Las nueve musas

Libros, lectura y poesía: una meditación

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En cada libro, en cada acto de lectura, se reproduce y actualiza un pacto antiquísimo entre la humanidad y la cultura. Con la poesía, naturalmente, ese pacto se exacerba. En este artículo meditaremos al respecto

Lector

  1. Los libros, la lectura

De mi última mudanza solo sobrevivieron unos veinticinco o treinta libros (clásicos, en su mayoría, de narrativa, poesía, gramática y teoría literaria). Una vez instalado en mi actual domicilio inicié un operativo de recuperación que me llevó incluso a comprar otros libros que aún no había leído. Muchos de ellos, usados. Muchos de ellos, encuadernados primorosamente en cuero rojo o azul, con adornos de plata cincelada. Sin embargo, los que antepongo a estos son los amarillentos, los envejecidos por el roce de manos antiquísimas que siento que se unen a las mías cada vez que los sostengo para perderme entre sus páginas.

Varias generaciones leyeron estos párrafos que, al azar, leo hoy. El contenido del libro ha viajado, como un mensajero silencioso, de siglo en siglo, de país en país y de ser humano a ser humano. Los libros protegen la memoria del mundo y también la profecía del mundo; la historia distante de la Humanidad y la caliginosa historia venidera. Todo está resumido y prevenido en esas antorchas que van de mano en mano iluminando las tinieblas, y, aun así, ciegos de toda ceguera, nos seguimos tropezando con la misma vieja roca, como tercos espíritus sin paz y sin contornos.

Evocar la inabarcable herencia de los libros, en cuyo amparo se cultiva la sabiduría, la curiosidad, la catástrofe y el amor de nuestra especie, me enaltece y emociona. Ellos me escoltan hacia una serenidad que es la de muchos (ay, sinuoso e ineludible sinfronismo), y cada día me imagino menos sin su generosa e ineludible compañía.

De estos libros que menciono, no solo me impacta su estatura de obra cumbre, sino el ambiente que los rodeó en su momento: las negligentes estanterías en las que descansaron, el meticuloso trabajo de quien los escribió y los imprimió y de quien los cosió y encuadernó, su inmarcesible aroma de humedad y piel salobre, las palabras que les fueron susurradas, los temblores que provocaron en algún corazón desprevenido o las llagas que tal vez le repararon. Es la fusión de quienes los escribieron y fabricaron y de los lectores previos a mí lo que más me emociona; la conexión con los dueños sucesivos que acaso un día, como yo lo estoy haciendo ahora, volvieron su imaginación hacia atrás y se vincularon con el pasado, igual que yo hago hoy con el mío, del que ellos claramente forman parte. O quizá miraron hacia su futuro y me vislumbraron o me adivinaron, justo a mí, también lector y, para colmo de males, escritor alucinado en permanente intransigencia, tataranieto suyo, al fin y al cabo. O vieron aún más lejos de mí mismo, después de mí, cuando yo forme ya parte del pasado de otros tantos, a los lectores que vendrán. Me inquieta pensar que alguien, como yo lo estoy haciendo ahora, interrumpió hace siglos su lectura, apoyó un dedo en esta misma página y miró, como yo lo estoy haciendo ahora, el abismo circundante, entre muros quizá ya derruidos y ante un paisaje, quizá, irreconocible, sí, como yo lo estoy haciendo ahora, que ya no reconozco las «ruinas de la patria mía», ni a los cretinos que se encargaron de arruinarla.

Pero todo pasa. Otra limpia mañana llegará, y yo ya no estaré aquí sentado. Aunque sí estarán los libros y algún que otro lector. Y acaso él recuerde mi nombre sin perfiles, y acaso yo vea por medio de sus ojos el raro porvenir que se me niega, escuche por medio de sus tímpanos la nueva armonía del mundo inesperado, acaricie con sus manos el aire azul que se entromete. Para mí, entonces, que ya estaré dormido sin remedio, se terminará la impetuosa carrera de la vida: la carrera en la que hoy me toca a mí ocupar el puesto de quienes antes la corrieron.

  1. La poesía

Leo a un viejo poeta español, pero también a uno mexicano, más moderno, y entiendo por qué el lenguaje de ambos es incomprensible para muchos lectores de esta época, lectores, digo, acostumbrados a una literalidad seca y doliente. Sin embargo, entre los poemas de uno y otro trazo una reflexiva parábola en mi mente, parábola relacionada con la finitud, el paso del tiempo y el ocaso de la vida.

El primero es un poema de Luis de Góngora y Argote, cuyo anteúltimo verso me proporcionó (o casi) el título de mi más reciente libro. Me refiero a este conocidísimo soneto:

Menos solicitó veloz saeta
destinada señal que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta

 que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

 ¿Confiésalo Cartago y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

 Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.[1]  

Rebajas
Antología poética: 3 (Clásica)
  • Góngora, Luis de (Autor)

El segundo es un breve poema de Octavio Paz, que resume, en cierta forma, el tópico central de los versos anteriormente transcritos:

Relámpagos o peces
en la noche del mar

y pájaros, relámpagos
en la noche del bosque.

Los huesos son relámpagos
en la noche del cuerpo.
Oh mundo, todo es noche
y la vida es un relámpago.[2]

En suma, la poesía parecería llegarme más cuando brota de un libro, cuando se despierta en él como en un lecho y es abrazada por su propia voz y desperezada por su propia música. La poesía, ahora que estoy empezando a pensar en ciertos temas (como la finitud, el paso del tiempo y el ocaso de la vida), me ofrece sus balsámicos aromas para hacer más tolerable el funesto derrotero que me queda por delante. La poesía, en efecto, me recuerda que hubo alguna vez algo llamado humanidad, algo que sé que cuesta recordar entre tanta suciedad, tanta estupidez y tanta ofensa, pero que, si no lo traemos pronto a la memoria, posiblemente nada de lo que vale la pena de nuestro paso por este triste mundo sobreviva, y ni siquiera nos merezcamos esa suerte de perdón residual que es el olvido.


[1] Don Luis de Góngora y Argote. «De la brevedad engañosa de la vida», Antología poética, Barcelona, RBA, 2002.

[2] Octavio Paz. «Vida entrevista», Libertad bajo palabra, México, Fondo de Cultura Económica, 1968.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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