Las nueve musas

Goce vicario. ¿Se identifica el público con los personajes?

¿Realmente es tan importante como dicen algunos manuales el proceso de identificación del público con los personajes de la historia?

Para contestar a estas preguntas empezaré por una breve historia.

—Que tal— ¿preguntó la madre?

—Ganamos— contestó el niño.

—Entonces ganó el Deportivo— dijo la madre buscando confirmación en mi rostro más irónico que alegre.

Yo expliqué que el niño, que asistía por primera vez a un partido de fútbol profesional, observó en silencio como marcaba la Real Sociedad de San Sebastián. Pocos minutos después hizo una pregunta que abordaba plenamente un tema de importantísimo calado, el asunto de la identificación. El niño preguntó si podía ir con Sebastián, ese fue el nombre por el que se refirió a la Real. Tenía cuatro o cinco años, así que pensé que no era momento de explicarle que no se llamaba así, ni tampoco era el momento de entrar en honduras, así que dije que, naturalmente, podía ir con quien quisiera.

Había ido al campo dispuesto a apoyar al Deportivo de A Coruña, la ciudad donde vivíamos,  pero como los que ganaban eran los de Sebastián, consideró más ventajoso declararse uno de sus partidarios. Gracias a esa “valiente” decisión llegó a casa muy satisfecho.  No era el momento de hablar de traición o de lealtad. Él aun no había fijado los mecanismos de identificación, y por lo tanto tenía la ventaja de poder ir con cualquiera. Yo, por lo contrario, no podía evitar seguir siendo deportivista y tenía que sufrir aquel pequeño martirio de San Sebastián.

Pero hablando de martirios, creo que el proceso por el que nos identificamos con causas y personas es uno de los misterios más fascinantes de la convivencia humana.

Goce vicario El martirio de San Sebastián representa hoy en día, más que cualquiera otra cosa, un icono  del mundo gay. Pero la muerte del Santo nada tuvo que ver con luchas de género, si no precisamente con la lealtad. Sebastián, que era soldado de Roma, se negó a renunciar a sus creencias cristianas, por lo que el emperador Diocleciano decretó que fuese ejecutado. Parece ser que su conversión en icono gay, que comenzó ya en el siglo XIX, tiene que ver con la iconología pictórica utilizada para su representación, por la mezcla de éxtasis y martirio de su expresión, por la penetración de las flechas en su cuerpo, etc.  Por lo que, seguramente, muchas de las personas que comparten su favoritismo por San Sebastián martirizado ignoran su verdadero significado, aunque eso no les impide identificarse con él ni identificarse también con aquellas personas que comparten esa identificación.

Ahora bien, ¿qué quiere decir identificarse? Volviendo al fútbol, los que se identifican con un equipo se alegran de su alegría y se entristecen con sus penas. ¿Pero que sentido tiene eso? Los jugadores tienen motivos para alegrarse cuando marcan. Son ellos los que ganan, son ellos los que pueden mejorar sus contratos. El seguidor no gana nada, ni mejora su vida profesional. Aun así recibe con las victorias una transferencia real de emoción positiva. Eso es indudable, pero creo que las razones de la identificación son más profundas. Si pensamos en las  diferentes hablas y en los acentos de las diferentes áreas lingüísticas, o incluso en la identidad formal de los animales dentro de sus especies y subespecies, podemos llegar la conclusión de que el proceso de identificación con un grupo o con unas ideas tiene razones no solo sociales si no incluso biológicas.

La identificación busca respaldo emocional, trata de ayudar al individuo a resolver sus dudas, ofrece soluciones a las incógnitas que provoca la existencia, pero la mayoría de las veces no da respuestas de una manera racional si no emocional. Por eso la lealtad  puede convertirse en fanatismo con cierta facilidad, sobre todo entre personas de escasa formación cultural. Por eso los equipos, las marcas comerciales y los partidos políticos tratan de simplificar, eligiendo un color para su imagen. Los colores no se pueden discutir, se sienten y basta.

El proceso de identificación con los personajes de una historia es de importancia capital en el destino de cualquier obra.

Por eso cuando un escritor, director o productor deciden hacer una película tienen, o deberían tener, muy en cuenta si la audiencia se va a identificar con sus personajes.

