Las nueve musas
La casa

Lo femenino-masculino en la casa

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Templo, analogía del Yo en los Libros Sagrados

La casa y la ciudad a lo largo del tiempo se han tomado como símbolo del Yo:  el cuerpo es la casa del alma, el cerebro el templo del espíritu, la sangre el hogar del aliento, la sombra la ciudad de la carne, la mente la residencia de la Palabras, los ojos la morada de la Escucha, la pituitaria la residencia del Tercer ojo y el Silencio la ciudad de Allah.

Aunado a ello, se encuentran sus habitantes: la loca de la casa o la imaginación como la llama santa Teresa, los siete lenguajes, llamados moradas, cielos, chacras, y el yin yang, lo femenino – masculino en el interior de los hemisferios derecho e izquierdo, quienes contraen el  sentido de la vida, y expanden la esencia de la existencia, porque esta dualidad ejercida desde el origen de la creación, mucho tiempo antes de que el ser humano dominara el mundo trae consigo estas dos visiones principales en una Unidad de percibir el mundo, estas al separarse provocan un desequilibrio en cada centímetro del universo, provocando subjetividad, en la justicia, la cual tiene su raíz en lo objetivo, en la bondad – maldad de la ética, y no en el bien y el mal de la moral.

Lo masculino – femenino es la arquitectura de la humanidad, a través de su dualidad se construye y diseña la casa – ciudad que forma al ser humano, como se ha mencionado líneas atrás.

Por ello, estar falto de una de ellas, se asemeja a la construcción de una ciudad sin planos, provocando que con el tiempo esta casa- ciudad se desmorone y derrumbe; por lo que desarrollar una visión de género sin los cimientos de la unidad provoca separar lo que debe estar entrelazado, la unidad lleva consigo las diferencias, por lo tanto, las diferencias no separar sino fortalecen.

¿Se puede hablar de género y de razas?, cuando por esencia sólo existe la raza humana, la cual claro está, se expande en diversas etnias, recordando que la raza es una cualidad biológica y la etnia un fenómeno cultural.

Desde la espiritualidad, si se nombra un género, este debe ser la dualidad, la cual debe comprenderse desde la casa – ciudad, analogía del cuerpo – espíritu. Es decir, primero el ser humano debe comprenderse a sí mismo para después disfrutar y gozar de la arquitectura de la pluralidad de ciudades, edificios y casas.

La literatura, resguarda en sus páginas el recuento de cientos de ciudades, deshoja sus calles, sus aromas, luces, sus edificios y ampara planos de lugares imposibles de visitar, no por cuestión monetaria sino porque han dejado de existir. Por ejemplo, esas calles de París donde un jorobado camina en la soledad de la penumbra hacia el campanario de una iglesia gótica, salvaguarda de la soledad y la melancolía de quien es diferente; o ese mercado mal oliente de pescado donde un bebé es abandonado por la ausencia de olor, ¡cómo olvidar la arquitectura cómplice de un monje que contempla con lascivia a una doncella, o los molinos de viento donde un Quijote se pone en marcha por la utopía!

Paralelamente, la literatura psicológica hace del cuerpo una casa, situando a los seres más cercanos en el interior, donde únicamente teniendo clara esta arquitectura, esa casa que nos representa se podrá resanar.

Está la literatura poética, donde en el interior de esa construcción habita la loca de la casa, y existe la literatura de los Libros Sagrados, la cual hace de D/os el arquitecto perfecto de la creación, mostrando a través de cada ser que lleva en sí mismo la unidad femenina – masculina, eliminado cualquier tipo de género.

La mística judía narra, que dos mil años antes de la Creación del mundo, Hashem, concibió las letras, quienes se fueron presentando ante Él para que eligiera una de ellas, dando inició a la creación del mundo. La primer en presentarse fue la última llamada Tav, sin embargo, una letra antes de la primera llamada Alef, se presentó Bet, Hashem la escuchó y le dijo: contigo construiré la creación porque tú eres Barajá, bendición y porque eres Bet, casa y la creación será una casa para el ser humano, su cuerpo un hogar para su alma, y su cerebro una ciudad para su espíritu.

Esto pareció comprenderlo Mario Benedetti, al escribir:

No cabe duda. Ésta es mi casa,
aquí sucedo,
aquí me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

El cuerpo es una casa – ciudad, en donde cada día se labran edificaciones, sendas de sangre, contiene lagos, ríos, mares, drenajes, hoteles donde se hospedan invitados.

Esa ciudad ha sido diseñada, afinada y detallada en el pasar del tiempo, y de manera semejante a otras ciudades llegan invasores que en ocasiones destruyen una parte o eliminan a toda la ciudad. Dentro de esta ciudad se erigen otras ciudades de células, átomos, neuronas, reflejos perfectos de esa gran arquitectura que es el cosmos, como lo menciona Carl Sagan.

