Las nueve musas
Medellín a solas contigo

Vituperio en “Medellín a solas contigo” (1964)

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Estoy ahora trabajando en una bomba de gran poder explosivo, cuando estalle formará nubes de tormenta en todo aquello que esté contagiado de espiritualidad antioqueña. Te llegarán las esquirlas y vas a gozar mucho con el estallido, es como si lo hubiéramos escrito tú y yo en compañía. Claro que las esquirlas no te llegarán agresivamente, pues tu piel – alma es invulnerable a esa tierna y corrosiva acusación contra Medellín a solas contigo. ¡Espera el cañonazo!
Gonzalo Arango: Cartas a Aguirre

Antecedentes a la obra y el autor

Alberto Aguirre publica una semblanza del poeta en el Suplemento Dominical de El Colombiano, el sábado 23 de octubre de 1993. Por su cercanía con el poeta habla más del hombre que del mito, de esta manera brinda información veraz sobre la vida del poeta y su conexión con la ciudad de Medellín: Gonzalo Arango viene de Andes, Antioquia, y llega a la ciudad de Medellín a inicios de la década de los años cincuenta; rápidamente empieza a moverse en los pocos espacios culturales del medio hasta participar en los principales diarios del país. El primer diario en el que participó fue El Colombiano. Después publicó en los medios más importantes de Bogotá: El Espectador y El Tiempo.

El 27 de septiembre de 1964 se publica en el diario El Tiempo: “Medellín a solas contigo”; el poema está escrito a la manera de crónica en verso libre. En la publicación periódica el texto aparece dividido en ocho apartados:

 

I

En el primer apartado el yo lírico se aleja del centro de la ciudad para acceder a la periferia y así tener un encuentro con la naturaleza:

(…) Un bus me deja a mitad de camino. Por 30 centavos compro 15 minutos de paisaje. A la montaña subo a pie, jadeando de calor hasta coronar la cumbre. A la casa donde voy se entra por una avenida de rosas cuyos botones estallaron esta tarde al sol. Todavía, en el perfume del aire, mi carne percibe la cópula de la naturaleza.

En el mismo instante en que el yo lírico se aleja de la ciudad se acerca a la naturaleza, así construye un diálogo íntimo y reflexivo con la misma. La ubicación espacial juega un papel importante, ya que tanto la periferia de la ciudad como la relación de altura entre las montañas y el valle despiertan emociones positivas en la voz poética. Sin embargo, aparece la carga emotiva negativa en el poema, la cual por sus características es reconocida como vituperio, es decir una tierna pero punzante acusación a la ciudad que es para el yo lirico una mezcla de amor y odio. El núcleo de dicha acusación es la actividad mercantil que sea de paso fue a lo largo de Siglo XX un referente histórico para la ciudad de Medellín:

(…) La visión de la ciudad es espléndida desde esta altura. Puede pensarse en un paisaje ideal para místicos, pero aquí viven los industriales antioqueños.

Obra
  • Arango, Gonzalo (Autor)

II

En el segundo apartado el yo lírico se encuentra resguardado en un espacio óptimo para la contemplación de la naturaleza que lo rodea; desde allí la voz poética fija el centro de la ciudad “como un abismo que titila”, que se ve a lo lejos. En el apartado hay desborde de sensualidad en el yo lírico que se nutre de un licor que estimula sus sentidos: de esta manera describe la incandescencia de la ciudad y la constante manifestación de relámpagos que hacen de una noche en lo alto de la montaña un espectáculo para quien esté predispuesto a contemplar las maravillas de la naturaleza:

(…) Nos instalamos en la biblioteca. Tomamos un licor seco, excitante, y estamos felices. Tras los vidrios una terracita sembrada de pinos semeja un balcón sobre un abismo que titila: ¡La ciudad!

Anclada en la oscuridad, chisporrotea con sus neones brillantes. El viento mece los árboles. El cielo centellea apacible. Me siento despojado de espíritu, vacío de ideas, sólo abierto a las embriagueces del cuerpo.

III

En el tercer apartado el yo lírico manifiesta su amor por la ciudad y, a la vez, este marca la dicotomía de ese amor que reúne tanto la vida como la muerte:

(…) ¡Oh, mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules, como ojos de gringa.

El tercer apartado presenta aspectos destacables para el conjunto del poema:

  • En primer lugar, se destaca la extensión mayor que ocupa dentro del cuerpo total del poema.
  • En segundo lugar; el yo lírico hace una remembranza intima de la cercanía con la ciudad. Resalta entonces la confrontación entre los productos del espíritu y los productos materiales. De este pensamiento crítico y confrontador de la actividad fabril y comercial, surge la posición meditativa y poéticamente febril que asume el yo lírico con la ciudad.

