Las nueve musas
Serrat

Joan Manuel Serrat, símbolo de la Transición

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Debo a Joan Manuel Serrat el primer conocimiento de la poesía de Antonio Machado.

Aquel disco suyo dedicado por entero al poeta sevillano fue como una lluvia constante que, en un verano seco, me empapó y de cuyas notas no quería salir a la orilla. Tendría aquel que fui yo unos trece o catorce años: verano, campamento de la OJE (sí. Gané aquella estancia de quince días por haber quedado primero en un concurso de redacción organizado para jóvenes en Murcia), pinos, mar, Los Narejos, pueblo que se baña en el Mar Menor.

Hace unos días, aquí, en Tarazona escuché el pregón de la Feria del Libro local. Lo dio mi admirado novelista, y aún mejor poeta, Manuel Vilas. Unos pocos años más joven que yo, que nací en diciembre de 1960 (por meses no pude votar en el referéndum de la Constitución), Vilas pertenece sin embargo a una generación un poco posterior a la mía. Los que nacimos a finales de los 50 y principios de la década sesentera somos un poco outsider. Vilas habló en aquel pregón de muchas cosas relacionadas con los libros, con la cultura, con este país. Me pareció emocionante su recuerdo a los clásicos (Kafka, Galdós, Cervantes), un homenaje poco habitual en esos eventos donde se promocionan sobre todo novedades rabiosas de autores vivos “vendidos” o que aspiran a serlo.

Hizo el escritor de Barbastro un elogio primoroso de la democracia, el Régimen del 78, tan denostado por ciertos revoltosos o indocumentados. Nos trajo la democracia las becas, la posibilidad de que el hijo o hija del obrero, y en general, del español de clase media o baja pudiera tener acceso a la Universidad. Yo pensaba, escuchándolo, que decía su verdad, su experiencia, y hasta qué punto nos puede influir haber nacido unos pocos años antes o después. Honestamente, he de decir que yo empecé mis estudios universitarios, en la Universidad de Murcia, en 1976, con una beca salario y matrícula gratuita (luego los continué en Madrid; Comillas y Autónoma).

Fui de la primera promoción de bachillerato que hizo la Selectividad; ya ha llovido, vaya. Viví, desde los años 70 a 76, en la España que quizá ha tenido el mejor Bachillerato, y estoy muy agradecido a mis profesores de instituto que me alentaron al conocimiento y a desarrollar mi vocación poética y literaria: don Vicente, de Ciencias Naturales, en los primeros cursos; don Venancio, de Literatura, en los tres últimos; pues entonces el Bachillerato duraba y duraba. Y a mis profesores y profesoras de Latín y Griego (doña María Jesús, doña Guadalupe, don José Antonio). Por desgracia, pese a sus esfuerzos generosos hacia mí, poco me entró en el caletre la ciencia; las Matemáticas y la asignatura de Física y Química eran mi cruz, pero menos que la de Trabajos Manuales, en los que de siempre he sido inútil, para decirlo pronto. Pero, volviendo a las letras grecolatinas que en el Bachiller aprendí, gracias a mis profesores; os juro que en los cursos de la carrera no progresé mucho más que en esos años, y que a los exámenes de Latín o Griego me presentaba sin diccionario (que era permitido utilizar); en fin, bendito Bachillerato.

Estoy también en condiciones, como testigo y beneficiario que fui de ella, de alabar la Transición. La llamada por los historiadores Transición fue un período de efervescencia cultural, de debates en todos los ámbitos, y de hambre cultural y libertad. Incluso en muchos aspectos fueron años más libres que los posteriores en democracia; quizá debido a que la cultura no estaba tan forzada a los idearios de los partidos. Los intelectuales venían de reivindicar una libertad que la Dictadura les negaba y siguieron un tiempo con ese buen hábito.

La rebeldía era el pan nuestro de la cultura. No había una relación directa, como después, entre apoyo a la causa de un partido y recibir dádivas o invitaciones a participar en la vida cultural; en los medios importantes, incluso en la despreciada televisión (despreciada con la boca pequeña, pues esa sí daba popularidad y dineros).

Decía Nietzsche, si no recuerdo mal: cuando todos los amores nos hayan abandonado, confío en que este último, el amor a la verdad, no lo haga también.

El amor a la verdad es, en definitiva, el amor al conocimiento o autoconocimiento, a la lucidez, y es una de las tres verdades metafísicas de San Agustín, que componen nuestra esencia o ADN humano (la verdad de que somos, de que conocemos que somos y de que amamos ese ser y ese conocer).

Tengo que agradecer pues a los años que he vivido, a Joan Manuel Serrat que cantó a Miguel Hernández, a Machado (don Antonio) —aunque le faltó cantar (que yo sepa) a su hermano Manuel.

Joan Manuel cantó antes y después de la democracia, y posiblemente será recordado también después cuando ya no cuenten los cuentos de hoy, ni los de ayer.

P.S. Joan Manuel Serrat es Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2024. ¡Enhorabuena, maestro!

Dedicado A Antonio Machado, Poeta
  • SERRATO JOAN MANUEL
  • INTERPRETES EN CASTE
  • INTERNACIONAL
  • MÚSICA

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

Reseñas literarias

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