Las nueve musas
Pío Baroja

Pío Baroja, a escena

De Baroja se ha dicho de todo. Se han escrito ríos de tinta que lo han acabado convirtiendo en un personaje más de sus propias novelas.

También él se dedicó a escribir sobre sí mismo, “cultivando la conciencia del recuerdo” como diría su sobrino Julio Caro. Aún así, resulta complejo construir unas memorias certeras del maestro, condensar lo que se sabe, se oye, se intuye, se recuerda o puede recopilarse de su persona.

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Pío Baroja, a escena: Una biografía a contrapelo: 95 (BIBLIOTECA DE LA MEMORIA)
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Fue uno de los escritores de la Generación del 98 más prolíficos y longevos (llegando a ser el último testimonio vivo del grupo). No obstante, parece que la energía que pudo invertir en vivir la gastó en ficcionar, en relatar acciones mediante la literatura.

Su figura no fue precisamente la de un hombre de acción sino más bien la de un observador de todo cuanto acontecía a su alrededor. Eso no quita para que su vida se encuentre trufada de numerosas anécdotas, que sin duda le inspiraron las historias y personajes de sus libros. Porque para escribir hay que vivir, no se puede inventar de la nada. Por otra parte, su personalidad suscitó comentarios y habladurías en quienes le trataron o conocieron (y él haría lo mismo con la personalidad de los demás).

Tratar de levantar la sombra de Baroja es una tarea encomiable a la que se han dedicado escritores de la talla de Miguel Pérez Ferrero, Marino Gómez-Santos, Eduardo Gil Bera, José-Carlos Mainer o el propio Julio Caro Baroja. No obstante, quien ha reunido el material más completo hasta la fecha del literato ha sido el autor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, con una de sus últimas y magnas obras (casi 900 páginas sin incluir bibliografía).

Se trata del tomo Pío Baroja, a escena. Una biografía a contrapelo, editado por Renacimiento en su Biblioteca de la memoria. Como precuela, su autor ya había publicado en 2005 para Espasa Calpe un libro de idéntico título. Han tenido que pasar más de quince años para que el entusiasmo de Ostiz por Baroja se vea refrendado y consolidado por este nuevo trabajo. Entre una y otra obra hay claras diferencias, principalmente de contenido (el porcentaje de páginas conservadas del original en el actual es menor) pero también de aprendizaje. Baroja parece infinito, pues su laberinto vital se encuentra, como el de su novela, plagado de sirenas desorientadoras y desconcertantes.

Como en todos recuerdos, hay siempre una reconstrucción. No solo por los olvidos que son sustituidos por imágenes más o menos fieles a lo que pudo suceder, sino por la necesidad de recurrir a información ofrecida por el entorno, por el contexto de quien recuerda. Así, Ostiz afirma que “el de Baroja sería un buen ejemplo de cómo, en las memorias, se reelaboran los recuerdos para ponerlos en la escena de papel de la mejor forma posible, con la máxima eficacia”. Sus memorias van construyéndose con recuerdos “primerizos” que se hacen propios “a fuerza de escucharlos”, consultando fuentes de la época como periódicos o recordando lo que se contaba en las veladas familiares o en las tertulias.

Baroja a veces calla cosas o cambiará las datos para que no concuerden, como “medida de precaución”, “detalle de pudor o delicadeza” o para “no dar relevancia al episodio o a quien lo protagoniza”. Trampas más o menos justificadas que nos advierten que no es oro todo lo que reluce, ni bagatela lo que apenas se advierte.

En una de sus finas ironías, Ostiz alude a la forma descuidada de narrar en Baroja en cuanto a ciertos datos, achacándolo a un rasgo meramente literario: “Es de gran estilo, para un memorialista, el comenzar la rememoración de un viaje o de algún episodio biográfico con una imprecisión de fecha que sitúa las cosas en un limbo narrativo”. Esos hechos y personajes reales conformarán su obra literaria, dándole ese “aire de familia”, de “universo montado como un rompecabezas”; piezas “sacadas de la propia vida” que son “bastante identificables y que al final componen un eficaz autorretrato”.

Previo al deseo de contar encontramos en Baroja el deseo de imaginarse personaje contado, de vivir lo que otros escribieron. Es siendo crío cuando, según Ostiz, se convierte en un “Robinson Baroja”, tratando de emular las aventuras del Robinson Crusoe inventado por Daniel Defoe. Encaramado a un árbol, se sentía náufrago de la civilización. Un afán aventurero e imaginativo que sería estimulado con diferentes episodios escabrosos que vivió en sus primeros años, al asistir al proceso de distintos ajusticiamientos públicos, que pronto le harían derivar también sus intereses literarios hacia los de la crónica negra o los folletines.

