Las nueve musas
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Juan Guerrero Ruiz, Murcia 1893, Madrid 1955, a quien García Lorca dedicó el Romance de la Guardia Civil Española con estas palabras: A Juan Guerrero. Cónsul general de la poesía.

Juan Guerrero
Juan Guerrero (Cónsul general de la poesía) con García Lorca

Amigo y colaborador de Juan Ramón Jiménez sobre quien escribió: Juan Ramón de viva voz, diario de sus conversaciones con el poeta, libro imprescindible para conocer el mundo literario de los años veinte y treinta.

Uno de nuestros mejores lectores, bibliófilo del siglo veinte, coleccionista de autógrafos, excelente fotógrafo, autor de algún corto, corresponsal de casi todos los escritores de esos años, amigo de pintores y escultores.

Aún no había cumplido los cuarenta y tres, cuando teniendo todo dispuesto para ocupar un puesto de profesor en la Universidad de Río Piedras, Puerto Rico, donde pasados unos años se reuniría la familia con Juan Ramón y Zenobia, se le niega el pasaporte. En aquellos primeros días de la guerra era muy difícil prever lo que ocurriría al día siguiente, Así que, Juan Guerrero, se limitó a cumplir con su trabajo como secretario en el Ayuntamiento de Alicante, siguió organizando sus papeles, releyendo lo escrito, tratando de ayudar a los niños refugiados que habían sido recogidos por Juan Ramón y Zenobia, expuesto a bombardeos, paseando por el puerto recordando a un Sigüenza melancólico.

Nunca sabremos cómo habrían sido sus clases. Sin embargo, me gusta pensar en Juan Guerrero profesor, con Zenobia y Juan Ramón en el mismo departamento, conocedor de todos los papeles del poeta, dueño de ese hacer y deshacer que constituye su obra, habría proporcionado a los alumnos no el relato, la suposición, sino la realidad misma, porque aquellos textos que luego serían reunidos en Juan Ramón de viva voz, ya estaban escritos, edición póstuma, 1961, Ínsula, primera edición de Ricardo Gullón; segunda, íntegra en dos volúmenes por Pre-textos, prólogo y notas de Manuel Ruiz-Funes, años 1998 y 1999.

¿Cómo habrían sido sus clases?, seguro que, lejos de la monotonía que supone el dictado de un texto, resultado de una colección de opiniones sobre el origen del poema. Imagino una clase luminosa en la que cada alumno tiene el libro que va a ser sometido a análisis. Todos conocen ya esas páginas sobre las que van a trabajar, quizá las hayan memorizado y tengan notas o preguntas que den lugar a un fecundo diálogo.

Probablemente, tras aproximar el autor a sus alumnos, se traslada al lugar donde escribe, lo que ve desde su ventana o balcón, comenta alguna de las horas que dedica a pasear, dialogar, lectura de periódicos, revistas, libros, el último cuadro, el último concierto. Claro que también trata sobre su trabajo, escritores, editores, libros, vecinos, la calle en la que vive.

Luego, pide que abran el libro que va a ser tratado, la cubierta, la primera página, que vean quién ha sido su editor, la fecha, el tipo de letra, cómo es el papel, que lo aproximen y lo huelan. Un libro siempre despide ese olor de tinta fresca, si es nuevo; cuando es de segunda mano, declara el lugar donde ha estado, quién lo ha leído, a veces puede que encontremos entre sus páginas una nota, la carta que quedó olvidada.

Todo poema es un organismo vivo. En el libro aparece, perfectamente trabado, el texto final. Contiene ya esas posibilidades que propician múltiples lecturas. Sin que sea obstáculo para que Juan Ramón pueda convertirlo en otro.

El lector ha de encontrar el ser del texto, ese lugar donde coinciden la palabra en su plenitud de sentido y sonido, más otra cosa a la que llamaremos misterio, algo así como el dibujo donde una línea define el acierto, no por el parecido, sino por la armonía, donde el objeto en sí ya no interesa. Ocurre cuando el receptor atento descubre algo, que parecía dormido y ve, no tanto en la página, sino en su vivir, que los versos se han transformado en luz, transparencia.

El poema a veces se convierte en himno, no por solemne, sino porque anuncia un espacio donde inteligencia y emoción se unen y hace que los ojos, mientras siguen viendo lo que ven, contemplan algo más, de tal modo que la forma sucede como sujeto con quien dialogamos.

Imagino esta clase en la que, Juan Guerrero, a instancias de Juan Ramón, trata algunos de sus poemas.

Así podría haber comenzado: ¡Buenos días! Vamos a leer un poema muy breve, pertenece a Piedra y Cielo, (1917-1918), dice así:

53

¡Libro, afán
de estar en todas partes
en soledad!

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Piedra y cielo (LETRAS HISPANICAS)
8 Opiniones
Piedra y cielo (LETRAS HISPANICAS)
  • Jiménez, Juan Ramón (Autor)

Abran las ventanas, oirán el ruido del exterior, respiren el aire de la mañana, no están ustedes en un aula, no están en la calle, cierren los ojos, ahora oyen el mar, el aire que mueve las palmeras, los gritos de las gaviotas. a lo lejos se oye el motor de una lancha. Piensen en la palabra “Libro”…Imagínenla con mayúsculas, “LIBRO”, con minúsculas, “libro”, recuerden el texto que están leyendo, la obra que más les ha entusiasmado, piensen cuándo fueron conscientes de que la escritura era otra cosa, capaz de alterar el mundo de cada uno, porque siendo los mismos, sucedía que todo se hubiese aquietado, el tiempo había desaparecido.