¿Pero cómo funciona ese  proceso? ¿Cómo se identifica el público con tu héroe?

A mi modo de ver, el proceso de identificación se basa principalmente en mecanismos emocionales difíciles de prever, pero aun así, hay elementos susceptibles de ser analizados. Los manuales dicen que si el público no se identifica con el héroe poco importa que haya acción dramática o deje de haberla, porque la audiencia carecerá de interés por la resolución de la historia, será indiferente al destino del héroe y, por lo tanto, cambiará de canal, saldrá de la sala de cine o cerrará el libro.

El ser humano tiene una capacidad innata de empatizar con sus semejantes, ya sean estos reales o de ficción. Cuando el público lee o ve una historia, su tendencia natural es identificarse con uno o varios de sus personajes. Como en muchas ocasiones las historias representan conflictos, la audiencia suele tomar partido por un bando u otro. Este proceso es más claro y sencillo cuanto más simples y menos sutiles son la historia y su desarrollo. Pero a veces papá es del Depor  y mamá es de la Real,  por lo que las cosas no son tan fáciles.

Yo creo que la audiencia se identifica con los personajes de varias formas, a veces de manera simultánea. En primer lugar la identificación puede producirse de forma directa por reconocimiento o por comprensión.

El reconocimiento produce la identificación más directa, y acontece cuando el público reconoce como propias las vivencias o los problemas que experimentan  los personajes. En esos casos, la identificación es total y profunda.

En la comprensión hay identificación cuando el público entiende lo que le pasa al personaje y, aunque no se reconozca en él, porque vive experiencias completamente ajenas su vida, aprueba la manera que tiene el personaje de enfrentar esas vivencias.

Además de estos procesos directos, existen los procesos de identificación inversa, o de goce vicario, donde el público, incluso sin reconocerse en él ni aceptar lo que hace el personaje, se deja llevar por el placer de experimentar un comportamiento que él mismo no quiere o no puede tener en la vida real. En este tipo de procesos también se pueden considerar el reconocimiento y la comprensión. El reconocimiento de alguien al que el público le gustaría ser, al menos en algún momento, o la comprensión respecto a su comportamiento, dadas las circunstancias en las que se desarrolla.

Normalmente, todos los procesos de identificación son más fáciles cuando el personaje tiene buenas cualidades morales, especialmente en los dramas y en las tragedias, pero también en las aventuras de periplos del héroe, heredadas de los cuentos de hadas, que tanto abundan en las historias dedicadas a públicos familiares. En la comedia, es más habitual presentar a un personaje que miente o que  tiene defectos, aunque normalmente tiene un buen fondo. Pero a veces, los personajes son malvados y aun así puede existir un proceso de identificación, principalmente de orden inverso. Cuanto más sutil y profundo sea el retrato de nuestros personajes más fácil será conseguir la identificación de una manera o de otra.

Cualquier persona, aunque nunca haya sido detenida sin motivo o sufrido una represalia política, se identifica con Gerry Conlon, el personaje encarnado por Daniel Day Lewis en la película En el nombre del padre, porque todo el mundo ha sufrido la injusticia.

La identificación se hace más difícil cuando el personaje central es uno espía de la policía secreta a quien conocemos durante un interrogatorio despiadado. Aun así, el director y guionista Florian Henckel y el actor Ulrich Mühe, lo consiguen con gran maestría. En La vida de los otros.

Personalmente no encuentro la forma de identificarme con Llewyn Davis, ni directa ni inversamente. Puedo decirlo sin vergüenza porque muchas de las películas de los hermanos Cohen están entre mis favoritas. Pero en este caso el protagonista es un cretino egocéntrico con pretensiones artísticas frustradas que solo despierta mi indiferencia. Curiosamente, el personaje disfrutó de la aceptación de los críticos, no sé si por un proceso de identificación directa o inversa.

El tal Davis es un personaje  que, por lo menos en mí, no provoca la tan deseada identificación de ninguna manera. Podría pensarse qué tal circunstancia constituye o bien un error por parte de los creadores de la historia, o bien, y mucho más probablemente, un defecto de mi pobre mente, que estando incapacitada para comprenderlo, no consigue llegar a la identificación mediante la comprensión. ¿Pero que otra cosa podría ocurrir si ninguna de estas dos opciones fuese cierta?

