Las nueve musas
La luz
Promocionamos tu libro

Aunque parezca imposible nadie negaría que tiene capacidad para ser millonario, todos estamos perfectamente preparados para recibir el gordo de Navidad, quinielas, bonoloto o cualquier otra lotería.

Ser cantante, ciclista o futbolista parece que hasta los ocho años puede estar al alcance de cualquiera, es posible que hayáis sentido esa vocación alguna vez, incluso actor, bombero, panadero, ingeniero y, hasta profesor, profesiones que, si no figuran entre las más deseadas por los muchachos de ocho años, puede que lo estén entre los mayores de veinte.

Sin embargo, hay algo en lo que casi todos coinciden: casi ninguno se considera preparado para ser pintor o poeta, lo tienen muy claro y, si se les pregunta, suelen responder que carecen de destreza, de sensibilidad, que ellos son incapaces de dibujar, y lo mismo dicen sobre los poemas que no llegarían a hacer un solo verso.

¿No resulta sospechoso este acuerdo? ¿Quiénes son entonces los pintores o los poetas? ¿De dónde proceden?

A juzgar por los que conozco no se trata de una raza especial, tampoco son mutantes, siempre los he visto como gente normal y corriente que se dedica a una determinada profesión, en  la que trabajan sin duda muchas horas, más aun, carecen de  horario, ésta última cosa si que sería propia, su tiempo no se ajusta a ese tic-tac cronológico de oficina, en ellos hay que hablar de algo que está fuera del tiempo y prefiere no ser medido, al que llamaremos emocional o si queremos ser más precisos, espacio de creación, que incluye todos los bocetos, apuntes, errores, manchas desechadas, o versos, cuadernos, poemas que no han llegado a ver la luz, que no han sido editados, por tanto podemos afirmar que la escritura creativa y las artes plásticas habitan un territorio común, ambos son vecinos, de modo que uno sabe del otro, conoce cosas que quienes no conviven, ignoran.

¿existe esa relación?, cito una frase que todos hemos dicho alguna vez, cuando nos damos un golpe: ¡He visto las estrellas!, lo que significa que el golpe, algo propio del tacto, se transforma en una impresión visual. A este desplazamiento del tacto, que nos ha hecho ver, le llamamos sinestesia, término de origen griego que viene a significar: confusión por los sentidos receptores.

¿Entre color y sonido, se puede establecer alguna relación? Es cierto que, si podemos poner “verde” a alguien, significa que con una palabra podemos colorear un objeto, pero no es eso a lo que me refiero, busco otra respuesta: ¿tienen color las vocales o las consonantes?

A menudo hablamos de palabras claras y de palabras oscuras, términos impresionistas, si digo la “mañana”, esas tres vocales parece que aportan más luz, la “a”podría ser blanca, luminosa

De “pozo” dice Juan Ramón Jiménez en Platero: ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan  fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Sin embargo, no siempre coinciden esas impresiones: Rimbaud en el soneto “Vocales” dice:

A, negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
Contaré algún día vuestro latente nacimiento:
A, negro corsé velludo de brillantes moscas
ue pululan en torno a crueles hedores,

 Golfos de sombra, E, candor de los vapores y los toldos,
Lanzas de altivos glaciares, reyes blancos, temblor de umbelas,
I, púrpuras, sangre escupida, risa de hermosos labios
En la cólera o las borracheras penitentes;
U, ciclos, vibraciones divinas de los mares verdosos,
Paz de las dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas
Que la alquimia imprime en las anchas frentes estudiosas;
O, supremo Clarín de estridores extraños,
Silencios atravesados por Mundos y Ángeles:
– O, la Omega, rayo violeta de Sus Ojos.

Si comparamos con nuestra impresión, definitivamente no hay  acuerdo, afortunadamente no existe convenio internacional alguno entre las distintas impresiones de las lenguas. Cada una tiene su inventario fonético, vocales y consonantes determinadas, instrumentos diferentes que constituyen a su modo distintas melodías. Recordad aquellas figuras que se construyen con los sonidos, “el ala aleve del leve abanico”, “en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba”, “trueno horrísono lanzó el averno”. Aliteración, eufonia y cacofonía.

No es extraño que el escritor, el poeta, se sirva del pintor y sus obras para hacer visibles sus opiniones. Recordad la Epístola a los Pisones, de Horacio:

Es como la pintura la poesía: la hay que si estuvieres cerca más te cautivaría; y otra, en cambio, más te agradará si estuvieres lejos; esta quiere la penumbra; ama la plena luz aquella otra que no teme la aguda perspicacia de ningún juez; cuál agrada una vez; y cuál agradará diez veces que se la mire

Pero dejemos a los romanos, como diría Jorge Manrique, vayamos a lo de ahora: Galdós solía hacer apuntes en los tribunales, retratos del acusado, bocetos de paisaje. En España, siglo XIX, fue el pintor y grabador belga Carlos de Haes quien nos descubre el paisaje, lienzos y grabados. Poco después, los autores del 98, se cuestionan el problema de la naturaleza y su imagen, es un movimiento que se pregunta, tantea, así Miguel de Unamuno en Paisajes, 1902, dice:

Ofrécesenos, en general, este pueblo como pueblo urbano y guerrero, sin clara conciencia de la hermosa soledad de la austera llanura que los sustenta. Recogido en ciudades y poblados donde se defendía y amparaba de las incursiones del moro y de los contrapuestos rigores de la intemperie, desarrolló en su espíritu sentimientos sociales de viril independencia y de anárquica altivez, mas no fue a bañarlo en la calma sedante de la reposada campiña que ante él se desplegaba serena y seria.

