Las nueve musas
preposiciones

Hablemos del adjetivo

El adjetivo es la parte de la oración que modifica, señala o concreta al sustantivo, ya sea como atributo inmediato, ya sea como predicativo.

En este artículo hablaremos someramente de su origen, valor y demás particularidades.

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  1. Sobre el origen y el valor de los adjetivos

 El origen de los adjetivos es tan difuso como el del lenguaje, pero si hay algo de lo que podemos estar seguros es de que la aparición de los adjetivos —que recién se establece con el surgimiento de la flexión— supuso una mejora en el funcionamiento de todas las lenguas de cultura. Decimos esto porque la categoría gramatical que aquí glosamos revela un proceso mental de diferenciación, que por sí solo implica un mayor grado de pericia lingüística. El mismo impulso que nos llevó a poner nombre a las cosas nos indujo después a precisarlas, a describirlas. Así, después de llamar árbol a un árbol, surgió la necesidad de distinguirlo del resto de los árboles, y nos vimos obligados a clasificarlos en grandes, pequeños, gruesos, delgados, verdes, grises, blancos, etc., palabras que no solo nos permitieron expresar las distintas cualidades de aquellos «entes» que decidimos llamar árboles, sino también (y fundamentalmente) a concebirlas.

Que el adjetivo revela un mayor grado de pericia lingüística se comprueba en el hecho de que, en lenguas consolidadas como la nuestra, ciertos adjetivos se resisten todavía a entrar en el habla corriente. Incluso entre los sustantivos que expresan objetos materiales, vemos muchos que carecen de adjetivo o solo lo tienen de formación culta. Tenemos en español algunos de ellos, como áureo, argentino[1], férreo, etc., que solo se emplean en sentido metafórico, ya que a nadie se le ocurriría decir sortija áurea, cuchara argentina o barra férrea, etc.[2] En esta misma línea, llamamos maderera a la industria de la madera; pero aquí terminan los adjetivos derivados de madera, ya que ni se dice ni se podrá decir silla maderera o cuchara maderera. Otras veces, ya formado el adjetivo, y siendo este de uso popular, limitamos su aplicación, no a lo perteneciente al sustantivo en general, sino a una relación específica con este. A un perro lo llamamos perdiguero, ovejero, faldero, etc., porque se destina a la caza de perdices, al cuidado de las ovejas o porque se lo puede tener en la falda; pero no empleamos estos adjetivos como pertenecientes o relativos a las perdices, ovejas o faldas. Podemos llamar metafóricamente faldero a un hombre mujeriego, pero nadie dice volante faldero, ni nada por el estilo. Llamamos petrolero a un buque o a una industria, pero nunca a un barril de petróleo.

¿Cuál es, entonces, el valor del adjetivo? Por lo general es relativo, y puede, parafraseando a Lenz, representarse por una línea que va de un extremo positivo a otro negativo. Según el punto de la línea en el que se sitúe el hablante, el adjetivo formulará una comparación más o menos inconsciente. En esto se ve la base de los aumentativos, diminutivos y superlativos. Lenz nos recuerda que «si usamos estas voces aparentemente como valor absoluto, dividimos la recta en dos partes que ni siquiera se tocan, sino que en el centro dejan una esfera de indiferencia, a la cual corresponde una tercera denominación, como mediano, regular, tibio, cuyo valor es también relativo»[3]. No obstante, a medida que se pierde la posibilidad de gradación por la complejidad expresada, el adjetivo adquiere un valor más absoluto, lo que se ve, sobre todo, en los derivados de sustantivos, como pecuniario, financiero, ferroviario, regional, dental, etc., los cuales ni poseen antónimos ni pueden formar superlativos.

  1. Acerca de la clasificación de los adjetivos

 Tradicionalmente, los gramáticos distinguían dos grandes grupos de adjetivos: los calificativos, que son aquellos que indican cualidad (mujer hermosa, libro grande), y los determinativos, que son aquellos que determinan el significado del sustantivo (mi libro, este niño). Esta clasificación de los adjetivos partía de un criterio en extremo amplio, que se basaba, tal como señala la Nueva gramática del español, en dos rasgos «que caracterizan a esta clase de palabras: la concordancia con el sustantivo y su función como modificador de este»[4]. En la actualidad, el criterio que predomina es un tanto más restrictivo, pues «excluye los determinativos, que pasan a formar las clases de los determinantes y de los cuantificadores»[5]. Esta «exclusión» no es en absoluto caprichosa, sino que se basa en principios léxicos. Así lo explica la NGE: «Constituyen los adjetivos determinativos elementos gramaticales que forman clases cerradas, mientras que los adjetivos calificativos son elementos léxicos (en el sentido de que poseen contenidos que corresponde dilucidar a los diccionarios, más que a las gramáticas) y forman clases abiertas». Asimismo, se consideran elementos léxicos «otros adjetivos que no son calificativos —aunque tampoco determinativos—, como constitucional y químico, que pertenecen a la clase de los llamados relacionales, o como presunto y supuesto, que poseen características modales y no se integran en una serie abierta»[6].