Una de las posibles respuestas a esa pregunta sería que los cineastas no buscaban la identificación del público con el protagonista. Quizás no todas las obras buscan que la audiencia se identifique con los personajes centrales, quizás una experiencia de disfrute vicario, donde la observación  de la vida y de la forma de actuar del personaje, puede ser suficiente. ¿Buscaba Flauvert la identificación con Madame Bovary? Personalmente lo dudo. Se define la dramatización como la ordenación de los acontecimientos de una historia de manera que sean significativos. Así, el hecho de que la identificación exista o deje de existir podría no ser tan relevante si la dramatización permite a la audiencia extraer un significado de la vida del personaje.

Otra respuesta al dilema, que viene siendo un corolario de la anterior, sería que los procesos de identificación, más o menos inevitables por la inclinación egocéntrica del ser humano,  podrían funcionar dentro de una narración de manera intermitente e incluso alternante.

Pensemos en otro personaje, Olive Kitterige, representado para una miniserie de HBO por Frances McDormand, por varias razones allegada a la cinematografía de los hermanos Cohen, y por lo tanto, conocedora con toda seguridad de las manías y preocupaciones creativas de los autores de Inside Llewyn Davis.

Cualquiera que haya visto la serie convendrá conmigo en que nadie en posesión cabal de sus sentidos puede pretender que la audiencia se identifique con Olive Kitteridge, pero aun así, ya desde el mismo título, no cabe duda alguna de quién es el centro de atención de esta historia.

Pues bien, la tal Olive maltrata a su marido con sadismo, se comporta de forma egocéntrica y arrogante siempre, fracasa en todas y cada una de sus relaciones hasta verse abocada al suicidio, pero le falta valor para librar al mundo de su miserable existencia y se aferra a la vida, quizás intentando corregir alguno de sus errores en los años que le queden. Francamente creo que todos los que vimos la serie estaríamos de acuerdo en bendecir su impulso de quitarse la vida. No creo que haya nadie tan miserable para identificarse con esa mujer… hasta ese momento.  Pero allí, delante del abismo de lo desconocido, como el príncipe de Dinamarca declara en su famoso monólogo, la consciencia nos convierte en cobardes a todos… y entonces podemos identificarnos con ella. ¿Pero realmente podemos? Yo pude en ese instante, porque compartí su miseria. Hasta entonces mi empatía nunca había estado dirigida a ella, si no que se repartía entre los diversos personajes con los que se relacionaba, pero aun así, veía la serie con interés. De hecho, si observamos las valoraciones de los usuarios de la web Imdb, la audiencia en general también parece haber disfrutado con la serie, pues tiene una valoración de 8.4. Una valoración francamente  buena si la comparamos con las de las grandes películas citadas anteriormente: The lives of others, 8.5, In the name of the Father, 8.1 Inside Llewyn Davis,7.5.

Si pensamos en otro personaje con el que es poco probable que la gente se identifique, dado que es un traidor, un mentiroso y un asesino, entre otras cualidades indeseables, Francis Underwood, protagonista de House of cards, sirve de hilo conductor de una serie valorada por la audiencia con un meritorio 9.1, una valoración solo igualada por películas como The Godfather II, también protagonizada por un tipo poco recomendable

¿Entonces la identificación del público, a diferencia de lo que ocurre en el deporte, podría alternarse de un sujeto a otro? Estoy convencido de que sí. Creo que mi hijo tenía razón cuando se identificaba con Sebastián porque marcaba gol y ganaba al Deportivo. Tenía razón porque aún no había aprendido a ser un fanático. Afortunadamente, en el proceso de contar una historia no se necesita de un público formado por fanáticos, también llamados descerebrados. Quizás a excepción de las historias más simples y estereotipadas, en las que los personajes se dividen en buenos y malos —y que hoy en día son las más comunes— no precisamos de un público alineado en bandos, basta con que estén despiertos y dispuestos a compartir y comprender la historia, a través de las peripecias por las que pasan los personajes.

Héctor Carré

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