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La zona de interés

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En esta bitácora de cine saben bien sus lectores que no pretendemos sino decir lo que hemos visto en una película. Digo lo que he visto, que dirían los poetas (Blas de Otero, León Felipe) e incluso el apóstol Juan. Digamos, pues, lo que hemos visto en la película “La zona de interés” (The Zone of Interest, 2023), del director londinense Jonathan Glazer.

La zona de interés

No es por azar que cito este verbo ver, en relación con una película como “La zona de interés”, pues toda ella es conjugación de o remite a dicho verbo: por fas o por nefas, es decir, por lo que se ve en la pantalla, pero, más aún, por lo que no se ve pero está, se intuye desde lo visible.

“Jesús le dijo: (…) El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9)

Y todo en ese film es metáfora, metonimia, un sugerir por una parte el todo, y un remitir a través de lo visible o nombrado a lo no visible e innombrado pero vuelto visible por alusión o por omisión.

Y ambos aspectos destacables en la película: el protagonismo del verbo ver y su valiente propuesta metafórica, se desdoblan: se producen en el plano de la concreta historia narrada y en otro plano que afectaría a la psicología humana de cualquier época.

(Antes de seguir, quiero anotar que la narración de Glazer está basada en una novela de Martin Amis, pero que me importa el autor de la película que es el último responsable de todo el relato cinematográfico, incluidos música, fotografía, actores, y demás recursos narrativos; o sea, el director)

No solo el asunto, y el espacio donde se sitúa la narración de Glazer, también el lugar del espectador está en relación con el verbo ver. El papel o lugar del espectador remarcado por la dirección de la película: el director nos “fija” desde el primer momento, en cuanto testigos (incluso su fuerza persuasiva es tan fuerte que, como en pocos films como en este, nos hace ver la condición de “voyeur”, de mirón, que tiene todo espectador de cine). El director nos sitúa de frente, a cierta distancia de lo que sucede, en casi todos los planos; como en una especie de documental. También como suele ser en este estilo de dirección, los planos cortos no abundan, y por ello, por ser escasos, adquieren valor especial: los planos cortos de la esposa del Comandante del campo de exterminio de Auschwitz son característicos.

Jonathan Glazer

El relato, pues, está trufado de recursos, muchos de ellos novedosos para este espectador, o que este tal vez nunca los había visto tan precisamente aplicados. Sorprende el uso de los fundidos (en negro, en rojo, en blanco); un largo fundido al inicio mismo de la película, nada más aparecer el título, que se va deshaciendo lentamente, mientras comienza la banda sonora… Otro largo fundido en rojo, a partir de una flor de jardín; y un largo fundido en negro al final de la película. Aunque puede ser un tanto redundante el recurso de los fundidos, no creo que estén mal traídos, si acaso el primero choca por su duración excesiva, más aún cuando cerca de tu asiento hay una pareja hablando, que no callarán hasta que empiece el film (ese efecto de “ruido” no lo controla, ¿o sí? el director).

La película usa pocos diálogos, y cuando los hay tratan casi siempre sobre cosas triviales, y están en alemán (con subtítulos en español, en la cinta que he visto). Es otro acierto del relato, creo yo, esa utilización del idioma alemán, para lograr que el espectador se sumerja en una historia aparentemente tan normal de un matrimonio: el formado por Rudolf Höss, Comandante director del más conocido Lager en Polonia, y culpable directo de gasear a miles de personas en Auschwitz, y su mujer, Hedwig, modelo de esposa germana y pionera ejemplar de la campaña de anexión del Este, impulsada por Hitler.

Auschwitz
Rudolf Höss

(Lager, “campo” de “concentración” es un eufemismo: en realidad, instalación racionalmente construida para el encierro, la tortura y el exterminio sistemáticos).

El gran mérito de la película es hacer ver al espectador lo que no ve en la película; manteniendo esa técnica (de continuadas elipsis y metonimias) hasta en el epílogo final, que es extraordinariamente efectivo como desenlace de la narración, y donde se da una abrupta elipsis o salto temporal hacia el presente; (no desvelo ese final, realmente magistral).

“La zona de interés” sin duda recoge aspectos de películas como “La Lista de Schindler”, de Spielberg (a la que hace homenaje con la secuencia de un tren), “La vida es bella”, Roberto Begnini, a la que recuerda en los cuentos que narra Höss a su hija antes de dormir (aunque en estas historias aparecen también los hornos); y sin duda a otras películas como “El niño del pijama de rayas”, de Mark Herman; etc.

Pero Glazer ha sabido eludir también esos antecedentes y realizar una obra de cine original, en poco más de hora y media, ¡lo que es otro mérito! hoy día.

Su perspectiva como narrador-director es distinta: la película está hecha desde el punto de vista del testigo-espectador, actual, de ahí que el final sea coherente, al saltar a nuestra época. Nos plantea, como espectador, la actitud ante la memoria o el olvido de unos hechos terribles y fuera de lo común en maldad que transcurren al lado de un vivir inmerso en una alienada normalidad. Una alienación culpable pero también mostrada en la película sin previos golpes de moralismo; vista como el resultado “normal” de la insania de cualquier régimen totalitario (nazi, en este caso) que fabrica hombres y mujeres con su marca, a su condición, y los “empodera” por encima de los otros considerados por la ideología como “infrahombres”.

Somos nosotros, espectadores, los que, en el fondo, estamos cuestionados por la película: ¿seremos capaces de olvidar esto? ¿Dónde está nuestra zona de interés, qué la ocupa? Inevitablemente -somos humanos- nuestra atención en algo se agota de dos maneras, o por el tiempo transcurrido desde la impresión, o por la repetición monótona. Eso lo saben los Goebbels de hoy en día. Cuentan con ello, para diseñar sus planes de dominio.

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

Reseñas literarias

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