Ahora traten de recordar una pieza musical que, sin saber cómo, ha capturado su atención, les aparta del momento, les lleva a sí mismos. Piensen en aquella “música de las esferas”. Volvamos a este suelo, contemplen las losas, sus zapatos. Sin movernos, trasládense a un museo, elijan un cuadro del XX, piensen en la Bauhaus, un Kandinsky, les bastará con algún punto, alguna línea, el color, todo puede ser visto de otra manera, incluso llegarán a percibir cosas que nunca han visto.

Pero volvamos a las primeras palabras: Libro y afán. El objeto y el deseo, un deseo entusiasta. Hay objetos hechos para contemplar, agradan; otros, son rechazados. La inmensa mayoría son invisibles, aunque están, no participan, no nos acompañan. El libro es un objeto especial, basta enfrentarlo a nuestros ojos y comienza a hablar, supone una interrogación, ¿qué nos dirá?

Aquí no trata Juan Ramón de uno con autor y título, presenta una relación, compartida, deseada. La materia no importa, equivale a decir que el libro para ser leído requiere el desprendimiento, alcanzar la soledad, disposición idónea para celebrar el encuentro. Todo libro se convierte así en un espacio donde es posible una comunicación en plenitud, una comunión.

Y, ¿cómo se alcanza? Estando solos, no, mejor en soledad. La lectura nos transporta a ese lugar donde, abstraídos, somos nosotros mismos, somos un yo frente a un tú. Ese yo no es torre de marfil, sino total consciencia. El libro y el lector son ya uno mismo.

Los alumnos conforman un tú que escucha. No toman notas, atentos, mantienen un monólogo interior.

Pasemos ahora a otro poema, pertenece a Eternidades,1916-1917:

36

¡No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti mismo!

 ¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo, reciennacido
eterno,
no te puede seguir.

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Nueva y original edición de Eternidades (1916-1917) (Ensayo)
  • Used Book in Good Condition
  • Jiménez, Juan Ramón (Autor)

Lo importante es llegar, no importa cuando. Quien entrevé, lo vera, dice el poeta en uno de sus aforismos.  Una lectura apresurada informa sobre el argumento, conocemos así al protagonista, sus peripecias, el contexto en que se desarrolla, datos circunstanciales, no inciden en el ser de la obra. Toda lectura exige relectura, es entonces cuando comenzamos a ver.

A menudo es bueno que tomemos unas notas, Conviene que lean con lápiz y papel, así el diálogo con el libro es más profundo, es verdadero. Sería interesante que si salen a pasear lleven algunas de esas notas, comprobarán que ganan en profundidad.

Alguien me contó esta historia que parece un cuento… Recuerdo que de joven me gustaba correr. Una noche volvía del cine de verano, atravesaba una pequeña plaza para llegar a mi calle, cuando de entre la sombra alguien me paró y me dijo: no corras, dónde vas tan aprisa. Tendría unos dieciséis años y acababa de leer ese mismo día el poema. Consideré aquel encuentro como un suceso extraordinario, como si aquella voz me desnudase. Entendí que la lectura puede ser algo profundo que afecta a la vida, al destino. Me vi como un niño recién nacido, absolutamente disponible. Los alumnos sonríen, también gozan de ese encuentro.

Juan Ramón no se conforma con aconsejar, agrega el porqué. Personaliza al niño del yo que cada uno somos, ese recién nacido. Indica que seamos pacientes. Es el momento en que hay que convertirlo en compañía, imprescindible el diálogo. No somos un doble yo, sino un yo y un tú. Veamos, ahora otra manera de entrar en la poesía, en estas Eternidades:

3

¡INTELIGENCIA, dame
el nombre de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mi vayan todos
los que nos las conocen, a las cosas;
que por mi vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mi vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre esacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

Primero veamos que es esa inteligencia a la que se refiere, cuál es su etimología, latín intelligentia, deriva de inteligere, compuesta por inter, entre, y legere, elegir, por tanto, se refiere a la capacidad de elegir, y para ello será preciso penetrar en el ser mismo. El poeta pide a la inteligencia el nombre, porque es donde reside el camino. Si se desconoce la denominación, vivimos entre la niebla. Dar con la palabra es dar con la cosa.

El poeta no tiene otro poder, de ahí que aspire a que su nombre sea la cosa misma, desprendido de todo uso, costumbre, tópico. El poeta nos asoma al nacimiento del poema. Así compartimos con el autor ese alumbramiento. Claro que ahora ha alcanzado su voz, su palabra. El acto poético se convierte en acto de conocimiento. El poema no es una casualidad, sino un encuentro.

Al nombrar la cosa, el poeta la lleva al principio, asistimos a esa iluminación. ¿Presuntuoso?, cuando afirma que por él vayan todos a las cosas, pero el caso es que, si se mira objetivamente, el poeta aspira a que los lectores le sigan. De ahí que sean los que no las conocen, los primeros, porque por la lectura descubrirán que existen. Además, los que ya las olvidan, es decir aquellos que andan distraídos, ocupados, así cuando lo lean volverán a lo esencial. También, ¿cómo no?, a quienes las aman. Quizá debemos preguntarnos qué cosas son. Aquí cosa es algo esencial, con ese término comprensivo se refiere a un todo, tanto concreto como abstracto. Cosa es mundo, experiencia, vida.

Como pueden ver, el poeta se ha convertido en un conductor de lectores, no para imponer algo, no para juzgar, está muy lejos de ser contable o juez. El mundo está ahí y siempre puede ser nuevo. El lector, que ustedes representan, nunca es universal, sino que, como se dice en nuestra lengua: ca uno es ca uno y naide es más que naide. Por tanto, busquen la llave que les corresponda y abran esa puerta que es siempre todo poema.

Vuelvan a leer estos libros, dialoguen como si tratasen con un amigo… Seguiremos hablando el próximo día.

Última actualización de los productos de Amazon el 2024-05-29 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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