Las nueve musas

Del unicornio al sábalo

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Resulta difícil resumir la destacada y extensísima trayectoria literaria del poeta y profesor Pedro Rodríguez Pacheco (Sevilla, 1941), articulista, conferenciante y crítico literario en Los Cuadernos del Sur del Diario Córdoba y en Los Pliegos de Alborán de la Revista El Faro de Motril; editor, además, de tres antologías fundamentales para conocer la excepcionalidad poética de los autores andaluces: Poesía sevillana (1950-1990) (1992), La línea interior. (Antología de poesía andaluza contemporánea) (2000), y El unicornio en el café Libertad. 25 años después (Ediciones Carena, 2019).

Esta última reúne a nueve componentes de la Poesía de la Diferencia, movimiento subversivo que irrumpió en la sociedad literaria española de finales del siglo XX y cuestionó la cultura oficial y la oficiosa y su sistema corrupto. Él mismo fue impulsor de este movimiento, una crónica esencial de lo que fue, y sigue siendo, una manifestación regeneracionista, crítica y testimonial. Asimismo, es autor de veintidós obras de poesía y de los ensayos Lengua y estilo en «Recuerdo infantil» de las Soledades (Sevilla, 1976), La otra mirada. Literatura española ¿crimen o suicidio? (Ediciones Carena. Barcelona), Las poéticas de la Diferencia (Los libros de la Frontera. Málaga, 2020).

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Pedro Rodríguez Pacheco es, pues, uno de los poetas y escritores destacados de la literatura contemporánea española, perteneciente a aquella generación de los sesenta que dio grande poetas como Jesús Hilario Tundidor, Antonio Carvajal, Diego Jesús Jiménez, Manuel Ríos Ruiz o Marcos Ricardo Barnatán. Sin embargo, a pesar de su muchos premios, méritos y reconocimientos no es un autor mediático, ni su nombre figura en los compadreos habituales de nuestro mundillo poético. Creo que es normal que así suceda dado su carácter transgresor e insobornable.

Su última entrega poética, que hoy presentamos, es Memorial del Arte de la Seda (Ediciones Carena, Barcelona 2022), subtitulado Antología apócrifa. Se trata de un libro complejo y original cuyo gozne gira en torno a la despedida llegado el momento en que el poeta ya siente «la angustia de los silencios y las reiteraciones de los eclipses».

Explica el autor en el prolegómeno del libro que organizó el volumen como «una antología apócrifa», «componiendo un extenso poemario con las piezas más características de varios cuadernos inéditos». Los poemas no se agruparon de manera cronológica y al final de cada uno aparece el título del cuaderno al que pertenecen. Que existan o no dichos cuadernos es algo que al lector le ha de traer sin cuidado, lo cierto es que la antología está marcada por el signo de la singularidad y la heterodoxia, como toda la obra del autor.

Difícilmente puedo abarcar la riqueza tanto ética como estética que atesora este libro en un mero texto de introducción, así que espero se me perdone mi irremediable discurso sintético.

Memorial del Arte de la Seda es un hermoso y apropiado título, y he de añadir que Pedro Rodríguez Pacheco tiene un gran talento para elaborar los títulos de sus libros y poemas, todos ellos muy logrados.

El volumen presenta una estructura tripartita relacionada con la industria de la seda, tan cercana analógicamente a la creación poética. La primera parte lleva por título «La seda de labrar. Seda cruda o salvaje», la segunda «La seda de labrar: la rosa: la ilusión del terciopelo», la tercera y última «La seda de labrar. El brocado». Las tres partes comienzan con sendos poemas con el mismo título: «Canción», compuestos con versos breves, ágiles y profundos. A cada una de estas canciones le sigue un poema extenso de corte visionario escrito con versos de arte mayor, principalmente alejandrinos y endecasílabos, en los que se anuncia la llegada del heraldo. El primero llega con una trompeta de bronce, el segundo con una de plata y el tercero porta una de oro. Esta alegoría medievalizante es un ejemplo destacado de la inteligencia creadora del autor, también a la hora de estructurar su obra.

