Las nueve musas
La llave de los antepasados

La llave de los antepasados

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Seguro que conocéis esa historia que se cuenta de una llave que pasa de padres a hijos, sin que se sepa muy bien a qué puerta pertenece.

La leyenda refiere que, esa llave pertenece a la casa de los antepasados. Sin duda, abría una puerta y, tras ella transcurrió la vida familiar, que no establecía diferencias entre judíos, cristianos y musulmanes. Es decir, tras esa puerta, sucedía lo privado.

Se pierde esta intimidad cuando no existe la puerta, sucede en el Cantar de Mio Cid (Clásica) , observad la violación de su privacidad, leemos en El Destierro:

vio puertas abiertas e uços sin cañados,
alcándaras vázias sin pielles e sin mantos
e sin falcones e sin adzores mudados.
Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados.

La literatura española comienza con este poema, que trata de un exiliado. Nuestra historia y nuestra literatura mantienen esa constante.

El poder, ya sea político, religioso o económico expulsa a sus compatriotas, así ocurre con el Cid, héroe nacional, a quien se le arrebatan todas sus posesiones y ha de empezar desde cero. Del mismo modo, el decreto de unificación de los llamados Reyes Católicos, por motivos presuntamente religiosos, expulsa a los judíos. La historia de la conquista de Granada y la suerte de sus habitantes son testigos de esta violencia. En 1613, salen los últimos moriscos por el puerto de Cartagena. Ricote y Albudeite son testigos.  Antes, Juan de Yepes, más conocido como San Juan de la Cruz, y tantos otros, solicitan permiso a sus diferentes órdenes para ejercer el ministerio en las Américas, y así distanciarse de ciertas rencillas peligrosas del viejo mundo. Se prohíbe que los estudiantes universitarios asistan a las universidades europeas contaminadas por la Reforma.

Los afrancesados y los liberales se ven obligados a abandonar su patria, recordad el exilio de Espronceda, se dice que el barrio del Soho londinense se convierte en un barrio español, durante la Década Ominosa, en el que algún general se ganaba la vida como zapatero remendón. Las guerras carlistas aumentan ese número de exiliados. La última, la que conocemos como guerra civil, llevará a México, y otras repúblicas americanas, a la élite de la intelectualidad española. El exilio económico de los sesenta, con la salida de millones de españoles camino de Alemania y Francia, parecía el último, hasta que, hoy mismo, somos testigos de otra despedida, miles de jóvenes que quizá nunca vuelvan.

¿Está el español destinado al exilio? Pudiera ser, y si es así, ¿a qué podría deberse?, el poeta Vicente Medina dice que lo malo no son las tierras, son los hombres.

El español tiene una llave en su mano y suele utilizarla para cerrar, más aún, a menudo pretende ponerle puertas al campo. Se dice en la tradición talmúdica que cada texto tiene en su base una llave, pero que ésta no se corresponde con la puerta en la que se encuentra, lo que convierte la lectura en un enigma que hay que descifrar.

Sin duda el texto, leído en la mesa habitual de trabajo, no es el mismo que el que se interpreta desde el exilio. Quizá uno de los poemas más hermosos sobre esta ausencia lo escribió José Moreno Villa, lo he comentado en una de las cartas apócrifas que le dirige Juan Guerrero en mi libro, Merced 22, Murcia 2013, dice así:

De entre las cosas que me manda, le diré que su poema “Nos trajeron las ondas” me parece extraordinario. Todavía no había leído algo tan penetrante, sobrepasa el dolor mismo y convierte al hombre en un juguete del destino, tal como hoy nos sentimos todos. Nuestra guerra terrible y sus consecuencias, más la terrible guerra en la que el mundo hoy se encuentra, nos ha convertido en peleles.

Creo que todo su poema está en el primer verso:

                                 No vinimos acá, nos trajeron las ondas

Nunca un alejandrino, sonó tan armonioso, parece hecho de verdad y de tristeza, hay en él una aceptación que sobrepasa la misma coyuntura histórica y lo dota de una dimensión clásica. Me recuerda a esos santos, ya muertos que, arrastrados por las aguas se posan sobre una playa o sobre un monte, y todos los del lugar lo eligen como patrón.

Cuando dice:

                                 Teníamos que hacer algo fuera de casa

Y todo lo deja a medias, como el que decide salir a dar una vuelta y después permanece dando vueltas el resto de su vida, sin encontrar la puerta de la casa, el libro que ha dejado abierto, las cuartillas que perfectamente ordenadas permanecen en la carpeta, el cuadro iniciado. Sin embargo, toda esta trágica ausencia, usted la transforma en una fuerza marina que le ha conducido hasta ese acá, donde ahora vive. No hay venganza, no hay ese torvo mirar hacia el pasado. No es que acepte, sino simplemente ocurre y ese ocurrir ha caído sobre usted.

