Las nueve musas
Sobre la lectura
Promocionamos tu libro

Hay una vieja cuestión: si la palabra oculta o desvela. A veces me pregunto ¿qué habría sido de nosotros si nuestros escritores hubiesen seguido la línea marcada por El libro de Buen Amor y La Celestina?, en ambos, nada se oculta, aparece la realidad, la verdad.

En el primer acto dice Celestina: El deleite es con los amigos y especialmente en recontar las cosas de amores y comunicarlas: esto hice, esto me dijo, tal donaire pasamos, de tal manera la tomé, así la besé, así me mordió, así la abracé, así se allegó…Pármeno, ¿hay deleite sin compañía?

Contar no salva, nos libera.

Quevedo desde su destierro en la Torre de Juan Abad, muy cerca de Villanueva de los Infantes, con su tono conceptista, escribe sobre el libro:

Retirado en la paz de estos desiertos
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Nietzsche en Así habló Zaratustra apunta:

De todo lo que se escribe, sólo me gusta lo que un hombre escribe con su propia sangre. Escribe tú con sangre, y comprenderás que la sangre es espíritu.

No es empresa fácil comprender la sangre ajena; odio a los lectores perezosos. 

Marcel Proust, compone un ensayo que titula Sobre la lectura, donde la califica como amistad:

Una amistad liberada de todo lo que afea las otras amistades.

Rebajas

No esperéis consejos, la lectura es algo personal, pacto secreto entre lector y libro. Hace unos años publiqué un pequeño libro de poemas que titulé: Libro abierto. Lo concebí como testimonio y homenaje a la lectura, a la conversación con los amigos sobre los libros leídos, a las muchas horas que he disfrutado. Leeré algunos poemas que seguro os recordarán momentos semejantes, los acompañaré con algunas reflexiones. Pido perdón por citarme, pero se trata del lector que mejor conozco. El primero, dice así:

Aquí en el Sur conviene
que una cierta penumbra
te aparte de la calle radiante.
Es la hora de la siesta,
mientras todos duermen, tú lees.
Una ligera brisa
mueve la persiana del balcón,
como el agua, la luz
tiembla sobre las losas.

Una vez presencié esté diálogo en una librería de viejo. El cliente, un joven, de rostro inteligente y con una espléndida sonrisa, se dirige al librero:

-Verá usted, quisiera dos metros de libros en piel, a ser posible en cuarto. No me importa el contenido.

Ante el asombro del librero, el comprador, se adelantó, dándole esta explicación:

-Mire. Imagino lo que está usted pensando, creerá que he equivocado el lugar, pero mi oficio es decorador, y hemos puesto una chimenea, en la que por ahora, lo que me parece más adecuado es colocar unos libros, que le den el peso de la historia a sus propietarios, nuevos ricos, de quienes, que quede entre nosotros, dudo que hayan leído alguno en su vida.

Un libro puede ser un buen adorno, como lo son las planchas viejas, los molinillos de café o cualquier máquina que con los años ha sido superada por otros artefactos más útiles.

No obstante, algo hay en ellos, parece que contuviesen parte del pasado, nos trasladan al tiempo del recuerdo.

Por mi parte, confieso que me gusta leer libros viejos, subrayados, con anotaciones, es como si los ojos de quienes los han leído primero, nos guiasen.

ESTAS LETRAS

¿Antes de que existiesen estas letras,
qué sabias del misterio de la página?
Recuerdas las lecturas de niño
cuando Platero se acercaba
con su morro húmedo y tierno
sobre tu hombro.
La historia siempre era sagrada,
la geografía dudosa.

Ha habido magníficos lectores. Destacaré a Juan Guerrero Ruiz quien leía, clasificaba, copiaba, entraba en el secreto de las cartas, estudiaba manuscritos, sabía de los distintos caminos que apuntan en una página.

Recuerdo haber leído en Gibbon, ensayista inglés del siglo XVIII, que cuando se disponía a leer un libro, primero repasaba el índice, para tener una idea de lo que contenía, después daba un largo paseo, pensando sobre cada una de los puntos que trataba, por último, cuando leía, y encontraba algo que él no había pensado, se alegraba de su lectura.

