Las nueve musas
José Luis Zerón

Las prosas fronterizas de José Luis Zerón Huguet: «A salto de mata»

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El poeta oriolano José Luis Zerón Huguet acaba de publicar su primer libro en prosa.

Autor de una cumplida obra lírica, en la que destacan títulos como De exilios y moradas (2016), Perplejidades y certezas (2017), Espacio transitorio (2018) o Intemperie (2021), por citar los últimos de su trayectoria, también se le conoce por ser confundador y codirector de la revista Empireuma, así como por su labor periodística y cultural, en la que ha demostrado agudeza y hondura más que notorias, especialmente en el terreno de la crítica literaria, como queda de manifiesto en sus numerosas colaboraciones en medios diversos, tanto impresos como digitales.

A salto de mata
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Ahora nos ofrece A salto de mata. Fragmentos de un diario (2008-2016), editado en Alicante por Frutos del Tiempo, como número 5 de su nueva colección Fifty. El título, una locución adverbial que nos remite a las ocasiones que depara la casualidad, según el diccionario de la RAE, pretende ser también un homenaje particular a la obra homónima de Paul Auster, con la que tiene en común no tanto el elemento memorialístico, sino más bien el ser un conjunto de reflexiones diversas, mayormente orientadas a indagar sobre la naturaleza del hecho creador.

A salto de mata no es un diario, propiamente dicho, a pesar del subtítulo. Sí es cierto que se fue gestando como tal, es decir, con “la obligada asiduidad” de quien registra ideas, pensamientos, emociones o experiencias de forma continuada, a lo largo del tiempo; se trata más bien de un conjunto de textos en prosa que el autor entiende como “fronteriza y fragmentaria”. De entre todo ese cúmulo de escritos y apuntes sucesivos el poeta ha seleccionado los que forman parte de esta primera entrega y, con voluntad de imprimir cierta uniformidad al todo resultante, ha escogido preferentemente “entradas reflexivas, casi todas ellas de contenido estético”, dejando fuera aspectos más íntimos de su privacidad, crónicas viajeras o temas y opiniones (sobre todo políticas) que con el correr de los años han ido perdiendo actualidad.

Este carácter mestizo, estas impresiones espontáneas y polivalentes, trazadas con libertad y alentadas por estímulos dispares: libros, cuadros, partituras, películas, paseos, reflexiones, visiones, sueños, experiencias vitales, paisajes concretos, etc. y, de manera singular, la capacidad de interrelacionar y entrecruzar los distintos géneros, tonos o registros de las diferentes manifestaciones artísticas  (literatura, música, cine, filosofía, artes plásticas, etc.), dotan de mayor interés el logro final, por su amenidad, por su sutileza, por su perspicacia, en ese contraste dinámico de confluencias y divergencias. Y todo ello sin envanecimientos, sin arrogancias ni grandes alardes, como nos confiesa en la inicial “Nota del autor”, en la que llega a afirmar que “las aseveraciones de este volumen casi siempre contienen un poso de duda”.

Hay otro elemento que transmite homogeneidad al conjunto, y que opera como un leitmotiv en muchos de los fragmentos que lo nutren: la reivindicación del misterio, de la revelación, de las pequeñas epifanías transformadoras que irrumpen en nuestra vida o, por decirlo con sus propias palabras: “la manifestación de lo maravilloso, de lo prodigioso, de lo sagrado”, que si bien no surgen de manera explícita en todos los textos, sí laten como señal, o como resultado de una predisposición asumida, emblema de un pensamiento de fondo en la mayoría de los mismos. José Luis Zerón estaría, a este respecto, muy en consonancia con el sentir de Ludwig Wittgenstein, cuando defendía que “lo inefable (aquello que me parece misterioso y que no me atrevo a expresar) proporciona quizá el trasfondo sobre el cual adquiere significado lo que yo pudiera expresar”.