                              Nos trajeron las ondas, nos llevarán las mismas.

El exilio provoca la interinidad, consideremos la angustia de los funcionarios en el XIX condenados a la cesantía, que Galdós recoge en su novela, Miau: 476 (Letras Hispánicas) , protagonizada por un tal Villaamil, a mil en la villa. Esa provisionalidad, puede conducirnos a una visión trascendente, en la que algunos han querido ver esa fatalidad con que el español afronta su destino. Predestinación que puede conducir al no hacer, “noluntad”, o echarse a lo que salga quijotesco, actitudes a veces simultáneas en su contradictoria personalidad, nuestro Don Miguel de Unamuno, recordad su destierro en la Dictadura de Primo de Rivera, y en el 36, poco antes de su muerte, la destitución de su rectorado vitalicio por los gobiernos de Madrid y Burgos.

¿Hasta qué punto el azar o la providencia, como sentido de vida, pertenece al ser de los españoles? Y, si así fuese, ¿a qué puede deberse? La respuesta sería compleja por lo que la reduciré a un símbolo, algo así como que todo español conserva en su memoria una llave que no abre puerta alguna.

En la puerta de nuestra educación alguien puso un ángel con espada flamígera que expulsa a Adán y Eva del Paraíso. Esta imagen marca la condición del hombre: ser un desterrado. Claro que, nuestra diáspora, no la pensamos como pueblo, tal como hace el hebreo, cuya historia siempre es colectiva, la nuestra ocurre en soledad, lo que quizá convierte esta situación en trágica.

Se podría decir que la casa sigue ahí, aunque cambia de dueño. Recordad el esquema de la historia de España que Antonio Machado presenta en su romance “La tierra de Alvargonzález”, donde Miguel, el hermano menor, exiliado, vuelve y restaura el patrimonio, moral y económico. Lo que desemboca en esta pregunta: ¿Es necesario salir?, o lo que es lo mismo, la interinidad que supone el estar fuera, conduce a la disponibilidad, a descubrir e interpretar de otro modo nuestra convivencia.

Juan Ramón Jiménez habló del intelectual de intemperie, que estimaba como el único verdadero. Intelectual de intemperie es aquel que, ajeno a textos que reclama como autoridad, en cualquier momento puede justificar su vida y su obra y lo hace sirviéndose de su propia palabra, sus propios hechos.

Claro que este estar fuera, expatriado, comporta múltiples dificultades. Sobre ellas he querido hablar en mi poesía, de ahí que ahora pase a presentar algunos poemas que creo pretenden mostrar esta situación. La llave sobrevive como palabra. Ignoro si abrirá o no alguna puerta, a mí, al menos, me ha servido para mantener su memoria. La necesitamos para entender este mundo y sus libros.

Hace unos años, Juan Pedro Quiñonero, periodista, ensayista, autor de novelas vino a Murcia, su tierra, a hablar de Ramón Gaya, otro exiliado, y me pidió que lo acompañase a conocer el convento de las Madres Agustinas, donde su padre estuvo preso durante algunos meses. Convento que, durante la guerra y hasta siete años después fue campo de concentración número dos o cárcel, muestra de las secuelas de aquella guerra incivil, situado en el límite de las afueras de la ciudad, muy cerca de las fábricas de la seda, que aún funcionarían hasta finales de los sesenta. En recuerdo de aquella visita escribí este poema, incluido en La isla, publicado por El Bardo, Málaga, 2013. Lo sitúo en el domingo de Ramos, día en el que se celebra una procesión multirracial que une las Agustinas con San Andrés, iglesias vecinas, donde participan entre otros nigerianos expatriados.

Isla,La: 37 (El bardo, Colección de poesía)
  • Martínez Valero, José Luis (Autor)

MADRES AGUSTINAS

Esta luz que arrasa todo y
deja el pasado mondo como un hueso
me ha hecho que recuerde
lo que fue este lugar:
un campo de concentración,
olvidado por todos,
donde sufrieron y murieron hombres
de mirada perdida
en una lejanía sin horizonte.
De esa historia no queda casi rastro
sólo una lista, nombres y lugares,
y el control riguroso de la peluquería,
más el viejo dolor de las familias.

Esta mañana luminosa
de domingo de Ramos
derrama su blancura
sobre aquel oscuro pasado.

Es alegre la procesión,
sobre todo, los negros de Nigeria,
que, junto al sacerdote,
cantan y bailan.
Contagiados por este movimiento
todos sonreímos.

