Las nueve musas

La ciudad y el personaje

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Una crítica de la película «Perfect Days de Wim Wenders

Tras una larga ausencia, uno de los últimos poetas del cine, Wim Wenders, estrena Perfect Days, y si me preguntaran de qué trata… ¿Qué podría decir? De la vida, de la soledad, de la memoria, de las emociones, … Tendría que decir de todos esos temas, y aun así estaría abierto a que alguien me mostrara otro punto de vista.

Wim Wenders
Wim Wenders

 

Es la virtud del cine de Wenders, que a uno le da por preguntar a los amigos que la han visto qué les ha parecido. Curiosamente la película es consecuencia de un encargo de la administración pública de Tokio como documental sobre los urinarios públicos de la ciudad. Después está la libertad que dieron al director en el tratamiento del tema y ahí está el resultado.

En realidad la película trata del cine mismo, el paisaje, el retrato, el sonido, el ritmo… Sin historia, sin drama, solo evocación de otro tiempo que nos lleva a las antípodas, al Nueva York donde se escribió la banda sonora en el tiempo en el que la música se oía en cintas de casette y vinilos, los setenta y ochenta del siglo pasado, como un gesto de contestación ante la velocidad con que la invasión digital nos ha arrebatado la música inolvidable de The Animals, el rock neoyorkino de Lou Reed y de Patti Smith, el blues de Van Morrison.

Nueva York, Tokio… las ciudades son protagonistas del cine de Wim Wenders desde su comienzo con Alicia en las ciudades del año 1974. Sus personajes transitan por ellas con el espíritu del pasajero, el foráneo que acaba yéndose a otro lado, y desde ellos la cámara filma, desde el extrañamiento y el desapego del viajero. Cómo no recordar los planos en los que Travis, el protagonista de Paris, Texas de vuelta del desierto, observa el skyline nocturno de Los Angeles desde la casa de la colina o busca cumplir su objetivo de devolver el niño a su madre extraviado en el laberinto de autopistas de Houston. Quizás en El cielo sobre Berlin el Angel enamorado (Bruno Ganz) por primera vez desciende desde su nube para arraigar y comprometerse por el amor a una mujer y a una ciudad.

¿Pero de qué va la película, decíamos? De un personaje monacal, sublime el actor Koji Yakusho, que limpia cada día los retretes municipales, la más humilde profesión para el que solo quiere mirar las copas de los árboles y retratarlos con una cámara analógica.

Mirar y dejarse mirar, autor y actor son la misma mirada. Ambos rigurosos, el director filma la acción con un metrónomo imperturbable, el ritmo del pensamiento de su interprete, el “itinerario de la conciencia” Ese es el cine de los que aún creen en un cine de arte, el de “esculpir el tiempo” como hacía Tarkovski y aquí Erice y tantos más que todos recordamos.

¿Y por qué Tokio?, porque es la megápolis por excelencia, y es además el símbolo de la resurrección de un pueblo al cataclismo de la segunda gran guerra. La ciudad y lo que aún permanece de la naturaleza en ellas, de ahí la presencia en  Perfect Days del homeless, del sin techo que danza con los árboles y los abraza, y cuya interpretación realiza Min Tanaka, nada menos que uno de los creadores de la danza japonesa Butoh (danza de las tinieblas)

También Ozu sabiendo el respeto que Wenders le profesa y que la mirada es completamente diversa. A Ozu sí le interesa el personaje, el ciudadano arraigado, se respira Ozu y esa atmosfera de silencio y paz en los interiores… una habitación, solo libros, memoria y cintas de cassettes.

Un poema de esperanza, de regreso a la pureza de la mirada, una prueba de firmeza, de consistencia ante esa orgía de violencia gratuita inducida por el torrente de imágenes que vomita ese mundo digital sin conciencia que fabrica basura visual que embota, parasita y anula la sensibilidad artística, pero especialmente la de los jóvenes que merecen conocer que hubo un cine con alma humana y para el alma humana. El alma que en uno u otro medio han transmitido en el tiempo los Giotto, Mantegna, Rembrandt, Goya, el grabado japonés de Hokusai, Manet, Cezanne, Ford, Renoir, Buñuel, Truffaut, Berlanga… hasta donde ustedes quieran. Wenders sigue ahí, uno de los últimos mensajeros, y por ello hay que brindar.

Antonio Rubio López

Antonio Rubio López

Estudió Filosofía en la Universidad Central de Barcelona, Inglés y Francés en la Escuela Oficial de Idiomas, Arte Dramático en el Instituto del Teatro de Barcelona y Escuelas de Jacques Lécoq y Philippe Gaullier en Paris

Profesor de teatro en Denver, Ann Arbor (Michigan), Syracuse University (N.Y.) y en el Puerto Rican Travelling Theatre de New York y en seminarios y cursos de diversos Centros de Recursos del profesorado y escuelas de Galicia, Murcia y Barcelona

Profesor de Lengua, Literatura e Inglés en Colegios concertados de Murcia y Barcelona.

Actualmente, es profesor de Filosofia en el Instituto Serrat i Bonastre de Barcelona

Participa en la creación de la revista “La Sybila y los niños” en la que publica poesía. Madrid. 1984.

Escribe para teatro “Lou, un tango?” que estrena en Bellvitge. Barcelona. 1984.

Escribe “Vuelve el hombre” para el teatro y “The Visage Dream” para vídeo. N.Y. 1987.

Escribe “Hay que querer a las mujeres”,obra estrenada en la Sala Raval de Barcelona.1994.

Participa en la creación de la revista “Agora” TAG (Taller de Arte Gramático), en la que publica poesía y ensayo. Murcia. 1998-2011.

Escribe “La Balada de Whisky & Pipe”.Estreno en el Teatro de la Riereta. Barcelona.2000.

Publica “Alcabala del Tiempo” en la Editorial Nausícaa de Murcia. 2005.

Escribe y estrena “Memorias de una máscara” en el Festival de Otoño de Madrid. Sala El Montacargas.2012

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