Las nueve musas
Eudomonía

Eudemonía, ética de la felicidad

La tradición oral, en la que se transmitían los saberes conocidos y las costumbres a través de poemas recitados, no permitía demasiado espacio para la reflexión y la crítica (se escuchaba, se recibía de forma pasiva e inmediata, sin dar tiempo para un exhaustivo pensamiento).

Por tanto, en muchas ocasiones no había un gran cuestionamiento acerca de lo que todo el mundo consideraba bueno o malo.

Con la llegada de la cultura escrita, se produjo un gran cambio: se contaba con varios escritos acerca de las costumbres, que permitía tomarse suficiente tiempo para pensar sobre ellos y afirmaciones fijas y marcadas a las que se podía referir de forma directa para reflexionar detenidamente su contenido.

La conciencia moral objetiva, el considerar las normas morales como dadas y objetivas, dio paso a una conciencia más subjetiva o de cuestionamiento por parte de cada sujeto.  Sócrates pudo realizar preguntas acerca de lo que los demás entendían por bueno, por virtud y por justicia; y su método dialéctico pudo mostrar que muchas veces, por el asentimiento a lo dado por la tradición oral, no se tenía una idea demasiado firme acerca del bien.  La posibilidad de la reflexión la había abierto la cultura escrita y, así, Sócrates pudo empezar su camino hacia el subjetivismo en la moral.  Pudo hacer las preguntas que le formulaba su daimón interior acerca de lo que no está bien y cuestionar las ideas dadas.

Tras él hubo muchas reflexiones acerca del bien.  Los hedonistas consideraban que el bien era el placer, pues consideraban que daba la felicidad.  Platón situaba el bien en la justicia, a la que se podía llegar a través de la razón y que daba equilibrio a la persona y a la sociedad.

Aristóteles cuestionó dichas proposiciones, criticó la justicia de Platón por situarla en un mundo de las Formas ideales que no es demostrable y negó el hedonismo por considerar que el placer puede llevar a excesos, traer sufrimiento y ser más propio de animales que de personas.

Aristóteles consideraba que todo ser se dirige a un bien, hacia una finalidad y encuentra que la finalidad del ser humano tiene que ser la felicidad.  Si la felicidad no proviene del placer por ser voluble y conducente al exceso, la vida buena tiene que venir a través de la virtud, que es un justo medio entre el exceso y el defecto (p.e. la cobardía es una lamentable falta de valor y la temeridad es excesiva, mostrando que la valentía racional es mejor que ambas).

Dentro de las virtudes están las intelectivas (que pueden conocer acerca de las cuestiones universales) y las virtudes prácticas (que atienden los casos particulares).  En la vida se ha de usar la prudencia para poder saber cómo actuar en cada momento particular teniendo presente las normas más generales, ella es la mediadora necesaria entre las virtudes intelectivas y prácticas que nos permite decidir en cada momento.  La prudencia nos permite actuar en la comunidad en la que vivimos, en la polis, y realizar las excelencias humanas en ella, permitiendo la posibilidad del logro de la felicidad porque la virtud da satisfacción.

Con la llegada del helenismo, la caída de las polis lleva a concepciones de la moral más universalista, se intenta reflexionar no como vivir en comunidad sino cómo vivir en el mundo con una moral para todos los seres humanos.

Los cínicos consideran que lo propio del ser humano es vivir conforme a la naturaleza y entienden vivir así viviendo con lo justo (pocas propiedades para satisfacer las necesidades más primarias) porque vivir con más nos hace dependientes de los lujos y, así, nos hace menos libres.

Los estoicos son herederos de los cínicos y también defienden vivir conforme a la naturaleza, pero entienden que la naturaleza es racional y que, por tanto, las personas tienen que vivir racionalmente, cumpliendo los deberes cívicos, más allá de los prejuicios y creencias que provienen de las pasiones, que nos llevan a excesos.  Consideran que hay que hacer el deber por el deber porque éso está sustentado en la racionalidad y no en factores más volubles como la satisfacción o el placer.  A pesar de todo, enfrentarse a las pasiones endurece el carácter y permite soportar los avatares de la vida, logrando la ataraxia o serenidad.  La ética no busca la felicidad, pero la acaba consiguiendo como complemento.

Los epicúreos coinciden con los estoicos en la consecución de la ataraxia.  Parten de que la ética debe buscar la felicidad y que ella se basa en la búsqueda del placer y evitar el dolor; pero entienden que es más importante es evitar el dolor y, para eso, es mejor evitar los excesos del placer (p.e. comer demasiado y sufrir indigestiones) y tener una vida más moderada, templada y prudente: tender hacia la ataraxia.

Spinoza atribuye la conducta moral a un conato (un impulso interno) que nos presiona para sobrevivir y, como derivación, nos lleva al cumplimiento de las normas morales y la búsqueda de la felicidad.  Spinoza pone más como base de la ética un ordenamiento universal de todos los seres, que a la voluntad pura y estrictamente individual.

Deontología, ética del deber

A lo largo de los siglos ha habido muchas versiones de la ética como eudomonía o búsqueda de la felicidad, pero dicho planteamiento cambia con la aparición de la filosofía moderna.  Para empezar, Hume separa el ser del deber ser, la razón no puede llegar a conocer las cuestiones morales porque la razón se ocupa del entendimiento de las cuestiones que existen y no acerca de lo que deberían ser, objeto de reflexión que obedece a otros factores.  Él coloca en el sentimiento el factor en el que se basan las virtudes.

Kant sigue esta tradición de separar los modos de conocer.  Señala que el modo de conocer, el entendimiento es empírico (aunque mediado por aprioris del entendimiento) y la razón práctica carece de contenido sensorial (no hay juicios con contenido concreto en la experiencia que dé cuenta de lo que debería ser, pertenece al pensamiento), los juicios prácticos son puras formas del pensamiento.