(…) Te confieso que no me gustaba tu filosofía de la acción, y elegí para mí la poesía. Este era el precio de mi orgullo y mi desprendimiento. […]

Por eso me decías «vago», porque nunca fui avaro con tu belleza. En cambio tú nunca fuiste generosa con mi locura. Yo te daba mucho amor y te adoraba. Pero de tanto amarte casi me destruyes. […]

No, Medellín: prefería esperar tus mañanas en un bar, o en un parque solitario para que te vomitaras plena de libertad y radiante de sol sobre mi corazón borracho. […]

Huí de tu belleza y de tus glorias para conquistar las mías, en vista de que no parecías orgullosa de mis alabanzas, y me despreciabas como a un bastardo porque no hacía lo de todos: rezar el rosario, casarme, trabajar como un negro y después morir. […]

A veces apestas a gasolina y hollín, mi pequeña Detroit. Cuando me abrumas con tus puercos olores siento piedad por tu insensato autodesprecio. Ni siquiera hay un rinconcito en tu monstruoso corazón de máquina para que florezca la flor bella, la flor inútil de la Poesía. […]

  • En tercer lugar y en consecuencia directa de la anterior posición meditativa surge una voz poética que vitupera o que alaba a la ciudad cómo símbolo de múltiples emociones y significados contrastantes.

Bajo estos cielos divinos me obligaste a vivir en el infierno de la desilusión. Pero no podía abandonarte a los mercaderes que ofician en templos de vidrio a dioses sin espíritu. […]

De noche te era fiel, era tu testigo desvelado para que tu belleza no fuera inútil: te aseguraba un reino en mi conciencia y una dicha en mi corazón exaltado. Pero nunca comprendiste la humilde gloria de tener un poeta errando por el corazón desierto de tus noches considerándote mi hogar, mi amante, y mi única patria. […]

¿Por qué te empeñas en matar el Espíritu? Yo sé: porque el Espíritu tiene sus glorias que te rivalizan en poder.

No todo es Hacer, Medellín. También No-Hacer es creador, pues no sólo de hacer vive el hombre. Dijo Lawrence: «Prefiero la falta de pan a la falta de vida». Pero tu fanatismo laborioso no te da tiempo para asimilar otras filosofías de la vida. No has tenido tiempo de aprender el Poder sin la Gloria. A veces le coqueteas al Espíritu, pero pesas demasiado con tu materialismo para permitirte una grandeza que no es elevada, que no es del alma.

Esto no estaría mal si con tus excesos y tus delirios productivos te acordaras de que tienes alma. Pero el tiempo del ocio lo ocupas en engrasar tus poderosos engranajes que mueven día y noche tu filosofía del Hacer, tu pensamiento reproductor.

Es importante apreciar ese yo lírico que rompe directamente con el protocolo y ejerce una posición, una inferencia vital, pues quiere defender el espíritu luchando con convicción la poesía, la cultura, la formación sensible donde prepondera el ser por encima de la producción y la acumulación indiscriminada.

IV

En el cuarto apartado se puede observar que la voz poética se sostiene en la acción vital por la defensa del espíritu, por tanto, revela la fuerza que ha obtenido gracias a esa lucha tormentosa del espíritu creador que se impone ante la actividad material:

(…) Y así… tu belleza me daba el gusto amargo de la muerte. Tu desprecio en vez de anonadarme me infundía coraje y una terrible fuerza para conquistar los cielos, los mares y los amores imposibles, y a mí mismo que estaba muerto en la nada.

A pesar de ti, te debo lo que soy, pues no sería nada si no hubiera nacido bajo tu cielo. Tu tradición me predestinó desde siempre a la rebeldía. La demencia de tu producción me arrojó en los hornos de la pasión creadora y la contemplación.

He sabido estimarme en la medida en que me despreciabas. Abracé la soledad porque me arrojaste de tus templos, tus fábricas y tus cementerios donde no daba la medida de la muerte. Me cerraste todas las puertas y me quedé fuera de ti, sin ti, y me obligaste a mirar hacia lo alto y hacia el fondo, a mi alma y al cielo. […]

Pero fue inútil, yo soy alma difícil de crucificar. Veinte años antes me habías hecho heroico cuando de niño asaltaba tus montañas acosado por el hambre. Con las primeras guayabas que te robé me hiciste invencible y poeta de la rebelión.