Por otro lado, esa idea de náufrago en tierra firme se verá subrayada en su autodenominación como “Robinson con chaqueta y sombrero hongo”. En este sentido, Ostiz lo contradice muy certeramente, pues su deseo de apartarse de los otros queda desmentido por su visita a las tertulias, su afán por darse a conocer en los medios escritos o su intento de hacerse con ellos y con otros, como la editorial de su cuñado Rafael Caro Raggio. Ello no quita para que “soledad” de “monje laico” sea “casi sinónimo de Baroja”. Tal vez en sus memorias no deje títere con cabeza o sean más los enemigos que los amigos citados por el miedo a perder la categoría de hombre solitario. También su propia atracción y rechazo hacia las relaciones con las mujeres, hacia el deseo sexual y el amor, probablemente se debiera a su miedo a ir más allá, al compromiso.

Y es que muchas de las múltiples personalidades barojianas funcionan como incoherencias puras. Un ejemplo serán sus estudios en medicina, pues Baroja siente la misma vocación médica que la de “quienes no tienen vocación alguna”. No obstante, no sólo “le matriculan” (la familia) en farmacia, sino que pasa por el Hospital de San Carlos (hoy Museo Reina Sofía) y se doctora con la Tesis El dolor. Estudio de psicofísica (estando en su tribunal Santiago Ramón y Cajal). En El árbol de la ciencia referirá a todo ello sin referirse a él (pues preferirá que otros personajes lo hagan evitando hablar de sí mismo, soñando con posibles caminos que anduvo o estuvo a punto de andar). Zalacaín y Shanti Andía serán los aventureros que él nunca fue.

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El árbol de la ciencia (Letras Hispánicas)
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  • Baroja, Pio (Autor)

También será médico rural en Cestona y allí se interesa por la lengua vasca, que nunca llegará a hablar bien. Su dispersión y afán curioso le hará pasar de ser médico a panadero, trabajando en el negocio de su tía Juana Nessi y todavía famoso Viena Capellanes. Esas paradojas le llevarán también a sus contradicciones, pues lo mismo será un hombre metódico y rutinario (gracias a lo cual logró crear una obra literaria inmensa) que se rodeará de la bohemia conformada por esa gente pintoresca y marginal en la que casi nadie se fija. Será quien protagonice esa “lucha por la vida” de los argumentos barojianos. Los admirará y a su vez renegará de ellos, en una “extraña mezcla de dionisiaco y puritano”. Como expuso en La sensualidad pervertida, “cada uno se reúne por instinto con el que se parece a él, aunque no lo quiera”.

Como forma de darse a conocer como escritor y de foguearse en el oficio, flirtea con el periodismo y llega a colaborar en los diarios El Globo y El Pueblo Vasco o en la revista España; en calidad precisamente de cronista se embarca hacia la guerra de Marruecos, cuyos escenarios describe con el aire de cuadros de Fortuny; pero, como muy bien dice Ostiz, el exotismo y aventura no van con él y prefiere dejarlos para su literatura.

Marcha a París y allí conoce fugazmente a Oscar Wilde; también viaja a Inglaterra y a Italia, se pierde en sus calles y atrapa sus detalles, la atmósfera europea que luego vierte en sus textos; ya en España entra en dimes y diretes con Rubén Darío, quien le describe como “un escritor con mucha miga” por lo de ser panadero, a lo que el otro no corto ni perezoso le contesta que es un escritor de “pluma” por lo de ser “indio”.

Baroja sería considerado ahora como políticamente incorrecto, pero poco le importaría dado su carácter. Definido como huraño las más de las veces, visto como nacionalista fuera del país vasco e incómodo para la causa de muchos de dentro, a Baroja hay que viajar sin prejuicios y entendiendo su carácter contradictorio (que viene siendo el carácter del ser humano, mal que nos pese). Aunque él mismo luchará por construirse su personaje, ese que luego se le volvió en contra cuando se le ridiculizó por vestir frac al ingresar como académico de la lengua (que no de la “legua”, tan caminado era).

La influencia de Baroja en otras disciplinas o ramas artísticas es clara, por cuanto disfrutó en vida de adaptaciones cinematográficas realizadas de sus textos, como la versión muda de Zalacaín el aventurero (Francisco Camacho, 1929) -donde llegó a interpretar el papel de Egozkue, el Jabonero-, la interpretación de El horroroso crimen de Peñaranda del Campo como uno de los sketches del film Al Hollywood madrileño (Nemesio Sobrevila, 1927) o Las inquietudes de Shanti Andía (Arturo Ruiz Castillo, 1947). Se sabe incluso que Santiago Ontañón estuvo trabajando en una versión fílmica de La feria de los discretos durante 1936, cuando estalló la Guerra Civil.

