Democracia y dictaduras en Grecia y Argentina – Vías paralelas
PARTE 4

Grecia – 1971
Algo que tampoco falta en un régimen totalitario, para completar el clima de estupidez e ignorancia, es el “pan y circo” y, queriendo o no, el espectáculo más popular del mundo es el fútbol, así que claro que una dictadura hará lo mejor que pueda para apoyar y promoverlo.
Aunque Grecia no constituye una potencia futbolera, uno de sus equipos, Panathinaikós, logró llegar hasta la final de la entonces copa de campeones, perdiendo contra el todopoderoso equipo holandés Ajax de Johan Cruyff. Aun así, el éxito fue insólito y se consiguió gracias a una victoria fuera de cada imaginación por 3-0 contra la Estrella Roja de Belgrado. La Estrella Roja había derrotado a Panathinaikós por 4-1 en la entonces Yugoslavia, así que Panathinaikós tenía que ganar por al menos 3-0, como entonces todavía contaba el llamado gol fuera de casa como doble. Panathinaikós lo hizo, en contra de cada pronóstico, sin embargo, un diálogo bien interesante en la gradas, reveló cómo se logró dicho milagro en realidad.

El mismo Papadópoulos estaba viendo el partido, junto a su mujer, la cual parecía demasiado ansiosa. Estaba tan ansiosa que su marido, que desde el principio del juego parecía extremamente calmo, en algún momento no aguantó el estrés de su esposa y le reveló que no necesitaba preocuparse ya que habían pagado por el partido, así que lo iban a ganar. La esposa quedó sorprendida y lo encontró difícil de creer, así que intervino el embajador yugoslavo, que estaba sentado justo al lado, diciéndole en griego perfecto “No se preocupe señora. Pagaron de veras, así que lo van a ganar!”
Aquí es imperativo mencionar una narración espeluznante del compositor Mikis Theodorakis que, justo después de la guerra civil, pasó gran parte de su vida exiliado en un campo de concentración en una isla seca cerca de Atenas, la infame Makrónisos, que en algún momento 2 líderes prominentes de la derecha griega, Kanelópoulos y Tsatsos, tuvieron el descaro de llamar “el nuevo Partenón”, fue también encarcelado en Atenas, justo enfrente del estadio de Panathinaikos, durante la dictadura.

