Las nueve musas

Sobre el decir de María Zambrano

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Sólo cuando explico a otro, me explico; acabo de entender, cuando doy a entender. Esta es una condición del diálogo, de la palabra, porque ella es lo dado, claro que siempre se da a medias, porque es mediación, puente que une, que no acaba de decirse hasta que no hemos enlazado las dos orillas, las orillas del diálogo.

La palabra que no se hace diálogo es muda, vacía, humo en el campo.

Ante lo desconocido surge la palabra y lo configura como enigma que exige descifrar. “Mientras haya un misterio para el hombre, ¡habrá poesía!”, decía Bécquer. En tanto que misterio, buscamos la palabra, aquella que crea, llave que abre.

Thornton Wilder: “La piel de nuestros dientes”, 1942, afirma que adivinar el futuro es fácil, lo difícil es adivinar el pasado, porque el pasado somos nosotros mismos y, como no llegamos a conocernos, somos lo escondido. Otras veces, tenemos la certeza de que existe aquello que tratamos. Sabemos que existe la ola, el aire que mueve las velas, por tanto, el barco, con más o menos dificultad, navega.

Sin embargo, con la fe entramos a un territorio, donde es simbólico tanto el adentrarse, como el espacio, nos disponemos a encontrar, a ver, lo que por naturaleza va a ser imposible. Es el buscar mismo lo que se ha convertido en realidad.

¿Caminamos tras un sueño? Desde luego es tangente a lo racional, se trata de aquello que, María Zambrano, llamaría el delirio, que consiste no en ver, quizá en tocar, porque es el tacto, ya que andamos a ciegas, quien nos guía. No es un curso reflexivo, sino poético, parece que adivinase, no lo consigue por una relación causal, sino por revelación.

¿Adónde nos guía?,  si no hay lugar, espacio de encuentro y, tampoco tiempo, ¿qué nos queda? Hay sólo una pregunta por el sentido de la vida, de mi vida. Expuestos a la intemperie  nos vemos como Adán y Eva, tras ser expulsados del Paraíso, estamos desnudos, sin palabras, de ahí que va a ser necesario establecer esa pantalla entre las cosas y el cuerpo. Adán se hace visible por el vestido, se diferencia de la naturaleza, deja de estar para ser.

Podría pensarse que al escribir, al hacer visible la palabra, la sintaxis fuera el curso mismo de ese proceso y que, su discurrir, sea lo que pretende atrapar María Zambrano.

La palabra escrita tiende a la rigidez, se va al fondo, queda ahí dormida hasta que el soplo de alguien la despierta.

María Zambrano
María Zambrano

Cuando María Zambrano escribe, hace como si hablara, como si las palabras recuperasen su estar en el aire, y ellas mismas fuesen aire. Palabras que en estado naciente se nos ofrecen, de ahí que lo que  escribe se acompase a  su respiración. La página  se convierte en arroyo o río, a veces lluvia, siempre agua en movimiento, no es estanque, plácida alberca en la que descubrimos al fondo las algas.

¿En qué se diferencia la palabra escrita de la oral? No se trata de que el diálogo remede la realidad, podríamos encontrarnos con la caricatura, algo así como cuando Arniches elaboró el “madrileño” castizo. La oralidad no depende del género en que se manifiesta: diálogo o palabra tomada al azar, es ritmo, melodía inaudible de la que no siempre somos conscientes, apenas si podemos captarla, porque asistimos a su nacimiento, es la melodía de la fuente, percibimos el agua que surge, pero no vemos el origen, tendríamos que adentrarnos en la tierra, cavar hasta dar con la mina donde lentamente, húmedas las paredes, gota a gota va depositándose. La tierra aparece entonces como un gigantesco seno, dotado de mil canalillos por los que se filtra el agua que ahora vemos surgir a chorros.

La palabra de María procede de esa red de raíces que aún no se han convertido en relato, pero tiene ya, ha recuperado, toda su frescura, está a punto de nacer. Mostrar la palabra en ese punto, o mejor, llevarla a ese punto, es fundamental para su decir.

Dar con el principio no es fácil, a veces se aplica a su búsqueda la temporalidad y se dice: puesto que hay un antes y un después, el uno es causa del otro. Esa causalidad en sus escritos metodológicamente no nos vale, pues el principio es el descubrimiento del pensar mismo, es decir no se ordena con el tiempo, aunque se da en el tiempo.

Pero, volvamos a la página, imaginemos que hemos borrado las palabras y sólo vemos sus huecos, blanco sobre blanco, de manera que alguien podría afirmar que allí nunca hubo nada escrito, que la página es virgen. Sin embargo, aunque hemos eliminado las palabras quedan las pausas, el silencio. Un silencio que es expresivo, porque tuvo su origen en la palabra. Pudiera ocurrir que recobrará la memoria, que esa página blanca fuese un palimpsesto y que, aplicando unos determinados componentes, apareciese lo que aparentemente se ha borrado. Aunque no es ahí donde quiero llegar, sino a un lector que, sin saber cómo, descubre que, esos espacios blancos, marcaban un ritmo, que ese ritmo encerraba palabras y, por fin, la melodía aparece.