En el ámbito musical, Pablo Sorozábal convirtió en “ópera chica” (en relación con su corta duración y con el “género chico” zarzuelístico) Adiós a la bohemia (y que la mujer de Sorozábal titularía, de cara al fracaso de su estreno y reposiciones, “Adiós a la taquilla”). De los gustos musicales de Baroja, basta señalar la anécdota en la que le sugirió al compositor una serie de modificaciones en la partitura, a lo que éste le contestó que de música no entendía “ni pío”.

Ostiz organiza este “totum revolutum” que es la vida barojiana con esa visión que se exige para su correcto estudio: haciendo uso del criterio de quien conoce bien sus andanzas, verdades y enmascaramientos literarios, aclarando los oscurecimientos y respetando pero sin halagar la figura del escritor, siempre desde la crítica objetiva. Como él dice, “conviene no idealizar a Pío Baroja. Seguir sus pasos, sí, pero dejar el incensario en casa”.

Su nueva biografía posee una poética única que le permite aportar datos sin renunciar a su estilo y personalidad como escritor antes que biógrafo.

No lo ha tenido fácil en todos estos años de investigación y recopilación de datos que le convierten sin duda en el mayor conocedor de don Pío. Su interés llegó a acercarle a la familia del autor desde su Itzea; a esta casa familiar llegó tras la muerte de Julio Caro y a ella retornó en diversas ocasiones en estos años como estudioso. Esa casa que Baroja adquirió en 1913 y de la que siempre se sintió orgulloso. Era toda ella un “teatro de la memoria”, pues ruinosa la encontró y reinventada la dejó al morir, desde los supuestos escudos de piedra que le unían a su linaje, pasando por esa “cacharrería del alma” que reunió como buen “chamarilero” a lo largo de su vida y que habla de él y de su personalidad como autor y como “exhibidor” para sorprender al visitante. Todo ello uniéndose como eslabón a otros aparentemente perdidos de su historia familiar, su mitología dinástica o de linaje. Los Alzate o el Aviraneta, figuras pertenecientes al “folclore familiar”. Y, cómo no, su suntuosa biblioteca, resultado de su pasión bibliófila, que lo lleva a su relación con otros eruditos y poseedores de grandes bibliotecas como el navarro José María de Azcona.

No obstante y a pesar de su defensa de la búsqueda del dato minucioso y objetivo, los datos biográficos de Baroja se sumen como ya hemos dicho en una auténtica ceremonia de la confusión. Y es aquí donde Sánchez-Ostiz realiza una labor encomiable de investigación, destacando el periodo de la Guerra Civil, donde los propios Baroja incurren en imprecisiones y errores de bulto sobre sucesos decisivos, como la detención de Pío al comienzo del mismo alzamiento, su posible asesinato y su encarcelamiento durante una noche de incertidumbre.

Gracias a su trabajo contrastando datos oficiales y otros pertenecientes a manuscritos y legajos, Ostiz desmiente informaciones dadas por válidas históricamente y apunta otras por estudiar (siendo imposible en muchas de ellas determinar lo que sucedió y en qué forma), reivindicando la necesidad de arrojar luz sobre este y otros periodos donde la figura de Baroja se oscurece o difumina. Porque la literatura puede ser invención, memoria o ambas cosas (las más de las veces), y este Pío Baroja, a escena, es un perfecto de este gran teatro del mundo.

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Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo. Madrid (1988).

Es Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid e investigador independiente.

A lo largo de su trayectoria ha publicado artículos académicos en diversas revistas especializadas como Síneris, Femeris, Asri, E-Innova, Archivos de la Filmoteca, Re-Visiones, Aniav, Quaderns de Cine, Miguel Hernández Communication Journal o Espacio, Tiempo y Forma.

Así mismo, ha participado como ponente en diferentes congresos nacionales e internacionales organizados por prestigiosas instituciones como el Instituto Cervantes, la Universidad Complutense o la Autónoma de Madrid, la de Alcalá de Henares, la Politécnica de Valencia o la de Huelva.

También colabora en revistas digitales como Mutaciones o Cualia, en medios de prensa como El periódico de aquí o Crónicas de Siyâsa, y en el programa radiofónico Frecuencia 7 de Los 40 Principales, en la Cadena Ser.

Actualmente compagina estas actividades con su trabajo como docente.

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