Emparentado, en cuanto a la concepción y contenidos, con otros modelos parecidos de autores contemporáneos, cercanos por amistad y coincidencia de planteamientos a su sensibilidad, como los de Jordi Doce (Hormigas blancas, Perros en la playa o Todo esto será tuyo), Tomás Sánchez Santiago (El murmullo del mundo) o José María Piñeiro (Paisajes escritos), a los que considera “referentes próximos”, el poeta ha decidido estructurar su propuesta en cuatro apartados, de los cuales el primero “Raíces y rizomas” es el más extenso y plural. De hecho, la mención de las raíces y rizomas nos induce a pensar en esas ramificaciones y encadenamientos de ideas, a las que antes aludía, que como en el caso de ciertas plantas, los lirios, por ejemplo, conforman redes y tramas de universos subterráneos interdependientes. No tengo duda alguna de que estos fragmentos proyectan la propia poética del autor y nos dan cuenta de sus obsesiones en torno a la creación y a las razones que inspiran muchas de sus composiciones líricas, al tiempo que nos familiarizan con los nombres de los artistas y maestros clásicos y coetáneos que le han servido de guías espirituales. La nómina es muy extensa, pero por citar algunos de los que desfilan por estas páginas, nos encontramos con: Baudelaire, Poe, Rimbaud, Debussy, Valle Inclán, Lovecraft, Richard Dadd, Octavio Paz, Emilio Prados, Stravinski, Miguel Hernández, Pink Floid, Hildegarda de Bingen, Win Wenders, Béla Bartók, Max Ernst, Paul Delvaux, Joan Lindsay, Turner, Darío de Regoyos, Stockhausen, Valente, Guillermo Bellod, Georg Groz, etc.

Estamos ante un particular Zibaldone, en el que se entremezclan la fascinación por alguna pieza musical redescubierta, el alcance de aquel film de culto, las notas críticas sobre determinado libro reciente, el hechizo simbólico de ciertos lienzos poco conocidos, improvisadas necrológicas a raíz de la muerte que irrumpe en el devenir del diarista, citas literarias que nos sobrecogen, referencias a encuentros con escritores, migajas de una poética dispersa, que se infiltra en las reflexiones sobre la creación o la poesía española actual, en donde alude al “potencial iluminador de los símbolos”. En este sentido, su apuesta se decanta por una poesía “que trate de cantar lo subterráneo y lo trascendente, lo mínimo y lo sublime sin renunciar a un propósito radicalmente humano. Una poesía que convierta al mundo en teofanía”.

Aunque no se alejan demasiado de los elementos predominantes en la primera parte del libro, puesto que se intercalan reflexiones de alcance similar,  los dos apartados siguientes, “Magia cotidiana” y “Caminos, derivas”, introducen algunas variaciones con respecto al primero: de entrada, se incluye en ellos el entorno doméstico y familiar con referencia a la mujer, la poeta Ada Soriano, los hijos o los amigos, como copartícipes de la aventura vital del escritor. A solas o con ellos se desgranan momentos de plenitud o de incertidumbre, muy en la línea de la confesión que preside el arranque de “Magia cotidiana”, en la que se proclama: “Llámele cada cual como quiera a esos instantes escasos pero intensamente genuinos en que el mundo nos revela el sentido de su complejidad y recuperamos la capacidad para emprender la aventura de la vida”. De ahí las epifanías, los instantes milagrosos, los transportes inquietantes, los jamáis vu, los ritos del paseante que explora entornos cercanos, la casa familiar, las calles de la ciudad, los paisajes de la huerta, las fincas que se convierten en escenografías cambiantes, las playas, el mar.

Hay, por otra parte, una mayor presencia de la naturaleza (árboles, flora, pájaros, insectos,)  como fuente que invita a la meditación, o a la confidencia, incluso al desahogo personal, porque el yo del autor es más visible, más activo y se produce una mayor interacción entre el hombre y el paisaje. Pero este paisaje provocador no desplaza del todo la nota erudita o la asociación culturalista, a veces sorprendentemente jugosa, como cuando el canto de las ranas que oye desde su dormitorio le recuerda la proximidad que el musicólogo Stefano Russomanno establece entre la “música enredada” de estos batracios con la micropolifonía de György Ligeti.

