Las nueve musas
Corrección

Corrección, purismo y ultracorrección

Podríamos decir que la corrección es el ajuste de la lengua a unas normas gramaticales provenientes de una institución y aceptadas en general por los hablantes. No obstante, la legítima e histórica voluntad de corrección ha generado dos fenómenos igualmente censurables: el purismo y la ultracorrección.

En este artículo nos centraremos en el tema.

  1. Corrección y norma lingüística

Los conceptos de corrección y de norma estuvieron desde siempre íntimamente ligados. De hecho, no podríamos hablar de corrección sin una norma que oficiara como inequívoco paradigma de «lo correcto». Por esto mismo, la corrección puede entenderse también como una restricción en el uso del idioma, pues solo da por válidas las fórmulas admitidas y asimiladas por la norma.

Para los gramáticos más «tradicionalistas», solo es correcta la palabra o construcción que se sujeta a las normas contenidas en una gramática oficial, lo que plantea con frecuencia un conflicto entre las necesidades expresivas del individuo y los recursos con los que cuenta para exponerlas. La posición de los lingüistas suele ser un tanto más flexible, ya que estos admiten como válido todo mensaje —independientemente de su enunciación— que pueda ser entendido por el destinatario en el mismo sentido en que ha sido formulado por el emisor. Esto supone, desde luego, no solo la adaptación de dicho mensaje al registro empleado por el destinatario, sino también la eliminación de cualquier posible ambigüedad.

Ahora bien, la norma —que se ocupa de distinguir entre los usos correctos e incorrectos de la lengua, naturalmente, proscribiendo los segundos—, es objeto de la gramática normativa y suele basarse en lo dicho por una autoridad lingüística avalada por la mayoría de los hablantes.[1] A su vez, la gramática normativa se basa en los diferentes niveles de lengua (lengua culta, lengua popular, lengua rural, etc.), entre los que elige uno que se propone como lengua de prestigio; esta elección no suele fundarse en razones puramente lingüísticas, sino más bien en razones de índole sociocultural. Es lógico, entonces, que la lengua de prestigio corresponda a quien pueda tenerlo, como la alta burguesía y los considerados «buenos escritores»; unos y otros, en grupos o de manera aislada, se fueron convirtiendo con el tiempo en autoridades lingüísticas. Así nos lo explicaba el maestro Lázaro Carreter: «Se admite como forma correcta, en general, la de las capas sociales más cultas, hablada en un centro urbano, con vida artística e intelectual que puedan considerarse como representativas de una cultura nacional»[2].

No obstante, aunque la llamada lengua culta se asienta en principios más o menos etimológicos, el uso, sobre todo, cuando se hace general, pasa en muchos casos a formar parte de la norma. Lo cual parece inevitable, pues, en realidad, no es que nosotros hablamos una lengua, sino que es la lengua la que siempre ha hablado por nosotros.

  1. Los peligros del purismo

 Entendemos por purismo al deseo de ciertos hablantes de fijar su lengua en una etapa determinada de su evolución, a cuyo modelo —para ellos, insuperable en todo sentido— deben someterse todos los comportamientos lingüísticos presentes y futuros. Así, con el «elevado» propósito de conservar la «pureza» de la lengua, el purista ancla sus criterios lingüísticos en una etapa del pasado (en España, por ejemplo, en los siglos de oro de la literatura), tomando como paradigma de estilo y corrección a los autores de esa época y rechazando como desvíos todos los préstamos y todas las construcciones que se aparten de su ideal de perfección.

Sin embargo, las tendencias puristas del lenguaje rechazan no solo el empleo de calcos y préstamos de otras lenguas, sino también las formas rústicas y vulgares en la construcción y el léxico, tirando por la borda, de ese modo, el concepto de niveles de lengua que explicamos en el apartado anterior. Asimismo, evitan los sinónimos, los neologismos y cuantas formas o combinaciones lingüísticas vulneren su estricto sentido de la corrección. Naturalmente, el resultado de semejante actitud no es otro que el empobrecimiento léxico y formal del idioma.[3]

Lo cierto es que la lengua evoluciona constantemente, y no hay manera de frenar ese avance. En consecuencia, cualquier intento de cristalizarlo en una determinada etapa de su largo derrotero histórico fracasará por insensato. Desde luego, si lo que se pretende es contribuir a una mejor comunicación, es lícito y hasta recomendable ceñirse a la norma lingüística vigente, ya que esta contempla los usos aceptados en la actualidad. Lo que no se debe hacer bajo ningún punto de vista es desechar cualquier incorporación léxica o cualquier rectificación gramatical u ortográfica propuesta por una institución lingüística (la RAE o la ASALE, por ejemplo) solo porque esta incorporación o rectificación se aleja de un modelo de corrección de hace tres, cuatro o cinco siglos.

