
Mamá Faustina estaba sentada en su mecedora refrescándose con agüita de limoncillo mientras escuchaba el fado desencantado de Martín que no paraba de llorar. En la pieza contigua Esperanza arreglaba sus uñas y tarareaba:
¡Hay!, yo sé vivir la vida
con amor o sin amor
porque tengo un corazón
que no le hacen las heridas…”
—¡El trago y la tristeza son la herencia que dejó mi padre! —decía Martín lloroso.
—Mijo, ¿por qué no se baña?…, vea que güele maluco…
Mamá Faustina estaba asqueada por el baho etílico que le echaba su ahijado en el rostro. Lo miraba con pesar pues sus ojos turbios estaban consumidos por el alcohol.
—¡Gracias por quererme tanto! —Martín se encorvó para besarle la frente—, yo sé que usted me alcagüetea todo aunque me desapruebe, Mama… yo las quiero tanto y vea… ¡Fe!…, la que más amo y mire cómo me paga…
Esperanza subió el volumen de la radio ya que aborrecía los lamentos de Martín. Así pasaban la tarde del domingo: Mamá Faustina asistía a misa y pasaba luego por tiendas y cantinas a buscarlo. Lo encontraba cabizbajo entre copas vacías. En otras ocasiones lo recogía en las aceras o en el malecón. Tenía que llevarlo a cuestas junto a una procesión de perros que ladraban amistosamente al cuerpo del pequeño hombre vencido por la vida bohemia.
—Usted tiene un corazón de oro, Mamá Faustina… Usted me encontró jugando entre las basuras de la quebrada y desde ese día la vida se me hizo menos difícil… Me hice amigo del olor de las cantinas cuando buscaba a papá Carcajada. Fe y yo íbamos en medio de la noche detrás del maldito para pedirle dinero… Caminábamos por las calles oscuras de San Juan. Nos metíamos sin miedo a Barrio Triste, al Naranjal. En las cantinas tragábamos cuanto pedazo de naranja y coco nos dieran… ¡Teníamos tanta hambre, Mama!… Yo tenía las manos negras como las tengo ahora y, Esperanza…
Martín alzó la voz para que la adolescente lo escuchara:
—¡Usted sabe que la quiero, Esperanza!… Se quedaba aquí llorando solita. ¡Teníamos tanta hambre! ¡Gracias, Mama! ¡Gracias por todo!… Usted llegaba después de la media noche con la leche para hacerle un tetero a la niña y migas de carne y arepa para que nosotros comiéramos algo… yo recuerdo que usted miraba al de arriba y le decía: «primero están mis niños».
Martín por fin guardó silencio. Mamá Faustina escuchó paciente el triste testimonio de aquellos días en los que luchaban agónicamente por salir de la miseria.
—Eso es lo que yo quiero, olvidarme de todo, pero no puedo. Lo que me hizo Fe nunca lo voy a olvidar, Mama… Ella me abandonó y me quitó a Caridad. Me quitó lo más bello que me ha pasado en la vida. Yo sé que Caridad es mi hija, yo lo sé, Mama… —Martín tragó ávidamente el poco alcohol que quedaba en la botella.
Mamá Faustina lo levantó para llevarlo hasta la cama. Esperanza atendió el llamado de su madre. Caminaba con cuidado para no dañar el esmalte de sus uñas. Una toalla cubría su torso, llevaba puestos sus pantaloncitos cacheteros. Con su dejo mulato imploró a su madre que no le quitara los zapatos a su hermano para que no se sintiera el olor nauseabundo de sus pies por los otros cuartos.
***
Más tarde Esperanza salió de casa contenta porque se alejaba de los ronquidos de Martín. Se fue en busca de la cumbiamba llevando puestas con orgullo sus extensiones coloradas y su falda de seda verde que dejaba ver el ébano brillante de sus muslos gruesos:
Esta noche amanecemos,
amanecemos parrandeando…
Mamá Faustina se quedó en el patio alimentando a los pájaros silvestres que la honraban con su visita. Apareció Fe trayendo en brazos a Caridad.
—¡Bendición, Mama! —. La joven ceñía su cuerpo provocativo con licras suaves y coloridas. Sintiendo el suave aroma milenario de río negro que emanaba el cuerpo de su madre le besó el pómulo macizo.
—¡Así sea, mija! —. Tomó a su nieta con sus grandes brazos para colmarla de mimos y besos —: pavé, pavé, ¿quién quiere a la agüela?
La mulatica Caridad miraba lela a la abuela que se sentía acariciada por las gorgoritos de su nieta.
De las montañas viene el agua,
de la leche los quesitos,
de la leche los quesitos,
y de los caratejos grandes
vienen los caratejitos,
vienen los caratejitos…
La niña sonreía al escuchar la voz guapachosa de la gran mamá negra que la zangoloteaba como si fuera una muñeca:
—Pavé, pavé, un beso pa’la mamita…
— ¡¿Me va cuidar la niña, mae?!…
Fe salió sin esperar respuesta.
—… Pavé, pavé… ¿Cómo mueve la cintura?… Pavé, pavé… ¿En dónde está tu sabrosura?…
***
Martín dormía en el cuarto a oscuras, soñaba y soñaba, que bendito estaba por la felicidad que en el mundo real le era tan esquiva. Escuchaba los sonidos que al mar habitan. Amaba sin temor en una tierra en la que se oyen tamboras y flautas de millo. Sus ojos estaban claros, sin veneno, asfalto ni gasolina. No había tabaco ni alcohol en su cuerpo. Viento, arena y sol tropical esculpían su piel con gozo. Lo acompañaban sus negras, las veía correr en la playa, se metían alegres al mar para jugar con las olas. La pequeña Caridad daba pasitos tímidos a su lado y claramente la escuchaba decir: «papá»…
Lágrimas de alegría brotaron de sus ojos menguando un poco los dolores del alma.
***
La luna iluminaba el malecón. Esperanza, coqueta, dejó con pesar que su vecino Juan de Dios la tomara por la cintura. Sabía que este la deseaba, pero ella en verdad ansiaba los labios de la Magdalena. En los billares sonaban tangos llenos de lejanía, evocaciones de amores truncados, pero los jóvenes eran descendientes del manglar y preferían bailar bachata o champeta. La cruz de navajas era tan sólo un susurro.
***
Fe llegaría a la media noche, le daría un beso lleno de gratitud a su madre que la estaría esperando adormilada en el sofá con la camandula entre las manos. En la oscuridad abrazaría a Caridad para regresar al nuevo hogar que estaba empeñada en construir. A las cinco y treinta de la madrugada empezaría una larga jornada. Soñaba con Domingo a cada instante. Se veía entre sus brazos danzando y haciendo el amor sin miedo a la muerte o a la desgracia. Dueña de su soledad albergaba la ilusión.
FIN.
Augusto Cantor


















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