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Hecha esta aclaración, diremos que los adjetivos, según cómo modifiquen al sustantivo, y expresen sus cualidades, pueden ser predicativos o atributivos. Los primeros modifican indirectamente al sustantivo y van unidos a este, por lo general, mediante un verbo copulativo (La mesa está sucia; Juan parece contento);[7] los segundos lo hacen de manera directa,  es decir, sin ninguna palabra de unión (Qué mesa grande tienes en tu casa; Juan era un hombre pobre).

Los adjetivos atributivos, a su vez, pueden ser explicativos o especificativos. Los primeros, también llamados valorativos, indican una cualidad subjetiva del sustantivo, y se pueden suprimir del discurso sin que varíe en esencia el valor significativo de la expresión (valientes soldados, nuevo coche, gran libro). Los segundos indican una cualidad objetiva del sustantivo, y no se pueden suprimir sin que se altere el significado del discurso (Que salgan los soldados valientes [solo los valientes]). Como podemos apreciar, los adjetivos especificativos van colocados detrás del sustantivo (naranjas rojas, libro grande, coche nuevo, etc.); los explicativos, por su parte, van colocados generalmente delante del sustantivo (gran libro, pobre hombre, nuevo coche, etc.). No obstante, existe un tipo de adjetivos explicativos, los denominados epítetos[8], que pueden ir colocados delante o detrás del sustantivo (nieve blanca, blanca nieve).[9]

  1. Morfología de los adjetivos

.En español, los adjetivos pueden tener, o bien dos terminaciones (bueno/buena, malo/mala, santo/santa, rojo/roja, negro/negra, blanco/blanca, francés/esa, dormilón/dormilona, etc.), o bien una sola (verde, grande, cortés, valiente, precoz, procaz, soez, vil, gentil, semejante, igual, notable, etc.)

Los adjetivos en -o son los únicos de terminación vocálica que admiten la variante femenina en -a, variante que rechazan los terminados en -e (salvo en algún aumentativo o diminutivo), hasta el punto de no admitirla en casos como doble, triple, múltiple, simple, firme, libre, que en latín tenían forma especial femenina. Los adjetivos terminados en -e son, por cierto, numerosos —baste recordar, a modo de ejemplo, a alegre, triste, dulce, ilustre, perenne, grave, leve, etc.—, e incluyen a los muchísimos terminados en -ble derivados del -bilis latino, como admirable, pasible, noble, etc. Tampoco admiten el femenino los terminados en el sufijo árabe , como baladí, marroquí, zahorí, etc., ni los terminados en -a, como agrícola, azteca o persa, que, pese a la confusión que pueden llegar a suscitar, aplican su única desinencia a los dos géneros.

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Los adjetivos también pueden terminar en l, n, r, s o z. Los que terminan en l, como leal, original, material, igual, doncel, fiel, viril, cerril, azul, fácil, flébil, difícil, dúctil, etc., no admiten la desinencia femenina, aunque, como excepciones, tenemos a los sustantivados general y colegial, que forman los femeninos generala y colegiala, y al gentilicio español, que forma el femenino española.  De los terminados en -n no admiten la desinencia femenina los que a la -n en cuestión les precede una e o una u, como hebén o común;[10] en cambio, sí admiten la a femenina los terminados en -án y en -ón, como haragán o burlón, que forman haragana o burlona,[11] y los que terminan en -ín, que, en la mayoría de los casos, son diminutivos (chiquitín/chiquitina, pequeñín/pequeñina). Los terminados en -ar no admiten femenino (auricular, familiar, militar); en -er y en -ir no parece que haya adjetivos; los terminados en -or comenzaron rechazando el femenino (se decía alma sentidor, espadas tajadores), pero, a partir del siglo XIV, comenzaron a aceptarlo, por lo que hoy tenemos soñador/soñadora, jugador/jugadora, doctor/doctora, entre tantos otros. En -as, -os y -us no hay adjetivos; en -is puede que solo exista gris, el cual no admite el femenino; en cuanto a los terminados en -es, tenemos los ejemplos de burgués /burguesa y montañés/montañesa a los que habría que sumarles algunos gentilicios, como portugués/portuguesa, inglés/inglesa, finlandés/finlandesa, etc.[12]  Los terminados en -az, como capaz, veraz, fugaz, etc., no admiten la a, a excepción de los adjetivos sustantivados rapaz y montaraz que forman rapaza o montaraza; en -ez no hay acaso más que rahez, soez, que no toman a; en -iz tenemos feliz, infeliz, que tampoco toman a; los pocos en -oz: atroz, precoz, feroz, veloz, no admiten variación; y en -uz no hay hoy otro que andaluz, que, como buen gentilicio, admite el femenino.

