Fue en la plaza de Santa Catalina, inmueble de la Unión y el Fénix, antes edificio del Contraste de la seda, siglo XVII, declarado BIC en los primeros años treinta del siglo XX, lo que no impidió que al poco fuese demolido, donde por primera vez vi la obra de Ramón Gaya.
Esta plaza y su iglesia con una mínima torre campanario, adosada al edificio vecino, es un ejemplo perfecto de la desorientación urbanística de los sesenta. Cuando pienso en aquella visita los cuadros se me han borrado, sólo recuerdo que había libros sobre una pequeña mesa a la entrada. Entre ellos figuraba “Velázquez, pájaro solitario”. Fue en una plaza, siempre lugar de encuentro.
A veces la historia vacía estas plazas, las despuebla de voces y, aunque se sigue hablando, las palabras no dicen nada, porque están llenas de miedo, porque el recelo las obliga a callar. En esta orfandad vivieron, durante más de treinta años, muchas plazas. Entre tanto, desde muy lejos, los que habían sido arrojados, iban abriendo claros en el bosque.
El bosque es ahora la memoria y, como un claro de ese bosque quisiera recordar aquellos años, para aproximarme a un Ramón Gaya que hace sólo unos años veíamos, oíamos aquí, lúcido, ocurrente, sincero, cuya palabra parecía salir de un interior lejano, lenta, ética y estéticamente consciente, a veces matizada de pimienta picante, con juicios afilados.
Sin olvidar que toda presencia es un misterio y que ninguna vida puede ser explicada, cabe preguntar: ¿cómo fue Murcia entonces?, era un lugar reducido, con centro en la catedral, separado del resto por el río y la huerta, que convertía a la población en una isla, de ahí su fragilidad, equilibrio siempre a punto de desaparecer, como si nuestra existencia estuviera sometida al ciclo estacional. ¿El murciano es más naturaleza que historia?
La ciudad tenía casas de colores, calles estrechas, azoteas azules y violetas de tierra láguena, palomares y polvo, polvaredas de luz. Casas con patio donde a veces se levantaba el penacho de una o varias palmeras. Murcia, era una ciudad cercada por un paisaje obra del hombre, con palabras de Gaya: <<La huerta es toda geometría puesta sobre el tablero liso del suelo por unos hombres embriagados de matemáticas y que, como buenos orientales, se sirven de líneas y de números para todo, incluso para ir y venir de Dios.>>
Pintores, poetas, músicos y lectores se agrupan para gozar del día, viven en permanente tertulia. Todos han sido educados en la sensibilidad de Juan Ramón, aman el paisaje de la mano de Gabriel Miró, con Ortega formulan el pensamiento y tienen el entusiasmo y la seguridad de Nietzsche. El cine y la radio convierten en próximo el mundo.
Juan Guerrero y Jorge Guillén, con “Verso y Prosa”, colocan a Murcia en el 27. El arte definitivamente ocupa el Sur. Ramón Gaya, cuando aún no ha cumplido diecisiete años escribe y pinta para esta revista, por primera vez aparecerá su nombre entre Aleixandre y Claudio de la Torre, en el número seis dedicado a Góngora. Para que esto suceda es necesario referir, como antecedente inmediato, la existencia de la Editorial Levante de Andrés Cegarra, y la Página y Suplemento literario del diario La Verdad con José Ballester y Juan Guerrero.

No entraré en detalles sobre su vida, que supongo conocidos: París, Madrid, Misiones Pedagógicas, Guerra civil y la revista “Hora de España”, más tarde el exilio: México, París, Venecia, Roma. ¿Qué hace en estos lugares? Lo mismo que ha hecho siempre, mira pasar la vida, el tiempo de la vida y, entre tanto, reflexiona sobre sus pintores preferidos, dibuja, escribe, pinta. En 1960 celebra su primera exposición en Madrid…Visita Murcia, publica: “Velázquez, pájaro solitario”.
