Apuntes para evitar errores frecuentes de escritura
Uno de los criterios más desacertados que, por desgracia, se difunden aún hoy en las escuelas es aquel que establece que la coma representa una pausa en el habla. ¡Grave error! Una cosa son los signos de puntuación y otra las pausas. Los primeros pertenecen al universo de la ortografía (y, por lo tanto, al de la escritura); las segundas, al universo de la prosodia (y, por lo tanto, al de la oralidad).
Si bien es cierto que, etimológicamente, la palabra coma significa ‘pausa’, y que su representación gráfica comenzó a utilizarse para mostrar los lugares en los que convenía «detenerse» en la lectura, no es menos cierto que estos datos pertenecen a tiempos remotísimos, tiempos en los cuales los sistemas ortográficos no habían empezado siquiera a definirse, ni habían obtenido aún, por consiguiente, su proverbial independencia respecto de la pronunciación, es decir, a ese largo período que va desde la Roma clásica a la Edad Media, épocas en las que los textos escritos se leían casi siempre en voz alta. Los sistemas modernos de puntuación, por el contrario, están concebidos para una lectura silenciosa, de manera que su función principal no consiste en indicar dónde hay que hacer una pausa en la lectura, sino más bien en dar pistas sobre la sintaxis de la oración y la construcción global del texto.
De hecho, en el español actual, hay varios usos de la coma que no se corresponden con ninguna pausa, por ejemplo, el siguiente:
—¿Es usted corrector de textos?
—Sí, caballero. Y, además, docente de Letras y escritor.
En la respuesta de este brevísimo diálogo vemos dos oraciones con comas; bien, centrémonos en la primera: se trata de una coma vocativa, ya que el sustantivo caballero funciona aquí como vocativo, y los vocativos se escriben siempre entre comas para aislarlos del resto del enunciado. Sin embargo, si introducimos una pausa en esa posición, la lectura sonaría un tanto artificial; así pues, lo que solemos hacer cuando se presentan situaciones como esta es pronunciar la secuencia de corrido (sin prisa, pero sin pausa).
De igual forma, es muy fácil encontrar pausas en el habla que no se corresponden con ninguna coma en la escritura. Por ejemplo, en la oralidad, hay una tendencia natural a detenerse un instante entre el sujeto y el predicado. Cuanto más largo sea el sujeto, más probabilidades habrá de que se haga una pausa antes del verbo, puesto que el emisor necesitará tomar un poco de aire para continuar. Ahora bien, si se traslada esa pausa prosódica al texto mediante una coma (que es algo que sucede con frecuencia), se estaría incurriendo en un gravísimo error. Así lo explica la OLE:
Tradicionalmente se ha vinculado el uso de la coma a la presencia de una pausa breve o débil en la cadena hablada. Si bien esta relación se verifica en muchos casos, no siempre la escritura de una coma responde a la necesidad de realizar una pausa en la lectura en voz alta y, viceversa, existen en la lectura pausas breves que no deben marcarse gráficamente mediante comas, como la que se hace a veces entre sujeto y predicado.[1]
Hay un principio básico que manejamos tanto los lingüistas y correctores de textos como los filólogos y docentes de Letras, que dice más o menos así: «lo que la sintaxis ha unido no lo debe separar la ortografía». Indudablemente, una de las relaciones más estrechas que hay en sintaxis es la que se establece entre el sujeto y el predicado; por tal motivo, no se debe interrumpir el flujo de la lengua escrita «enclavando» una coma entre estos dos elementos fundamentales de la oración. Introducir una coma ahí, justo ahí, implicaría incurrir en una falta muy grave que se conoce en la jerga de redactores y editores con el apocalíptico nombre de coma criminal.[2] Y, como ha quedado dicho, es esta una de las faltas ortográficas más graves que se puedan cometer, amén de las más comunes.
Curiosamente, esta coma aparece en textos de muchos autores de renombre (sobre todo, del siglo XIX y primera mitad del XX), quizá por influencia del francés, lengua en la cual el «crimen» que se le atribuye al signo de puntuación de marras parecería gozar de mayor impunidad. Veamos algunos ejemplos: «Hasta los que vociferaban contra su riqueza y poderío, le temían como a una fuerza omnipotente»[3]; «Todo lo que aún es tierno en la Naturaleza, sufre por eso esa fuerte operación que lo reviste con el sutil cristal, con esa cosa que quema que hay en la helada»[4]; «La puerta entreabierta adonde había llegado Baldovina, enseñó a la pareja con las mantas de la cama sobre sus hombros, como si la aparición de la figura que llegaba tuviese una velocidad en sus demandas»[5]. En estos tres fragmentos hemos subrayado el sujeto de la oración para que el lector pueda distinguirlo con mayor claridad. En los tres ejemplos, los autores hubieran podido enmendar el error suprimiendo la coma; en el tercero, no obstante, también sería factible subsanarlo agregando una coma explicativa después del grupo nominal La puerta entreabierta, de modo que la oración resultante sea esta: «La puerta entreabierta, adonde había llegado Baldovina, enseñó a la pareja con las mantas de la cama sobre sus hombros, como si la aparición de la figura que llegaba tuviese una velocidad en sus demandas». Observemos que la estructura que ha quedado delimitada entre comas funciona ahora como inciso explicativo.
En relación con este último comentario, la OLE nos informa que hay tres ocasiones en las que escribir coma entre sujeto y verbo no sería exactamente un crimen:
- Cuando el sujeto es una enumeración que se cierra con etcétera o su abreviatura (): El novio, los parientes, los invitados, etc., esperaban ya la llegada de la novia.
- Cuando inmediatamente después del sujeto se abre un inciso o aparece cualquiera de los elementos que se aíslan por comas del resto del enunciado: Mi hermano, como tú sabes, es un magnífico deportista; La civilización mesopotámica, junto con la egipcia, es una de las más antiguas.
- Cuando a un mismo sujeto le corresponden dos predicados unidos mediante conjunciones distributivas (también llamadas disyuntivas continuas), como bien…, bien; ora…, ora, etc.: «Los pretendientes que se acercaron a ella durante los años de su juventud, o bien acabaron huyendo despavoridos, o bien, los más heroicos, tuvieron que retirarse con el rabo entre las piernas» (Ribera Sangre [Esp. 1988]). Sin embargo, en este caso es también correcto no escribir coma ante el primer miembro de la construcción.[6]
Estos mismos principios (y prácticamente las mismas excepciones) rigen para la relación sintáctica que se establece entre el verbo y aquellos complementos que se imponen por su nivel de significación léxica, como el objeto directo, el indirecto, el predicativo, el complemento agente y el de régimen.
Tal como decíamos al inicio de este artículo, una cosa son los signos de puntuación y otra las pausas. Los primeros pertenecen al universo de la ortografía (y, por lo tanto, al de la escritura); las segundas, al universo de la prosodia (y, por lo tanto, al de la oralidad). Podríamos añadir que la coma, por la amplitud de sus funciones, es el signo ortográfico que más se presta a esta confusión; deseamos que las nociones que aquí hemos vertido contribuyan a aclararla.
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[1] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.
[2] Se dice que el creador de esta expresión fue el lingüista peruano Alfredo Valle Degregori.
[3] Vicente Blasco Ibáñez. El intruso, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.
[4] Ramón Gómez de la Serna. «La pulmonía del corazón», en Doctor inverosímil, Buenos Aires, Losada, 1948.
[5] José Lezama Lima. Paradiso, Madrid, Cátedra, 1993.
[6] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Óp. cit.

















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