La amarga verdad es que durante períodos de opresión, desde regímenes autoritarios hasta ocupaciones ajenas, aunque muchísima gente se encuentra en discordia total con el régimen, pocos se atreven a pasar a la acción y a resistir. Algunos de esos últimos se convierten en héroes si tienen una cierta fama, o simplemente se pierden y se olvidan a lo largo del tiempo. Sin embargo, todos se preguntan la misma cosa. “Será que los demás ¿se enteran de mi lucha, de mi sacrificio? ¿Lo aprecian?”
Mikis Theodorakis, en particular, que había dejado a hija y esposa atrás al ser detenido, tuvo su respuesta de modo bien duro. Un día vio por su ventana a unos aficionados de Panathinaikos marchar hacia el estadio. Mientras estaban cantando lemas, algunos de ellos giraron la cabeza y reconocieron a Mikis que, como ya señalamos, era famosísimo. “Mi corazón se puso a latir más rápido. Esperaba algo que me diera coraje. Una sonrisa, un saludo, un gesto de solidaridad, lo que fuera”, dijo. “Para enorme decepción mía, no pasó nada de eso. Simplemente giraron la cabeza hacia delante y siguieron cantando como si no me hubieran visto, como si no me hubieran reconocido.”
Para no crear la impresión que los hinchas son los únicos indiferentes en casos de lucha, aquí está otra narración del mismo. “Muy a menudo nos torturaban, deliberadamente, en la azotea, a fin de que los ciudadanos del barrio oyeran nuestros gritos. Así el terror se inculcaba de modo mucho más eficaz. Una noche de verano nos dimos cuenta de una fiesta en alguna azotea por ahí cerca. Un poco más tarde comenzaron a torturar a alguien en la azotea otra vez. Hasta aquel momento se oían música, risas y conversaciones.
En cierto momento se oyeron los primeros rugidos del preso. Fueron tan fuertes que el ruido de la fiesta paró. Nos alegramos al pensar que los rugidos dieron a los de la fiesta una cierta vergüenza por festejar mientras que otros sufrían por la libertad de todos, así que pararon la fiesta como un mínimo gesto de respeto y solidaridad.
Nuestra alegría no duró mucho. Al cabo de un rato la música y las risadas siguieron como si no hubiera pasado nada. Como si no hubieran entendido lo que escucharon. “Si alguien me pregunta cuáles han sido los peores momentos de mi captura voy a elegir estos. Aguantamos el dolor indescriptible de las torturas, pero incidentes como esos nos paralizaban, nos vaciaban. Lo único que sentíamos era un vacío oscuro, que toda nuestra lucha y existencia eran totalmente en vano.”
Argentina – 1978
Si un país con la tradición futbolística de Grecia consiguió algo así, sobra imaginar lo que podía lograr una potencia como Argentina, algo que fue plenamente demostrado en la Copa Mundial de 1978 que fue celebrada en Argentina.
Al igual que Panathinaikós, Argentina se encontró en la posición de tener que derrotar a su rival, Perú, por un marcador amplísimo, o sea de al menos 4 goles de diferencia. Si lo consiguiera accedería a la final, donde jugaría contra la Holanda de Cruyff otra vez. La selección peruana, aunque indiferente, había tenido un desempeño bien digno, habiendo encajado apenas 6 goles en los 5 partidos anteriores. Sin embargo, de modo extremamente sospechoso, llegó a conceder otros 6 en un solo partido contra Argentina.
Según el ex-senador peruano Genaro Ledesma Izquieta, el resultado del partido fue un fruto de un acuerdo entre el dictador peruano Bermúdez y su homólogo argentino, en el marco del Plan Cóndor, que contemplaba el traslado de 13 disidentes peruanos a la Argentina, donde el régimen local los iba a tirar desde un avión para que no quedara el mínimo rastro de ellos. En cambio, la selección peruana iba a encajar cuantos goles fueran necesarios para la clasificación argentina.

La final la vio el mismo Videla, que jamás había ido a una cancha de fútbol en su vida, junto al entonces presidente de la FIFA João Havelange y ¡¡Henry Kissinger!! en el estadio de River Plate, el Monumental, que, por coincidencia estaba a menos de 1km de la ESMA. Ya antes del inicio del partido el jugador holandés Johnny Rep declaró abiertamente que su equipo tenía miedo de ganar. Al final, su miedo fue confirmado, como en pleno clima de terror, y con el mismísimo Kissinger y el presidente de la FIFA al lado de Videla, Argentina ganó el partido por 3-1 y, a la vez, la copa mundial. El resultado, mediante una ironía trágica, llevó a ¡¡presos y torturadores en la cercana ESMA, tan cerca que, por primera vez, acabaron celebrando juntos!!

Después del mundial de 1934 de Mussolini en Italia, la Olimpíada de 1936 de Hitler en Alemania, y el predominio constante del Real Madrid en España, gracias a las intervenciones sin pretexto del dictador Franco durante las décadas de los 60 y 70 a favor de la “reina”, la humanidad fue, una vez más, testigo de la explotación del deporte por un régimen totalitario.
Aquí cabe mencionar un par de elementos más que nos ayudarán a tener una imagen más completa de la situación. Primero, la declaración de Kissinger al final del partido, según la cual “Fue una fiesta magnífica, con un merecido vencedor. Esto, y no sólo por la conquista deportiva, es una prueba irrefutable de lo que son capaces de hacer los argentinos”, y segundo, el caso trágico del ex-jugador Leopoldo Jacinto Luque, que, apenas 1 año después de la final, fue también secuestrado por el régimen, por empezar a darse cuenta y hablar del arreglo, no solo de la final, sino casi del campeonato entero.



















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