Al lector poco atento esta antología apócrifa le parecerá un tanto dispersa o heterogénea, pero lo cierto es que el resultado es un conjunto geométrico de una coherencia estilística notoria pese a la diversidad de tonos y registros.

En este libro el paratexto es tan enriquecedor y esclarecedor como los poemas. Cada una de las partes está escoltada por citas muy significativas, y en todo el bloque abundan las dedicatorias (algunas in memoriam), de tal modo que si juntamos los nombres de los dedicatarios asistimos a la evolución de la literatura española contemporánea. Esto da una idea no solo de la cultura del autor y su profunda raigambre lírica, sino también de los numerosos contactos que le ha proporcionado su honrada y prolífica trayectoria.

Entre los muchos rasgos definidores de la obra poética de Pedro Rodríguez Pacheco, destaca el culto a la amistad. En el libro que nos ocupa. el autor homenajea a numerosos poetas y amigos vinculados a su peripecia vital. Pero su carácter cordial y cariñoso no está exento de bravura, de reciedumbre dialéctica, de rigor intempestivo.

Pedro Rodríguez Pacheco
Pedro Rodríguez Pacheco

Nuestro poeta no evita la polémica, el improperio (incluso la maldición) cuando se ve envuelto en enfrentamientos estéticos o cuando clama en defensa de la libertad y la diferencia en la literatura y contra todo intento de trivialización de la palabra. Pedro Rodríguez Pacheco puede ser tierno y suave como la seda y un crítico cáustico e implacable. Su obra literaria, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento, es como un estuario donde el agua salada se funde con el agua dulce.

Si la amistad está muy presente en el universo poético de Pedro Rodríguez Pacheco, y en particular en Memorial del Arte de la Seda, no es menos importante el amor y el erotismo. Aun siendo poemas de senectud los reunidos en esta antología apócrifa, asoman en ellos las brasas del incendio amoroso.

A pesar de la nostalgia, el escepticismo, el planto por lo perdido y la voluntad de despedida, el culto al amor no decae y el poeta todavía se siente exaltado por la ilusión latente que le une a su compañera, su esposa, su amada Griselda, omnipresente en este libro. Y esa condición permanente y renovada del amor se expresa en este breve poema titulado «definiciones»:

El amor es un niño
siempre estrenando ojos…
Oh maravilla
que la luz sea el amor
que estrena niño cada día…

O en este otro poema breve titulado «Vindicación»:

No todo se ha cumplido,
queda aún
todo el esfuerzo en flor de la leyenda.

Y es que en esta antología apócrifa se amalgaman el sereno dolor causado por las pérdidas y el resonante ubi sunt, más la asunción de un declive físico y creativo («Ahora, qué trabajo me cuestan amor mío, /los versos…» leemos en el imponente poema «Ayer cuando los bergantines»). Pero el poeta, conviene aclararlo, no pierde del todo el entusiasmo, mantiene todavía vivo el vigor, que no es solo patrimonio de la memoria, sino realidad presente. Es por ello que se funden en estos versos las sombras y las luces, la angustia y la esperanza, la incertidumbre ante la proximidad del final y la plenitud y la armonía con el universo, a veces desde una inmersión en la sublime inmensidad de lo inefable.

