Las nueve musas
la vida en el ártico

Latitud 80 N: la vida en el ártico

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El archipiélago de Svalbard constituye el lugar habitado situado más al norte del planeta. Descubierto por Willem Barents en 1596, estas islas pertenecientes a Noruega se encuentran al norte del círculo polar ártico.

Apenas quedan territorios a lo largo y ancho del planeta en los que el hombre no haya dejado su huella. Svalbard no es una excepción, a pesar de la extrema latitud. Visité las islas por primera vez a principios de un mes de junio a bordo de un rompehielos. No podía evitar preguntarme cómo sería la vida aquí durante el largo invierno con días nocturnos y el verano con noches diurnas; y lo más importante, ¿habría seres humanos que resistieran el paso del tiempo en esta tierra inhóspita y fría? ¿Cómo lograban aclimatarse a esos cambios tan radicales en el ciclo de las estaciones y cómo afectaba la luz a sus ritmos circadianos?

Latitud 80Spitsbergen es la única isla habitada del archipiélago. Su capital,  Longyearbyen, es el centro neurálgico de excursiones y aventuras polares. Es una localidad no muy grande (no me atrevo a llamarla «ciudad»), con casas de madera de pintorescos colores, cuyos propietarios no tienen ni voz ni voto sobre sus gustos personales, ya que es el arquitecto quien decide pintarla de un determinado color en función de la tonalidad del entorno y siempre en concordancia con los paisajes árticos.

Las viviendas se construyen sobre pilares de madera que se entierran cuatro metros en el suelo. El motivo es muy simple: no se puede utilizar cemento porque se congela antes de que se seque. Bienvenidos al Ártico.

La primera imagen que captó mi retina fue un paisaje inhóspito, rodeado de agua y montañas, donde parecía que la vida se había extinguido hacía mucho. Sus algo más de dos mil habitantes están perfectamente adaptados a esos cambios de luz ambiental que diferencian muy bien el invierno del verano. A mí, sin embargo, me costó mucho dejarme mecer por los brazos de Morfeo y no me quedó más remedio que resignarme a dormir poco.

Pero los isleños no viven solos, sino que comparten su territorio con un habitante que supera en número a los seres humanos: el oso polar. Señales en diversos puntos de la población nos recuerdan su presencia, y es que la probabilidad de encontrarse con el rey de los hielos es mucho mayor de lo que puede pensarse. La población de osos polares en Svalbard goza de buena salud, lo cual es una buena noticia. Están protegidos y su caza está prohibida, pero si un ataque es inminente y no hay escapatoria, no queda otro remedio que disparar el rifle, primero al aire para asustar al animal y después a matar. Cuando esto sucede, tiene lugar una exhaustiva investigación para esclarecer las verdaderas causas de la muerte del animal, seguido de un proceso burocrático largo y tedioso.

SpitsbergenEn Svalbard no solo viven noruegos. La primera parada la hicimos en un lugar en el que, si no llega a ser porque no había bebido ni una gota de alcohol, pensaría que me habían transportado a Rusia. Se trata de Barentsburg, una antigua estación científica rusa que pasó a dedicarse posteriormente a la minería del carbón. Aquí circula el rublo, los letreros están en ruso y el aspecto decrépito choca con demasiada fuerza con el orden y esmero de las poblaciones noruegas. Restos de carbón, maquinaria oxidada, edificios con paredes que se caen a trozos y ventanas con cristales rotos que parecen supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, a pesar del flamante letrero que lucen con orgullo sus fachadas y que indica el año de su construcción: 1988.

Sin embargo, si algo caracteriza a Barentsburg es la escasez de mujeres: doscientas frente a quinientos hombres y tan solo treinta y cuatro niños. La razón se encuentra en que muchos varones acuden aquí a trabajar en las minas durante un determinado período de tiempo —generalmente un par de años— mientras sus familias les esperan en su Rusia natal. Bien mirado, es un paraíso para las solteras, quienes tienen mucho donde elegir.

En Sptisbergen no es infrecuente encontrar grandes cruces que se levantan en las numerosas islas que aparecen en el camino. Estas islas han sido cuna de balleneros, una intensa actividad perteneciente a épocas lejanas que difícilmente volverán porque casi no quedan cetáceos en estas aguas. Las cruces también sirven como puntos de señalización, además de recordar a los cazadores aquí enterrados, como así atestiguan los restos óseos que se pueden ver por distintos lugares.

Las características del suelo ártico, el permafrost, hace que, pasados unos años, los restos humanos suban a la superficie con su ataúd incluido. Por este motivo en la actualidad nadie puede ser enterrado en Svalbard y sus restos deben ser enviados al continente. A quienes, a pesar de todo, desean permanecer en estas latitudes para siempre, no les queda más remedio que optar por la incineración.

Willem BarentsNo obstante la extrema latitud en la que se encuentra el archipiélago de Svalbard, las huellas de la supuesta civilización también se pueden ver aquí en forma de basura. Existe un programa gubernamental para mantener limpias las costas en el que se invita a todo aquel que pise sus playas (no serán muchos) a recoger cuantos desperdicios encuentre para contribuir a la limpieza del lugar. A tal efecto hay unos contenedores de tela que son retirados por un helicóptero. Pero ojo con lo que se deposita dentro (yo encontré botellas, zapatos, cuerdas, boyas y hasta un soldadito de plomo) porque hay que seleccionar cuidadosamente qué es basura y qué es patrimonio cultural. Fue así como rescaté un pedazo de piel que devolví a la playa porque, según las instrucciones recibidas, podría tratarse de los restos de la bota de un soldado de la Segunda Guerra Mundial.

La vida en el Ártico no es fácil, pero el grado de adaptación de los seres humanos a ambientes extremos nunca dejará de sorprenderme.

Maria Eugenia Santa Coloma

Fotografías © María Eugenia Santa Coloma

 

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