Ha propósito de su 192 cumpleaños
La Guerra Grande, analizada en retrospectiva, parece ahora una parte normal de nuestra historia. Sin embargo, es crucial recordar que, durante aquellos tiempos, los conflictos entre los hombres eran intensos y profundos.
Los sucesos y las luchas no pueden reducirse a meras anécdotas; debemos considerar quiénes eran los protagonistas y cuáles eran sus motivaciones.
La mayoría de los grandes líderes de la época eran acaudalados, comerciantes, en algunos casos hombres de letras, y propietarios de esclavos. Muchos de ellos superaban los treinta años de edad y estaban motivados por el dinero, la riqueza y las posiciones sociales. Sin embargo, surgieron tensiones cuando se trataba del ascenso de negros y mulatos a las altas jerarquías militares. Un ejemplo notable es Antonio Maceo, cuyo valor y éxito en el combate no fueron suficientes para garantizar su ascenso a brigadier y luego a mayor general, casi al final de la contienda. La lucha de diez años le costó mucho.
Jorge Ibarra señala en su libro Ideología Mambisa que:
«Antonio Maceo resumió su proceso de integración en una respuesta memorable a un racista: “Joven, aquí no hay blanquitos ni negritos, sino cubanos”. Esta afirmación refleja la aspiración de crear una nación unida durante la guerra revolucionaria. La política de ascensos militares basada en méritos, implementada por líderes como Céspedes, Vicente García, Donato Mármol, Manuel de Jesús Calvar, Máximo Gómez e Ignacio Agramonte, amplió la base democrática del ejército. Así, líderes como los Maceo, los Banderas, los Moncadas y los Garzón ganaron grados por su valentía y habilidades militares. Soldados y oficiales blancos lucharon bajo el mando de jefes negros, y viceversa.»[1]
En Las Tunas, Ramón Ortuño Rodríguez, un pardo holguinero convertido en tunero, demostró su valentía y tenacidad al ascender a general de brigada. A pesar de los obstáculos y la ferocidad española, Ortuño participó en el asalto a la Villa de Las Tunas en 1851 y contribuyó a la conspiración local previa al levantamiento de los Diez Años en 1866 [[2]].
¿Por qué surgían divisiones entre blancos y negros? Los encargados de los ascensos eran a menudo esclavistas o sus descendientes, prejuiciosos y reacios a ver líderes con un color de piel diferente al suyo en posiciones destacadas. A pesar de estos obstáculos, la vanguardia revolucionaria logró incorporar a las dotaciones de esclavos en el ejército. Vicente, como lo llamaba el pueblo, carecía de estudios superiores, pero su carácter tranquilo y su preferencia por escuchar en lugar de hablar lo hicieron igualmente valioso para la causa [[3]].
Así éramos entonces: una mezcla de luchadores valientes, prejuicios arraigados y una nación en formación. La historia nos enseña que la diversidad y la unidad coexisten en los momentos cruciales de transformación.
En su amada tierra, Vicente García era un hombre apreciado por todos. Las muestras de afecto hacia él eran indecibles. En cada rincón de su vasta jurisdicción, tenía ahijados que lo consideraban un referente. Este hecho es el mejor elogio que podemos hacerle a alguien: su valor y representación en la comunidad [[4]].
En las tierras bañadas por el caudaloso río Cauto, que pertenecen a Bayamo, no había casa de campesino donde el abrazo no fuera una demostración de cariño hacia Vicente. No era simplemente querido; era idolatrado. Estos gestos de afecto no pasaron inadvertidos para el ilustre caudillo de Yara, quien contó con él desde los primeros momentos de la conspiración.
Se le acusó de ser un «caudillo» y un «regionalista». Pero, ¿acaso no eran todos los líderes de aquella guerra, en cierto sentido, caciques en sus comarcas? Conocían a su gente, los ríos, los bosques y la forma de pensar de los habitantes, especialmente de los soldados.
El regionalismo fue una corriente presente en esa guerra. Sin embargo, debemos analizar dos factores claves. En primer lugar, las tropas formadas por esclavos o libertos se movían sin restricciones, sin dejar atrás familia, fortunas o comarcas. Su movilidad era esencial para la lucha. Por otro lado, aquellos que lidiaban con campesinos o habitantes de áreas específicas no tenían la misma libertad. Sus familias se movían junto a las tropas, formando parte indispensable de la impedimenta [[5]].
