Las nueve musas
Esther Pagano

Algunas reflexiones sobre «Escombros», de Esther Pagano

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En ocasiones, un libro de poemas puede ser al mismo tiempo una denuncia, una petición de principios y una invitación a experimentar una renovadora propuesta estética. Tal es el caso de «Escombros», de Esther Pagano, título sobre el cual reflexionaremos en este artículo.

Escombros
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  1. De las palabras a la Palabra

 Indudablemente, la única realidad con la que se enfrenta le poeta es la realidad del lenguaje. La pasión que lo mueve pasa primero por el lenguaje y, como es de suponer, engloba el gusto por las palabras, aunque sería un error pensar que el asunto se reduce a una búsqueda de «belleza» o «pulcritud». Se trata de algo mucho más conflictivo y problemático: no un ejercicio de idolatría (la palabra, a veces, se erige como ídolo, como tótem), sino de lucidez; una continua disputa entre la atracción y el rechazo, entre la aceptación y la invectiva.

La disputa en cuestión, desde luego, se corresponde con la propia naturaleza del lenguaje. Digamos que el lenguaje es al mismo tiempo un enemigo y un aliado del poeta. Como bien sabemos, es imposible expresar algo sin que nos sometamos a una sintaxis y a significados ya instituidos; incluso en los enunciados más originales se escurren frases hechas o vicios estilísticos que reducen su intensidad inicial, y si somos dados a trazar nuevas relaciones entre las palabras, sabemos que esas posibilidades también tienen sus límites. ¿No existe, además, una distancia y hasta una desviación entre lo que se escribe y lo que se quiere escribir? Lúcido será el poeta que tenga conciencia de esta situación y, en consecuencia, trate de sobreponerse al lenguaje, de dominarlo. Sin embargo, no debe dominarlo para someterlo, a su vez, a otra servidumbre, sino más bien para liberarlo, de modo que este alcance la plenitud que sabemos guarda en sus adentros. En definitiva, si el poema resulta ser un triunfo sobre el lenguaje, también resulta ser un triunfo del lenguaje.

¿Acaso no es en el poema donde la palabra está más cerca de la Palabra? Y una vez creado ¿no tiende el poema a emanciparse de su autor y a revelar significados que él no había previsto? ¿Acaso no hay en el lenguaje una energía interna, una fuerza de contagio, que, lejos de ser un obstáculo para la creación, actúa en sí como fuerza productora? Incluso la pobreza del lenguaje (pues no poseemos palabras para nombrarlo todo) ¿no ha servido para soliviantar todos los sistemas metafóricos y míticos?

Curiosamente, los poetas más refractarios al lenguaje son los que mayor pasión le profesan, y Esther Pagano, a mi humilde entender, pertenece a ese linaje.

  1. Símbolos compartidos

 La ambición del poeta, suponemos, consiste en desarrollar al máximo las potencias del lenguaje. Pero ¿no sería posible una obra fundada menos en esa ambición que en el reconocimiento de las deficiencias mismas de todo lenguaje, es decir, una obra que no eluda esas deficiencias, sino que más bien se valga de ellas, revirtiéndolas sobre sí mismas para finalmente anularlas?

Creo que Escombros, de Esther Pagano, tiende a seguir este camino. Una cosa es cierta, al menos: nada hay en este libro, o muy poco en verdad, que quiera ser o parezca una trasgresión del lenguaje. No solo porque toda trasgresión es un énfasis («esa mentira parcial», como decía Borges), sino también, y sobre todo, porque la trasgresión verbal puede conducir a un extremo subjetivismo, en el que, queriendo decir más, se dice menos, llegando incluso a conducir al lector al silencio o a sus equivalentes: lo «indecible», lo «inefable». Para Esther, en cambio, la palabra es un símbolo compartido: no solo se escribe para los otros y no para sí mismo, sino que lo que se escribe participa, aunque lo cuestione, de un contexto común. Tomemos como ejemplo el poema «Sentencia», en el que leemos lo siguiente:

Las doce en la pared.
Cero en el clavo
que sostiene las
doce en la pared.
Infinito entre
las doce, el clavo
y la pared…

voy a sacar de la alcantarilla
a los perros de mi suerte.

