Las nueve musas
Cuerpo

¿Mi cuerpo me pertenece?

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Preguntarnos si nuestro cuerpo nos pertenece, equivale a preguntarnos si nuestra vida nos pertenece. Un cuerpo vivo es una vida. Y un cuerpo vivo es materia y espíritu.

El espíritu es la parte inmaterial del individuo, el intelecto, la razón, lo que hace posible el pensamiento, los sentimientos, las emociones… Sin embargo, el espíritu no puede desligarse de lo material, del cuerpo. Cuerpo y espíritu conforman un todo de dos partes, la material y la inmaterial, que se complementan y no pueden subsistir una sin la otra, a menos que creamos en el alma y en su existencia inmortal, fuera del cuerpo, cuando éste haya muerto.

En cualquier caso, es la parte del cuerpo que llamamos espíritu lo que nos interesa ahora, porque implica al ser humano universalmente, tanto al creyente como al agnóstico. Cabe decir que la muerte sobreviene cuando el espíritu abandona el cuerpo.

La polémica pública que se inició sobre esta temática en nuestro entorno cultural estaba relacionada con el derecho al aborto. Entonces —y ahora— las defensoras y los defensores de este derecho esgrimían pancartas con el eslogan ¡Mi cuerpo es mío!, los detractores, en cambio, hacían referencia al cuerpo embrionario que la mujer estaba gestando, dando a entender que poner fin a la gestación equivale a matar una vida en proceso de desarrollo. Ante un planteamiento tan grave, que hacía del aborto sinónimo de asesinato, la cuestión es plantearse: ¿cuándo comienza una vida? ¿A partir de qué momento podemos afirmar que un ser humano es un ser humano, cuándo es una vida? Si partimos de la afirmación de más arriba, que la vida de un ser humano es cuerpo y espíritu, debemos responder que un feto no lo es, tanto más si consideramos que el feto, según definición, no se entiende como tal hasta la décima semana de gestación, por lo que la legislación de muchos países pone como tope esta cifra para reconocer un aborto como legal.

Desde hace años, sin embargo, se han ido añadiendo otras consideraciones que pueden suscitar dudas: el suicidio, la eutanasia, el cambio de sexo, las operaciones por razones estéticas…

El espíritu de cada individuo —hemos dicho que el espíritu se encarga de las percepciones, sentimientos, emociones, capacidad de razonar y que es parte indispensable del cuerpo humano vivo— interviene en cada uno de estos ítems; es lo que incita la decisión, más claramente aún que en el caso del aborto. Cada ser humano, individualmente, es responsable de su propia vida. El individuo ha sido puesto en el mundo por decisión de otros, los padres (o por un acto de violencia, sin decisión), pero ¿hay alguna duda de que el individuo puede poner fin a su vida por voluntad propia?

Quitarse la vida es un derecho humano, por las razones que el humano considere que es necesario hacerlo. Nadie puede ponerse en el lugar de la persona sufriente por dolor psíquico o físico. También el cambio de sexo se debe a este dolor: la no identificación entre un cuerpo biológicamente definido y un espíritu definido y sentido en la dirección contraria a la definición biológica del cuerpo. Las razones estéticas pueden ser mucho más caprichosas, aunque no siempre lo son (por ejemplo la deformación de la cara u otra parte del cuerpo de alguien por un accidente o porque un acto de violencia ajena que ha querido dañar, pero ¿no nos asaltan las mismas dudas cuando pensamos en alguien que ha perdido una parte del cuerpo y se le hace una intervención quirúrgica para subsanar tal pérdida?).

Todos estos capítulos tienen en común que, de algún modo, implican a otras personas: en el caso del aborto implicarían al niño en proceso de gestación (si se considera que ya es persona de alguna manera, algo que la ciencia no parece avalar hasta la décima semana) y el personal sanitario encargado de asistir el aborto. Todos los demás extremos también implican a otras personas: el ser humano es un ser social por excelencia: el suicidio tiene consecuencias sobre los amigos, los familiares…, también la eutanasia, el cambio de sexo… Y no pensamos en lo que implica para la persona que quiere suicidarse o acceder a la muerte digna. ¿Qué prevalece? Lo expuesto plantea preguntas, la reflexión sobre ellas puede ayudar en una u otra dirección.

En cualquier caso, creo que es necesario considerar en primera línea el derecho de la persona afectada a decidir. Puede ser un acto de amor y/o respeto. Lo es.

Anna Rossell

Anna Rossell

Anna Rossell (Barcelona –España, 1951)

De 1978 a 2009 profesora titular de la Universidad Autónoma de Barcelona en la especialidad de Lengua y Literatura Alemanas (Filología Inglesa y Germanística) y crítica e investigadora literaria en Barcelona, Bonn y Berlín.

Actualmente se dedica a la escritura creativa, la crítica literaria y la gestión cultural. Como gestora cultural organiza los recitales poéticos anuales estivales Poesía en la Playa, en El Masnou (Barcelona) y ha sido miembro de la comisión organizadora de los encuentros literarios bianuales entre continentes TRANSLIT. Actualmente organiza los Recitals de Poesia i Música VinsIdivina.

Colabora regularmente en numerosas publicaciones periódicas literarias nacionales e internacionales: Quimera, Ágora de arte gramático, Crítica de Libros, Revista Digital La Náusea, Realidades y ficciones, Las nueves musas, Nueva Grecia, Terral, Núvol y en revistas especializadas de filología alemana.

Entre sus obras no académicas ha publicado los libros Mi viaje a Togo (2006), El meu viatge a Togo (2014), Viaje al país de la tierra roja, Togo y Benín (2014), Viatge al país de la terra roja, Togo i Benín (2014), los poemarios La ferida en la paraula, (2010), Quadern malià / Cuaderno de Malí (2011), Àlbum d’absències (2013), Àlbum de ausencias (2014), Auschwitz-Birkenau. La prada dels bedolls/La pradera de los abedules (2015) y las novelas, Mondomwouwé (2011) y Aquellos años grises (España 1950-1975) (2012), Aquells anys grisos (Espanya 1950-1975) (2014).

Es coautora del libro de microrrelatos Microscopios eróticos (2006).

Cuenta en su haber con algunas traducciones literarias del alemán al español, entre ellas El Elegido, de Thomas Mann.

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