Las nueve musas
El destramaojos
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Nadie me vio partir, lo sé
nadie me espera…
GUSTAVO CERATICuando pase el temblor

La cita

Quedé solo en este París donde me había refugiado desde hacía tantos marzos. La certeza de su mirada quedó en la mía, y no me pude recuperar de tanta presencia. Quedé solo, con una languidez que comenzaba a quemarme el estómago. Solo, con ese horizonte carmesí, tiznado de azul profundo, en medio de habitantes que deambulaban como sombras ciudadanas.

El sol del atardecer resaltaba sus ojos verdes, en cuyos contornos ya asomaban las primeras arrugas, a pesar de sus casi cincuenta. «El tiempo es eso», murmuré. «El tiempo es nada». Sólo un beso, un beso de eso mismos labios que, segundos antes, habían pronunciado la despedida. Y Lucianne, porque de ella hablo, se fue caminando por la misma plaza en la que nos habíamos conocido.  Vi alejarse su espalda en el crepúsculo; sus pasos, como eco; su mirada; su perfume, que siempre me recordó a… bueno, no sé bien a qué. Mi instinto de sacrílego me obligó a respirar profundamente y encaminarme hasta el bar «Le Jardin d’Amilcar», aquel que iluminaba esa misma plaza, ahora oscurecida por el crepúsculo y la espalda de ella.

Y entré en el bar.

Entré en ese bar con el recuerdo de la espalda de ella; de los labios, de los ojos de ella. Me senté a la mesita de madera. Mi cabeza continuaba turbada y el humo de cigarrillo no me dejaba ver bien. Quería una cerveza, pero la camarera atendía en el fondo. Tardé en darme cuenta de la música que se oía: Spinetta. Esto llamó mi atención, pero volvió a ganarme la humareda del bar, la estridencia que horadaba mi oído. Todo me aturdía y me asaltaba.

El lugar estaba colmado de jóvenes. Ellas llevaban blusas con hombreras y unos pendientes enormes; los muchachos, remeras que marcaban el cuerpo, dentro de los pantalones, y las mangas cortas, a su vez, dobladas sobre los hombros, como un repulgo hecho con esmero. Consideré que era un bar de algún argentino en París, del tipo «retro», que recordaba la década de los años setenta u ochenta, probablemente de Buenos Aires, a juzgar por la música. Me sorprendió el arte y el detalle en la reproducción de la época, y fue inevitable la nostalgia del tiempo que, sin embargo, jamás me había permitido vivir. «El exilio tiene algo de obsesión por el recuerdo —pensé, o creo que pensé, mientras observaba ese oleaje humano—, más que de tentación por la supervivencia».

Quería cerveza. Aunque pasó a mi lado, la camarera no me vio. Entonces la llamé, un poco fastidiado por la espera. Con la mano, me respondió que tuviera paciencia. Busqué algún anuncio del evento en las paredes rojas, pero sólo colgaban cuadros de Bowie, de Genesis, de Queen… Sentí un tirón muy patente en el estómago, un dolor casi disimulable.

En francés, la camarera preguntó si me sentía bien, y qué pediría. Ella se había apoyado en la silla, y yo recorrí con mis ojos la línea de los brazos hasta el rostro: su pelo, rizado y batido; sus párpados, pintados de un celeste claro; y su ojos, profundos y saltones, remarcados por una línea azul oscura. Respondí que me sentía bien, y le pedí mi cerveza. Cuando se alejó, observé el hueco que había formado su rastro en la humareda, a través del que vi a una joven que me miraba con curiosidad desde una mesa.

La reproducción de época me había sorprendido por lo exacto, pero me dejó atónito la similitud de los rasgos de Lucianne a los de aquella muchacha fisgona. Sus ojos reían, porque advertían mi desconcierto (un inesperado dolor en los dedos de los pies, como si descargas eléctricas mordieran mis piernas). Miré en derredor, los cuadros glamorosos se distorsionaban. El tema de Spinetta terminó. Volví la vista a la joven, que me hacía señas. ¿Pretendía que la siguiera? Todos alrededor comenzaron a bailar al ritmo de «Amor descartable», de Virus.  Sentí deseos de hablar (la lengua amarraba mi voz, como una confusión de electricidad). «El tiempo duele», me encontré pensando. «Pero el tiempo es eso, la nada extendida en la tela del espacio».