Qué vemos en este paisaje, poema que tituló “El último  héroe”, diciembre 1906, donce coinciden el ocaso y el final de una batalla, ya sea real o metafórica:              

Era al ponerse el sol en la llanura;
pálida sombra inmensa proyectaba
 de las ruinas el humo
subiendo espeso;
acá y allá tendidos, sobre sangre,
contemplaban la azul bóveda inmóvil
con inmóviles ojos
los que lucharon.

Juan Ramón Jiménez comenzó siendo pintor, recuerdo una exposición de sus cuadros en la Biblioteca Nacional, eran óleos fin de siglo, paisajes modernistas, árboles reflejándose en estanques o riachuelos, a veces semejaban alguna de las viñetas de Platero. Supongo que todos recordaréis aquello de:

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que parece todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Parece que lo vemos, que está aquí ante nosotros para dejarse acariciar. Se trata de una estampa. Seguro que todos tenéis en vuestro recuerdo la imagen de su lectura.

Antonio Machado y el paisaje de Castilla o de Andalucía, en Baeza escribe, “Caminos”, poema que se recita, desde hace años alrededor del 22 de  febrero, en un acto que llaman “El paseo de Machado”. Comienza en la que fue su casa frente al ayuntamiento, después pasa al  instituto, antigua universidad, donde trabajó, deja atrás el palacio de Jabalquinto, la catedral y su puerta de la Luna, y alcanza ese lugar que denomina “tras las murallas viejas”, hasta que, todos los asistentes se colocan ante la cabeza de don Antonio, obra de Pablo Serrano:

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza

Manuel Machado y esta manera de pintar la soledad, una soledad metafísica, el poema se titula Otoño:

En el parque, yo solo…
Han cerrado,
y olvidado
 en el parque viejo,
solo me han dejado.
La hoja seca
 vagamente
indolente
roza el suelo

Rafael Alberti: A la pintura, 1917, título del primer poema, tiene quince años:

Mil novecientos diecisiete.
Mi adolescencia: la locura
por una caja de pintura,
un lienzo en blanco, una caballete.
Felicidad de mi equipaje
en la mañana impresionista.

En ese mismo libro veamos como juega:

                                            Picasso

Málaga. /Azul, blanco y añil/ postal y marinero./ De azul se arrancó el toro del toril, / de azul el toro del chiquero. / De azul se arrancó el toro. / ¡Oh guitarra de oro/ oh toro por el mar, toro y torero!/ España: / fina tela de araña, / guadaña y musaraña,/ braña, entraña, cucaña,/ saña, pipirigaña, / y todo lo que suena y que consuena/ contigo: España, España…

Metafórico de acuarela y aguafuerte, acuarela que representa lo suave, tierno, armonioso, y, aguafuerte, lo duro, trágico, oscuro.

Para cerrar con otro tiempo elijo este poema de Cristina Peri Rossi:

Canto a la letra A

Amanece la A, la redentora.
Alga de aquello que es recuerdo
y de aquello que es evocación
(espada tiene dos a, como dos filos,
pero anaconda es grave y profunda,
en sus agujeros
silba la serpiente).
La A, fundacional y abarcadora
lleve abracadabra y aleluya,
alegoría de todo lo que empieza
a ser, en el día:
anuncia los nombres somnolientos
de las cosas que despiertan ahora,
en el instante en que se nombran:
el río Aa, en Holanda, espejo de sí mismo,
y la palabra Ama,
anagrama donde el poder y el amor
se igualan. 

La luz ha sido un concepto utilizado en pintura, hay cuadros dotados de una luminosidad, una claridad que parecen surgidos del primer día.

No trataré de esa luz interior que significa una actitud moral o mística. El XVIII, siglo de las luces, aportó un nuevo concepto de la verdad. La luz de la razón se opuso a la oscuridad de los prejuicios, a la ignorancia, esas “verdades”, que permanecían arraigadas desde siglos, sin otro argumento que la costumbre, convertidas en superstición, que impedían pensar y actuar con libertad. La luz eléctrica derrotó a la noche, aunque no alteró el miedo, la trama oscura.

La luz que despiertan las palabras, es la misma que late en los cuadros. La misma que ilumina y unifica esta realidad que nos circunda. Podríamos decir que la luz permanece sobre el plano de la ciudad,  es superior a la voluntad de arquitectos y urbanistas.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

Reseñas literarias

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.