Dentro de esta cimentación de la Creación como ciudad y del cuerpo como casa, en la literatura de los Libros Sagrados se enaltece la unidad – dualidad masculina – femenina, al contrario de lo que se cree, como consecuencia de una pésima lectura del Séfer Bereshit o libro del Génesis, porque tanto en este libro como en los Vedas, el Talmud, la Torá, la Biblia y el Corán se valora de manera esencial lo masculino – femenino.

Recordemos un poco.

D/os crea HaShamaim, el Cielo y HaErets, la Tierra, HaIam, el mar y HaAdam la tierra; dos lumbreras, HaShemesh, el sol y haLevana la luna, HaOr, la luz y HaJoshej, la oscuridad, y crea Ish e Isha, varón y hembra, hombre y mujer los creó, es decir, que Adam, cuyo significado es humanidad, fue creada con lo femenino – masculino, revelando desde tiempo antiguos lo que Carl Jung muchos años después llamaría, Anima y Animus.

Además, tomó del varón una costilla para crear a la mujer, no de la cabeza para que lo dominará, no de los pies para que no fuese su esclava, de la costilla, símbolo de la igualdad. Por otra parte, la Cábala menciona que en la contracción de D/os al crear al mundo surge la Shejiná, su lado femenino, parte ejercida en todo lo creado. Con ello se explica, que todo lo que crece y se crea en la Creación es acto del lado femenino de D/os, y todo lo que tiene relación con las decisiones y sobre el actuar del ser humano, lo ejerce su lado masculino.

Esta visión mística, es tomada por la Astrofísica, la Teoría Cuántica y la Neuroteología, en ellas se expone que en el hemisferio derecho del cerebro se ejerce lo femenino y en el izquierdo lo masculino; el hemisferio relacionado con la creatividad, el arte, es femenino y el hemisferio afín con las decisiones, es el masculino. Siendo por demás aclarar, que el alefato es femenino porque crea el lenguaje y da vida a todo lo que pronuncia.

femenino-masculino

En el Zohar, el libro del resplandor, se señala que HaMila la Palabra, es masculina y Lishmoa, Escuchar es un acto femenino, de esta manera, en el instante donde la Palabra se Escucha, se produce un acto erótico entre D/os y el ser humano engendrando HaDumia, es decir, el Silencio.

La historia del alifato árabe, narra que Alif, la primera letra, personifica al falo del hombre, al unirse con las otras letras, engendra no sólo vocablos, sino que provee de sentido a la existencia del ser humano al otorgarle la Palabra. Dentro del cuerpo o casa del alma, la mente HaSejel es femenina y el corazón HaLev, mientras que el cerebro HaMoaj es femenino -masculino, por ello, en la antigüedad, se creía que el corazón tomaba las decisiones mientras que la conciencia, HaMtspun, resaltaba lo femenino.

Lo masculino resuelve sin tomar en cuenta los siete lenguajes del cuerpo (1. Corporal 2. Emocional-sentimental, 3. Sensorial 4. Instintivo. 5. Racional. 6. Sexual 7. Espiritual). En contraparte, lo femenino crea y se ejerce a partir de ellos.  Lo masculino siendo positivo destruye, lo femenino crea, engendra y resucita siendo el lado negativo. Lo masculino pertenece a la Muerte, lo femenino a la Resurrección. El tiempo, HaEt, es masculino, HaNetsaj, la eternidad, femenina, el espacio HaMerjav masculino y la materia HaJomer, femenina.

Como se puede analizar en la Literatura Sagrada, lo femenino – masculino se entretejen, uno no funciona sin el otro, no existen luchas de poder, ni competencia, porque en todo el universo la dualidad preexiste para complementarse.

La sabiduría antigua, desde el taoísmo hasta el islam, enseña que estas dos polaridades coexisten en cada ser humano, otorgando al género humano un claro signo de diversidad. Esta manera de comprender la existencia, la creación y al propio ser humano elimina de los textos sagrados el dar privilegios al hombre o a la mujer, ambos, asumen una fortaleza física, emocional, sensorial, instintiva, sexual, intelectual y espiritual que cultivan dependiendo las circunstancias en que se involucren.

En contraparte a esta sabiduría, se encuentra la literatura de época, en donde se muestra la sumisión y la lucha de varios personajes ansiosos de poder, así podemos leer obras como Orgullo y Prejuicio de Jane Austen frente a obras como el Segundo Sexo de Simón de Beauvoir.

En la primera, examinamos la aceptación de tradiciones y doctrinas donde la mujer toma una actitud delicada, obediente, en la otra, descubrimos a una mujer en pie de lucha, demandando su poder en la sociedad, donde los hombres han creado un patriarcado para crear una estirpe de mujeres dependientes. Los cuentos infantiles, como bien menciona Beauvoir, fueron manipulados de su historia original y crearon en la mente de la niña, una manera fácil de sobrevivir en un mundo patriarcal, así en su libro mencionado, Beauvoir escribe Desde niñas nos enseñan a ser putas, nos enseñan que debemos ser bellas, para encontrar al príncipe azul, es decir, al mejor postor, el cual nos mantenga y nos solucione la vida.