¿Gaya es un pintor que escribe, o un escritor que pinta? Es sólo alguien que se expresa y lo hace mientras pinta o escribe, ejercicios que tienen algo en común, ambos son abstracciones, ponen al alcance de otros lo que ven y piensan sobre una superficie en blanco. A mí me parece que pinta como escribe, limpia la realidad para que aparezca su ser. El ideal de la belleza es el desnudo, desnudo de mujer, decía Juan Ramón Jiménez. La desnudez es comparable a la inocencia. Inocente, porque no limita su interpretación, sino que la multiplica, alguien que bebe del pozo y deja beber, como diría su amiga María Zambrano.
Pero ¿cómo escribe? Escribe como si pensara, como si pesara lo que va a decir. Lo hace como si llegase desde la oscuridad a la luz. Sabe que, durante años, mientras ha vivido en la intemperie del exilio, su palabra ha sido el único territorio reconocido. De este modo ha hecho de la palabra un lugar en el que se está. Se escribe para fundar la realidad, para dialogar con la mudez del mundo, escribe en el desierto de su radical soledad, donde descubre con Machado que “un corazón solitario no es un corazón”. Definitivamente, el escribir, no es sólo cosa de inteligencia, de conocimientos, sino que se trata de una afectiva comunicación en la que quien escribe y su lector buscan lo mismo, donde ambos son necesarios, están destinados al encuentro que llamamos lectura.
Sus escritos están en la frontera. No quiere ser especialista, rechaza la profesionalidad. Sobre todo, no quiere ser un crítico, desprecia sus juicios y los rechaza porque son emitidos desde una parcialidad paralizante, porque parte de un saber exclusivo, reservado, inexistente, castillo de arena, constantemente expuesto al agua que sube o baja, porque el mar de espectadores nunca está quieto, tiende al olvido, tiende a la infidelidad.
Y sus escritos se hacen carta, nota, diario, soneto, ensayo. Recordemos que comenzó en “Verso y Prosa” y, que una revista, no se aparta de la oralidad, porque recoge en sus páginas el entrar y salir de los amigos que dialogan, que se ven, que ensayan un decir que se asoma a un interior que no acaba de revelarse.
Gaya conserva en sus escritos un eco de tertulia, como si hubiese afilado el murmullo coral y, se hubiese hecho línea que penetra, matiza, palabra que ilumina. Muy de tarde en tarde se oye un ligero tintineo, es la cucharilla que se posa en la taza.
Tal como en la taza está el café, como la copa de sus cuadros que contiene trasparencia, así sus escritos. El ensayista, como D. Quijote, se echa al camino, a lo que salga, desprotegido de la lluvia y el frío o del calor excesivo, vive a la intemperie, sabe que todo lo que encuentre va a ser aventura, porque se expone.
Hay quien vive el tiempo como repetición, se tiñe de vejez, nada le parece nuevo. Hay quien lo vive como descubrimiento, quizá porque el mundo se le ofrece como enigma, entonces cada minuto es proyecto y, todo lo que le rodea, aparece bañado por la luz amarilla del primer día.
Este segundo es el tiempo de la escritura de Gaya, de ahí que sus palabras acudan para decir, para significar más. Aparecen sin esfuerzo, de un salto se plantan en medio del círculo y, sin que sepamos cómo, forman el cuadro.
El torero, el cantaor, cuando actúan, se instalan en este lugar, que no es la plaza donde todo el mundo se da cita, sino lugar de soledad creativa; aunque desde lejos parece que hay mucha gente, a medida que nos aproximamos, las palabras, que eran de todos los días y comunes, desaparecen, son sólo el hueco donde alumbra otra luz.