V

En el quinto apartado el yo lírico ratifica el vituperio que ha levantado anteriormente en el apartado tercero: en este segmento la voz poética hace uso de la memoria y de lo anecdótico, sin embargo, el elemento más importante es la introspección de la voz lirica que, además, mantiene un tono de dignidad y fortaleza, que insiste en agradecer a la ciudad. A pesar de las desavenencias y contrastes, Medellín es más amada aún:

[…] No te enojes, mi querida, te amo más de lo que crees, pues al fin tú me has hecho posible. A ti, que no me has dado nada, salvo soledad y un poco de dura miseria, te debo la riqueza infinita y humilde de mí ser, que no cambio por todo el oro de tus bancos comerciales.

Después de todo eres milagrosa. Haces posible lo imposible: hasta eres capaz de producir un loco idealista como yo. ¡Bendita seas!

Tu incomprensión ha creado en mí un hombre nuevo, distinto a los hombres que produces en serie como si fueran bultos de tela, muertos, o botellas de ron.

En ese desamparo me hice fuerte para la lucha, y te negué el homenaje de mis bodas con la muerte y la resignación. Y, además, te debo gratitud, porque esa tu manera de parir «monstruos» me regaló un santo que fue mi padre Fernando González. Te vuelvo a bendecir por él, a quien tanto hiciste sufrir, y tanto te amó.

VI

En el sexto apartado el yo lírico regresa de la meditación interna y de la revelación que ha hecho en torno a la ciudad para manifestar que se está en la contemplación de lo nocturno.

[…] Todo es calma esta noche de una manera dulce, sin furor. El cielo se derrama en una brisa de estrellas. Esta luz esparce beatitud por el inmenso Valle de Aburrá. En lo más claro del cielo se dibuja un elefante con alas que son enormes plumas de nubes. Semeja un ángel en reposo, en pausa para elevar el vuelo al fondo más azul de la noche. Luego se desintegra en una constelación de luces. Creo que estoy borracho.

En el tiempo presente del acto poético, la voz poética manifiesta ese disfrute de los efluvios de la noche.

VII

En el séptimo apartado ha pasado el tiempo y el yo lírico nos permite saber que ha pasado el tiempo, mientras este ha realizado desde lo interior una meditación, una declaración, toda una travesía de la naturaleza purificadora que le permite trascender el amor, también el habitar la ciudad que le inspira.

Amanece.

Mi amigo se ofrece a bajarme en auto, pero me niego. El cielo estalla de estrellas, mil aromas, un canto salvaje de cigarras, el rocío. Un aire tibio se pega a mi piel como si fuera una amante.

Desciendo fumando cigarrillo, feliz con las manos en los bolsillos por una carretera solitaria donde se derrama la luz llena de la luna. No me inquieta el peligro.

Pero como siempre que estoy feliz sintiéndome predestinado, llegas a interrumpir mis éxtasis con la santa naturaleza, y me atropellas con un catafalco del que se baja un sargento muy categórico que me pide identidad.

[…] A cualquier precio querías hacer de mí un delincuente, y en verdad no me explico por qué no lo soy, si hasta me dejaste ese estigma de un horrible complejo de culpa. Mi atormentada cara de poeta sufriente fue siempre para ti un delito.

[…]Para justificarme, le digo a la salida: «Oye compañero, te juro que soy inocente, lo que pasa es que tengo cara de poeta maldito». 

Sin embargo, después del viaje la voz poética debe regresar desde la periferia hacia el centro. Salir de la naturaleza que lo restituye para entrar a la superficie que lo degrada. En la medida que el yo lírico desciende, el espíritu que trasciende se vuelve denso, su lenguaje es coloquial y vulgar pues el contacto con la ciudad urbana desacraliza ese amor interior que se exterioriza sólo cuando se ve a la amada a lo lejos, titilando.

VIII

Al llegar al apartado final el yo lírico está inmerso en la ciudad urbana: su expresión es escueta y nuevamente recae en lo anecdótico. Para finiquitar el acto poético, la voz poética, se encuentra en la plaza de mercado entre multitud de gente:

Aquella mañana de expresidiario reincidente fui a tu plaza de mercado a comer naranjas, y una vez más soy feliz a pesar de mis desventuras, y adoro tus contrastes. ¡Qué bello, puro y viril es tu pueblo antioqueño!

La voz poética habla de la imaginería de este pueblo que vive en la ciudad, hay que tener en cuenta que Gonzalo Arango procede de la provincia y llega a una ciudad que aún está afincada culturalmente en lo rural; este aspecto es demasiado importante porque permite observar la transición que sufre el país y particularmente la sociedad medellinense:

Imagínate que un culebrero nos reúne en torno a su cacharros, y nos dice que «algunos del respetable público» estamos condenados. Promete sacarnos el Diablo del cuerpo con una pomada milagrosa por la módica suma de un peso. Eleva un brazo peludo de predicador y exclama:

¡No tengan miedo, mis hermanos!… ¡Yo no les voy a robar!… ¡Este brazo es antioqueño y honrado, sólo lo uso para acariciar la ninfa y dominar el oso!

