Las nueve musas
Cerrar los ojos

Reflexiones después de ver la película «Cerrar los ojos», de Víctor Erice

Promocionamos tu libro

Escribo desde Tarazona, a pie del Moncayo. En Tarazona, la romana Turiaso, y en la vecina Tudela hubo una importante judería y aún se conservan, aunque en mal estado por la desidia municipal, la judería vieja y la nueva en la ciudad turiasonense.

Un amigo en Israel me ha enviado esta mañana un podcast y ahora escucho su voz gracias a la magia de la grabación radiofónica. Oír la palabra de alguien que sonríe y habla de literatura y de cultura en medio de la irracionalidad de la guerra me alegra y me entristece a la vez; y me deja preocupado el peligro que advierte como de paso, al acabar su comentario: el peligro de los terroristas del norte, de Hizbolá, presente siempre como amenaza en las vidas de los que viven, como él, en kibutz próximos a la frontera norte de Israel.

También me ha preocupado lo que dice mi amigo escritor sobre el latente y ahora resucitado antisemitismo y antijudaísmo de algunos gurús pseudoizquierdistas, esos que siquiera han hecho medio examen de conciencia sobre su complicidad con el totalitarismo europeo del pasado (Alemania, Unión Soviética y satélites) ni con el actual totalitarismo (Cuba, Irán, Venezuela, China, Rusia, y sus satélites Turquía, Hungría y Polonia). Aclaro. Si, para simplificar, cito esos nombres de países sometidos a la barbarie liberticida y represora de los Derechos Humanos, me ocurre que amo y reivindico la tradición cultural (poética, artística) de esas naciones, incluso sus expresiones religiosas cuando no son enemigas del ser humano.

Confieso amar la poesía de Hafez de Shiraz, místico y enorme poeta persa-iraní, tanto como la de San Juan de la Cruz o la de Miguel Hernández; leo a Lao Tzé, igual que a Walt Whitman, Maimónides, Cervantes; ¡benditos traductores si me engañáis en algún detalle!; incluso leo a Jorge Luis Borges igual que a García Márquez, aunque a Borges, como a Miguel de Unamuno no le dieran en vida nunca el Nobel de Literatura, cuando los dos merecieron haber subido a Escandinavia al menos cinco veces para recibir sendos Premios Nobel: tan grandes y poliédricos fueron, genios en diferentes géneros y estilos literarios: pensamiento, ensayo, cuento, novela, poesía, y en el caso del Rector de Salamanca, hasta teatro y periodismo literario. Me alegro de que lo recibiera Gabriel García Márquez, pese a haber sido amigo del dictador Fidel Castro, y haber muerto sin salir de ese dictado: y me alegro porque, al menos, en este caso, el sectarismo político no impidió el reconocimiento universal de un genio del relato como fue el autor de Crónica de una muerte anunciada. Quedará para los futuros historiadores del Nobel lamentar por qué no lo recibieron aquellos dos citados.

Afortunadamente la cultura, las gentes, la naturaleza y, por qué no, la gastronomía y el comercio unen; a pesar de los inquietos tiempos de enfrentamiento “a favor” de la radicalización política y la deshumanización de los ajenos y de los propios, a los que se les somete a un sistemático y cerrado trincherismo.

Mirándome a mi propia casa, tampoco aquí estamos libres de sombras. En este quejigal o borde estamos quizá asistiendo, mudos la mayoría, perplejos, a una metamorfosis dictatorial de la democracia del 78, aquel Régimen que acabó con la dictadura franquista y que se construyó tras una transición admirable y reconocida como ejemplar por muchos países democráticos, recuerdo la admiración de Nelson Mandela y de los socialdemócratas suecos como Olof Palme, dos de los mejores políticos del siglo XX; uno encarcelado durante gran parte de su vida, por el apartheid racista en Sudáfrica; el otro, asesinado, por causas y en circunstancias aún no del todo claras.

Aquí, la coalición que quiere liderar Pedro Sánchez para reeditar su mandato como Presidente del Gobierno de España ha pactado una amnistía cuya consecuencia inmediata es deslegitimar a los jueces y a la Constitución. El argumento siniestro es que lo que decidan en el Parlamento ha de ser santa y única palabra en democracia, unidad confusa de gobierno, ley y jueces, o sea, de poder ejecutivo, legislativo y judicial. Una patada a Montesquieu en el trasero.

