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Rodó
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José Enrique Rodó (1871 – 1917) define Ariel como un “manifiesto dirigido a la juventud de nuestra América, sobre ideas morales y sociológicas” (Azúa, 1978). 

Este concepto emitido por el autor permite concebir Ariel como una alegoría en la que el personaje mitológico actúa como símbolo y clave para que el lector transite por otros parajes del pensamiento atemporal y utópico de Rodó.

Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, —el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida. (1978, p. 21)

Ariel: 474 (Letras Hispánicas)
  • Rodo, Jose Enrique (Autor)

Ariel fue publicada por el mes de febrero de 1900. Carlos Real de Azúa (1978), en su Prólogo a Ariel, indica que la primera edición salió de la imprenta Dornaleche y Reyes e influenció con el pasar de las décadas a jóvenes intelectuales americanos de pensamiento liberal burgués que reflexionaron sobre el papel de la educación y el compromiso del joven americano frente al desarrollo social, cultural y político en Hispanoamericana. Cesar Moreno Fernández (1982)  dice que ‹‹José Enrique Rodó, quien más acá y más allá de la metafísica, es definido vaga y acertadamente como el “organizador de un estilo de pensar”››. Parajes muy distintos a los caminos de la dialéctica materialista ha tomado Ariel que profundiza en el positivismo y el idealismo de una América hermanada con el pensamiento clásico occidental.

Y es por esta sustancia presente e inmanente en el estilo discursivo de Próspero, portavoz de Rodó, que se desborda la obra en tiempo presente dejando un legado idealista y utópico para los jóvenes de América y del orbe global. El discurso de Próspero se encuentra cargado de una retórica densa, hermética, que está influenciada por el espíritu romántico europeo de Siglo XIX. Ariel actúa como alegoría para llevar a cabo un manifiesto dirigido a la juventud de nuestra América”.

Es difícil ubicar la obra como un producto intelectual de carácter filosófico y sociológico porque se sirve de la literatura como medio eficaz para seducir al joven lector. Para el estudio de la Historia Intelectual de América, Ariel (1900) representa una obra literaria, una joya del modernismo latinoamericano por las características estéticas presentes en el estilo discursivo de la obra.

El predominio estético sobre el pensamiento americano

José Gaos considera que la filosofía y la literatura en nuestra América recoge y sintetiza la producción intelectual de comienzos de Siglo XX, la cual se caracteriza por ‹‹el pensamiento de Hispanoamérica QUE se  caracteriza por ser “predominantemente estético”, o sea “de  tono e intensión literarios y propenso al ensayismo o a la expresión periodística u oratoria››. (Moreno, 1982, p. XXXVII)

 No es casualidad entonces que la propuesta de José Enrique Rodó se ciña efectivamente a este precepto del filósofo español. No en vano  enfrentarse a la lectura de Ariel obliga a un ir y venir entre grandes párrafos retóricos para luego remitirse a densas lecturas de citas y referencias que surgen de manera espontánea como producto de la sensibilidad y formación intelectual del escritor uruguayo.

Para acceder a la obra se requiere de la calma y la disposición para escudriñarla con espíritu  filológico ya que el autor lo exige en la medida que construye una serie de códigos históricos, filosóficos, religiosos y literarios.

La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo en el instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los aires para desvanecerse en un lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural a su imagen había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia seráfica y la levedad ideal. Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz —voz magistral, que tenía para fijar la idea e insinuarse en las profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante del pincel en el lienzo o de la onda en la arena, —comenzó a decir, frente a una atención afectuosa. (1978, p. 21)

En síntesis, Ariel está hilvanada por una serie de claves estéticas e intelectuales que comprenden el sentí-pensar americano para dar respuesta o mejor aún para aportar a la construcción de unos principios que fundamenten las tareas educativas y culturales de las nacientes repúblicas americanas.

Esta comunidad cultural de valores y vigencias se percibe incluso, puede agregarse en el muy peculiar ejercicio de colación que en el texto se cumple con todo el material de citas, autoridades, referencias y alusiones. Ya se mencionen al pasar como datos conocidos, ya sean antecedidos por un subrayado de su importancia como ocurre-caso de Renan o de Gayau- con los más conspicuos y atendidos, todo ese lote de auténticos prestigios que integran los recién nombrados juntos con Amiel, Bagehot, Tocqueville, Emerson o Bourget, supone cierta familiaridad mínima del lector con su significado. Descuenta, incluso, el asentimiento a su valor y a la positividad de su doctrina. (Azúa, 1978, p. XV)

Aparece por tanto en Próspero el “magíster dixit” que engalana el tratamiento oratorio que busca influenciar en la conducta del receptor para “refinar el pensamiento y elevar el espíritu”.  

Un bronce primoroso, que figuraba al ARIEL de La Tempestad. Junto a este bronce, se sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado el escultor. Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, una razón y un sentido más profundos. (1978, p. 21)

 El tono con que Próspero se dirige al lector es exhortatorio.

Tales piezas implicaban igualmente –y ello en forma mucho más decisiva-  la tremenda importancia de la audiencia, real o ficticia, a la que eran dirigidas. Esto lleva, inevitablemente, a la mención de ese tema tan rico y complejo que es el de la significación que la juventud y aun una “mística de la juventud” venía adquiriendo desde el romanticismo bajo la acción de meteoros históricos que aquí no pueden ni siquiera enumerarse. (Azúa, 1978, p. XXX)

Como dice el maestro, Próspero, siempre se entendía que hablar a la juventud era un género de oratoria sagrada y ningún sentido, en puridad, tendría estos mensajes si no se creyera desmedidamente –o si no se conviniera en hacerlo- en su eficacia, si no se  supusiera la infinita disponibilidad, habilidad y riqueza germinativa de la grey bisoña a la que habrían de llegar. (Azúa, 1978)

 A través de esta alegoría se entra en contacto con el espectro visionario de Rodó, en carne y hueso, integral, que aspira a construir un ideario americano para fortalecer los pilares de una sociedad americana que supere las dificultades del pasado colonialista y que afronte el presente que está caracterizado por el papel hegemónico de la producción de capital y por la tabula rasa “de lo mediocre”.

Ariel es un eco, un mensaje para la juventud de nuestra América, que de muchas maneras se reconfigura en los campos y ciudades a través de los siglos. La joven intelectualidad latinoamericana lo toma o lo deja, todo dependerá de la circunstancia histórica. Sin embargo, la figura de Ariel es una antorcha llevada por un espíritu alado en medio de la oscuridad y tiene la capacidad de rejuvenecer con la unidad sentí-pensante de los jóvenes de nuestra América.

REFERENCIAS

Rodó, E. J. (1978). Ariel y los motivos de Proteo. Biblioteca Ayacucho.

Moreno, F., C. (1982). Macedonio Fernández “el existidor” en La novela de la eterna. Biblioteca Ayacucho.

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Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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