Pues sí, estuve a punto de abrazar a ese culebrero sucio y fornido, ¿sabes por qué, Medellín? Porque eres capaz de inspirar a un estafador la frase que habría hecho inmortal a Don Miguel de Cervantes.

Sobra decir que el filósofo ateo Gonzalo Arango fue el primero en comprar la cajita de pomada milagrosa para sacarse el diablo del cuerpo. Pero sin esperanzas de mejoría, pues cada vez que me la unto, mi novia dice: ¡Amor mío, hueles a diablo!

 

El yo lírico recurre al humor, al carnaval, a lo público: cierra el viaje con la anécdota satírica, para ocultar la emoción trascendente que nace de la ciudad habitada de manera personal. La voz lírica desacraliza la imagen de la ciudad virginal, que es estereotipo en la poesía de ciudad durante el siglo XIX. La causa es la inevitable modernización de la ciudad que despoja de su manto cristalino a la ciudad romántica. Efectivamente la historia épica de las ciudades está relacionada con el ciclo romántico de las literaturas. Particularmente las literaturas de las ciudades latinoamericanas coinciden con la instauración de las Repúblicas, esta situación invita a pensar en países conmocionados por la épica libertadora que insufla el espíritu romántico de los autores: éstos por consecuencia están inmersos en ciudades rurales que de alguna manera constriñen la obra poética al inevitable cuadro de costumbres y a las rígidas estructuras del verso endecasílabo, situación que tanto angustió a poetas tan importantes como José Asunción Silva, posteriormente, León de Greiff.

La degradación de la ciudad urbana es efecto de la producción en serie y de su consecuente expansión: sentimientos como el amor, el poder, la gloria, pasan a un segundo plano.

Conclusión

En “Medellín a solas contigo” al llegar el ciclo de la Medellín Urbana, entonces muere el mito de la grandeza o del virtuosismo: la voz lírica se impone de manera íntima ante un Todo que hace referencia del ideal de pueblo pujante, el yo lírico está por encima del ídolo; el arte poético se hilvana efímeramente, en un recorrido que comprende el desplazamiento hacia la montaña para consumar un acto purificador y que se devela ante el Todo que es la ciudad, símbolo de cambio.

La voz poética evidencia un signo moralizante que se declara consciente de su proceso histórico – filosófico: esta exigencia habla de dos ciudades referenciadas por el yo lírico. La ciudad evocada que es la ciudad del pasado y la ciudad presente, que en su proceso de urbanización se devora a la dulce ciudad del pasado. El yo lírico por lo tanto le reprocha, le endilga su cruel proceso expansivo, el cual se ve denunciado física y geográficamente por la relación con la ciudad de Detroit referida en el tercer apartado. Y sus luces titilantes que, a pesar de ser bellas, no son más que una amarga pócima:

En la Biblioteca, hermosa fiesta de silencios. Afuera todo calla, hasta mi corazón tumultuoso. En lo alto del cielo, todo se apacigua: el rumor de la ciudad, los sauces, el viento, mientras la noche cruza silenciosa sobre este universo puro y sin memoria. Mi corazón enamorado cesa de latir para que lo poseas con tu gloria, ¡oh!, ¡cielo sagrado!

Puro dolor de dicha en esta noche desierta, sin amarte, sin teléfono para llamar a Dios, solo con mi soledad que no sabe dónde buscarte mi amor perdido, mi monja.

¡Oh, alma mía, qué amarga es la belleza!

Esa pequeña villa a la que el yo lírico se declara en medio de la noche de los tiempos, con el paso de los años ha sido devorada por los neones; los mismos que se han comido la penumbra de nuestras montañas hasta iluminar el mismo cielo.  Gonzalo Arango con esta propuesta estética inicia en nuestro medio la tarea compleja de signar la ciudad como el entorno vital de los individuos urbanos. El poeta no sólo recoge las voces desazonadas de los poetas de la Medellín rural, además, se suma a las voces que están llegando a la ciudad en plena transformación. Su trasgresión tiene como objetivo tomar la ciudad como plataforma de creación y reflexión.

Referencias

Berinstáin, H. (1985). Diccionario de poética y retórica.

Bernal Acevedo Diana, Patricia. (1994). “Medellín, Mujer, Metáfora: una mirada a la obra poética de Gonzalo Arango”. Medellín: Universidad Nacional de Colombia.

Herrera Duque, Diego Alexander. (2007) De nadaistas a hippies. Los jóvenes rebeldes en Medellín en el decenio de 1960.  Universidad de Antioquia.

Vélez, Juan Carlos. (2000). Gonzalo Arango, pensamiento vivo. La Hoja. Medellín.

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Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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