Las nueve musas
El Roto
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Puede que la norma esté con la Academia y que las reflexiones propuestas por el Roto rompan con su formato. No me refiero a que la Academia carezca de espíritu crítico, sino que les importa más la obra, esto es, otro tipo de relación, lugar desde el que se dirige al espectador, tamaño, asunto del contenido. Si el Roto, fuese otro, quizá escribiría artículos sabrosos, más cercanos a Larra o Espronceda con aquel “Siglo en blanco” que publicaría Mariano José Larra en defensa de la libertad de expresión, donde, tras la censura, quedaron como testigos sólo los títulos.

Hay un hacer del Roto clásico: ilustración y brevedad en su texto, que consiste en una síntesis, aforístico, resumen del conflicto que es vivir cada día, manera de entender esas corrientes de tensiones sobre las que vivimos. A veces ilustración y palabras coinciden, otras, quien lee y quien mira, adagio e ilustración, parece que no van a encajar, pero es mera apariencia. Generalmente, no es sólo una caricatura que el espectador puede contemplar e identificar, no es sólo actualidad, llega más. Su expresionismo está a la altura de aquellos decepcionados de la Gran Guerra que comparten la tristeza por la pérdida de unas ilusiones patrióticas que habían llevado a millones de jóvenes a la muerte, con aquellos gases doblemente amarga.

Cumple, el Roto, con el análisis y presentación de una mirada ética sobre la realidad que aparece en la prensa, pero también sobre la otra. Cumple el principio del arte verdadero: hacer visible lo invisible, tiene cierto parecido con aquellos grabados de Goya, donde el sueño de la razón produce monstruos. Ante comportamientos cuya vinculación aportan tristeza y rebeldía, este no “académico” podría proceder de la larga sombra de lo políticamente correcto.

¿Se trataría de una puerta equivocada? ¡No se admiten chistes! Hoy es muy difícil establecer fronteras, no porque no existan, sino porque la misión del artista y su obra conforman una realidad donde nada es excluido.

Si esa puerta estuviera ahí, y mantuviese un carácter excluyente, nos encontraríamos con una institución anticuada, ajena a la realidad pictórica que exige espacios y tiempos distintos. Frente a los murales, los óleos religiosos que hay que ver desde cualquier punto del templo, aparecen otros tamaños. Las viviendas van disminuyendo de tamaño, las paredes y su altura exigen otros cuadros. Objetos con los que convivimos a la altura de nuestros ojos y, cuyo diálogo, aquí con el diario, cuya lectura directa disminuye continuamente, sin duda, es otro. Sus viñetas diarias, donde con gruesas pinceladas, voluntariamente torpes, generalmente negras, a veces manchadas con un color que, sin duda, voz propia, tiene también una función crítica, reconocible fácilmente.

¿Se trata de un arte menor? No, se ajusta al resumen del día que abre los ojos que estaban ajenos a la oleada oscura que nos aportan guerras, drones, misiles, que buscan ansiosamente un enemigo para su eliminación, aunque no importa si de paso se arrasa todo un barrio de inocentes, ni los daños colaterales. Resultado de un examen diario son estos apuntes, en los que predomina una lección moral casi siempre con palabras desnudas, escritas como un grafiti sobre la pared de la historia que se presenta.

El periódico, al situar la viñeta, ese pequeño cuadro, próximo al editorial, a las páginas de opinión, no parece que se incline a considerar estas obras como algo menor, por el contrario, parece que los equipara y enfatiza su función analítica y crítica, búsqueda de un yo opinante, que resulte de la lectura y visualización.

Podríamos decir que no hay arte menor en aquello que ya de por sí es menor, que el cuadro resultante tenga un tamaño u otro, no aportaría información alguna, está ahí como una opinión fresca, lúcida, amena, como un guiño al lector. Equivale a decir algo así: represento el sentido común, que, como todos sabéis, es el menos común de los sentidos. Mi cuadro, no importa el tamaño, conecta con objetos y objetivos concretos de nuestra actualidad, a menudo de dudosa finalidad, naturalmente pretendo obtener una sonrisa cómplice.

La pintura ha tenido un valor conmemorativo que, a modo de homenaje, tributa a la persona, al suceso, al objeto. La Rendición de Breda, la corte de Carlos IV. Otras, el bodegón, el paisaje, el retrato. Ocurre que el espectador reconoce y valora el trazo, el color, la composición. Así podríamos calificar lo que llamamos arte figurativo, otra cosa es cuando se rompe con esta posición normativa, y el pintor expone su concepto, la mancha que muestra el interés, aciertos que han combinado líneas, planos, trazos. No se ha roto con los elementos fundamentales, ellos están siempre ahí. Algunos han tardado años en ser identificados, denominados, incluidos en el mundo artístico, aunque hayan pasado por salones de rechazados, hoy son modelo, vía abierta por la que otros encuentran un camino que parecía cerrado.

Si el periódico fuese una pared, estos grafitis equivaldrían a murales, ponen una nota que orienta a quien visita esta casa, aunque por muchos años haya pertenecido a la habitación de los trastos, cerrada, visitada cuando buscamos esos objetos que se pierden. Si la prensa fuese una ventana, esos cristales que nos separan de la realidad y permiten que veamos porque recogen un espacio determinado, la calle, el río, la gente que pasa, o el patio interior donde apenas oímos las voces de los vecinos. Si la prensa fuese una puerta cuya llave hemos perdido, quizá estos pequeños dibujos nos permitan asomarnos a la semioscuridad que encierran, puede que algún día a alguno de esos curiosos se le ocurra llamar al cerrajero y entonces definitivamente descubriríamos lo que se nos intenta mostrar.

La norma siempre ha sido un principio constructivo, sin duda debe haber un orden, sin embargo, a veces hemos visto que algunos han revolucionado esa realidad tanto por la perspectiva, la oscuridad y el misterioso mundo de las pinturas negras, la distorsión como una mirada que comprendiera lo que vemos y lo que no vemos, los planos, líneas, puntos, colores como ciudades que han perdido sus monumentos y sólo conservan el pulso de los semáforos, o las luces de los ingenios precisos que arrasan barrios enteros.

Ignoro si El Roto querría formar parte de esa Academia, pero conviene recordar que la norma en el arte quizá esté para no cumplirla y representa un recuerdo de aquel Jardín del que un día fuimos expulsados.

Imagen de cabecera: Diario de MadridDiario de Madrid – El Ayuntamiento premia a Carmen Linares, Juan Tamariz, ‘El Roto’ y la Mesa de las Pensiones con la Medalla de Oro de Madrid, CC BY 4.0, Enlace

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022), Antología del Veintisiete en Murcia (Mayo, 2024)

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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