Las nueve musas

La gallina de los huevos azules «versus» Cristóbal Colón

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Corren malos tiempos para los próceres, eminencias, varones o hembras insignes, glorias nacionales y demás gerifaltes de antaño.

Desde la caída de la URSS, no ha cesado el derribo de estatuas en el mundo occidental. Tras el ajuste de cuentas con las efigies de comunistas y afines que se habían erigido en los Estados que dejaron de orbitar como satélites de Moscú, el revisionismo histórico y la vesania iconoclasta se pusieron de moda y prosperaron en el continente americano, bajo el palio del antirracismo y el irredentismo indigenista que fomenta la nueva izquierda.

Cristóbal ColónEn el norte del continente el baile de las estatuas comenzó, en los EE. UU., con las de los políticos y militares confederados por haber defendido el statu quo esclavista en la guerra civil, al tiempo que, el Día de Canadá —1º de julio de 2021—en Winnipeg, el descubrimiento de campos de enterramiento de escolares con más de mil cadáveres de niños indios anónimos motivó la destrucción de las estatuas de las reinas británicas Victoria I e Isabel II.

Esa vesania iconoclasta, sin embargo, pareció ensañarse con la figura del marino Cristóbal Colón —no añadimos “genovés” porque esa es una de las hipótesis menos probables, pese al agobiante “wishful thinking” de los italianos, especialmente los emigrados a Norteamérica— y con la omnipresencia española en el continente, calificada como  “genocidio”. En agosto de 2017, el concejal O´Farrell, que desciende de la tribu india Wyandotte de Oklahoma—llamados también “Hurones”— logró que el ayuntamiento de Los Ángeles, California, aprobara sustituir la fiesta del Día de Cristobal Colón, que se venía celebrando desde 1937, por el Día de los Pueblos Indígenas, Aborígenes y Nativos. “Este es un paso natural en la eliminación del falso relato de que Cristobal Colón descubrió América”, dijo el concejal; “Colón en persona fue responsable de atrocidades y sus actos pusieron en marcha el mayor genocidio de la historia. Su imagen no debería ser celebrada en ningún sitio”. El año siguiente, en noviembre de 2018, Hilda Solís —supervisora del condado de Los Ángeles—ante la destrucción del monumento al navegante dijo que “la estatua de Colón reescribe un capítulo manchado de la historia que da una visión romántica de la expansión de los imperios europeos y la explotación de los recursos naturales y de los seres humanos. Similares argumentos presidieron los derribos colombinos en Baltimore, Boston, Richmond, Minneapolis y, sobre todo, en la ciudad a Colón consagrada en USA, Columbia. De manera indirecta, la diana de la ejecución simbólica comenzó a centrarse en otros personajes hispanos, como fray Junípero Serra.

La epidemia revisionista alcanzó a las naciones sureñas. En México, la figura de Colón que se elevaba en la zona centro de la capital será sustituida por una escultura de una mujer olmeca. En los paisajes urbanos de Argentina, Chile, Venezuela y Bolivia ha desaparecido la representación del Almirante. En junio de 2021 se encarnizaron con ese icono en la ciudad colombiana de Barranquilla. Taparon la cabeza de la estatua con una capucha, le ataron una soga al cuello para decapitarla y arrastraron los trozos por las calles gritando insultos. En la cacería colombiana cayeron también los pedestales de los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada (en Bogotá) y Sebastián de Benalcázar (en Cali).

En realidad, la persona de Colón fue objeto de antipatía, reprobación y polémica durante su existencia y en los siglos posteriores. En la primavera de 1499, durante su tercer viaje a América, la reina Isabel la Católica envió a Francisco de Bobadilla para que investigara los desórdenes que estaban aconteciendo en La Española. El juez pesquisidor se encontró con siete españoles ahorcados y otros cinco a la espera de ser ejecutados al día siguiente por oponerse al navegante y sus incondicionales. Bobadilla descubrió pronto que Colón había ordenado que le cortaran la lengua a una mujer por el simple hecho de hablar mal de él y sus hermanos y también hizo que le cortasen el cuello a un hombre por conducta homosexual. El almirante fue devuelto a España con las manos esposadas.

Durante su segundo viaje a América ya había caído en desgracia ante la reina por haber capturado más de mil esclavos, uno de los cuales entabló amistad con Bartolomé de Las Casas, quien dedicaría desde entonces sus esfuerzos a salvaguardar los derechos de los indígenas. Con sus testimonios —a menudo imprecisos y exagerados— tejieron la urdimbre de la Leyenda Negra los holandeses, los anglosajones protestantes y demás enemigos del Imperio español. La fórmula de la Leyenda —cuyos rescoldos no solo aun no se han apagado, más por inercia que por mala voluntad, sino que incluso se han incorporado al pensamiento de la facción iletrada de la izquierda española y la hispanoamericana—no puede ser mas simple y eficaz: todos los aspectos positivos del descubrimiento y de la presencia española en el Nuevo Mundo deben atribuirse a una inocente “Europa” o a “los europeos”; en caso de extrema necesidad puede recurrirse a “los ibéricos”. Los aspectos que se consideran criticables o negativos siempre son monopolio de “España” y “los españoles”.

