantivos apelativos de persona, además, tienen otra particularidad: no solo los plurales masculinos pueden referirse en conjunto a varones y mujeres (los hijos [hijos e hijas], los padres [padre y madre]), sino que el singular masculino hombre, equivalente a varón, también puede designar mujeres y varones cuando es empleado como término genérico (El hombre del siglo XX padece una aguda depresión).

Cuando el sustantivo es de cosa, las mismas formas diferenciadas en femeninas y masculinas se refieren a él (La pared se había caído y la reconstruyeron) o se construyen con él atributivamente (Estas paredes son altas), pero vale aclara que la correlación del género con los contenidos semánticos no es de ningún modo constante y regular. En la mayoría de los casos, los sustantivos de cosa conservan el género que tenían en su lengua de origen, pero también hay casos en los que un sustantivo impone su género a otro de la misma esfera de significación; esto es lo que ocurre con el sustantivo lumbre, que, si bien era neutro en latín, en español terminó adoptando el femenino por imposición de un sinónimo mucho más asentado: el sustantivo femenino luz. Otras veces, el género del nombre más general se comunica a los nombres más particulares; esto es lo que sucede con los nombres de los días de la semana, de los meses, de los colores y de los números cardinales, que son masculinos como las denominaciones generales día, mes, color y número, o con las letras del alfabeto, que son femeninas como lo es el mismo sustantivo letra.

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  1. Forma de los sustantivos apelativos de persona y de cosa en relación con el género

A diferencia de lo que ocurre con los pronombres y artículos, los sustantivos apelativos de persona carecen de una forma fija que determine la diferencia de género. No obstante, existen algunos principios que bien pueden considerarse inamovibles. Los detallaremos a continuación:

  1. Los nombres masculinos presentan muy variadas terminaciones: secretario, monje, abad, bufón, adalid.
  2. Algunas terminaciones como -triz aparecen exclusivamente en sustantivos femeninos: actriz, institutriz, meretriz, mientras que otras (-dor, -tor, -sor) solo aparecen en sustantivos masculinos: arrendador, coadjutor, asesor.
  3. Si bien la diferencia de género suele asociarse a las terminaciones -a y -o, ni una ni otra es privativa de sustantivos femeninos y masculinos. En primer lugar, hay una larga serie de sustantivos en -a y una menos extensa de sustantivos en -o que designan a ambos géneros de manera indistinta. En estos casos, la marca de género la realizan los artículos y otros determinantes masculinos y femeninos que se unen atributivamente a dichos sustantivos o que hacen referencia a ellos (el/la/este/esta testigo, el/la/este/esta pianista, el/la/este/esta camarada). También hay sustantivos comunes en cuanto al género con otras terminaciones diferentes de -o, -a (el/la/este/esta mártir, salvaje, cantante).
  4. Existe una extensa serie de sustantivos masculinos terminados en -a: el recluta, el guardia, el colega, el granuja, etc.
  5. Algunos femeninos terminados en -a sirven indistintamente para designar ambos géneros (la criatura, la víctima), y lo mismo les ocurre a algunos masculinos terminados en –o (vejestorio, mamarracho). Estos sustantivos apelativos, conocidos con el nombre de epicenos, designan con frecuencia especies animales (la perdiz, el delfín, el gorila).
  6. En otras ocasiones, la diferencia de género —sobre todo, en algunos sustantivos de persona y de animales— se expresa mediante palabras o raíces diferentes (heteronomía): padre/madre, varón/mujer, toro/vaca, etc.

Curiosamente, son más variadas las terminaciones que aparecen en los sustantivos de cosa que en los de persona. También es frecuente el hecho de que una misma forma, por su terminación, aparezca en sustantivos masculinos y femeninos (el bien/ la sien, el sol/la col, el mal/la sal). Para concluir, detallaremos los principios que rigen sobre este caso:

