Para muchos tratadistas, la aliteración, si no responde a una voluntad de orden estético, debe considerarse un simple vicio cacofónico. Pero ¿dónde están los límites reales?, ¿cómo saber si la figura y el vicio no se yuxtaponen? En este breve artículo intentaremos hallar una respuesta.
La palabra aliteración, que en principio pertenece a la Retórica, alude al empleo, en una misma cláusula, de voces en las cuales con frecuencia se repiten una o más letras. Con respecto a esto, ya Capmany de Montpalau aclaraba que «no solo el poeta, mas también el prosista de gusto delicado, para dar melodía y suavidad a la frase, puede aprovecharse de la repetición de las letras que, con cierta correspondencia de sílabas, forman grata consonancia al oído»[1]. Con todo, para muchos tratadistas, esta figura retórica, si no responde a una voluntad de orden estético, debe considerarse un simple vicio cacofónico. Pero ¿dónde están los límites reales?, ¿cómo saber si la figura y el vicio no se yuxtaponen?
En la Gramática de la lengua española de 1931 podemos leer que la cacofonía es el «vicio que consiste en el encuentro o repetición de unas mismas sílabas o letras»[2]. Como advertimos, la similitud con la definición de aliteración que ofrecimos más arriba es innegable. Por suerte, en nuestros días, el DLE nos brinda una más específica: «Disonancia que resulta de la inarmónica combinación de los elementos acústicos de la palabra»[3]. Un ejemplo de esto bien podría ser la frase Estamos ante una crisis petrolera, financiera y estanciera.
Sucede que siempre ha sido preocupación de las lenguas el evitar el mal sonido, y, sin duda, esta inquietud ha dado origen (por lo menos, en parte), a los fenómenos asimilatorios, y disimilatorios que se observan en muchos idiomas del tronco indoeuropeo: los cambios fonéticos de las consonantes, las contracciones de vocales, las letras paragógicas, etc.
No obstante, en esta materia, como en tantas otras, es imposible establecer hasta dónde llega lo lícito. Ello depende del peculiar oído de cada cual y, sobre todo, del buen gusto. Suele decirse que se debe evitar la repetición de sílabas iguales como armonioso sonido, Roma, madre del orbe, tu seco corazón, ave vecina, etc., y, sin embargo, ahí tenemos este verso de san Juan de la Cruz: «un no sé qué que quedan balbuciendo»[4]. Censuraba la Academia, quizá con razón, frases como Atónito ante ti me postro, y, sin embargo, Espronceda nos convida su célebre: «Y estático ante ti me atrevo a hablarte»[5]. Resuenan aún hoy en mis oídos los versos «infame turba de nocturnas aves»[6], de don Luis de Góngora y Argote, el no menos conocido «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto»[7], de Rubén Darío, y «las suburbanas sangres de la ausencia de remansos omóplatos»[8], de Oliverio Girondo, tres clásicos ejemplos de aliteración, aunque muchos los depreciaron (y desprecian todavía) por cacofónicos. ¿Quién tiene la razón? La respuesta, sospechamos, estará siempre del lado del poema.
[1]Antonio de Capmany y de Montpalau, Filosofía de la elocuencia, Universidad de Almería, 2002.
[2] Academia Española. Gramática de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 1931.
[3] RAE y ASALE. Diccionario de la lengua española, edición online. Consultado el 24 de noviembre de 2023.
[4] San Juan de la Cruz. «Cántico espiritual» en Poesía, Madrid, Cátedra, 1990.
[5] José de Espronceda. «Himno al sol», de Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1986.
[6] Luis de Góngora y Argote. Fábula de Polifemo y Galatea, Madrid, Cátedra, 2005.
[7] Rubén Darío. «Responso a Verlaine», de Prosas profanas, Madrid, Alianza Editorial, 2000.
[8] Oliverio Girondo. «Noche tótem», de En la masmédula, Buenos Aires, Losada, 2000.
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