Lo cierto es que el rumbo de la Historia cambió de manera irreversible cuando los españoles fueron conscientes de que el 12 de octubre de 1492 no habían llegado a Asia, al Japón, sino a un Nuevo Mundo, a un nuevo continente que será encomendado a España por el vicario de Cristo en la tierra, el español Alejandro VI, el papa Borgia. Ni Rodrigo de Triana —el primero que avistó tierra americana desde las carabelas españolas— ni el propio Colón supieron inicialmente que estaban remodelando el globo terráqueo añadiéndole una nueva dimensión.   Colón pensaba que nuestro planeta tenía una circunferencia ecuatorial de unos 10.000 kilómetros menos de los que en realidad tiene (40.076). Así pues, tras hacer escala en las Canarias, el 6 de septiembre de 1492 la armada tomó rumbo al oeste. El almirante calculaba que la distancia entre las Canarias y Cipango (Japón) sería de unas 700 leguas, por lo que cuando se superaron las 800 sin avistar una orilla, hubo de afrontar el descontento de sus hombres. No obstante, ninguno de ellos pareció sorprendido cuando tocaron tierra firme.

La hazaña provocó el asombro de las naciones y reacciones de todo tipo, con inclusión de la envidia insana. Desde muy pronto surgieron voces negando el descubrimiento a Cristóbal Colón y a España. A lo largo de los siglos, fueron multiplicándose los pre-descubrimientos, que pretendían menoscabar el prestigio del almirante y del país que posibilitó su empresa. En la propia España, fray Bartolomé de Las Casas habla de un navío español con destino a Inglaterra que fue arrastrado por una tormenta hasta el Nuevo Mundo. Pedro Mártir, a su vez, menciona el contacto de Colón en la isla de Madeira con unos de aquel país que habían navegado con una gran tempestad y habían arribado a las islas últimamente descubiertas; y cuando el piloto enfermó de muerte, él en persona dio al susodicho Cristóbal noticia de aquellas regiones en el año 1475. El Inca Garcilaso de la Vega pone nombre al informante de Colón y se publica en 1609 en su obra Comentarios Reales la historia de Alonso Sánchez, natural de Huelva, cuyo navío y sus tripulantes fueron arrastrados hasta las islas americanas, donde los indígenas les agasajaron con oro, mujeres, etc. Al regreso atracaron en Porto Santo, donde residía Colón. Antes de morir, Alonso Sánchez transmitió a Colón las valiosas informaciones que le facilitaron el descubrimiento. Este fue el primer principio, y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza, podrá loarse la pequeña Villa de Huelva, que tal hijo crio, de cuya relación certificado Cristóbal Colón, insistió tanto en su demanda. (Inca Garcilaso de la Vega). El docto canónigo cordobés Bernardo de Alderete (1565-1641) abunda en la misma información en 1615: Siendo cierto, que el primero, que dio noticia a Cristobal Colón del Nuevo Mundo, fue Alonso Sánchez de Huelva, marinero.

Comentarios realesEsta es la teoría que sostiene el antropólogo, arqueólogo e historiador francés Christian Duverger en su obra reciente Diario de a bordo (edición del autor), en la que intenta desentrañar el contenido y lo sucedido con el diario que el almirante redactó durante su periplo y se perdió en el siglo XVI tras habérselo entregado al rey Fernando el Católico. Duverger desmitifica en su nueva obra la figura romántica del Colón que se perfiló en el siglo XIX y afirma que el almirante, a lo largo de su vida, se dedicó a borrar sistemáticamente sus circunstancias personales porque era —probablemente—un judío portugués. Cuán eficazmente habría alcanzado su objetivo que ni siquiera hoy puede asegurarse cosa alguna sobre sus orígenes. Los tratadistas más aplicados consideran que hay diecisiete posibles orígenes del almirante: portugués, castellano, genovés, catalán, francés, vasco, corso, griego, noruego, judío, prusiano, gallego, mallorquín, extremeño, suizo, ibicenco e inglés.

Rebajas
Diario de a bordo (Historia)
  • Duverger, Christian (Autor)

La fabulosa trascendencia del descubrimiento no se le ocultó a nadie y la atribución del mismo a personas, tribus o naciones ajenas a Colón y a España viene siendo incesante y variopinta desde 1492, hasta extremos tales que, en algunos disparatados textos escritos y en similares páginas de Internet (como en alguna página islamista) se afirma que “antes de Colón había pisado América todo el mundo” y que “Hasta el gato se había paseado como Pedro por su casa por América antes que Colón”. En este sentido, es preciso recordar que los cronistas españoles establecieron comparaciones y asociaciones de los objetos, edificios, representaciones, ropas, rasgos raciales, plantas y animales del Nuevo Continente con otros existentes en el Viejo Mundo, y recogieron el testimonio de los nativos sobre personas de piel clara, cabello rubio y pilosidad corporal abundante (ausentes en los amerindios). Así, los españoles hablan de “perdices” cuando se trata de un ave similar, o de “mezquitas” o “minarete” cuando ven un edificio sobresaliente. Este mero hecho, ha dado base (muy endeble, ciertamente) para situar en la América prehispánica a ciudadanos del Egipto faraónico, de la Roma imperial, súbditos del Celeste Imperio chino, fenicios, celtas, vascos, polinesios y musulmanes procedentes del imperio de Mali, por un lado, y del imperio otomano, por otro. El presidente turco Erdogán aludió recientemente al hecho, teniendo en cuenta —sin duda—el llamado Mapa de Piri, encontrado en el palacio de Topkapi, Estambul, en 1929. Se trata de un fragmento de un mapa elaborado en 1513 por el almirante y cartógrafo otomano Piri Reis, sobrino del famoso corsario Kemal Reis, quien había capturado y mantenía como esclavo a un marinero que había participado en los viajes colombinos. Piri Reis cita entre sus fuentes un mapa del propio Cristóbal Colón —encontrado en un barco español capturado por su tío en 1501— cuatro mapas portugueses, el testimonio del marinero capturado y “los antiguos reyes del mar”, expresión que ha dado lugar a variadas especulaciones. En 2004, se celebró en Estambul un simposio internacional sobre Piri Reis y, salvo para algunas mentes calenturientas e interesadas, el mapa se considera tan solo una magnífica compilación de todos los conocimientos geográficos de la Europa medieval.