  1. Son femeninos los sustantivos terminados en -triz, -ie(s), -icie, -ez, -dad, -idad; derivados de verbos con los sufijos -ión, -sión, -ción, -zón, -tud, -tumbre, –dumbre. Ejemplos: cicatriz, serie, caries, calvicie, delgadez, soledad, brutalidad, región, introversión, consumación, cerrazón, multitud, costumbre, servidumbre. Son masculinos los aumentativos con sufijo -ete y todos los apelativos en -ete de cualquier origen; los sustantivos con sufijos -dor, -tor, -sor; con el sufijo -il acentuado prosódicamente. Ejemplos: notición, bracete, colador, tractor, cursor, atril.
  2. Casi todos los sustantivos apelativos de cosa terminados en -o o con morfemas derivativos terminados en -o son masculinos. Se exceptúan algunas palabras que conservan el género femenino propio del latín, como ocurre con la mano o la nao.[6]
  3. Los sustantivos apelativos de cosa terminados en -a o con morfemas derivativos terminados en -a son en general femeninos, pero los masculinos en -a son más numerosos que los femeninos en -o citados anteriormente. Así, varios femeninos en -a adoptan el género masculino cuando designan color (el rosa, el naranja, el lila, etc.), mientras que otros lo hacen cuando designan vinos (el borgoña, un rioja).
  4. Es muy frecuente que dos sustantivos apelativos de cosa, uno femenino en -a y otro masculino en -o, tengan una misma raíz o una misma base de derivación. Las diferencias semánticas entre el masculino y el femenino son claras en estas parejas: olivo/oliva, naranjo/naranja (el árbol y su fruto), leño/leña, fruto/fruta (el femenino es colectivo), cuchillo/cuchilla, huerto/huerta (el femenino designa algo más extenso que el masculino).
  5. Son muchos los sustantivos de cosa que, con una misma forma, adoptan los dos géneros. Son los denominados ambiguos (el mar/la mar, el azúcar/la azúcar, el calor/la calor). En algunos casos, como en los ejemplos precedentes, el empleo del masculino o el femenino en singular es indistinto, más allá de las consabidas preferencias estilísticas o geográficas; en otros, por el contrario, puede incluso modificar el significado de la palabra (el cólera/la cólera, el frente/ la frente, el orden/ la orden).

[1] Véase Rodolfo Lenz. La oración y sus partes, Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1944.

[2] Mantenemos la nomenclatura del legendario Esbozo, hoy ya en desuso, por razones meramente explicativas.

[3] La expresión lenguaje inclusivo es del todo errada desde el punto de vista gramatical. El lenguaje no es inclusivo ni excluyente; simplemente es. Por lo tanto, inventarle un género neutro a una lengua que no lo posee para denunciar un supuesto sexismo en el lenguaje solo puede verse como una acción política (con la que se podrá o no estar de acuerdo) y nunca como un concienzudo intento de reforma lingüística.

[4] Dice el Manual de la nueva gramática de la lengua española, publicado por la RAE y la ASALE en 2010: «Los sustantivos no tienen género neutro en español. Solo lo tienen los demostrativos (esto, eso, aquello), los cuantificadores (tanto, cuanto, mucho, poco), el artículo lo y los pronombres personales ello y lo».

[5] El hecho de que el género no marcado en español sea el masculino ha dado lugar a una serie de innecesarios y trabajosos desdoblamientos del tipo de Los ciudadanos y las ciudadanas o Saludos a todos y a todas, que, en la práctica, no hacen otra cosa que vulnerar el principio de economía del lenguaje. Este mismo hecho, como explicábamos en la anterior nota al pie, llevó incluso a proponer un «lenguaje inclusivo» basado en neutros que nuestra lengua no posee. Lo curioso es que hay lenguas (casi todas, dialectos de Medio Oriente) en las que el género no marcado es el femenino, y las sociedades que las hablan no se caracterizan precisamente por haber superado el problema del sexismo, sino más bien todo lo contrario. Dicho esto, si hay sexismo en nuestra lengua, como de hecho lo hay, no se trataría de un problema morfológico (la morfología, ya lo sabemos, no tiene sexo), sino más bien expresivo, pues se evidencia siempre en la construcción e intencionalidad de la oración (Ej.: Esa empresa cuenta con muy buenos profesionales; muchos de ellos, incluso, son mujeres) y no en la estructura profunda de sus partes.

[6] También la terminación -o ha impuesto el género masculino a los nombres de árboles, todos femeninos en latín (el olmo, el chopo).


 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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