Los adjetivos españoles, sin importar la clase a la que pertenezcan, pueden ser populares o cultos, y en ambos grupos los hay primitivos y derivados, siendo los primeros los que no tienen otra voz anterior que haya servido para formarlos, como rojo, bueno, blanco, verde, etc., y los segundos los que sí se formaron de otro anterior, como rojizo, blanducho, verdoso, bondadoso, miedoso, veraniego, etc. Entre los derivados hay algunos que lo fueron en latín, pero que ya no los percibimos como tales en castellano, o bien por no haber formado el primitivo correspondiente, o bien porque ya en latín se había perdido el rastro de la derivación.

Asimismo, nuestros adjetivos pueden ser simples o compuestos, dependiendo de que en su formación concurra una sola palabra, como en fino o dulce; dos, como en agridulce o sordomudo, o la suma de una palabra y otras voces o partículas, como superfino o sobreprotector. Si reúne la doble condición de derivado y compuesto, como en acaballado, acebrado, desalmado, etc., diremos que el adjetivo es parasintético.

Dejando los conceptos de derivación, composición y parasíntesis para futuros artículos, nos limitaremos aquí a recordar que los adjetivos pueden provenir de sustantivos, como baboso (que proviene de baba), gracioso (que proviene de gracia) o amoroso (que proviene de amor); de otros adjetivos, como verdoso (que proviene de verde), negruzco (que proviene de negro) o rojizo (que proviene de rojo); de verbos, como detestable (que proviene de detestar), reprobable (que proviene de reprobar) o esperable (que proviene de esperar), y de adverbios, como cercano (que proviene de cerca), lejano (que proviene de lejos) o delantero (que proviene de delante).

  1. Metábasis del adjetivo

 Llamamos metábasis a los cambios de categoría que puede sufrir una palabra en el uso lingüístico. En el caso de los adjetivos, estos cambios pueden producirse por sustantivación o por adverbialización.

En la sustantivación, el adjetivo se convierte en sustantivo cuando desempeña las funciones de este (Los pequeños son cariñosos = Los niños pequeños son cariñosos). Como podemos advertir, siempre que el adjetivo funciona como sustantivo va precedido por un determinante (Los pequeños son cariñosos; Sus pequeños son cariñosos). El determinante más usado en los adjetivos sustantivados es el artículo (el bueno, la buena, lo[13] bueno). Ahora bien, además de la sustantivación formal (adjetivo precedido de determinativos o artículos), existe una sustantivación histórica, que es la que se llevó a cabo con los llamados participios activos, es decir, los terminados en -ente o -ante (sirviente, cantante, estudiante, etc.), que, en tanto participios, cumplieron en su tiempo también la función de adjetivos.[14]

En la adverbialización, los adjetivos pueden pasar a cumplir la función de adverbios mediante dos procesos distintos: el formal y el sintáctico. En la adverbialización formal, el adjetivo se convierte en adverbio cuando se le añade el sufijo -mente, pero conservando su terminación de género femenino (buenamente, dignamente, malamente). En la adverbialización sintáctica, el adjetivo se convierte en adverbio, incluso sin cambiar de forma, cuando modifica al verbo en lugar de modificar al sustantivo que, como sabemos, es su función por excelencia. Veamos unos ejemplos: Juan es alto (alto funciona aquí como adjetivo, pues modifica al sustantivo Juan); Lucía y Noemí hablan alto (alto funciona aquí como adverbio, pues modifica al verbo hablan y no a los sustantivos Lucía y Noemí, lo que es fácil de advertir porque no concuerda ni en género ni en número con estos).