Fragmento del mapa de Piri Reis
Fragmento del mapa de Piri Reis

Tan masiva y persistente afluencia de los que podríamos llamar irónicamente excursionistas transoceánicos precolombinos adquirió notoriedad mundial en 1976 tras la publicación de America B.C., ancient settlers in the New World, es decir, “América antes de Cristo: antiguos colonos en el Nuevo Mundo” (Quadrangle/New York Times Book Co.) del británico Howard Barraclough Fell (Barry Fell, 1917-1994), experto en biología marina y profesor de zoología de los invertebrados en el Museo de Zoología Comparada, de la Universidad de Harvard. Aficionadísimo a la arqueología y la paleografía, en la obra citada y en las posteriores Saga America (1980) y Bronze Age America (1982) presenta su propia traducción de petroglifos y otras inscripciones encontradas en artefactos o edificios en las Américas que él considera escritos en lenguas del Viejo Mundo.

La labor epigráfica de Fell pronto fue puesta en solfa por el mundo académico, que le consideraba un mero diletante carente de los conocimientos necesarios en el terreno de la epigrafía. Así se pronuncia, por ejemplo, Stephen Williams (1926-2017)—que fue profesor de Arqueología y Etnología Americanas y Curator del Museo Arqueológico de la Universidad de Harvard— en su obra Fantastic Archaeology: Wild side of North American History (“Arqueología fantástica: el lado salvaje de la historia norteamericana”) (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1991). Williams reconoce que la arqueología fantástica ha sido parte integrante de la arqueología americana desde los primeros días; que la línea que separa lo fantástico de lo científico es problemática y que las ideas peregrinas a menudo cubren necesidades sociales auténticas (sobre esta última idea, volveremos al tratar de la presencia vikinga). En similar sentido se pronunciaKenneth L. (“Kenny”) Feder (n.1952), profesor de arqueología en la Universidad Central de Connecticut, y autor de Frauds, Myths and Mysteries: Science and Pseudoscience in Arqueaology (“Fraudes, mitos y misterios: la ciencia y la pseudo-ciencia en la arqueología”) (Mountain View. Mayfield. 1996). Y por último reseñamos que en 1983 se realizó una encuesta entre 340 arqueólogos docentes para valorar la labor arqueológica de Barry Fell. El 95,7% de los encuestados la consideró “negativa” y “pseudo-arqueología”. El 2,9% mostró una valoración “neutra” y tan solo el 1,4% manifestó una opinión positiva.

Pero la opinión de los expertos y académicos no siempre se corresponde con el gusto del público lector. Así lo demuestra el enorme éxito que ha tenido el comandante de la marina británica Rowan Gavin Paton Menzies (1937-2020) con sus tres libros. En el primero, 1421: The Year China Discovered the World (“1421: El año en que China descubrió el mundo”) —publicado en EE. UU. con el título 1421: The Year China Discovered America (“El año en que China descubrió América”), Menzies —que carecía de formación académica— afirma que la flota del almirante chino Zheng visitó las Américas antes que Colón y que esa misma flota circunnavegó el globo terráqueo un siglo antes que la expedición de Magallanes/Elcano. En el segundo libro, 1434: The Year a Magnificent Chinese Fleet Sailed to Italy and Ignited the Renaissance (“1434: El año en que una magnífica flota china navegó a Italia y prendió la mecha del Renacimiento”) los navegantes chinos descubren Europa y originan el Renacimiento (los pretendidos inventos de Leonardo dan Vinci, por ejemplo, son realmente chinos). En el tercero, The Lost Empire of Atlantis (“El imperio perdido de la Atlántida”) afirma la existencia de dicho imperio en forma de civilización minoica, cuyos dominios alcanzaban desde las costas de América hasta las de la India. La generalidad de los sinólogos e historiadores profesionales han rechazado de plano las obras de Menzies calificándolas de pseudo-ciencia. El prestigioso historiador británico Felipe Fernández-Armesto, Catedrático de Historia Mundial y Ambiental del Queen Mary College de la Universidad de Londres (hijo del periodista español Felipe Fernández Armesto) va aun más lejos y llega a decir que Menzies “es un charlatán o un cretino”.

Sea como fuere, la estela de Menzies se prolongó a partir de la lectura de su obra por un abogado y coleccionista chino, llamado Liu Gang, que prestó entonces la mayor atención y dio la debida importancia al mapamundi antiguo que había adquirido en 2001 a un comerciante de Shanghái por 500 dólares y en el que se muestra el contorno de Norteamérica y Sudamérica. También se muestra claramente el contorno de África y de Australia, pero no el de otras tierras bien conocidas, como las islas británicas. Ahora el mapa se exhibe en Pekín y, de las inscripciones que figuran en el dorso, se deduce que fue copiado por el cartógrafo o dibujante Mo Yi Tong en 1763, según el mapa original del año dieciséis del Emperador Yongle (es decir, de 1418). El mapa está siendo sometido a una investigación exhaustiva, pero el Gobierno chino difícilmente podrá obtener rédito alguno en lo que respecta al prestigio histórico de la nación china puesto que el valor probatorio del mapa es nulo. Y más aun teniendo en cuenta el antecedente del ridículo que hizo la Universidad de Harvard con la falsificación del famoso Mapa de Vinland, como ahora veremos.