En cuanto al nepotismo, Vicente no fue el único en practicarlo durante la Cuba Libre. Era imperativo rodearse de personas leales y fieles. ¿Quién mejor que la familia para cuidar y velar por todo? Carlos Manuel también confiaba en sus hermanos, hijos, primos y cuñados. Maceo, por su parte, contó con la valentía de su propia familia.
Así, en medio de la lucha y la complejidad de la guerra, Vicente García se destacó como un líder querido, respetado y arraigado en su tierra.
Calixto García, Agramonte y otros valientes se destacaron en la lucha por la independencia. Y siempre fueron acompañados también por familiares leales. Vicente García, en particular, contó con el apoyo de su familia durante toda la guerra. Su primo hermano, Pancho Varona, demostró méritos probados. Además, de su hermana Mercedes Varona, asesinada por el poder español tras ser descubierta como infidente, igualmente el negro Teno García, hijo de esclavos de Doña Rosa, creció libre junto a Vicente García en la casona de la calle Real de San Jerónimo de Las Tunas.
Vicente no empuñó las armas por riquezas personales, sino por justicia. Su objetivo era evitar el maltrato al pueblo y asegurar que los sacrificios no fueran en vano. En una carta a sus hermanas en Camagüey, en 1877 [[6]], expresó:
«Me levanté en armas para lograr la dignidad e igualdad de mi patria, no para ser señor de mis soldados, pues siempre estuve en contra del maltrato físico por indisciplinas».
A diferencia de algunos líderes, Vicente no apoyaba el saqueo y las prebendas al tomar pueblos. Su correspondencia revela que no buscaba caer bien o ganar simpatías. Los amores y odios que le profesaron llegaron sin buscarlos. Los honores que recibió de la Cámara de Representantes no fueron por adular, sino por sus méritos.
¿Por qué ocupó cargos como secretario de la Guerra, jefe en Oriente, Camagüey y Las Villas, y presidente de la República en Armas? No fue por devoción ciega, sino por talento y méritos en combate. A pesar de las emboscadas y vicisitudes, Vicente García se convirtió en uno de los más rectos y valientes defensores de la independencia. José Martí lo describió como un hombre que legó la obligación de pelear por su pueblo hasta liberarlo del extranjero y la indecisión, a sus Cazadores de Hatuey [[7]] minutos antes de morir.
Ese momento sublime José Martí lo retrató en «PATRIA»:
«Allá, en un asilo infeliz, moría tiempos hace, en la rústica cama, un general de Cuba, rodeado de sus hijos de armas, y se alzó sobre el codo moribundo, no para hablarles de los intereses de la tierra, sino para legarles, como el último rayo de sus ojos, la obligación de pelear por su pueblo hasta verlo libre del extranjero que lo odia y extermina, y de la indecisión y pecho siervo de sus propios hijos».
Las lisonjas de Prat y Martí hacia Vicente García no fueron fortuitas. A lo largo de los años, las pasiones persisten, y los de hoy siguen repitiendo las mismas mentiras que los de ayer.
Vicente García González, al inicio de la guerra, apoyaba las doctrinas de Céspedes, a las que, sin embargo, se opuso el Camagüey, liderado por Cisneros y Agramonte, que abogaba por la democracia. Si hubiera existido un mando único, como quería el primigenio, estás disputas no habrían ocurrido. El mayor general Manuel de Quesada tenía razón cuando instó a Vicente a implantar la dictadura, pero él, respetuoso de la constitución y las leyes, se opuso. Esta decisión tuvo consecuencias.
Carlos Manuel se adaptó a la forma de gobierno establecida por la Cámara, pero también cometió errores. Vicente se desligó y lo criticó, aunque no llegó a lo que Máximo Gómez lo acusó: ser parte de la conjura que destituyó a Céspedes. Vicente supo tres días después, que Calixto García, junto con otros valiosos líderes, veló para que nadie se interpusiera en la decisión de la Cámara en Bijagual. No fue un acto impulsivo; tenía un propósito: evitar que Carlos Manuel eligiera a Modesto Díaz o a Vicente García como jefe en propiedad de Oriente. Vicente merecía ese cargo por antigüedad y méritos.
Gómez, han afirmado varios autores, se entrevistó con Vicente García tres días ante del Golpe Cameral-Militar, como lo he dado en llamar, eso aparece en su folleto “El Convenio del Zanjón” Escrito en Jamaica en 1878. En su diario aparece la cita de esa reunión, pero solo dice que se reunió con García. En el diario del León de Santa Rita, la fecha de ese encuentro y la posterior, indican que se encontraba de operaciones en la zona de Manatí. Máximo Gómez señala, que le entrega una columna procedente del Camagüey para su proyectada operación.