Huele el azahar,
la luz es más intensa.
Por unas horas se han alejado
los grises nubarrones de la muerte.

La Pasión está lejos,
ahora es la vida
en triunfo quien pasea.
Los negros se detienen en la acacia
africana, que crece sobre la plaza,
sudorosos, parece que
han llegado a la tierra prometida,
se miran y nos miran
como en otro planeta.

La historia permanece, pese a todo,
el templo del que parte
es el lugar donde yacen los restos
del fundador en la ciudad
de aquella Sociedad tan al dieciocho
Económica de Amigos del País.
Y, sobre su piel de ladrillo,
aún conserva el signo del progreso,
la pieza que sostuvo
la catenaria del tranvía
que nos llevó hasta la República.

En Cieza, durante los primeros años del 2000, se celebraron encuentros de poetas, bajo el título Jornadas de Poesía sobre el Segura, coordinados por Soren Peñalver, tuvieron lugar en el museo Medina Siyasa. Este era el nombre de la ciudad musulmana medieval, encaramada en un cerro al otro lado del río. Si la visitaseis os recomiendo que recorráis el espacio que aún no ha sido excavado, quedan escaleras, aljibes, calles. Cuando os sentéis en algún escalón, quizá os parezca oír voces que provienen del silencio.  Allá abajo, por el valle, el Segura sigue su curso.

EL POETA

Este barro que tengo entre mis dedos,
un ladrillo que sostuvo esta casa,
fue sin duda amasado por la mano
de aquellos hombres que oraron a Alá,
unas mañanas tan claras como esta.
Hombres que meditaban
sentados a la puerta de sus casas
en los mismos escalones donde estoy.

Crecen el jaramago y la retama,
sobre los días de antaño,
sobre aquellos recuerdos que no tengo.
Han pasado ya siglos,
la lluvia, el sol y el viento
arrastraron como hojas sus vidas.

La luz, sólo la luz
sostiene la memoria.
Esto es lo que recuerda:
los niños juegan en las calles,
se adivinan mujeres en los patios,
el agua se refresca
en los blancos cántaros,
la aceituna madura lentamente
o en la orza aliñada reposa,
los dátiles se frotan
sus abundantes dedos amarillos.

Estos mismos hombres contemplan
allá abajo ese río
seguro de su nombre,
siempre hacia la mar corriendo.
Hombres y mujeres que preguntaron,
las mismas cosas que pregunto
hoy, a la puerta de sus casas:
¿Dónde vamos? ¿De dónde venimos?
¿Esta vida, qué sentido tiene?…

Uno de aquellos hombres, ahora, es viejo, su blanca barba y su cayado lo confirman. Todos vienen a oír sus relatos. Es un hombre sabio y un hombre santo, cuando habla parece muy joven y sus pasos y sus palabras suceden como un agua transparente que, cansada reposa, permite ver el fondo. Hace que el verde de los campos y el oro de los trigos en las eras, sean más intensos. Los fieles oyentes siempre recordarán sus palabras, y también el gesto de su mano que, como un viejo sarmiento, indica la dirección del río siempre hacia la mar.

En el libro, Plaza de Belluga, Murcia, 2008, edición no venal. Incluyo este poema que dediqué a los diarios de Klemperer, judío casado con aria, que recorren, desde el principio hasta el final, la Alemania nazi.

LA ESTRELLA DE DAVID

En otro tiempo, quizá en otra vida,
llevé la estrella de David,
amarillo sobre negro,
y me sentí examinado por todos,
como suceso público,
y sin quererlo fui protagonista.
De ese tiempo conservo
cierto miedo a ser señalado,
temo que alguna santa inquisición
me pregunte por cosas
para las que no tendría respuesta.
Por eso cuando atravieso esta plaza,
cubro el hueco donde brilló un día
la estrella de David.

Concluyo con este poema.  Pertenece a La espalda del fotógrafo, 2003, Editora Regional, Murcia. Sucede en los años en que tenía perro y, antes de acudir al trabajo, paseábamos cuando aún permanecía la oscuridad de la noche.

COMPAÑEROS DE ULISES

Como depositados por la marea
o restos de un naufragio,
descubro sus cuerpos
tendidos a la orilla del jardín.
Parece que un dios hubiera
derramado sobre sus ojos el sueño
y alejado de toda tormenta
por fin reposaran.
La primera luz, pájaro gris,
gorjea a lo lejos,
aún piadosa, la oscuridad, tiende
su manto sobre los recién llegados,
pronto la ciudad, como una promesa,
les recordará su destino.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

Reseñas literarias

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