A menudo es en el vagabundeo donde encontramos lo más jugoso de la lectura: un viejo tema que creíamos olvidado, la frase que siempre hemos tenido en la punta de la lengua y que, por fin, hemos visto formulada.

EL PEZ

Detienes la lectura,
levantas la cabeza,
como el pez que descubre
al otro lado del mundo,
la gran pradera del aire.
O te quedas suspendido,
como la gaviota allá en lo alto,
que no mueve sus alas
y deja que el aire la sostenga.

La lectura tiene varios niveles, antes de que lleguemos a su plenitud hemos de resolver ciertos obstáculos, de ahí que se la compare con frutos de corteza dura, quizá en el Sur debiéramos hacerlo con la granada, así lo hace Juan Ramón en su Platero. En otros lugares se la compara con el hecho de comer una nuez.

Cada día trae su cuidado y cada época descubre en el texto interpretaciones que han permanecido ocultos. El mismo libro, leído a edades diferentes, nos ofrece también distintos panoramas. El tiempo y el olvido colaboran.

Heinrich Heine, recuerda la primera vez que leyó Quijote:

<<…fue el primer libro que leí tras haber alcanzado una edad juvenil razonable y dominar de alguna forma los rudimentos de la lectura. Aún recuerdo como si fuera hoy aquella edad temprana, cuando una buena mañana me escapé furtivamente de la casa y me fui corriendo al parque del palacio, para poder leer allí el Don Quijote sin ser molestado. Era un hermoso día de verano; en la incipiente serena luz de la madrugada yacía la primavera floreciente… Yo me senté en un banco de piedra musgoso…E n mi simplicidad infantil, todo lo tomé por cierto; y por muy en ridículo que le dejasen los acontecimientos al pobre caballero, pensaba yo que esto tendría que ser así, que el ser escarnecido era algo tan propio de la heroicidad como las heridas del cuerpo…

Era un niño, y no sabía de la ironía que Dios había creado en el mundo y que el gran poeta había imitado en su pequeño mundo impreso…>>

DUDAS

Versos como dudas
que nunca serán resueltas,
abren y cierran páginas
y ven sombras de cosas,
que permanecen suspendidas
en el aire,
como manos o pájaros
que la explosión dispersa.

El siglo XX con Ortega y sus Meditaciones del Quijote, entra en la filosofía que subyace, el yo y sus circunstancias, circunstancias que es preciso interpretar para que cada uno de nosotros se salve. Unamuno, comparó la vida de don Quijote con la de Ignacio de Loyola, en su prólogo invita a los lectores a rescatar el sepulcro donde yace su ejemplo, raptado por curas, barberos y bachilleres, es decir, lectores amantes de la lija y de la ortografía. Recuerdo un Quijote ruso, película, que destacaba la función social. El Quijote, representante del ideal y Sancho, apegado a la realidad, simboliza las dos caras de una misma moneda.

¿Qué verá este siglo en El Quijote?, el dinero podría desplazar a este caballero, sin embargo, tengo la esperanza de que quizá su profunda humanidad se imponga. También podría ser Sancho, el especulador, quien pase a un primer plano.

MIGUEL HERNÁNDEZ LEYENDO

Es mediodía en la Vega,
la campana de Santo Domingo
suena sobre los tiernos huertos,
solemne marca doce campanadas.
Mientras pastan sus cabras,
recostado, Miguel, bajo una higuera
con los pies en el agua de la acequia,
lee al divino Góngora.
Todo, por un momento,
como un gigantesco retablo,
se cubre con la luz amarilla
de aquellos siglos de oro viejo.

¿Cómo leer a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz, Fray Luis, San Pedro de  Alcántara, San Juan Ávila, San Ignacio de Loyola? Son definitivas las palabras de San Juan en sus comentarios al Cántico espiritual, dice así:

…¿Quién podrá escribir lo que a las almas amorosas (donde el mora) hace entender?, y ¿quién podrá manifestar con palabras lo que las hace sentir?, y ¿quién finalmente lo que las hace desear.