El mapa de Vinlandia
El mapa de Vinlandia

Desde tiempos ancestrales, las sagas nórdicas describían el viaje realizado desde Groenlandia hasta Vinlandia —una tierra situada al Oeste, en Terranova— por un grupo de hombres y mujeres vikingos capitaneado por Leif Erikson.

Durante siglos, esos relatos fueron generalmente considerados meras leyendas, aunque un grupo de inmigrantes escandinavos en los Estados Unidos sostenían su veracidad histórica frente a los discriminadores y despectivos inmigrantes anglosajones. Si las leyendas fueran ciertas, los nórdicos tendrían mejor derecho a habitar en Norteamérica. Tan solo necesitaban alguna prueba material del viaje y ésta apareció realmente en 1960, en la punta septentrional de la isla de Terranova, en un lugar conocido primero como L´Anse aux Méduses (“La Ensenada de las Medusas”) y mal transcrito al inglés como L´Anse aux Meadows (“La Ensenada de los Prados”) que es la denominación oficial. Allí, el abogado y explorador noruego Helge Ingstad y su esposa la arqueóloga Anne Stine Ingstad encontraron y estudiaron unos montículos cubiertos de hierba, que no eran viviendas de aborígenes, como se pensó en un primer momento, sino vestigios de edificios construidos con terrones de turba y armazones de madera, análogos a los encontrados en Groenlandia e Islandia, los restos de un asentamiento de origen escandinavo que se dató imprecisamente hacia el año 1000, o sea, cinco siglos antes de la empresa colombina. En 1968, L´Anse aux Meadows se calificó como Sitio Histórico Nacional de Canadá y en 1978 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.  El 20 de octubre de 2021 la prestigiosa revista Nature —que había mostrado un particular interés en el tema desde el primer momento—publicó un documentado artículo afirmando que el establecimiento en L´Anse aux Meadows tuvo lugar exactamente en el año 1021. Esta datación por carbono radiactivo se basa en los rápidos cambios atmosféricos del carbono 14 causados por alteraciones de la radiación cósmica en el año 775 y en el año 993 (el isótopo aumenta un 12%) y que se muestran sincronizadamente en los registros dendrológicos de todo el mundo.  De manera que, si los anillos de la madera examinada llegan al borde externo, se puede determinar en qué año se cortó el árbol.

Desgraciadamente, aunque la ciencia ha de ser objetiva y neutral, los científicos y las instituciones en las que desarrollan su labor —ya sea una prestigiosa Universidad o una publicación—no siempre pueden sustraerse a las influencias políticas, ideológicas u otras que contaminan su tarea. El caso de las prolongadas discusiones académicas, durante más de medio siglo, sobre la autenticidad del conocido Mapa de Vinland resulta paradigmático.

Hacia 1957, un anticuario de New Haven, Connecticut, llamado Laurence Witten, adquirió de un descocido vendedor europeo un manuscrito en latín sobre la Historya Tartarorum (“Historia de los tártaros”) al que se había anexado un mapamundi copiado de un original del siglo XIII —hacia 1440— y, por tanto, anterior a la expedición española a América. En él se representa a Europa, Asia, África y una masa de tierra en el Atlántico a la que se llama “Isla de Vinland, descubierta por Bjarni en compañía de Leif” y se dice que fue visitada en el siglo XI. El mapa fue adquirido por el millonario y filántropo Paul Mellon, quien lo donó a la Universidad de Yale (la revista Nature, publicada el 1º de agosto de 2002, tiene otra versión: la Universidad pago un millón de dólares EE. UU. por el mapa). En aquellos momentos la idea de que los vikingos se establecieran en América antes que Colón era nueva y muy controvertida. Por ello, un grupo de investigadores de la Universidad de Yale decidió mantener en secreto el mapa en el que se muestra América por primera vez en la historia, hasta haber finalizado un estudio minucioso para publicar la investigación atingente. Tras años de investigación acrítica —salvo honrosas pero escasas excepciones— en octubre de 1965 las eminencias de Yale aprovecharon la conmemoración de la hazaña colombina para anunciar a bombo y platillo que ahora Colón y la expedición española a América quedaban relegados al patio trasero de la Historia. Habida cuenta del prestigio de Yale, la noticia significó una conmoción mundial y despertó gran interés una obra extensa publicada por la Universidad y titulada The Vinland Map and Tartar Relation (“El mapa de Vinlandia y la relación tártara”), dando cuenta de las investigaciones que habían requerido los esfuerzos de tres renombrados expertos en documentos medievales —cuyos nombres preferimos omitir— si bien esos especialistas habían trabajado aisladamente sin contrastar sus conclusiones con otros expertos. El mapa, calificado por la Universidad como “un tesoro medieval” quedó expuesto en lugar muy preferente hasta octubre de 2021, cuando Raymond Clemens, curador de los primeros libros y manuscritos de la Biblioteca de Manuscritos y Libros Raros de Beinecke, en Yale, dijo que el mapa era falso. «No hay ninguna duda razonable aquí. Este nuevo análisis debería poner fin al asunto«, concluyó. La profesora asociada de Historia Escandinava en la Universidad de Cambridge, Elizabeth Ashman Rowe, dijo que era «profundamente satisfactorio tener la confirmación científica más sólida posible de los argumentos de larga data de los historiadores de que el mapa de Vinlandia tenía que ser una falsificación».