El dolor era parecido a la nostalgia de una tierra natal. Esa tierra madre que me había expulsado como una hembra enloquecida, una ménade sin tirso ni senos.  De pronto, me percibí como hijo de una jauría. No puedo explicarlo, era un sentimiento patente y remoto a la vez, pero sentí que no pertenecía ni aquí ni allí. Extraño (mis manos ardían de dolor, como si la piel, la carne, los huesos se retorcieran por el desafío a la fuerza de gravedad). Vi cómo esa muchacha, de la misma edad de Lucianne cuando nos conocimos, se retiraba de su mesa. La música era el eco de ese dolor originario, que ahora ocupaba mi horizonte mental, mis latidos, la densidad de mi sangre. Temí que ella se me escapara, entonces la seguí con la mirada. «La nada siente, ohhhh».

Todo esto, en una fracción de segundo. Como pude, me levanté.  Sin darme cuenta, con el hombro empujé a la camarera que venía con mi cerveza. Derramé espuma sobre mi camisa, mis pantalones, mis zapatos. Pedí disculpas de manera torpe, creo que la camarera me dijo algo. La muchacha que pretendía que la siguiera salió por la puerta de entrada (otro relámpago intenso, esta vez entre las piernas). La atmósfera, sofocante. Tomé aire y cargué mis pulmones como pude (mis ingles empujaban hacia abajo, como si quisieran parir humo). Comencé a caminar entre la humareda. Mientras salía, atropellé a los jóvenes que se movían con la música que, de cualquier manera, ya no podía distinguir a qué tiempo pertenecía. Mientras avanzaba, comenzó a brotar sangre de mi nariz, como si un río se volcara al abismo. Olí el hierro de mi sangre, sentí su hervor, percibí cada uno de los latidos de venas y arterias basculantes en ese cuerpo mío que luchaba por salir, por moverse, por moverse, por moverse. Abrí la puerta.

Y salí.

Era ya de noche. El aire fresco y límpido me estremeció. Aquella muchacha no estaba, como temía. Nadie había allí. Oí lejana una música. Me di cuenta de que la calle, que había creído pavimentada, ahora era de adoquines. «Le Jardin d’Amilcar» se había esfumado. Un dolor en el pecho. Giré la cabeza en el mismo momento en que oí la frenada. Los movimientos fueron rápidos, casi no me dieron tiempo.

El Ford Falcon verde casi me aplastó los pies. Cuatro tipos con anteojos ahumados. Cuatro garrotes, que golpearon mi estómago, mis brazos, mi nariz. Me colocaron con violencia una capucha en la cabeza, vedaron toda referencia de mundo. Me sentí prohibido, expulsado, extrañado. Me sentí amarrado a una noción, nada más que a una noción de mí mismo, remota y extraña, como si nunca hubiera existido. Pero una sola certeza impregnaba mi visión mental: unos ojos verdes como promesa que, sin embargo, comenzaba a echar de menos; un nombre que no sabía pronunciar todavía, una espalda de mujer, un beso (un bar, una plaza, un atardecer carmesí). Y creo recordar que me quejé. Me empujaron adentro del auto. Ese día me vieron por última vez en Buenos Aires o, bueno, creo que así se llamaba esa ciudad del sur de hace tantos marzos.


«Las cita» es el primero de los relatos que que componen el, reciente, libro de Ariel Pytrell El destramaojos​.

 Este libro  recoge catorce relatos nuevos.

El lector estará envuelto en una atmósfera que le hará replantear el mundo en que vivimos, y lo confrontará con la verdad que es, de todos modos, inefable.

El lector es el invitado ineludible a esta ceremonia para «destramar» el velo que desdibuja la noción de realidad. La clave de lectura es la intuición del que lee, marca inconfundible del autor de esta obra, como si nos quisiera advertir que la mente del lector es un paisaje consciente para la visión y su desciframiento.

Sobre el autor

Última actualización de los productos de Amazon el 2022-08-12 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.

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