Por fortuna, la RAE y la ASALE ya no se dejan tentar por el purismo.[4] Quizá esto se deba a que saben muy bien que, si una palabra o construcción es útil, expresiva y necesaria, y no existe en el caudal léxico una mejor, debe admitirse como correcta, les guste o no a quienes pretenden que la lengua se estanque en un período histórico determinado, que casualmente suelen ser los mismos que desean conservarla, aunque parezca asombroso, como si de uno de sus bienes personales se tratase.

Manual Elemental de Gramatica Historica Espanola
  • 1869-1968, Menendez Pidal Ramon (Author)
  1. La paradoja de la ultracorrección

 La ultracorrección es el fenómeno por el cual el hablante interpreta como incorrecta una forma aceptada del idioma, a la que «restituye» su pretendida forma correcta, generalmente, por medio de la analogía. Así, el hablante o escribiente pone acentos fonéticos donde no debe (*périto, *líbido, *cónsola, en lugar de perito, libido, consola), añade letras o sonidos inexistentes (*bacalado, *Bilbado, *Estanislado, *expléndido, en vez de bacalao, Bilbao, Estanislao, espléndido), o sustituye uno sonidos por otros que le parecen correctos (*aller por ayer), (*a pies juntillos por a pies juntillas).

Lo paradójico de la ultracorrección es que, por intentar corregir desde el desconocimiento, el hablante o escribiente termina incurriendo en errores garrafales.

Recordemos lo que nos decía al respecto el célebre Ramón Menéndez Pidal:

A menudo conviven en el lenguaje usual una forma correcta con otra vulgar más o menos desprestigiada; por ejemplo: comido, comida, cansado, enredo, etc., conviven hoy con vulgarismos en que se pierde la d: comío, comía, cansao, enreo, etc. Cuando el que habla es de poca cultura, habituado a saber que donde él pronuncia un hiato entre dos vocales, los más cultos intercalan d, se equivoca, y cree que en vez de mío, tardío, correo, Bilbao, debe decir, para hablar bien, mido, “fruta tardida”, “el corredo de Bilbado” […].[5]

En efecto, el hablante o escribiente, por miedo a caer en los errores condenados por las gramáticas normativas, somete inconscientemente todas las voces a las reglas que él interpreta como leyes generales de la lengua. Así, por ejemplo, para distinguirse de los que pronuncian *adquisisión, *extinsión, *petisión, *democrasia, etc., escribirá y pronunciará *persuación o *idiosincracia.

Rosenblat, por su parte, para explicar el constante error de escribir *espúreo en lugar de espurio —que, como apunta él mismo, se produce por la cantidad de voces que en español acaban en -eo (aéreo, etéreo, óseo, erróneo, momentáneo, simultáneo, instantáneo, subterráneo, etc.), con las que aquella se compara por analogía—, dice lo siguiente: «La gente que pronuncia espontanio, peliar o rial (o sea, que diptonga las vocales en contacto) y sabe que hay que escribir espontáneo, pelear y real, cree que espurio es un caso análogo y lo escribe espúreo»[6]. Como vemos, en lo que respecta a este adjetivo, lo mejor es dejar «los puntos sobre las íes».


[1] Un ejemplo de esto bien puede ser la Nueva gramática de la lengua española, publicada conjuntamente por la RAE y la ASALE en 2009.

[2] Fernando Lázaro Carreter. Diccionario de términos filológicos. Madrid, Gredos, 1968.

[3] Contrariamente a lo se pueda suponer, el purismo no es un fenómeno reciente, pues sabemos que ya había escritores puristas en la Roma de Cicerón, y no eran precisamente una rareza.

[4] A decir verdad, probablemente nunca lo hayan hecho. Pero lo cierto es que algunos de sus miembros sí, sobre todo, los escritores. Los lingüistas y filólogos, por el contrario, siempre han tenido una noción más amplia y equilibrada, que, por lo visto, es la que siempre prevalece.

[5] Ramón Menéndez Pidal. Manual de gramática histórica española, Madrid, Espasa-Calpe, 1977.

[6] Ángel Rosenblat. Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, Madrid, Edime, 1960.


 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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