Pero, ¿de dónde surge esta necesidad de poder, de sobresalir y sobre todo de competir ante el otro? Para responder esta pregunta, debemos irnos mucho tiempo antes de la Revolución Agrícola.

Cuando la humanidad era nómada, su percepción de la vida era completamente distinta, no sólo las ciudades y los caminos les pertenecían a todos, sino, la Creación o la Naturaleza era vista como Madre, porque ella, engendraba todo lo necesario para alimentar a los seres vivos, esto provocaba que el ser humano viese a todos los seres como sus hermanos, como lo toma el hinduismo, el budismo y el pensamiento franciscano.

En esa relación, el hombre se iba de su hogar para cazar, dejando el poder de la morada a la mujer, quien tomaba todas las decisiones y donde la diosa era la fuerza de la divinidad. El varón sabía cuáles eran sus deberes, siendo dos los principales: la solidaridad con sus compañeros, y soltar el poder de las decisiones a la mujer, esto dio paso a lo que se le nombró matriarcado, pero, al llegar la Revolución agrícola, el hombre, ya no tiene que salir a cazar, la creación/naturaleza deja de ser su madre para ser un instrumento explotable, de igual manera que todos los seres vivos. Al ya no salir a cazar, los caminos dejan de ser libres y se los apropia, ahora siembra y debe de quedarse en un sólo lugar, el compañero ha dejado de serlo y se ha convertido en una competencia, frente a esto, toma el poder y deja a un lado a la mujer a quien ve sólo para procrear, satisfacerse y obedecer, despoja a la diosa de los alteres y crea a dioses sementales, quienes al igual que él ven en la mujer un objeto para su divertimento, necesidades, y culpan a su cuerpo de sus malas decisiones.

Es a partir de la Revolución agrícola, donde surge la competencia, la separación de la dualidad creando géneros y la lucha interminable de poderes entre el hombre y la mujer, donde tanto uno como el otro dejan de contemplarse como compañeros y de aprender de sus diferencias.

Esta situación provoca grandes disturbios antropológicos – sociales, los cuales se develan en la literatura, donde se comienza a clasificar y a dar características particulares a cada uno, así la mujer es la femme fatale, la adultera, la puta, la obediente, la virgen, la arpía, la traidora, la que miente, la interesada, quien es bella pero estúpida, por otra parte, está la mujer revolucionaria, perspicaz, pero, quien utiliza su cuerpo más que su inteligencia para ganar la batalla y entre todos estos calificativos, está el hombre, el fuerte, quien obsesionado por el amor, consigue siempre a su presa sea de la manera que sea y es quien regularmente se sale con la suya como se manifiesta en la creación de un dios como Zeus.

Esta situación de competencia y de destejer la dualidad femenina y masculina, ha provocado feminicidios, violencia no sólo del hombre a la mujer sino de la mujer hacia otra mujer, por ello desde la mística hablar de visión de género es querer construir características particulares a partir de un sexo, eliminando el valor de lo femenino -masculino que cada ser humano lleva en sí mismo.

Será sólo a partir de edificar la propia casa con ambos materiales cuando esta se volverá un hogar y una edificación que embellezca la ciudad o la Creación de esa hermosa arquitectura que es el Universo. La Literatura Sagrada, es aquel plano perfecto que elimina esa pregunta hecha por Anna Ajmátova, en su poema Sótano del recuerdo, donde se cuestiona:

Pero, ¿dónde es mi casa y dónde mi condena?

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Martha Leticia Martínez de León

Martha Leticia Martínez de León

Hermeneuta en Libros Sagrados y Lenguas Antiguas.

Maestra en Ciencias Bíblicas y Hebreo Antiguo. Maestrante en Estudios Judaicos por la Universidad Hebraica. Licenciada en Ciencias Religiosas por la Universidad Pontificia de México. Especialidad en islam por la Universidad de Al Azhar de El Cairo, Egipto.

Especialidad en el Pensamiento del Papa Francisco y el Libro del Apocalipsis por el Boston College.

Especialidad en Música Contemporánea (Piano-guitarra).

Generación XXXII de la Sociedad de Escritores Mexicanos (SOGEM).

Ha publicado treinta y siete libros en México, España, Estados Unidos e Italia en diversos géneros literarios y teológicos.

Conferencista a nivel internacional.

Creó y desarrolla la teología del Silencio y de la Carne la cual entrelaza con la investigación mística, científica y musical bajo el nombre de “Lectura gemátrica, pitagórica y cuántica del Séfer Bereshit 1-3 -Hashem se revela a través del Big Bang-

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