Las nueve musas

El corazón del claroscuro

La poesía, a veces, trae consigo grandes sorpresas, en este caso muy gratas.

Hace ya unos meses llegó a mis manos -gracias a mi amigo, el poeta oriolano José Luis Zerón- la Poesía Reunida del poeta de Redován -tristemente fallecido en el año 2009- Miguel Ruiz Martínez, titulada El corazón del claroscuro y publicada por la Fundación Cultural Miguel Hernández.

El corazón del claroscuroEl volumen ha salido a la luz gracias al buen hacer de amigos -y lo sé de buena tinta- que se han dejado la piel para que la obra del poeta de Redován fuese conocida y reconocida, por ello, es de recibo dar la enhorabuena, además de a mi querido José Luis, a Ada Soriano, José Manuel Ramón y José María Piñeiro, coordinadores de la edición. También quiero felicitar a José Aledo Sarabia, autor de la portada, y, por supuesto, a Aitor Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández. Sin ellos, estoy seguro que no tendría entre mis manos hoy este bello libro

El corazón del claroscuro alberga en su interior un universo tan especial que desde la lectura de los primeros poemas nos damos cuenta que Miguel gozaba de una abrumadora sensibilidad, pero es sobre todo el estilo lo que me ha acabado conquistando.

Su primer libro: Llora el velo mortal (1986) presenta amores que se difuminan, que pasan de largo, el poeta los sazona con cierta sensualidad, subyaciendo en el trasfondo de las composiciones el anhelo de tiempos pasados:

Casi nada te roza ¡y sin embargo
en esta noche canta
(fuerza de una tristeza alegre de futuro
la ventana encendida
sobre un aire de siempre
hacia los labios vivos…)

la esperada

noche que es todas las noches!

                                               “El corazón del claroscuro”

 Baña todo este conjunto un tono apesadumbrado y en ocasiones deprimente, el poema “Descargo” es un claro ejemplo de ello:

Al final del amor
nos habita un desierto
que no es el de tu noche enamorada.

El alma está tan sola
como las manos solas,
cansadas de abrazarse su pobreza.

Miguel Ruiz Martínez
Miguel Ruiz Martínez con su hermana Manuela.

Conforme nos vamos adentrando en la poesía de Miguel descubrimos que contiene reminiscencias de otro de los grandes poetas de la lengua castellana, me refiero al poeta peruano César Vallejo. Hace ya unos cuántos años realicé un trabajo de investigación sobre él y he podido comprobar que guarda ciertas semejanzas en el estilo: la casi total ausencia de los signos de puntuación (hecho que también lo emparenta a otros poetas como Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas, Juan Gelman o Samuel Beckett…); el uso de barras para separar los versos, la creación de neologismos o un fragmentarismo, a veces tan exacerbado, que obliga al lector a completar los “huecos” del poema.

En Ladera de tu hondo (1991) los elementos vallejianos se hacen más patentes. El libro se inicia con un poema extensísimo: “Para besarnos solos”, éste, siendo de temática amorosa, se desarrolla como un torrente de ideas, que, en ocasiones, recuerdan a la escritura automática vanguardista.

Los poemas que preceden a éste están escritos en la pinada del cementerio de Redován, en ellos se muestra la cadencia del verso y la llegada lenta del crepúsculo. La temática adquiere tonos quevedescos: el amor se concibe como eterno, más allá de la muerte:

Yo tocaba tu sangre
para abrazar la tierra
perdida de mi sangre.

Allí -aún lo recuerdo-
yo tocaba tu imagen
para amar con su fuego.

Especial atención me han despertado los poemas titulados: “Aca de tu intención” y “Ladera de tu hondo” (el cual da título al libro) por su paridad estilística. El primero, por su forma y complejidad, hecho que me ha llevado a recordar al Vallejo de Trilce, destacando el uso de la mayúscula y esa forma de descuajeringar el lenguaje con un fin muy claro: transgredir la norma para mostrar esa indefensión del poeta antes los avatares de la vida.

El segundo sigue la misma línea, mostrando una serie de flashes visionarios que resultan muy sugerentes:

Matas de carne pequeña,
pupila desvirtuada,
descanso-ser de tu beso.