Paul Mellon
Paul Mellon (por William Orpen, 1924)

Lo cierto es que tan pronto como Yale hizo público el mapa, otros científicos comenzaron a manifestar sus dudas acerca de la autenticidad. En los primeros años de la década de 1970 los cartógrafos comprobaron que las tintas empleadas en el mapa se descascarillaban de una forma anómala, «de una manera muy extraña que la tinta de los mapas medievales no se desmorona«, dijo William Fitzhugh, curador de arqueología norteamericana en el Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural. Además, esas tintas contenían altos niveles de anatasa, un compuesto de titanio utilizado por primera vez en la década de 1920. Una inscripción en latín, en la parte posterior del mapa, estaba sobrescrita con tinta moderna, lo que Clemens llamó «evidencia poderosa de que esto es una falsificación, no una creación inocente de un tercero”.

La euforia de Yale en los primeros momentos del maravilloso descubrimiento deformó la visión de la realidad. Mientras que el curador de mapas de la biblioteca de la Universidad en aquellos momentos vio el dibujo de Groenlandia, «asombrosamente preciso«, como una evidencia de la exploración vikinga, otros lo vieron tan asombrosamente preciso que delataba a un artista del siglo XX copiando un mapa actual. Gisli Sigurdsson, profesor de estudios nórdicos en el Instituto Arni Magnusson en Islandia, dijo que la costa norte de Groenlandia se dibujó «sospechosamente similar a lo que se puede ver en los mapas modernos. Groenlandia está tan cerca de la verdadera Groenlandia que es difícil creer que alguien en la Edad Media hubiera dibujado un mapa como ese«. También parecía muy improbable que un cartógrafo medieval supiera que Groenlandia, dibujada durante siglos como una península, era una isla. «La información sobre la geografía del Atlántico occidental habría tomado la forma de conocimiento y consejos transmitidos oralmente de marinero a marinero«, dijo la citada doctora Elizabeth Ashman Rowe. «Los vikingos no utilizaron mapas para la navegación«.

Pese a todas las evidencias, las voces en favor de la autenticidad del mapa se siguieron escuchando hasta 2009, cuando Rene Larsen, director de la Escuela de Conservación de la Academia Real de Bellas Artes de Dinamarca, aseguró tras cinco años de estudio que el mapa era auténtico y que los rastros de anatasa provenían de arena usada para secar la tinta.

En honor a la verdad, diremos que la Universidad de Yale no solo no dificultó, sino que —suponemos que con cierta reticencia— facilitó las investigaciones e instaló el mapa en un lugar menos honorífico. Raimond Clemens dijo que el mapa permanecería en la colección de Yale, calificándolo de «objeto histórico en sí mismo» y «un gran ejemplo de una falsificación que tuvo un impacto internacional».

Dale Kedwards, historiador de mapas del Instituto Arni Magnusson para Estudios Islandeses, declaró que «El mapa de Vinlandia es sólo una de una larga serie de falsificaciones que tratan de demostrar una presencia europea medieval en suelo estadounidense. Se utiliza para socavar la historia de las Primeras Naciones Indígenas y está relacionado con el tipo de historiografía nacionalista partidista que se desarrolla en Europa«. Creemos, sin embargo, que esa larga serie de falsificaciones no pretende socavar la historia de las Primeras Naciones (aborígenes canadienses con exclusión de los mestizos y los inuit — antes “esquimales”) sino reforzar la imagen de las naciones nórdicas europeas que se quedaron al margen de la romanización hasta bien entrada la Edad Media—por tanto, dentro de la barbarie—y han jugado siempre en la cancha de la Historia en segunda o tercera división, con independencia de la renta per cápita y el índice de bienestar que puedan disfrutar y que son ejemplares desde hace muchas décadas para la mayoría de los demás Estados.

Entre las falsificaciones que reprueba Arni Magnuson sobresalen tres, conocidas como “la piedra rúnica de Kensington”, “las reliquias de Beardmore” y “la moneda de Goddard”.

la piedra rúnica de Kensington
la piedra rúnica de Kensington

Las piedras rúnicas son losas pétreas con inscripciones utilizadas desde el siglo I hasta el siglo XII, aproximadamente, para dar a conocer eventos o hacer elogios fúnebres. Las inscripciones están realizadas en alfabeto rúnico o futhark, que utiliza unos símbolos/letras llamados “runas” que servían para escribir las lenguas de origen germánico principalmente en territorios germanos, en Escandinavia y en territorio anglosajón. En 1898, una de estas losas, que pesaba unos 90 kg. y medía 76x41x15 cm., fue encontrada al desenraizar un árbol por el hijo de Olof Ohman, un inmigrante sueco que poseía tierras en la localidad de Kensington, en el estado de Minnesota, EE. UU., zona muy poblada casualmente por inmigrantes escandinavos, muy orgullosos de su pasado. Posteriormente, Olof explicó que le regaló la lápida al director del banco local —aficionado a las antigüedades— porque creyó que se trataba de un calendario indio.