Esas tropas estaban en Bijagual bajo las órdenes de Calixto García, el día de la deposición, los pocos tuneros que acudieron a la proyectada concentración para la toma de Santiago de Cuba, que en definitiva no se realizó y sirvió de pretexto para el golpe, no rebasaba un pelotón, que estaba dirigido por el coronel Pancho Varona.
Calixto García reunió 1500 fusiles para salvaguardar la decisión de la Cámara. Aunque el miedo a una respuesta armada era palpable, no estalló una guerra civil. Céspedes, obediente a la Constitución y las Leyes, evitó derramar sangre cubana. Su sacrificio demostró su grandeza y su compromiso con la causa.
Calixto García desempeñó un papel fundamental en la destitución de Céspedes, lo que generó, odio entre los partidarios del presidente. Calixto facilitó la reunión de la Cámara en su campamento de Bijagual, donde se discutió la destitución [[8]]. El “motín” de Payito León también demostró que Céspedes podía recibir apoyo de sectores del ejército. Pero dejemos este suceso para más adelante.
Ya terminada la guerra, y en los preparativos de una nueva gesta el general Antonio Maceo invitó a Vicente García a unirse a los preparativos de una nueva contienda, cosa que el tunero aceptó de buena gana. Maceo lo defendió bien y le advirtió a Gómez, de que hablara con él, pues estaba bien ilusionado el Titán de estar en Cuba con un buen contingente, acompañado de los generales Ramón Leocadio Bonachea, Francisco Borrego y Vicente García.
Gómez no hizo caso, y obnubiló el pedido de Maceo sobre Vicente García. Este, ya había sido envenenado el 4 de marzo de 1886 en Río Chico, Venezuela, cinco meses después, Maceo le recuerda en una carta a Gómez:
«A principio de nuestros trabajos revolucionarios, dije a usted diferentes veces, que a su lado debería estar el general Vicente García, y que escribiésemos a él, e insistí luego en que usted lo mandase a buscar. El que procede así con su émulo político, no tiene mezquinas aspiraciones…Cuando usted dudaba de mi sinceridad y lealtad, yo pensaba bien de usted, porque eso es indigno de mi carácter, y porque con usted no se necesita de acudir a medios ilegales, para echarle la antipatía de un pueblo; basta de carácter violento. ¿No recuerda usted a eso se le debe sus principales disgustos?»[9]
Gómez estaba aún bajo los efectos de la orden de fusilamiento que indicó el tunero en aquellos días aciagos de 1878, tras el Zanjón. Y reafirmo lo expuesto anteriormente: por eso Maceo dice con palabras claras, profundas y modestamente autocríticas, que «[…]cuando se quiere buscar a un responsable de los grandes acontecimientos que perdieron la Revolución de los Diez Años, se busca uno y muchos quieren hallarlo en el general García. [10]»
¡No!, la pérdida de prestigio del Gobierno civil, se debió a las divisiones internas y la falta de un liderazgo unificado en el Ejército. Esto fomentó la indisciplina entre los militares, quienes, con las mejores intenciones y deseando el éxito de la revolución, actuaban por su cuenta y desobedecían las órdenes del presidente. Y lastimosamente al final, Vicente García a cargado todas las culpas. Esta es la historia, es necesario contarla tal como es, sin miedo, sin compromisos, sin pasiones.
[1] Ideología mambisa. Jorge Ibarra, Ed Ciencias Sociales, La Habana. 2022.
[2] Ver en Madrugada de los Gallos, del autor.
[3] En: Los resueltos a morir. José Abreu Cardet. Editorial Oriente. 2016
[4] Ver folleto Biografía de Vicente García para la historia de Cuba, Armando Prat-Lerma, Imprenta, La Prueba, Obrapía 99, La Habana. 1915. Archivo del autor.
[5] Ver Prólogo a Leyenda y Realidad, por Olga Alonso.
[6] En poder de la familia de Héctor García Soto, en los EE. UU, mostrada al autor en una de sus últimas visitas a Las Tunas.
[7] Cazadores de Hatuey, regimiento conformado en Las Tunas, a inicio de la Guerra de los 10 años, a instancia de Carlos Manuel de Céspedes. Surgió como un batallón y rápidamente se convirtió en la fuerza de élite del mayor general tunero. N. del A.
[8] Ver: Los resueltos a morir. Ob., C. José Abreu Cardet.
[9] Ver Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida. José Luciano Franco. T II
[10] Ver Anexo. Eusebio Leal.


















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