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Vicente Huidobro
  1. Tres párrafos (muy personales) acerca de la adjetivación

 Indudablemente, una de los retos de todo escritor es saber adjetivar con precisión. Pero ¿qué significa adjetivar con precisión? En principio, digamos que es esperable que ni los calificativos ni los epítetos deben estar en contradicción con la idea que encierra el sustantivo, error en el que incurren los que, por desconocimiento, aplican adjetivos a sustantivos con los que no se establece una cabal correspondencia, como aquellos que creen que cerúlea proviene de cera y lo aplican para calificar una vela, o los que confunden inconsútil con sutil y lo aplican a cosas que nada tienen que ver con la costura.

Un adjetivo puede estar mal aplicado también cuando se le hace sufrir una desviación semántica.[15] Esto ocurre, por ejemplo, con álgido, que significa ‘acompañado de frío glaciar’, y así, en Medicina, puede hablarse del «período álgido del cólera»; pero sería un disparate usarlo como sinónimo de ardiente o acalorado (ya que significa todo lo contrario), aunque sí de culminante, crítico o decisivo, si tenemos en cuenta que el período álgido o de gran descenso de temperatura en el cólera es el más grave y marca el punto culminante, crítico y decisivo de la enfermedad.

En suma, las condiciones de la adjetivación son la variedad, la riqueza y la propiedad, aunque deberíamos añadir también la parquedad, que se opone a la acumulación excesiva, acumulación que, muchas veces, nos lleva a la aglomeración redundante de adjetivos de significado igual o análogo, como cuando se dice la fecha cercana y próxima (aunque parezca mentira, lo hemos oído más de una vez). Pensemos que el sustantivo mar, por sí solo, nos dice más que cualquier adjetivo que pueda aplicársele, a no ser, claro, que este esté sabia y poéticamente elegido. No en vano, Vicente Huidobro nos advertía que «el adjetivo, cuando no da vida, mata»[16], y convengamos que ya de muerte tenemos demasiado.


[1] Huelga decir que no nos referimos aquí al gentilicio.

[2] En relación con este grupo, es notable que el sustantivo hierro, que tantos derivados le ha dado al idioma (herrar, herramienta, herradura y tantos otros), no haya formado un adjetivo corriente, nacido de labios del pueblo. Ni siquiera decimos industria férrea y nos valemos de una voz griega, siderúrgica, para designarla.

[3] Rodolfo Lenz. La oración y sus partes. Estudios de gramática general y castellana. Santiago de Chile, Editorial Nascimiento, 1944.

[4] RAE y ASALE. Nueva gramática de la lengua española. Manual, Madrid, Espasa, 2010.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] A este mismo grupo pertenecen los participios (cansado, elegido, olvidado, etc.), que, a pesar de ser formas no personales del verbo, pueden funcionar también como adjetivos.

[8] Llamamos epítetos a aquellos adjetivos que indican propiedades inherentes al sustantivo.

[9] La colocación del adjetivo atributivo, en ocasiones, puede provocar variaciones en el significado de la expresión, como lo demuestra el siguiente ejemplo: un viejo amigo, un amigo viejo.

[10] La Academia suma a estos los terminados en -in, como ruin, este constituye, tal vez el único que sigue esta regla, pues, por ejemplo, bailarín, danzarín, andarín, parlanchín, menorquín, mallorquín, hacen femenino en -a, sin contar los diminutivos en -ín, que también lo hacen.

[11] Conviene incluir en esta lista a los aumentativos que comparten esta misma terminación, como grandulón que forma grandulona, dulzón que forma dulzona o fortachón que forma fortachona, por nombrar solo unos ejemplos.

[12] Si bien los gentilicios terminados en -és y su variante femenina -esa hoy están más que instalados, ya en el siglo XII se daban expresiones como provincia cartaginés.

[13] Es importante señalar que, cuando va introducido por el determinante lo (forma neutra), el adjetivo pasa a tener un significado conceptual o abstracto (lo bueno, lo digno, lo útil).

[14] Ver nota 7.

[15] Por supuesto, no nos referimos a los desvíos semánticos permitidos en el lenguaje figurado o poético, como los que se producen mediante los recursos de la sinestesia (luz silenciosa, música dulce), la adjetivación «prosopopéyica» (sol portentoso, mar bravío) y la adjetivación metafórica (bigote lúcido, tapias furtivas).

[16] Vicente Huidobro. «Arte poética», en Obras completas, Santiago de Chile, Andrés Bello, 1976.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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