Pasaron los años y a principios del siglo XX llegó una copia de la piedra a manos del profesor noruego Olaus Jensen Breda (1853-1916), profesor de Lengua y Literatura escandinavas en la Universidad de Minnesota. En el periódico en noruego Symra el profesor publicó, en 1910, un artículo en el que declaraba que la piedra de Kensington era una falsificación. Además, Breda envió copias de la inscripción a colegas lingüistas e historiadores de Escandinavia, como Oluf RyghSophus BuggeGustav StormMagnus Olsen y Adolf Noreen. Ellos declararon unánimemente que la inscripción de Kensington era un fraude y una falsificación de fecha reciente. El lenguaje empleado no se corresponde con la fecha indicada. Es mucho más reciente. El texto dice así: (Somos) 8 Goths (suecos) y 22 noruegos en un viaje de exploración desde Vinland a través (cruzando) el Oeste. Hemos acampado junto a un lago con dos skerries (islas rocosas) a un dia de viaje al Norte de esta piedra. Salimos y pescamos un día. Después de volver a casa nosotros encontramos a 10 de nuestros hombres rojos de sangre y muertos. AV(e) M (aría), salva (nos) del mal. Nosotros tenemos 10 de nuestro grupo junto al mar para cuidar de nuestro barco (o barcos) a 14 días de viaje desde esta isla. Año 1362.

En 1907 adquirió la piedra un inmigrante noruego, graduado de la Universidad de Wisconsin e historiador, Hjalmar Holand (1872-1963). Se convirtió en el más creyente de los fieles de la piedra. La llevó a más de 20 universidades europeas que, una tras otra, le negaron autenticidad.

En 1948, la piedra rúnica quedó expuesta en el gran hall del Instituto Smithsoniano, en Washington. Por aquellas fechas habían aumentado las opiniones favorables a la veracidad de la lápida y el Dr. Mathew W. Stirling, jefe de la Oficina gubernamental de Etnología Americana (y principal estudioso de la cultura olmeca) dijo —desatinadamente—que la piedra rúnica era “probablemente, el más importante de los objetos arqueológicos encontrados hasta ahora en Norteamérica”. Sin embargo, tal vez debido a la veleidad de las opiniones, el objeto más importante ha abandonado el Smithsonian y se exhibe ahora en un museo ad hoc, el Runestone Museum, en Alexandria, Minnesota. La colonia de vikingos sí sabe cómo sacarle partido.

las reliquias de Beardmore
Las reliquias de Beardmore (por Brianann MacAmhlaidh) 3.0,

El fraude de las reliquias de Beardmore tuvo menos consecuencias. El 3 de diciembre de 1936, James Edward Dodd, un buscador de oro aficionado y ferroviario de Port Arthur, Ontario, Canadá, vendió un conjunto de fragmentos de hierro vikingos a Charles Trick Currelly, curador del Royal Ontario Museum, por el precio de 500 dólares canadienses. El hallazgo consistía en una espada rota, la cabeza de un hacha y una barra de uso desconocido (tal vez parte de un escudo). Dodd dijo que los había desenterrado cinco años antes al sudoeste de Beardmore, Ontario, el día 24 de mayo de 1931.

Aunque la autenticidad de los fragmentos no fue discutida y algunos pretendieron que esas reliquias demostraban una primitiva ocupación vikinga de la zona Norte de Ontario, la generalidad consideró falso que se hubieran encontrado en Ontario. En los veinte años siguientes a la adquisición de las reliquias, el museo las exhibió ostentosamente, pero, a raíz de la encuesta pública que se realizó en 1956-57, se vio obligado a retirarlas de la exposición. En aquellos momentos, el hijo del supuesto descubridor admitió que su padre las había enterrado previamente. En la década de 1990, el museo volvió a exponer al público los restos nórdicos sin mencionar la procedencia.

moneda de Goddard
moneda de Goddard

La historia del fraude de la moneda de Goddard guarda semejanza con el anterior. El 18 de agosto de 1957, dos amigos aficionados a la arqueología, Guy Mellgren y Edward Runge, se encontraban escavando en un conchero indio de los EE. UU. situado en la propiedad de un hombre llamado Goddard, en Naskeag Point, Bahía de Penobscot, Brooklin, costa central del estado de Maine. En el centro del sitio y a unos 12 centímetros de profundidad, Mellgren dijo haber encontrado una pequeña moneda de plata. Posteriormente, aseguró que no le había dado importancia creyendo que se trataba de un penique británico, que se lo había metido en el bolsillo para “entretenerse estudiándolo” y que no había señalizado el lugar concreto del hallazgo.

Uno de sus amigos, miembro de un club de numismática, catalogó la moneda como inglesa y del siglo XII. Nadie se preguntó como había cruzado el Atlántico esa moneda para acabar en un basurero indio hasta que, en 1978 —año de la muerte de Mellgren—, una publicación regional reprodujo la imagen de la moneda en un artículo titulado “¿Fueron los ingleses los primeros en descubrir América?”. La imagen de la moneda llegó a manos de un experto de Londres y, dos semanas después del fallecimiento de Mellgren, se hizo público que la moneda era un centavo nórdico, acuñado entre 1065 y 1093. Y, de repente, una multitud de expertos o meros interesados se precipitó a analizar la historia de la Moneda Goddard para reafirmar los contactos vikingos con América antes de Colón. La moneda fue donada en 1974 y se encuentra depositada en el Museo Estatal de Maine, Augusta, y descrita como “el único artefacto nórdico precolombino que se ha encontrado en los Estados Unidos y es generalmente considerado genuino”. Sin embargo, Robert Hoge, escritor de la Sociedad Numismática Americana declaró en 2006 que “No hay confirmación fiable sobre la documentación de la moneda de Goddard y numerosas pruebas circunstanciales indican que alguien intentó deliberadamente manipular o confundir la situación. La moneda nórdica de Maine probablemente debería considerarse un fraude”. Naturalmente, en un artículo de noviembre de 2017, el numismático noruego Svein Gullbeck discrepa, pero, por el momento, los únicos artículos europeos precolombinos que reconoce la comunidad científica son los pobres restos dejados por los nórdicos en L´Anse aux Meadows, en la zona más remota del Canadá.

