Las nueve musas
La fotografía

La fotografía y la elección estética

«En un mundo donde el horror se vende como arte, donde el arte nace ya con la pretensión de ser fotografiado, donde convivir con las imágenes del sufrimiento no tiene relación con la conciencia ni la compasión, las fotos de guerra no sirven para nada.»

«el pintor de batallas» de Pérez-Reverte

La mujer está sentada en la vereda, carga un bebé de meses y extiende la mano, pidiendo, una textura de surcos le marcan la cara lánguida.  Los ojos, sin embargo, brillan intensos con el resplandor del sol. El niño duerme. Detrás de ella una vieja cortina de almacén oxidada en tonos ocres generan una trama que destaca con los rayos del sol de la tarde.

La voy a fotografiar  en color, pero en blanco y negro se va a ver mejor. Pienso.

Me preocupo por lograr nitidez en la piel y los ojos y no perder de vista la textura de la cortina, cierro el diafragma y ajusto la velocidad. El zum me permite, desde donde estoy encuadrar eliminando el cordón de la vereda y la parte de la cortina donde se  ve un afiche pegado.  Dejo un espacio negativo hacia el lado donde dirige la mirada. Espero el momento exacto en que se acerca alguien y ella  levanta la vista y la mano. Tiene que ser antes que el transeúnte aparezca en el encuadre. El sol rebota en un ángulo de su cara destacando aún más el brillo de sus ojos. En el momento que disparo la mano del niño cae laxa completando la composición. Me siento satisfecha. Fue una gran escena.  De todos modos repito varios disparos con algunos cambios en el encuadre. Estoy ansiosa por bajarla y ajustarle el contraste, el brillo, de saturarla, probar, ver cómo hacerla destacar. Es posible que la presente a un concurso, es posible, también, que sea parte de una muestra. Rápido me voy, pensando lo que haré con mi fotografía.

La escena del  sufrimiento, del abandono se repite.  La escena del fotógrafo también.

La mirada estetizante del fotógrafo que cosifica a ese otro. Que ante la pobreza, la enfermedad, el sufrimiento o la marginación antepone su óptica sin más dato ni más interés que el ejercicio de la captura.

En 1961 Jacques Rivette[1] escribe un artículo publicado en Cahiers du Cinéma nº 120 de junio.  Sobre Kapo, una película de 1959 dirigida por Pontecorvo y que trata sobre el holocausto. Allí acuña el término «cine de la abyección» y explica:

«Por múltiples razones, de fácil comprensión, el realismo absoluto, o el que puede llegar a contener el cine, es aquí imposible; cualquier intento en este sentido será necesariamente incompleto («por lo tanto inmoral»), cualquier tentativa de reconstitución o de enmascaramiento irrisorio o grotesco, cualquier enfoque tradicional del «espectáculo» denota voyeurismo y pornografía.»

«El director se ve obligado a atenuar, para que aquello que se atreve a presentar como la «realidad» sea físicamente soportable para el espectador.»

«Al mismo tiempo, cada uno de nosotros se habitúa hipócritamente al horror, éste forma poco a poco parte de la costumbre y muy pronto integrará el paisaje mental del hombre moderno; ¿quién podrá la próxima vez extrañarse o indignarse ante lo que, en efecto, habrá dejado de ser chocante?»

» Hay cosas que no deben abordarse si no es con cierto temor y estremecimiento; la muerte es sin duda una de ellas, ¿y cómo no sentirse, en el momento de rodar algo tan misterioso, un impostor?»

Este concepto, desplegado en el artículo de Rivette  resulta subsidiario de análisis para cierto ejercicio de la fotografía bajo premisas de estatización allí donde una realidad resulta, por lo menos, ignorada.  Hay, inevitablemente, un posicionamiento ético cuando se empuña una cámara: hay una preocupación estética, muchas veces, por sobre el sujeto.  La sobrevaluación de la estética es inquietante, impúdica en cierto modo.

¿Es vocación del fotoperiodismo ese afán por invadir, entrar, vulnerar las vidas para graficar y llevarle a una sociedad que descansa cómoda una realidad que no los toca?

 Susan Sontag[2]  pregunta:

¿Qué se hace con el saber que las fotografías aportan del sufrimiento lejano? Las personas son a menudo incapaces de asimilar los sufrimientos de quienes tienen cerca. (Hospital, la película de Frederick Wiseman, es un documento arrollador sobre este asunto.) Aunque se les incite a ser voyeurs —y posiblemente resulte satisfactorio saber que Esto no me está ocurriendo a mí, No estoy enfermo, No me estoy muriendo, No estoy atrapado en una guerra— es al parecer normal que las personas eviten pensar en las tribulaciones de los otros, incluso de los otros con quienes sería fácil identificarse.

Podemos pensar en todas esas bellas fotos impecables del dolor, la desesperación, la muerte. Sebastiao Salgado es un fotógrafo sociodocumental y fotorreportero brasileño. Ha viajado a más de 100 países por sus proyectos fotográficos. La mayor parte de éstos han aparecido en numerosas publicaciones y libros. Exhibiciones itinerantes de su trabajo han sido mostradas en todo el mundo. El galerista Hal Gould considera a Salgado el mejor fotógrafo de los comienzos del siglo XXI. Ha recibido numerosos premios internacionales, entre otros en 1998 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

Ha fotografiado guerras y campos de refugiados, los lugares más arrasados por la injusticia y sus fotos siempre descollan su técnica impecable. Su belleza de grises, de texturas, de composición.  Alcanza con ver algunas de sus fotos para admirar la belleza que les imprime.

Pero la pregunta que sobreviene es ¿Cómo abstraerse, cómo concentrarse en la técnica, cómo fotografiar frente al dolor, la injusticia, la muerte? ¿Cómo volver a los salones y los museos?

Por último, el fotógrafo Alfredo Srur[3] reflexiona:

Estoy cansado del virtuosismo fotográfico y los falsos discursos. Fotógrafos que hábilmente trabajan con el desastre para luego ser premiados en el mundo y hablar de cuánto sufrieron haciéndolo. O para adaptar un discurso políticamente correcto a su manera de trabajo. La estética es ideología y el contexto y el modo en que fue hecho y difundido también. Nunca conocí un fotógrafo que haya compartido su premio con sus retratados.

Me pregunto ¿Cuál es la verdadera motivación para fotografiar lo ajeno? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿A quién beneficia? ¿Cuánto se tarda en hacerlo? ¿Hasta qué punto el fotógrafo conoce el conflicto que retrata?

Beatriz Fiotto

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