Las nueve musas
Caín
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Caín es agricultor, apegado a la tierra. La tierra se puede convertir en territorio, espacio limitado por fronteras. Aunque la historia demuestra que se alteran, a menudo se lucha por preservar estos límites que alejan visitantes molestos.

Abel es el pastor, dispone de cabras, ovejas, dromedarios o asnos, poco importa. Sabemos que busca pastos y agua.  El agua fluye, puede atravesar fronteras. El pastor es el vagabundo, se podría decir que es el peregrino o el caminante, opuesto al sedentario. En esta convivencia de contrarios está la clave de las relaciones humanas. El eterno conflicto entre la tierra y el camino.

Toda crueldad puede ser incluida en este drama clásico: la propiedad, ya sea la patria o la casa. De ahí esa lucha contra la existencia de una organización social en la que la acumulación de riqueza se produce y, al mismo tiempo, esta riqueza cuando se transfiere, acrecienta una brecha entre quienes tienen y los desposeídos.

Quien no tiene,  podría ser Abel, el pastor, si así fuera el conflicto sería mínimo. El acomodado permanecerá en su propiedad, cercada para evitar cualquier intento de apropiación o uso no pactado por parte del caminante.

¿Dónde está Abel? Suponemos que, en el camino, no permanece sobre el mismo territorio, porque el pasto se agota, así va de la montaña al valle y viceversa. Este nomadismo lo convierte en independiente, menos sociable. A menudo pasa días sin hablar, carece de interlocutor, aunque conoce rocas, plantas, pájaro, alimañas y por supuesto manantiales. Diríamos que el pastor es también más autónomo, mientras que en el trabajo de la tierra se han distribuido las distintas labores, así cultivan, cosechan; mientras otros cocinan, preparan el descanso.

El pastor solitario, ha de hacerlo todo, quizá este comportamiento le permite pensar en otras cosas que no sea la monotonía de la hierba. Desde su soledad tiene otra perspectiva, contempla cielo y tierra, busca algo estable, los astros por los que se guía. Cuando mira hacia arriba, reposa de su continuo caminar, ellos no se mueven, por fin lo encuentra en un Ser Superior, alguien que vigila, como él lo hace sobre su rebaño. Vigila e interviene.

Si este Ser Superior interviene, hay que procurar tenerlo de nuestra parte, agradecer los favores recibidos, por tanto, la oración, el sacrificio, la compañía, la dependencia no están ligados a la tierra, a la propiedad. En principio parece que se habría avanzado desde lo concreto a lo abstracto.

Lo abstracto, se parece a lo lejano, especie de futuro o pasado, aparta de la inmediatez, actualidad, la fugacidad. Como la sombra, acaba siendo más real. Las palabras que proceden del desierto, quiero decir de más allá de las tierras de cultivo, son las que mueven a los hombres, son palabra de profeta. No hablan de lo inmediato, son menos sensuales, tratan de aquello que carecen.

El exiliado, perpetuo migrante, es Abel, expuesto siempre a la violencia de Caín. Hoy, multiplicados los refugiados, expatriados, los Abel son más, muchos más.

Tras el encuentro entre Abel y Caín, surgen las diferencias, porque quien camina no tiene la misma lengua. En el caso de que, alguna vez, pudiera haber sido idéntica, el uso la habrá dotado de significados diferentes. Para Abel la seguridad de las estaciones es una probabilidad, pues al no estar en contacto directo con la tierra, debe andar preparado para sorpresas, a veces el clima ha cambiado, otras porque las tierras que busca se encuentren ocupadas. El camino, que es su vida, no obedece a una estricta regularidad.

Caín, asentado sobre un espacio determinado, desconfía del viajero. Abel como conoce distintas tierras, distintas gentes, ha vivido otra historia. Ambos tienen el mismo Padre Supremo, un Dios semejante, aunque su modo de orar, no será el mismo. Quien vive sobre un territorio acotado, suele creer que lo suyo es lo mejor, que sus tierras valen más que las maravillas que cuenta Abel, siempre expuesto a la sorpresa.