La ambivalencia de asombro y malestar, de resignación y rebeldía se muestra in nuce o en toda su explícita descarnadura. Pero cuando el existencialismo ruge en los poemas de este libro, sobre todo en los más visionarios y de largo aliento, no cabe el nihilismo absoluto, ni la indiferencia, ni cualquier brote de autocompasión; lo que se impone en algunos poemas es la protesta, el grito airado, el apóstrofe como método de resistencia ante el totalitarismo que legisla sobre la vida y la muerte, el cuerpo y la mente, si bien también sucede que nuestro poeta busca sosiego en la «seducción horaciana»:

Ya nada será igual para quien nada
desea de las horas y sus hitos
solo un sobrio pasar, sin apetitos
que envenenen de rosas la reglada
voluntad de vivir siendo nonada (…)

 Otro de los núcleos temáticos de este volumen es la reflexión metapoética, la conciencia crítica y autocrítica, la preocupación por el hecho creador y la trascendencia de la palabra poética, siempre al margen de modas y tendencias. Un ejemplo destacado es el poema titulado «Y una poética, ¿Por qué no?», que transcribo completo:

Silencio más experimentación:
un exilio imposible, por fortuna;
viviendo a contrapelo de las modas,
no sabes qué vestir tras tantas mudas.
Y, ocioso, no volver a los papeles
histéricos de blancos, y a la lujuria
de lo que callas, pero que deseas
desesperadamente porque nunca
la conclusión de todo fue la rosa
Exenta, singular, clara, profunda…

En Memorial del Arte de la seda no hay tonos ni temas principales; predomina la variedad, siempre con un minucioso cincelado de la escritura y una rica orfebrería; variedad que no impide la cohesión del volumen.

Aquí conviven la ligereza (nunca trivial) y el énfasis, cierto acercamiento al lenguaje coloquial y el gusto por la palabra exacta pero poco usada, la necesidad de cantar y el encuentro con los escollos de lo inefable, la sobriedad densa y la pulsión de intensidad, la fuerza y la mesura, el lujo sensorial y la exaltación espiritual y metafísica, el canto leve, suave, sutil de Garcilaso, el barroquismo gongorino y el lenguaje voluptuoso modernista.

Se fusionan el logos y el mito, la intuición y la inteligencia, la luz más cristalina y sus formas grumosas y sombrías. Digamos que la poesía de Rodríguez Pacheco es unas veces excesiva, fogosa, apasionada; otras contemplativa, serena, cordial. No está fundamentada en la contradicción sino en la multivalencia. Memorial del Arte de la Seda es un libro poliédrico en el que se reivindica el instinto, el ensueño, la nostalgia, y el frenesí, a través de una voz intimista y expansiva. Sin embargo, este universo afectivo está cultivado con el abono de la cordura.

Lo claro y lo nebuloso, lo consciente e inconsciente parten de una razón apasionada que es la constante lucha del poeta siempre planteándose cuál es el sentido último de la escritura. De ahí que no falten los inventarios de desperfectos y fracasos, que las imágenes tan destacadas y potentes se tornen enigmáticas y a veces inacabadas, abiertas a numerosas interpretaciones, y las analogías busquen el abismo y al mismo tiempo lo nieguen.

Presentación del libro Memorial de Arte de la Seda
Presentación en Orihuela del libro Memorial de Arte de la Seda. Antología apócrifa. En la mesa Pedro Rodríguez Pacheco y José Luis Zerón Huguet

Pese a lo dicho, también abunda en esta antología apócrifa el sentido del humor, unas veces amable, jocoso, tierno, cervantino; otras satírico, irreverente, esperpéntico, beligerante, en confluencia con Quevedo o Valle Inclán. El lenguaje desenfadado y travieso lo encontramos en poemas como «copla», dedicado a la poeta Encarnación Pisonero, o en «La cantata a Concha García». La ironía afilada, la sátira y el sarcasmo aparecen, por ejemplo, en los diez fragmentos que componen el poema «De Res publica».

Por último, quiero destacar la riqueza simbólica de muchas de las piezas que componen este volumen. Entre los símbolos más recurrentes destaca el fuego y su campo léxico. Aquí el fuego representa la vitalidad y la resistencia contra la muerte; la mayoría de las veces rescoldos o llamas débiles, crepusculares, que anuncian la ceniza. Uno de los grandes poemas de este libro se titula «Apología del hombre sentado junto al fuego». También el unicornio está muy presente en estos poemas. Cada lector podrá interpretar a su gusto la presencia de esta antigua criatura mitológica; para mí representa la libertad, la pureza, la justicia, la fuerza espiritual.