En Atenas se llamó a eso tiranía demagógica pues tras los muñecos de los tres poderes reunidos en tal mezcolanza solía estar un tirano. En verdad, la afamada democracia ateniense solo lo fue durante un poco rato, la mayoría del tiempo fue una democracia corrompida por la demagogia de líderes tiranos. Sin embargo, ese lapsus de la democracia de Clístenes y Pericles brilló con la potencia de un faro moral, político, filosófico y humanista, y sigue brillando aún hoy. Antes del oasis ateniense, Heráclito de Éfeso, el más profundo de los filósofos, dijo aquello de: “Defíende la ley más que los muros de tu ciudad”. El Nomos, la Constitución, o Politeia, ley por excelencia, lo que marca el ámbito de lo común, de la convivencia y el encuentro de los diferentes, y que es freno de las provisionales mayorías que gobiernen la Ciudad.

Aquí, en cambio, se pretende que cada mayoría que acceda al poder del Parlamento cambie e interprete a su santo antojo o interés las reglas de juego de todo. Es tan aberrante eso, que Heráclito dejaría su melancólico paseo para coger una piedra y tirársela a esas aves rapaces carroñeras que se atreven a rondar al abrigo del atardecer, cuando un país está en quiebra moral y falto de autoestima y sus dirigentes lo traicionan.

Pensad esto, los que no os parece mal que haya un dictador si es de los vuestros, un “progresista” dictador no es mejor que un tirano “conservador”. ¿Qué argumento es ese de que los que representan por un tiempo al Estado tienen derecho de perimetrarlo, trocearlo, venderlo, y desencantarlo, despojando a los jóvenes y a los venideros españoles de una patria, de un proyecto, de una tradición de vivir juntos? ¿Qué pasaría a contrario: si mañana un grupo de derecha o incluso de extrema derecha, porque reúnan más apoyos en el Parlamento, hacen lo mismo que nuestros amigos “progresistas”?: destruyen el valor de las leyes, juzgan a los jueces, reescriben a su gusto la Constitución, sin tener más que una mayoría escueta incluso, aunque fuera mayoría absoluta, que solo legitima, en democracia, para gobernar unos años dentro del marco común de la ley que debe ampararnos a todos.

El antisemitismo me inquieta menos en cuanto que no nos cansemos de denunciarlo, y no nos vamos a resignar a hacerlo, para que las jóvenes generaciones no sean adoctrinadas en la mentira y el racismo; por ahí soy optimista. Por otra parte, pienso que, de análogo modo, no debería ser pesimista respecto al auge de las demagogias y de la tiranía populista (no solo en España). Pero en este punto, creo que para esa batalla no basta ya nuestra labor porque han dado mucha caña ya a las generaciones jóvenes, y tendríamos que vivir nosotros unos cincuenta años más para enderezar esto. Triste es reconocerlo habiendo sido profesor de Instituto más de treinta años. Por cierto, muchos de estos progresistas se mueven por dar charlas extraescolares bien pagadas en los institutos pero pocos de ésos quieren meterse en una clase de la ESO todos los días. Dominan los medios acríticos con el Gobierno; las redes o apriscos mentales, unidireccionales, donde solo se conoce lo de uno; la educación está en manos de la psicologización y la deseducación. Triste le Roy.

¿Cerrar los ojos puede ser un signo de resistencia? Un volver a la conciencia de lo que somos, o, por el contrario, negarse a la evidencia del abismo en que nos encontramos. Signo de aceptación de la muerte, de pesimismo final y casi póstumo; o, por el contrario, de concentración de energía, de rebeldía interior, y de un cierto optimismo por encima de los valles y las montañas oscuras del porvenir próximo de España.

Triste lo que pasa en Argentina, o en España…; al menos en Israel -como en Ucrania-, y perdóname porque nadie desea vivir bajo una guerra: eso es lo peor para todo el mundo, niños y mayores, animales y cosas; al menos tenéis un país y una patria. Es triste que en España empecemos a quedarnos sin eso, así por las buenas, como los tontos, a los que le quitan el bocadillo y no pasa nada.

Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

Reseñas literarias

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