Lo inefable se convierte en palabra. Recuérdese aquello de: Entréme donde no supe/ y quedéme no sabiendo/ toda ciencia trascendiendo.

RECUERDA

Recuerda siempre
que el libro da contigo,
no eres tú quien lo eliges.
El destino se muestra
en la voz de un amigo que aconseja,
en un casual acercamiento,
desde que se escribió,
ese mismo libro,
que ahora tienes en la mano,
te buscaba.
Expuesto en escaparates, oculto
en estanterías,
salvado de todos los inquisidores,
como Ulises, por fin ha llegado.

Platón gustaba contar historias, se servía de mitos o fábulas  para acercarnos sus ideas. En El Fedro se narra la historia de unos inventos presentados al faraón. El inventor muestra los números, ciertos juegos y finalmente dice: lo más importante es este fármaco de la memoria, todo podrá conservarse, he aquí la escritura.

El faraón contestó: tú, como padre defiendes a tus hijos, pero creo que ese invento no fomenta la memoria, pues confías en algo ajeno. No has inventado la memoria, sino el olvido.

El lector sabe que todo libro está sujeto a interpretaciones, y en esa variabilidad reside su pervivencia. Convendría aquí pensar en las traducciones. Con el Renacimiento más informado en latín y griego, se proponen nuevas versiones.  Pensad en los textos sagrados, las herejías no suponían otra cosa sino interpretaciones apartadas de la ortodoxia. Nuestro gran Menéndez y Pelayo, reunió la más interesante colección de herejías en su Historia de los heterodoxos españoles, que algunos han considerado como una excelente guía, modificando su valoración y, donde pone error, colocan diferencia, duda, variante.

NUNCA DUERME

Este maravilloso
mundo de los signos,
que habitamos,
nunca duerme.

Cuando a Virginia Woolf, unas trabajadoras le solicitaron una conferencia sobre su obra, lo hizo con un texto que tituló:  Una habitación propia, Tras hablar de la condición de la mujer en la familia, enseñanza y sociedad,  vino a decir que lo fundamental era la independencia, se necesitaba una habitación propia, esto es, el espacio y el dinero suficientes para mantener la soledad.

¿Es la soledad una condición imprescindible? El lector se aparta para concentrarse, busca el lugar más apropiado, porque la lectura requiere continuidad, y una vez que lo alcanza, se traslada al espacio y al tiempo que el libro ofrece.

Rebajas

LA LLUVIA

La lluvia no sabe si lee o escribe,
teclea sobre el asfalto
o cae sobre la tierra sedienta.
A veces, sus gotas, sobre el cristal,
como estrellas fugaces resbalan,
perseguida por los dedos de un niño,
entonces escribe.
Cuando cae sobre las aguas de un río,
de un lago o el mar,
lejos del eco,
como si volviese a sí misma,
lee y medita.

Imaginemos que hemos recibido una carta, viene cerrada. La hemos puesto sobre la mesa, pero desconocemos que hay que abrirla. Nos gusta el sello, comprobamos que en la dirección se indica nuestro nombre. Le damos la vuelta y al ver el remite, decimos: mi viejo amigo se ha acordado de mí y envía este regalo, cosa que me alegra porque hace muchos años que no nos hemos visto.

Seguramente os preguntaréis, y bien, ¿qué dice la carta?, pero claro, como desconozco este tipo de comunicación, no la he abierto. Entiendo que el  mensaje es el propio sobre, cuanto más pese, más cuartillas contenga, se podría decir que su afecto, su recuerdo, es mayor. Sin embargo,  alguien me ha aconsejado que la abra, que vea su contenido. Así que me decido, y con un cortaplumas para no romper el sobre, que tanto me gusta,  la he abierto y he aquí que en ella, mi viejo amigo, me comunica que llega mañana a las cuatro treinta en el tren y que trae muchos regalos. Ahora sabemos cuál es el mensaje y actuaremos en consecuencia.