L´Anse aux Meadows
L´Anse aux Meadows (De D. Gordon E. Robertson )

Entre las últimas contribuciones a la ya tradicional controversia sobre el descubrimiento de América figuran los argumentos genéticos y las pruebas basadas en los extraordinarios métodos perfeccionados en este campo. Así, por ejemplo, se está estudiando en Islandia a las cuatro familias cuyos integrantes portan unos genes mitocondriales que son característico de los amerindios y de las poblaciones del este de Asia. Como Islandia quedó aislada en el siglo X y parece comprobado que no ha habido matrimonios entre islandeses y extranjeros desde el siglo XVII, se ha considerado la hipótesis de que estos genes correspondiesen a una mujer amerindia que fue llevada desde América por los vikingos  hacia el año 1000. Asimismo, se han encontrado en Chile restos de gallinas datados en el siglo XV, anteriores a 1492, que han dado pie a afirmar —con exceso de precipitación— que las gallinas fueron introducidas en el continente por los polinesios, que son, por consiguiente, los verdaderos descubridores de América.

A principios de junio de 2007, un equipo de antropólogos chilenos y neozelandeses que trabajaban en el sitio arqueológico de El Arenal, en la península de Arauco, en el sur de Chile, anunciaron que habían descubierto huesos de 5 gallinas que se habían datado mediante carbono 14 entre 1321 y 1407. Son los restos de gallina más antiguos de los encontrados en el continente. Además, los análisis mostraron que el ADN de algunos huesos era muy similar al de las gallinas que viven actualmente en islas deshabitadas del Océano Pacífico. El hallazgo fue publicado (Storey, Alice A., José Miguel Ramírez, Daniel Quiroz, David V. Burley, David J. Addison, Richard Walter, Atholl J. Anderson, Terry L. Hunt, J. Stephen Athens, Leon Huynen y Elizabeth A. Matisoo-Smith (19 de junio de 2007). «Radiocarbon and DNA evidence for a pre-Columbian introduction of Polynesian chickens to Chile»Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America) y rápidamente divulgado por BBC Mundo.com, en junio de 2007, con el imprudente título “Un hueso de pollo ha ofrecido la evidencia científica que demuestra que los polinesios llegaron primero que los europeos al Nuevo Mundo”. En ese mismo artículo y con no menor grado de imprudencia, el profesor del departamento de antropología de la Universidad de Chile, Daniel Quiroz, da por sentado que los polinesios introdujeron las aves en América: «No sabemos si estos viajes de los polinesios fueron sucesivos. ¿Se instalaron o eran viajes de ida y vuelta? ¿O fueron viajes de exploración? Lo que yo pienso es que fueron viajes de exploración, era gente que tenía ese gusto por viajar y conocer otros lugares». El articulista termina afirmando: “Lo cierto es que a pesar de que los polinesios no se instalaron en el continente, el estudio confirma que sí llegaron hasta allí y lo hicieron antes que los europeos”.

gallina mapuche
Huevo azul-verdoso de gallina mapuche

Y uno, tan solo con el respaldo del sentido común, se pregunta ¿Por qué razón no podría existir una gallinácea autóctona de América, habida cuenta de que existen también marsupiales, aunque sean casi exclusivos de Australia?

El profesor catalán y patriarca de la avicultura española, Salvador Castelló Carreras (1863-1949), así lo consideró cuando, de la mano del dentista y político chileno Dr. Rubén Bustos Sepúlveda (1862-1928) vio a las gallinas “collonca” y “quetro”, autóctonas de Chile, durante la exposición internacional que había ayudado a organizar en Santiago, en 1914. Según se piensa, el Dr. Bustos había logrado hibridar a esas dos extrañas razas para crear la “gallina araucana”. Castelló era un experto que organizó en Madrid, en 1902, la primera exposición avícola internacional. En 1905 fue uno de los miembros fundadores de la Federación Internacional de Sociedades Avícolas, con sede en Bélgica, y de la World´s Poultry Science Association en 1912. En el Primer Congreso Mundial de Avicultura, celebrado en La Haya en 1921, dio a conocer las gallinas chilenas. La gallina collonca es pequeña y no tiene cola, pero su característica más sobresaliente es que pone huevos azules. La gallina quetro tendría una apariencia de gallina corriente de no ser por las protuberancias carnosas con agrupaciones de plumitas que le nacen en la zona de los oídos. La gallina híbrida, la “araucana” (admitida como raza en 1974 por la American Poultry Association) también ponía huevos azules y presentaba unos caracteres tan diferenciados que el experto Castelló creyó encontrarse ante una nueva especie, ajena al Gallus gallus (gallo de Bankiva) del que derivan las gallinas domésticas, y la denominó Gallus inauris (“gallo de pendientes”). Con independencia de los híbridos, las otras dos razas de gallinas que ponen huevos azules son las chinas lushi —muy pequeñas, pueden poner huevos de color rosa— y dongxiang, que tienen un gen fibromelanístico que les confiere plumas, piel, huesos, músculos y órganos negros; son muy valoradas por los gastrónomos.