No se pueden hacer leyes como la ciencia, solamente generalizaciones que se da a sí mismo el sujeto en su reflexión.  Cada sujeto toma como máximas normas que, como mucho, las pueda pensar como algo que deberían cumplir todas las personas.  El sujeto se pone como deberes unas normas que entienda que tienen que ser obedecidas de forma universal, se tiene que plantear imperativos categóricos (las normas no pueden ser para casos concretos porque carecerían del peso de las normas estrictas si fuesen circunstanciales).

Gracias a su capacidad para ponerse normas de forma autónoma, el sujeto se distingue del objeto (que es usado, es un medio para realizar acciones que lleven a un fin), se pone sus propios fines (se dirige a sí mismo) y ello le confiere dignidad.

El sujeto, así, no tiene que pensar en buscar la felicidad (que puede venir de causas subjetivas y no universales; y que es innecesaria para basar los deberes).  Como mucho la ética nos hace dignos de la felicidad.

Hegel, por su parte, considera que la moral y las costumbres se van construyendo en el tiempo, junto con las transformaciones que se dan en la sociedad, su camino por desarrollar una mayor civilización y su evolución de las figuras de conciencia.

Ética de los valores y otros fundamentos

A partir del siglo XX, las consideraciones se separan de los planteamientos anteriores y las posiciones son divergentes.  A comienzos del siglo, Scheler trata de forma fenomenológica los valores, conceptos de la ética a analizar.  Considera que la ética kantiana es demasiado formalista y que hay que dotar de contenido concreto a las cuestiones de ética (poniendo como elemento fundamental de la ética los valores, consideración que ha continuado hasta la actualidad).  Señala que los valores se distinguen en positivos y negativos (no como los hechos que son solamente positivos, existentes); y que están organizados en una jerarquía de valores, en los que hay unos más importantes que otros.

Moore hace una retrospectiva de las reflexiones éticas por su lado.  Critica las anteriores posiciones iusnaturalistas (que plantean que hay derechos naturales y existen positivamente cosas buenas concretas) y considera que no se puede definir el bien o lo bueno porque las definiciones solamente se pueden realizar en conceptos complejos no en ideas simples (las nociones simples carecen de atributos y características que permitan su definición, solamente pueden ser señaladas).  La noción de bien no es natural (no hay un objeto en el mundo al que pueda identificarse) y se refiere a sí mismo.  La ética consistiría en la realización del bien a través de los deberes.  La obligación moral produce bienes, la acción es la que hace que haya más bien.

Ha habido debates acerca del nihilismo como gran problema ético y la problemática de la ausencia de valores.  Sus orígenes se podrían vislumbrar en las reflexiones de Nietzsche acerca de la decadencia de la cultura occidental, de la muerte de los absolutos y de su consideración acerca de la aparición de nihilismo pasivo y activo en Europa.  La caída de los grandes relatos que describe Lyotard también tiene que ver con el descreimiento en valores e ideales por parte de las sociedades occidentales.  Autores como Alain Badiou consideran que la gran cuestión del siglo XX es la problemática del nihilismo ya que niega todo pensamiento y validez a las ideas y valores.

En una línea más positiva, MacIntyre propone una ética de la virtud que defiende que las personas tienen que procurarse una serie de hábitos que les permitan alcanzar una vida buena o de plenitud.  Considera que el juicio moral de cada individuo se va formando con la mejora del carácter y que el bien moral del individuo tiene que realizarse en comunidad porque proviene de actuar en la sociedad, es una práctica en el que el individuo actúa hacia afuera y se desarrolla en comunidad.

Hay más teorías sobre las cuestiones éticas que de momento se están discutiendo y se debe esperar a ver cómo cristalizan, tras el paso del tiempo.  Hay consideraciones acerca de ecologismo, bio-ética y ética asistencial, cuestiones de género, replanteamiento de la post-modernidad, reflexiones acerca del multiculturalismo y un largo etcétera.

Juan José Angulo

  • -Arana, J. R. (2005): Balada de la filosofía y de la ciencia. Barakaldo: Ediciones de Librería San Antonio
  • Aristóteles  (1999): Moral, a Nicómaco.  Madrid:  Editorial Espasa Calpe
  • Badiou, A.  (2002): Ethics: An Essay on the Understandig of Evil.  Madrid: Verso
  • Cicerón, M. T.  (2005): Disputaciones Tusculanas.  Madrid: Editorial Gredos
  • Epicteto  (2012): Un manual de vida.  Barcelona: Los pequeños libros de la sabiduría
  • Havelock, E. A.  (1994): Prefacio a Platón.  Madrid: Antonio Machado
  • Hegel, G. W. F.  (2006): Sistema de la eticidad.  Buenos Aires: Quadrata
  • Hume, D.  (2006): Investigación sobre los principios de la moral.  Madrid: Alianza Editorial.
  • Kant, I.  (2001): Crítica de la razón práctica.  Madrid: Alianza Editorial.
  • Moore, G. E.  (2002): Principia ethica.  Barcelona: Crítica.
  • Navarro Cordón, J. M. & Calvo Martínez, T. (1982): Historia de la filosofía. Valencia: Ediciones Anaya
  • Platón  (1988): La República.  Madrid: Editorial Gredos
  • Schlanger, J. (2000): Sobre la vida buena.  Madrid: Editorial Síntesis
  • Scheler, M.  (2000): El formalismo en la ética y la ética material de los valores.  Madrid: Caparrós. -Spinoza, B.  (2009): Ética.  Madrid: Trotta.

 

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