Hay situaciones de nuestra vida que forman parte de la Historia con mayúsculas, que nos hacen enmudecer. Hace tiempo —hace mucho de tiempo— que me he quedado sin palabras. Y no sólo me sucede a mí; le sucede a mucha gente, a muchísima gente en todo el mundo. Y este hecho nos hace replantearnos la pregunta: ¿por qué la gran mayoría de la población del mundo no tiene la fuerza que le correspondería por naturaleza?
Hace un par de semanas que en Madrid se convocó a líderes europeos y de otros países sensibles para hablar de la posibilidad de constituir dos estados —palestino e israelí—, que aseguren en el futuro una convivencia en paz de las partes implicadas. Personalmente he querido estar muy atenta a este hecho, que es de importancia crucial, humanitaria y estratégicamente.
Sé de mucha gente que es sensible a esta efeméride. Y me pregunto: ¿Alguien ha oído en los medios alguna noticia de cómo se ha desarrollado este encuentro en Madrid? No me lo puedo creer. No he visto ni oído que ningún medio que llegara al gran público se hiciera eco de las conversaciones.
Otra cuestión —que no es para nada cuestión aparte— ¿es: por qué habiendo tanta gente en todo el mundo conmovida por el genocidio cotidiano de ya hace demasiado tiempo de Israel contra Palestina no hay manifestaciones masivas, clamorosas, para promover y apoyar la acción de la clase política?
Responder a esta pregunta se me hace difícil. Y la palabra tiene muchos repliegues: difícil porque hay preguntas que nunca son sencillas de responder, pero también —y este aspecto es el que ahora quiero subrayar— porque la posible explicación, en este sentido es más peliaguda y más desesperanzadora: es un hecho que una gran parte de la gente del mundo es buena gente, gente que entiende lo que nos quieren vender como complejo y que no tiene nada de complejo: un genocidio es un genocidio. Ante tamaña realidad debemos paralizar otras agendas, agendas políticas nacionales no tan importantes como la obligación de poner nuestra energía a frenar un crimen que no tiene palabras y que no podemos dejar pasar de ninguna de las maneras.
Nada en ninguna agenda política nacional es más importante que intentar parar un genocidio o intentar conseguir paz para regiones que están constantemente en guerra. Creo que debemos admitir como una realidad que la mayoría de la gente ya no espera nada o muy poco de la clase política. Decir esto es grave, muy grave. Y peligroso, porque amenaza el futuro hasta el punto de imaginar un no-futuro (sea cual sea se quiera o pueda pensar que ese futuro sea o no sea). ¿Ya no hay ninguna esperanza? ¿Ya no creemos en nada? ¿En qué creen las jóvenes generaciones? ¿Creen en algo? ¿No? ¿Tenemos alguna culpa?
Siempre he pensado que los valores básicos son los que deben conmover y mover los actos humanos en todo el mundo, los personales y los de la política. Hay que ponerlos en primera línea. Más importante no hay nada. Y me parece tan sencillo como esto. No hay que añadir nada a esto. Lo que sí que hay que añadir son otros conflictos mundiales, en los cuales estamos implicados/das y de los que los medios de comunicación tampoco se hacen el eco que les corresponde (y nos corresponde). A todos estos conflictos me refiero. A todos.
Ya hace demasiados años que hablamos de mundo global y de globalización, y sólo nos hacemos cargo (o sólo los medios de comunicación más populares se hacen eco) en cuanto a la economía. No; debemos establecer los valores de base por los que todos/as debemos luchar y comprometernos. Sólo así salvaremos algo para las generaciones que vienen. Sólo así habrá merecido la pena haber vivido. Y dar esperanza a nuestros hijos e hijas.

















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