Los escritos de María nos permiten asomarnos a su interior, al origen, y lo hacemos, no al modo de espectadores que contemplan un paisaje y gozan de esa visión, sino que nosotros mismos formamos parte de ese paisaje, parece que el camino se hubiese hecho para nosotros.

Quizá ha sido el exilio, su doble exilio, el que ha hecho que María Zambrano escriba así. El desterrado habla desde una inmensa plaza vacía, primero con la esperanza de que alguien, desde el último rincón o desde el recuerdo, conteste. Luego, cuando nadie ha respondido, probablemente calle, sólo entonces descubre su soledad, una soledad inmensa, porque está fuera del espacio y fuera del tiempo.

Una vez que se ha revelado esta soledad, tiene dos soluciones posibles: callar para siempre o seguir hablando, aunque ninguna de estas posibilidades es factible, ni puede callar, ni puede seguir, no existe el puente o puerta de la continuidad, por tanto ha de plantearlo de otro modo, si no puede seguir, tendrá que empezar de nuevo.

¿Se puede hacer?  ¿Puede el hombre perder la memoria? Me refiero a borrarla desde la plenitud de sus facultades mentales. Mejor sería decir si puede hacer como si la perdiese, limar una a una las palabras, lograr que desaparezcan todas las connotaciones que han adquirido con el uso, dejarlas planas, disponibles. Tal como aguarda al pincel el óleo en el tubo. Puede que esto no sea posible y sea necesario considerar otra fórmula.

Como lo que se trata es de responder, quizá sería suficiente con programar uno mismo las preguntas convenientes, aunque equivaldría a mentir. Si las preguntas están ahí, vamos a contestar. Suele el español servirse del exabrupto en la contestación, primero escucha, si es que tiene paciencia, para luego, entrar al trapo, embiste, arrolla.

¿Y si existiera otro modo? La plaza inmensa, que antes hemos configurado como el exilio, la plaza vacía, es ahora, una plaza de toros, inmensa y vaciada, presidida por el silencio de la historia, olvido semejante al agua que mansamente se hunde en la arena. En las gradas, sol y sombra, todos han desaparecido, nadie, no hay nadie, estamos solos en el albero. ¿Qué hacer? Se oyen voces, pero pertenecen a otras lenguas, vienen de fuera, mientras nosotros estamos dentro, estamos en nosotros mismos, la plaza se ha hecho castillo interior.

Pensemos entonces en una María Zambrano sin libros, sin interlocutor, sin páginas, y que ha decidido volver a empezar. Hay que tomar tierra para comenzar de nuevo, para ello selecciona palabras esenciales, dice: aurora, claro del bosque, delirio, destino, confesión, Séneca, sueño, forma…Y, como Robinsón, que las hubiese salvado del naufragio, va a ir recordando, como si fuesen desconocidas, extrañas, como si se tratase de la primera vez que va a examinarlas, porque las piensa desde un principio final, y como está en esa plaza se olvida de todo, porque no hay nadie, porque no hay nada. Su discurso, que podría haber sido dramático, se hace poético.

La poesía es un aspiración a estar distante del mundo, para desde allí ver, no verse, que sería un ejercicio narcisista, ver la realidad, conocer lo esencial, llegar a la verdad, aunque esta no se cumpla. Y no se cumple porque, entre ver y hacer ver, hay un tiempo que impide a la claridad irrumpir simultáneamente en el valle oscuro que habitamos, sólo algún resplandor, los relámpagos que se dan en las montañas pueden iluminar, y dejan ver un instante.

Imaginemos que esto fuese la poesía, un resplandor en el valle oscuro, un trallazo de luz que sacudiera la costumbre, golpe que revela y lo hace con palabras, que al ser de todos, como cantos rodados, han perdido los bordes, han llegado a ser inútiles, se han convertido en viejos instrumentos, el poeta es el que está dedicado a liberarlas del uso.

Las palabras proceden de la luz, por tanto hay que recuperar ese canto que aún conserva un rastro de claridad primera.

A veces en la oscuridad, ese chispazo, se refleja en los otros y entonces la cueva se ilumina, recupera la luminosidad, y una vez alcanzada ya no puede perderla. El poema vendría ser un hueco que hemos abierto, que se mantiene por esa correspondencia de luces que las palabras conservan, nadie sabe cómo, justo cuando parecía que ya lo habían perdido todo, cuando no había más que oscuridad o mudez, aunque había ruido, el ruido sordo de los cantos rodados en la lengua corriente, entonces reaparece ese relámpago que ilumina como si se tratase de una verdad.

María maneja palabras, y es consciente de que fueron luz, que el tiempo y el uso han consumido. Actúa como si permaneciese un resplandor, que reposa oculto en alguna de las partículas mudas, oscuras, que las conforman, y donde es posible que, a fuerza de trabajo, lo encuentre, de modo que, cuando esto sucede, cuando ha descubierto el camino, recobra la sintaxis, entonces aparece el poema y el fragmento, la página o el libro.

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  • Algunos lugares de la poesía (La Dicha de Enmudecer)
  • Tapa blanda
  • Lengua: Espanol
  • 484 páginas
  • Maria Zambrano (Escritor)

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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