Las nueve musas
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Parece increíble que esta serie lleve ya más de 20 años al aire. No sé cómo la clasifiquen en España, pero en México es una serie de las más queridas por el público de “televisión cultural”.

¿Por qué es tan sencillo amar esta obra? Tal vez porque nos recuerda los lazos amables que unen a América Latina con España: esos que no están hechos con las armas y la sangre de conquistadores y conquistados, libertadores y expulsados. Es otra materia la que la constituye: afinidades en la lengua; el pacto familiar que tanta dicha y tantos disgustos otorga; la música bailada, escuchada y cantada; la comida compartida.

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Nos recuerda que el intercambio es en ambos sentidos a través del océano: Raphael y Héroes del Silencio para América Latina, Armando Manzanero y Leonadro Fabio para España. En su lógica abarcante y certera está también la presencia de Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, pero como mexicano, las relaciones iberoamericanas me conciernen más.

En la dinámica familiar es donde se halla la mayor fuente de similitudes: Antonio Alcántara Barbadillo (Imanol Arias) es el padre y esposo emprendedor, trabajador, autoritario, soberbio, pero al final amoroso y en gran medida dependiente de su esposa; Mercedes Fernández (Ana Duato) es la madre y esposa amorosa, luchona, solidaria, eminencia gris y pilar de la familia. No es ningún eufemismo ni un cliché: es una realidad que la mayoría de las madres se encargan de los hijos, y con gran frecuencia son cabeza de familia.

La voz narradora es la de Carlos Alcántara (Ricardo Gómez), el hijo de Antonio y Merche, quien funge como hilo conductor, pero muchas veces desaparece prácticamente para dar paso a los conflictos de sus padres y demás parientes: Inés (Irene Visedo / Pilar Punzano), la hija rebelde y artística; Tony (Pablo Rivero), el hijo mitad abogado y mitad periodista; Herminia López (María Galiana), la abuela tierna y sabia; Miguel (Juan Echanove), el tío izquierdista; la Paca (Ana Arias), esa sobrina de carácter explosivo… la serie retrata una realidad indiscutible: más allá de del contexto socioeconómico y los acontecimientos nacionales e internacionales, la familia nos define.

Por supuesto están también los amigos, los compinches, principalmente Josete y Luis; las amigas y novias como Karina, y toda la red de relaciones que se tejen con vecinos, jefes, profesores, colegas, compañeros y enemigos.

Ninguno de los personajes es perfecto: vemos izquierdistas que, tras su apariencia de liberalidad, pueden ocultar una incapacidad para comprometerse con las personas; curas que reniegan o al menos ven tambalearse su fe, hermanos que rompen toda comunicación por menos que “las acciones de la empresa”: un malentendido, un mal negocio.

Otra de las virtudes de cuéntame es la entrañable banda sonora, donde desfilan desde la música melódica, el bolero y la canción de protesta, hasta el punk.

Por último, me queda mencionar el cuidado en los detalles que hacen natural esta producción, por ejemplo, cuando las mujeres platican al tiempo que realmente cocinan.

El público ha visto crecer a Carlos y su familia, y no sólo eso: hemos crecido con ellos, nos hemos asomado a cosas que no comprendíamos o no queríamos comprender, hemos lamentado sus pérdidas y disfrutado sus alegrías, y nos hemos impresionado ante la sinceridad de la serie, no porque le pase a una familia todo lo que le ocurre a los Alcántara Fernández, sino porque nos han ocurrido al menos algunas de esas cosas. Los guionistas no nos ahorran situaciones tan tangibles y duras como los divorcios, las muertes, los encarcelamientos, el acoso laboral.

Finalmente, al mostrar estas debilidades humanas, “Cuéntame cómo pasó” nos recuerda que es muy cómodo ver sólo la paja en el ojo ajeno. Cito de memoria a Inés Alcántara, durante su proceso de recuperación: “Nadie se acuerda de Inés la rebelde, pero todos se acuerdan de Inés la Junkie”.

Decíamos que Carlos ya creció: ya ha compartido más que besos con las chicas, ha sido dueño de un bar, se compró una moto y se fue de casa, terminó la mili, incluso ha comenzado a entender a su padre. No sabemos cuándo ni cómo terminará esta serie. Quisiéramos que no termine.

Valdemar Ramírez Loaeza

Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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