En ambos apartados se suceden fragmentos en los que la prosa adquiere relieves poéticos, hasta el punto de que algunos de ellos pueden ser considerados como auténticos poemas en prosa. En “Caminos, derivas”, la tercera sala del texto, no dejan de ser frecuentes también las indagaciones sobre lo poético y lo religioso, e incluso los sondeos en ese futuro que apremia, a la luz de las nuevas teorías científicas de la biomecánica o la biogenética, que abren a sus ojos abismos vertiginosos, que nos abocan a un desamparo amenazante.

El cuarto y último tramo de A salto de mata, “Lampos”, despliega una serie de aforismos, o de muestras de literatura gnómica de indudable interés. El título de esta sección final se ajusta muy bien a esos brillos repentinos, a esos relumbres fugaces del pensamiento y la imaginación, con los que cierra su obra. A veces se cuelan greguerías (“Los cosmógrafos son exorcistas de la lejanía”); otras aerolitos, al modo de los de Carlos Edmundo de Ory (“La lucidez, esa incordiadora”); en ocasiones, paradojas (“Hay fulgores que hielan”); también juegan su papel las citas arrolladoras y perturbadoras (“Odiseas Elytis: la poesía es el arte de aproximarnos a lo que nos sobrepasa”); en algún caso nos sorprenden anécdotas líricas, como la confidencia cazada al pasar junto a dos adolescentes en la que una le dice a la otra: “No me gusta soñar. Hay tigres en mis sueños”, o las declaraciones y revelaciones desasosegantes como “La belleza está llena de abismos”, que nos recuerdan a las que concebía Emil Cioran.

En suma, un libro de escritura miscelánea en el que el pensamiento y la sensibilidad se aúnan para ofrecernos el trasfondo espiritual y mental de un poeta, porque de este magma de ideas y elucubraciones emana, en última instancia, su poética. Un ejercicio leal de apertura a los otros, a sus lectores, entre la confidencia franca y el ensayo en miniatura; y tiene la virtud, además, de abrirnos las puertas del universo personal de un creador exigente y lúcido, comprometido con el lenguaje, que desea con sus textos transmitir “más esperanza, fervor y emotividad que pesimismo, miedo e incertidumbre”.

JOSÉ LUPIÁÑEZ

José Lupiáñez

Poeta, crítico literario y profesor de Literatura, José Lupiáñez, aunque nacido en La Línea (1955), pasó su infancia en El Puerto de Santa María y en la actualidad reside en Orihuela.

Es autor de más de una veintena de libros, desde que se diera a conocer con Ladrón de fuego, en 1975.

Impulsor de diferentes empresas culturales, revistas y colecciones literarias, su obra ha sido traducida a distintos idiomas, reconocida con importantes premios y recogida en numerosas antologías.

Entre sus títulos poéticos más destacados figuran: Arcanos (1984), Número de Venus (1996), La luna hiena (1997), Puerto escondido (1998), La verde senda (1999), El sueño de Estambul (2004), Petra (2004), La edad ligera (2007), Pasiones y penumbras (2014) y, más recientemente, Las formas del enigma (2021).

Es autor, además, de varios libros antológicos y de Las tardes literarias (2005), Poetas del sur (2008), Páginas con alma (2017) y Cuaderno de Arneva (2021), obras en las que se reúnen algunas de sus críticas literarias aparecidas en prensa y revistas, todas publicadas en la colección Mirto Academia.

Desde el 2003 es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, como también lo es de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras.

En el 2012 se dio a conocer como narrador con El chico de la estrella y otros cuentos, que obtuvo el Premio de la Crítica Andaluza a la mejor opera prima en 2013.

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