Este caso, diréis no es un caso, porque, a quién se le iba a ocurrir que todo  sobre no era para ser abierto. Sin embargo, es algo más frecuente de lo que parece. Veréis, sucede que alguien nos regala un libro que, como sabéis, viene cerrado, y, como no lo leemos, se convierte en esa carta que antes hemos visto a la que bastaba abrir para conocer la información que contenía. Esta opacidad del sobre, que impide acceder al contenido, es la misma que ocurre cuando miramos un edificio, un cuadro, un rostro, un pueblo o un país, y no mostramos interés alguno en tratar de ver qué nos dice.

ES EL VIENTO

Es el viento quien lee,
quien revela lo que hemos sido,
hurga entre las cenizas,
levanta polvaredas,
clama por las montañas,
y descubre lo oculto.
El viento, nube y pozo,
habitación vacía,
mano de largos dedos,
que, como hoja o espuma,
todo lo toca:
la tela delicada,
páginas de cuadernos
que aún no han sido escritas,
secretos pensamientos,
Çsombras y dudas.

Claro que a veces la lectura puede ser peligrosa, siempre que nuestra interpretación caiga en manos de un inquisidor. Se podría decir que así se dividió Europa: Norte y Sur. Unos ejercieron la interpretación libre de acuerdo con su conciencia, y otros, delegaron en las instrucciones del Papado.

Estas lecturas no eran otra cosa que traducciones. Toda traducción es una interpretación. Ocurre con Fray Luis de León, condenado por su versión del libro de Job. Esa revisión hecha con la mejor intención se convierte en un delito, pues atenta contra las traducciones canónicas.

EL MAR SÍ

El mar sí sabe leer,
una y otra vez repasa
lento, páginas de arena.
Con dedos transparentes
separa las hojas de la tierra.
Al fondo permanecen las sombras
donde incansables hurgan los peces.

La imprenta democratiza el libro, lo hace igual a sí mismo, lo repite hasta el infinito. Esto permite que el libro llegue a lugares no previstos, y que lectores “no autorizados” descubran ideas no aptas para su condición. El libro se convierta en un objeto que puede ser prohibido, expurgado, censurado, destruido, quemado, condenado.

Recuerdo, parece que hubiésemos vivido la edad media,  cuando en las librerías visitábamos el infierno, es decir, el armario de los libros condenados por la censura. A este respecto quiero recordar que en la dictadura de Primo de Rivera, alguien consultó a D. Miguel si se debía prohibir determinado libro, éste preguntó, ¿cuántas páginas tiene?, seiscientas, contestaron. Si es así no se prohíba, casi nadie lo va a leer, otra cosa sería un folleto de cuarenta páginas.

Pero la Inquisición nunca duerme, podríamos decir que el hombre es un animal de prohibiciones.

EN UNA TARDE

Sentadme
en una tarde de novela,
y abrid el diccionario
en cualquier letra.

Antonio Oliver y Carmen Conde fueron testigos de unas bibliotecas que, con rígido horario y sin préstamos, dificultaban el acceso al libro. Así cuando crearon la Universidad Popular de Cartagena cuidan especialmente este servicio.  Carmen Conde funda lo que hoy llamaríamos un club de lectura con taller de escritura, promueve la interpretación de los textos, el conocimiento del vocabulario, la posibilidad de transmitir lo que han leído. Tuve ocasión de charlar con uno de aquellos lectores, me recordaba que la biblioteca no sólo disponía de libros, sino que a veces se pasaban horas oyendo El archivo de la palabra, discos en los que figuraban textos leídos por los mismos autores, de tal modo que, no sólo aprendían cosas interesantes, sino que actuaban como modelos de dicción, de composición.

A menudo hemos encontrado un libro subrayado, con notas donde reconocemos nuestra letra, aunque nos parece de otro. El olvido es el principal enemigo, ¿dónde permanecen los libros dormidos?

Todo libro es una exploración, abre un camino, el lector recorre un camino que otro ha hecho ya, explora una exploración. Con un libro vivimos una experiencia que nunca hemos tenido, por eso a veces recordamos cosas a las que nunca hemos asistido.

Amigos, seguid leyendo, casi todo está escrito, casi todo puede ser leído.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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