El asunto de las gallinas polinesias de El Arenal interesó sobremanera a un ilustre científico, invitado a Chile para celebrar el aniversario 120º de la firma del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación chileno-japonés, en 1897. El visitante es un experto biólogo, doctor en ornitología y específicamente en Molecular Filogeny of Jungle Fowls, genus Gallus and Monophyletic Origin of Domestic Fowls (“Filogenia Molecular de las Gallináceas Selvática del género Gallus y Origen Monofilético de las Gallinas Domésticas”), que es el título que su alteza imperial el príncipe Fumihito Akishino —segundo en la línea de sucesión al Trono del Crisantemo—dio a su tesis doctoral. El príncipe fue recibido por un especialista en la gallina mapuche, José Antonio Alcalde, profesor en la facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la Universidad de Chile, quien prometió enviar a Tokio dos gallinas embalsamadas, pero no parece que haya explicado a S.A.I. el resultado de las investigaciones que descartan el origen polinesio de las gallinas mapuches (aunque no el de las aves de la isla de Pascua). El 29 de julio de 2008, Gongora, Jaime, Nicolas J. Rawlence, Victor A. Mobegi, Han Jianlin, Jose A. Alcalde, Jose T. Matus, Olivier Hanotte, Chris Moran, Jeremy J. Austin, Sean Ulm, Atholl J. Anderson, Greger Larson y Alan Cooper, equipo en el que participan instituciones australianas, habían publicado «Indo-European and Asian origins for Chilean and Pacific chickens revealed by mtDNA»  (“El ADN mitocondrial revela los orígenes indo-europeos y asiáticos de las gallinas chilenas y del Pacífico”, en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, PNAS (en inglés) 105 (30): 10308-10313.

Jaime Góngora es profesor de Genética Animal en la Universidad de Sídney, Australia, y ha sido el líder del proyecto de investigación. Dice que “muchas personas en Sudamérica quieren pensar que son descendientes de polinesios. El presente estudio no desecha la idea, pero no hemos hallado pruebas que sostengan un contacto prehistórico”.  El arqueólogo Dr. Sean Ulm, de la Unidad de Estudios sobre Aborígenes e Isleños del Estrecho de Torres, en la Universidad de Queensland, quien está convencido de que la batata fue introducida por amerindios en Asia y Polinesia, dijo que “Hasta la fecha, no ha habido pruebas arqueológicas concluyentes de la presencia de polinesios en Sudamérica, convirtiendo en un asunto fundamental las afirmaciones recientes sobre la presencia de gallinas precolombinas en Sudamérica”. El Dr. Ulm es también especialista en la repercusión de la influencia marina en la fijación de fechas por radiocarbono y dijo que ese estudio demostraba igualmente que, si las gallinas de El Arenal hubieran tenido incluso una pequeña proporción de alimento marino en su dieta, las fechas de los huesos chilenos necesitarían una corrección para situarlos en tiempos colombinos.

Por su parte, el profesor Alan Cooper, director del Centro Australiano de Adelaida para el DNA Ancestral, dijo que “Se sabe que los polinesios han difundido las gallinas por el Pacífico, al menos hasta la isla de Pascua, pero no se piensa que las hayan introducido en Sudamérica”.

Y aquí no se acaba la historia porque el descrédito del descubrimiento y la presencia española en el Nuevo Mundo adquiere caracteres cada vez más descarnados. Seguirán apareciendo pruebas científicas de nuevos descubridores. La última ocurrencia del presidente de Venezuela, Maduro, ha sido pedir indemnizaciones por la colonización española. Y hablando de indemnizaciones, pocos saben que los gobiernos españoles estuvieron pagando indemnizaciones a los familiares de Moctezuma ¡hasta la guerra civil! ¿Qué tendría que pagar Bélgica a los congoleños, Reino Unido a los hindúes o Francia a los argelinos, por poner ejemplos de colonizaciones que se han llevado a cabo con arreglo a la ideología del siglo XX y no del XV? Puede que esté de moda jugar al pin, pan, pun con la persona de Cristóbal Colón sin tener en cuenta los efectos indeseables que se pueden ocasionar. En los EE. UU. muchos de los intelectuales políticamente correctos llegan a decir incluso que el descubrimiento fue uno de los peores desastres de la historia, que se refleja en la actual geopolítica del continente. En el sur del continente tienen muchos seguidores que miran hacia Europa con gesto de reproche.  Como bien dice Klaus Rohrich, participar en la destrucción de nuestros iconos históricos proporciona a los que se sienten culpables una sensación de expiación, de reparación. Ahora muchos están admitiendo libremente la culpabilidad por crímenes cometidos contra los indios por individuos que llevan muertos cientos de años y cuyos descendientes habitan y gobiernan principalmente los territorios que fueron escenario de las tragedias. Muchos entonan el mea culpa por la esclavitud —aun activa en gran parte de África y algunas partes de Asia—aunque nada tienen que ver con esa odiosa institución.

En cualquier caso, en el descubrimiento importan las consecuencias, las implicaciones, y ¿dónde están las consecuencias, las implicaciones de los descubrimientos vikingos, chinos, turcos, subsaharianos, fenicios, egipcios… o extraterrestres?

 

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José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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