El viajero, dado que conoce tierras, otras gentes, que ha visto más, es dado a contar lo que ha vivido, porque al evocarlas les da vida y aumentan también la suya. Su  narración suele ser entretenida, crea lazos que los silencios, el recelo de Caín no comprenden. Abel y su familia, tras el día de trabajo, se reúnen junto al fuego, contemplan los cielos, y cuentan…

A veces hay quien introduce alguna variante a la misma historia. Porque en su caminar, cuando vuelven a las tierras, aunque son las mismas, el agua, la hierba, las plantas, sus frutos no son iguales, tienen otro color, saben distintos, el manantial es más escaso, otras, más abundante. Esto ha dado lugar a que mantengan con su Dios otra relación, no repiten, pueden contar otras cosas. Sucede que el mismo Padre Supremo parece más divertido, cuando le cuentan historias diferentes.

Se dice en el Génesis que, mientras Caín ofrecía a Dios las primicias de sus campos, Abel ofrecía la carne y la grasa de sus ovejas, cosa que al parecer le gustaba más. Por este motivo andaba Caín disgustado y envidioso, quedó con su hermano en un lugar apartado y lo mató. ¿Esta competitividad fue motivo suficiente?, o solo se trata de una presentación hiperbólica en la que aparece un Dios que no es vegetariano.

¿Les dijo Dios que gustaba más de la carne y la grasa? Esta relación directa, si fue así carece de lógica. Otra cosa sería considerar el humo de los trigos y el humo de la carne. Lo cierto es que cuando Caín reconoce que ha matado a su hermano y se siente arrepentido, Dios lo marca para que nadie lo elimine como presumiblemente sería de justicia:

Mi culpa es grave y me abruma. Si hoy me haces extranjero en esta tierra, tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.

El Señor le dijo:

-El que mate a Caín lo pagará siete veces.

Y el Señor marcó a Caín, para que, si alguien tropezaba con él, no lo matara.

Caín salió de la presencia del Señor y habitó en Tierra Perdida, al este del Edén.”  (Génesis, 4)

Acaso piensa Dios que se ha equivocado al valorar de manera distinta las primicias. Pues antes son “primicias”, que humo, luego el valor es equivalente. También podríamos pensar que una cosa es la relación con Dios y otra la relación entre hermanos.

Abel es el bueno y Caín es cautivo del odio. La crueldad sucede por cierto descontento que emana de una valoración superior, sin que exista al parecer un motivo claro. Dios se muestra como aquel que prefiere algo que el otro no tiene, donación que una de las partes no puede ofrecer. Luego, el hombre, aparece ya predestinado, condicionado por el oficio, por su contexto, circunstancias divergentes.

El conflicto será definido como envidia. Estimación negativa de lo que se tiene, porque carece de aquello que el otro posee. Esta diferencia que en principio podría ser solucionada con el trueque, yo te doy lo que tengo y, a cambio, tú me das lo que deseo, enriqueciendo así con esta diversificación a ambos, pues la carne, el queso y la leche, si se truecan por pan y frutos, probablemente complementan la dieta y todos felices.

Pero la envidia tiene un solo ojo. Si tuviese dos sabría donde elegir. Caín no envidia los frutos del otro, la carne y la grasa, sino la sonrisa del Ser Supremo que recibe ese humo denso, negro, oloroso, y parece paladearlo,  frente al humo ligero, gris pálido que apenas huele. Quizá el Ser Supremo ha sonreído por otra cosa, pero el hombre sedentario, interpreta que ha sido descalificado, lo considera injusto y se deja llevar por el primer impulso, la envidia como una gigantesca hipérbole ha creado un fantasma que exige acabar con el preferido, que se convierte así en el inocente.

Puede que este suceso nunca ocurriera y sólo fuese algo que Abel contó a Caín y lo narrase en lenguaje figurado para mostrar un mundo no deseable. Sin embargo, cuando al día siguiente Caín despertó, tras una noche de pesadilla, dicen que en su mano tenía la quijada de un burro y en ella brillaba una mancha roja.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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