Las nueve musas
Aleixandre

Vicente Aleixandre en la gravedad del limbo

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Aunque no tan masivamente conocido como Alberti o Lorca, Aleixandre fue quizá el más influyente poeta de la generación del 27. En este breve artículo procuraremos recordarlo.

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I

El surrealismo entró en España casi clandestinamente. Un primer intento fue el del grupo que se aglutinaba en torno a la revista Litoral, fundada en Málaga, en 1926, y de cuyos integrantes se destacan Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y José María Hinojosa. Este grupo no dejaba de ser marginal, tanto como Málaga lo era respecto del resto de la península. Tuvieron que pasar algunos años hasta que, en 1930, la Facción Surrealista de Tenerife realmente encarnara una ortodoxia. La generación del 27, en cambio, con su reivindicación de Góngora y su osadía metafórica, con su justo equilibrio entre la tradición y las nuevas experiencias estilísticas, entre «la aventura y el orden»[1], fue mucho más decisiva a la hora de importar el surrealismo a una tierra en gran medida condenada por el inveterado tradicionalismo de las literaturas precedentes.

Cuando la generación del 27 irrumpió en el escenario intelectual, los nombres más representativos del ámbito poético seguían siendo los mismos encumbrados de la generación anterior: los Machado, Juan Ramón Jiménez, etc. El hecho de que esta generación neogongorina haya sabido ver en su homenajeado tanto a un precursor de la poesía pura como a un alocado hombre de rupturas, sentó las bases de una nueva crítica, una crítica dialógica y valiente por moderna, por visionaria. Los poetas puros de esta generación (Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Pedro Salinas), profesores todos ellos, respondían a la estética instaurada por Valéry, por lo tanto, a un interés intelectual por sobre el mero goce estético; los impuros (Alberti, Lorca, Aleixandre) hacían lo que podían, y podían mucho.

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Ámbito . (CLASICOS CASTALIA. C/C.)
  • Duque Amusco, Alejandro (Autor)

Podemos decir, entonces, que el surrealismo logró una considerable aceptación solo a partir de ciertas publicaciones de los miembros de la generación del 27. Si bien, como dijimos más arriba, los poetas impuros no atenderían el influjo de la poesía academicista, tampoco contrarían nupcias con ninguna estética de vanguardia, al menos, no de manera directa y declarada. Es así como se pueden señalar Sobre los ángeles, de Rafael Alberti, o Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, como hitos aislados del surrealismo español, y si empleamos el participio aislados, es porque estos títulos lo estaban también en relación con el resto de la producción de los poetas mencionados. Distinto es el caso de Vicente Aleixandre quien, salvo su primer libro Ámbito, siguió un mismo sendero de creación, sendero, digamos, de claros ribetes surrealistas.

Aleixandre solía negar el rótulo de «surrealista» para él y su obra, alegando que nunca había practicado la escritura automática, pero quién puede asegurar que los textos del surrealismo francés realmente estaban construidos sobre la base de esa técnica fortuita, apenas si experimental. Aleixandre, al igual que el Neruda de Residencia en la tierra, toma del surrealismo no tanto su ortodoxia, sino, en el mejor de los casos, su sintaxis, aquello que «desalambica» el verso, dándole una libertad que hasta ese momento era precariamente vislumbrada.

II

Hay en Aleixandre una creatividad imaginativa admirable, un uso de la metáfora rítmica y la cadencia que lo entroncan aún con el modernismo de Rubén Darío. Sin embargo, hay también ciertas marcas registradas que quedarán como legado para los poetas venideros, por ejemplo, la disyunción arbitraria y el superlativo. He aquí unos ejemplos:

Te penetro callando mientras grito o desgarro
mientras mis alaridos hacen música o sueño,
 porque beso murallas, las que nunca tendrán ojos,
 y beso esa yema fácil sensible como la pluma.[2]

En el fragmento anterior, vemos cómo se da en los primeros dos versos un paralelismo rematado por una disyunción arbitraria. Toda disyunción supone una elección, no necesariamente entre contrarios, basta con que sea entre elementos cotejables (es «esto o aquello»). La disyunción propuesta por Aleixandre, al fin y al cabo, no lo es tanto, ya que anula toda posibilidad de elección cotejando piezas incontrastables: «grito o desgarro»; «música o sueño». El concepto de libertad burguesa está basado en la capacidad de elegir (habría que cuestionarse siempre entre qué opciones); para Aleixandre, por el contrario, en un estadio superior, uno en el que todo balance se dirime por añadidura, ya que no se puede preguntar qué cosmos hay que habitar, tan solo hay que habitarlo.[3]

Ahora prestémosle atención a estos versos:

La muerte es el silencio entre el polvo, entre la memoria,
es agitar torvamente una lengua no de hombre,
es sentir que la sal se cuaja en las venas
fríamente como un árbol blanquísimo en un pez.[4]

Y a estos:

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.[5]

 Pues bien, en estas dos estofas (pertenecientes a dos poemas distintos) se ve que el superlativo cumple una doble función: la conceptual y la prosódica. Todo superlativo aspira a lo absoluto, entonces, decir: «un árbol blanquísimo» no será lo mismo que asignarle a un objeto cualquiera un color, estamos hablando de lo más blanco posible, de lo absolutamente blanco. La expresión «un mar altísimo y joven» supone, además, una imagen y una prosopopeya. Lo prosódico está presente en las sílabas que agrega todo superlativo al adjetivo que de algún modo lo origina, brindándole al verso su justa métrica y final sonoridad.

III

Aleixandre fue un poeta cósmico, quizá eso lo hacía surrealista. Y alguien en comunión con el cosmos, alguien así de panteísta, alguien que, pudiendo cantarle al mar, prefiere ser el mar y sus requiebros, es un poeta.

Aleixandre se recluye, enfermo como estaba, en un exilio interior, no bien la guerra del 36 estalla. Su generación, dividida y disipada, le perderá el rastro por un tiempo, hasta que las jóvenes (y no tan jóvenes) camadas de poetas hallaron en él a una especie de gurú a quien había que visitar para absorber sabiduría y experiencia.

En honor a todos los miembros que la hicieron, le otorgaron el premio Nobel de literatura en 1977; en honor a todos los que soñamos todavía, Vicente Aleixandre nos entregó su obra para siempre.

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[1] Esta expresión está tomada del libro homónimo de Guillermo de Torre (Buenos Aires, Losada, 1943), libro en el que habla justamente de las experiencias vanguardistas como aventura y de las literaturas de inspiración clásica como orden. Vale aclarar que, en la obra mencionada, tanto las experiencias vanguardistas como las literaturas de inspiración clásica se presentan como simples coordenadas de estudio, no como fines o modelos en sí mismos.

[2] Vicente Aleixandre. «El más bello amor», en Espadas como labios/Pasión de la tierra, Buenos Aires, Losada, 2000.

[3] En el segundo manifiesto surrealista, André Breton establece el siguiente postulado: «Todo induce a creer que existe cierto punto del espíritu en el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos contradictoriamente. De manera que es inútil buscar en la actividad surrealista otro móvil que la esperanza en determinar ese punto» (Manifiestos del surrealismo, Buenos Aires, Terramar, 2005). Sin duda, el uso que Aleixandre hace de la disyunción opera en ese mismo sentido.

[4] Vicente Aleixandre. «Mar en la tierra», en La destrucción o el amor, Buenos Aires, Losada, 2000.

[5] Vicente Aleixandre. «Se querían», Ibíd.

 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

Reseñas literarias

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