Con la misma frecuencia aparece el laberinto, símbolo del extravío del ser humano, pero también de sus encrucijadas, antesala de las postrimerías. Según Mircea Eliade, el laberinto es un acceso iniciático a la sacralidad, a la inmortalidad y la realidad absoluta.

Otro de los símbolos preferidos del autor es el sábalo, un pez cuya carne es indigesta y que nada río arriba para desovar en primavera. Pedro Rodríguez Pacheco se identifica con este pez al sentirse un outsider, un poeta al margen, a contracorriente de modas, escuelas y tendencias. En este sentido, me parece muy emblemático el poema titulado «Del unicornio al sábalo». Y no menos importante es la simbología de las ruinas, retórica de un mundo transitorio y fulgor fantasmagórico de la Historia y sus miserias. El esplendor decadente de estos despojos del pasado queda reflejado en dos poemas destacados como son «Danza entre las ruinas» y «Vestigios arqueológicos».

Como ya se ha dicho, Memorial del Arte de la seda es un continuo y enriquecedor juego de contrastes: el ayer y el hoy, lo grave y lo goliárdico, la acción y la espera, el anclaje en la tierra y la contemplación cósmica… El autor ampara la verdad, la belleza, el concepto de metáfora y la música del poema en una exhibición polifónica de la palabra y un portentoso conocimiento de la tradición literaria, desde el mundo grecolatino a los versículos bíblicos, pasando por la escritura medieval, barroca, romántica y modernista, hasta llegar a la poesía de nuestros días.

Nuestro poeta crea un lugar bello, no exento de oscuras espesuras y caminos anfractuosos. Un territorio poético de lejanías y proximidades que seducirá al lector que a él se acerque con la intención de habitarlo.

Texto leído en el acto de presentación de Memorial del Arte de la Seda. Antología apócrifa, Biblioteca Municipal María Moliner de Orihuela, el pasado 26 de octubre.

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José Luis Zerón Huguet

Nace en Orihuela el 28 de octubre de 1965.

Trabajó cuatro años (1987-90) como redactor de la Vega Baja en el Periódico de Elche, y dos (89-90) como corresponsal del diario ABC. Asimismo colaboró ocasionalmente con el diario alicantino Información y en el periódico digital Minuto Cero y regularmente en la revista digital Galla Ciencia.

Actualmente colabora con asiduidad en el blog literario Frutos del tiempo y es coordinador de los ciclos encuentros con la Poesía en la Casa Natal de Miguel Hernández. Fue fundador y director de la revista sociocultural La Lucerna y fundó y codirigió la revista de creación Empireuma y presidió la Asociación Cultural Ediciones Empireuma, que publicó más de quince libros.

Su actividad cultural es diversa: ha escrito prólogos, pronunciado y promovido conferencias, y participado en numerosas mesas redondas presentaciones de libros y exposiciones de pintura. Ha sido jurado en varios concursos literarios de ámbito nacional e internacional. Con Manuel García Pérez escribió el guión del espectáculo audiovisual Esquirlas de luna en homenaje a Federico García Lorca, y ambos dirigieron su puesta en escena con gran éxito en el Aula de Cultura de la CAM-Orihuela en 1998. También fue autor y director del montaje poético audiovisual Las tres heridas y del poema y parte de la introducción del corto Pasos y sombras, de José Rayos.

Su producción poética editada consta de dos plaquetas: Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano (Ediciones Empireuma, 1987), y Alimentando lluvias (Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997); Y los libros Solumbre (Ediciones Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral, (Instituto alicantino de cultura Juan Gil-Albert, Alicante, 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017), Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018) e Intemperie (Sapere Aude, Oviedo, 2021).

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