Huele la mañana a tarde
de curación de sentidos…
¡Pausas de cielo en las cosas!

Prosas finas (1996), por su parte, es un conjunto de poemas que, como el autor aclara, son dedicados a Fina Jumilla. En ellos encontramos, nuevamente, atisbos de esa poesía pseudovanguardista. La temática es diversa, aunque creo que la amorosa se impone. Cabe destacar el uso de hipérbatos y retruécanos. Aunque quizás sea un libro menos experimental que los anteriores.

En tu punta lugar (1997) vuelve a mostrarnos ese gusto por los neologismos y esas palabras unidas que tanto recuerdan al poeta peruano: transiit amando, transiit auscultando, pazpurafuerte, vivenciante, luviándose, ónticomítico, etc.

También mantiene ese lenguaje fragmentario, prosístico y con ese versolibrismo tan característico de su poesía, pero se hace más patente en este libro el gusto por las palabras de la huerta y del entorno del poeta: panizo, rastrojos, azarbe, aljibe, boria, remijón, etc, aparecen a lo largo de estas composiciones, en las cuales se mantiene esa sensualidad, ese erotismo literario:

Mis remiendos disolutos
las cañas contra las mieses
que sepultaré contigo:
tamaño de tu caricia.
(…)
Con tu errar mi tiempo soba
brindando en eses de insomnio
espacio de una acogida…

¡Serenidad ignorada,
recodo desconocido:
tus mamas tiemblan, mi voz!

Boria de la heredad (2018, póstumo) mantiene ese gusto por el lenguaje terruñero, que, de alguna manera, nos recuerda a Miguel Hernández, palabras como: agrillo, mochuelo, boria, zarza, cisca, relente… se pueden encontrar a lo largo de las distintas piezas que componen este libro, y que destaca por ser una poesía de la devastación y el desamparo, “Provisión” es un claro ejemplo de ello, he aquí un fragmento bastante significativo:

…ya con agrillo, de un huerto a punto
de oscurecerse de humedad
y de encenderse en mi oración:
“Ser de aquí siempre,
estar aquí como si no estuviera!”

El poema que da título a dicho libro es otro claro ejemplo:

No sé cómo puedo andar en este
alborozado olvido en que me pierdo
y se pierden en mí hasta nutrirse de su agostación más propia
a fin de no renunciar a ausentarse de mi distancia:
las lágrimas más suyas de su llanto,
que es un llanto que es sólo de aquí.

¡Yo piso tiempo cuando piso tierra!

Su último poemario La peña en que me amparo (2018, póstumo) sigue mostrando ese lenguaje experimental en el que se entremezclan esas palabras propias de nuestra tierra con esos hondos pensamientos asociados a la pena, a la carga infértil que supone el vivir.

Estamos pues ante un poeta que posee un estilo muy particular, que recuerda a algunos de los poetas antes mencionados, pero que ha conseguido alcanzar una voz propia gracias a la mezcla de sus lecturas, sus vivencias y su entorno, que, como vemos -fundamentalmente en sus últimos libros- impregna sus versos de una serie de palabras que a los que somos de la Vega Baja nos resultan muy familiares y hasta entrañables. Miguel Ruiz Martínez, al igual que hiciera el poeta de Orihuela, nos vuelve a demostrar que dichas palabras se pueden elevar hasta el Olimpo de la poesía más excelsa.

Los dos Migueles, los dos poetas de la Vega Baja, forman parte ya de mis lecturas predilectas; mientras os leamos y escribamos siempre permaneceréis vivos.

Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez nace en Almoradí (Alicante) el 26 de agosto de 1982

Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz.

Ha publicado algunos libros de poesía como Del yo al nosotros (Sevilla 2010), Viento en contra (Devenir, 2015) y Volver (Selección de poemas 2013-2018).

También ha realizado el trabajo de investigación sobre las relaciones poéticas entre César Vallejo, Gonzalo Rojas y Juan Gelman.

Su último libro de poemas publicado hasta la fecha es La musa y el silencio (Devenir, 2019).

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