Aquí aparecen elementos reconocibles por su cotidianidad, pero ya elevados a la categoría de símbolos, símbolos que, no obstante, en el contexto compartido del poema, logran que el lector los haga propios, hasta el punto de ser el lector mismo el que parecería estar diciendo: «voy a sacar de la alcantarilla / a los perros de mi suerte». Una imagen que, al mismo tiempo, puede ser una declaración y una advertencia.

Por lo visto, todo en poesía ha sido ya nombrado, empezando por las palabras (mil y mil veces enunciadas); sin embargo, no creo que escribir se trate de nombrar lo innombrable (no habría palabras para ello), mucho menos de expresar lo inexpresable. La labor del poeta es encontrar, a partir de un lenguaje propio —y, a su vez, capaz de interpelar al que lo escucha—, una nueva relación, una distinta entonación de «las palabras de la tribu», como diría Mallarmé, que, en un sentido amplio, no es otra cosa que el inconsciente colectivo. Y hacerlo, incluso, como diría Esther, «sin café para los clasificados / ni protección para el eclipse».

  1. Una escritura desértica

 Toda obra que se fundamenta en el rigor del lenguaje implica una ética de la escritura, y no simplemente del estilo. Dicho de otro modo, escribir, incluso en los momentos de rapto, es menos el resultado de un don que una continua crítica y hasta una negación de ese don.

En Escombros, esto se ve con claridad. Los poemas bordean siempre el riesgo de la ininteligibilidad y aun de la esterilidad. Sin embargo, el poemario nace, si no de la pura claridad, de la más profunda lucidez. Es evidente que Esther no quiere ignorar este hecho y, al reconocer la dificultad de cualquier idioma poético para aprehender el vigente drama de los justos, se pregunta: «¿Dónde apoyar los ojos; / dónde establecer el día hambriento, / la noche ideológica, / la silla en la vereda?». La lucidez, por lo tanto, se extravía y pierde el poder de comunicar «lo esperable», que es lo que suele comunicar la retórica oficial. Este drama de la expresión nos remite a otro: el de la esterilidad. Pero la esterilidad aquí no tiene que ver con una deficiente productividad de sentido, sino que, como le sucedía a Vallejo («Quiero escribir y me sale espuma»), nace a partir de una exigencia que no tiene respuesta.

Muchos se preguntarán, entonces, ¿por qué el poeta en vez de escribir no actúa?, ¿por qué no cambia el mundo en vez de reducirlo a palabras? Estas preguntas, si bien válidas, no son las que nos conciernen en verdad. El poeta, más bien, se pregunta: ¿cómo escribir el horror vivido en este mundo sin añadirle más horror al mundo? Me parece que, en su libro, Esther responde a esta pregunta. Sus experiencias no son simples estados de ánimo, parecen más bien remotas e inaccesibles experiencias de un yo poético colectivo: el de los eternos «humillados y ofendidos», el de los que fueron abandonados sin agua en medio del desierto, el de los que trafican «lunas en la cárcel / para pagar las miserias», el de los que «aparecen / gritando entre los árboles / su mutismo selectivo».

Es claro que, para Esther Pagano, la escritura no puede sino estar signada por una ética de la desesperación. Así, en Escombros, la poesía avanza simultáneamente como blasfemia y coronación, como conciencia desértica y aventura desbocada. Lo que supone un nuevo debate, esta vez entre la duda, la desolación y la fe; debate en el que a los elementos en pugna no les queda más remedio que ser también un poco solidarios entre sí, pues, como ya lo percibían los poetas surrealistas, solo hay unidad verdadera si se suman los opuestos.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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