Trataré de entrar en alguno de sus procedimientos:
¿Qué se propone? Ver y hacer ver, responder a ciertas preguntas que no han sido formuladas, pero que están rondando su realidad, cercándola como una niebla. De ahí que le parezcan sin interés gente que no siente curiosidad:
<<es de esas personas que no se pregunta nunca por nada, que todo lo tienen de antemano respondido; es una de esas mujeres prácticas, listas, sinceras, claras, sin dudas ni prejuicios vanos.>>
¿Cómo entra en el tema? Recomienda no coger el toro por los cuernos, porque no es cuestión de fuerza, donde podemos vencer o ser vencidos, sino que, por arte de birlibirloque, darle largas y, conocido su ritmo, alcanzar la esencia. Lo dice a propósito de Bergamín, la cita creo que merece la pena:
<<Bergamín no se colocará jamás delante o enfrente de una obra –ese es siempre el mal lugar del ensayista, del crítico, sino que lo veremos circular amorosamente por ella, por entre sus pasillos, sus habitaciones, sus patios,… como para tocar,… la misteriosas tierra firme… en la esquina de un verso.>>

La palabra anticipa lo que se va a decir, aunque no siempre con claridad de ahí que, a menudo, use la negación para afirmarse, como el que antes de subir apoya todo el cuerpo en un pie y, entonces, parece que va a bajar, pero es ahora cuando definitivamente, da el paso y asciende.
Fundamental es el yo que opina, modo de ensayo, en este caso el propio Ramón Gaya, ¿cuál es el punto de partida? Quizá trata de revelar el sentido de su vida, de la vida de todo un país que ha visto truncada y que, ahora, una vez purgado su espíritu, trata de analizar. De ahí que el tema de España, lo español y los españoles, circule por todos sus escritos.
Podríamos decir que argumenta en el calor del diálogo, a veces no contra un supuesto interlocutor, sino que parte de lo que se ha dicho y lo somete a su juicio. Gusta de la paradoja. He aquí lo que opina sobre la conocida frase el estilo es el hombre: <<Es mucho más fácil que el estilo sea…lo que no es el hombre, algo que el hombre, a fuerza de industria y de arte, logra formar y colocar al lado suyo, en sustitución precisamente del hombre directo que no acierta a ser.>>
Así establece su particular debate con Ortega, referencia obligada para reflexionar sobre Velázquez, oigámosle:<<Es muy posible que Velázquez haya querido, incluso con gran empeño, ser considerado un señor –como tan maliciosamente supone Ortega-, pero es un disparate ciego hacer, de ese rasgo demasiado humano, el motivo de su abstinencia pictórica.>>
O bien: <<Y esa extraña ley de la naturaleza [el arte, lugar de paso], Ortega estaba obligado, como “espectador” a descubrirla>> o << No comprende Ortega -y no por error de crítico, sino por descuido de filósofo- , que se trata de un creador absoluto.>>
Ocurre que Ortega diseñó la cartografía inicial de rasgos velazqueños, así:
- a) El retrato hace de cada cosa una cosa única.
- b) La realidad misma es lo que traslada a la tela.
- c) Convierte lo cotidiano en permanente sorpresa.
- d) La técnica de Velázquez es un progreso continuo en una destreza negativa: prescindir.
- e) Pinta lo que el objeto tiene de pura entidad visual.
Gaya conoce lo que ha dicho Ortega, pero no lo repite, sino que lo toma como punto de partida, lo niega, quizá sería mejor decir que lo matiza, o bien que poéticamente supera el concepto. Así sobre la transitoriedad que Gaya ha definido como esencial en Velázquez, dice Ortega: <<el efecto aéreo de sus figuras se debe simplemente a esa venturosa indecisión de perfil y superficie en que las deja. A sus contemporáneos les perecía que no estaban “acabadas” de pintar, y a ello se debe que Velázquez no fuese en su tiempo popular. Había hecho el descubrimiento más impopular: que la realidad se diferencia del mito en que no está nunca acabada.>>
Veamos ahora como desarrolla esta intuición Gaya. Con Ortega parecía todo dicho, como si hubiese cerrado su formulación en esa nota sociológica. Pues bien, ahora, Gaya, prosigue y lo hace como pintor, como creador:
<<La realidad en los lienzos de Velázquez aparece como yéndose; yéndose por el fondo, una puerta que, a veces, como sucede en Las Meninas, es visible, y otras no, pero siempre practicable. El dibujo, pues, no tiene nada que hacer aquí, que dibujar aquí; ya hemos visto que la realidad no va a ser fijadas –y esa es la tarea propia del dibujo: fijar, sino…soltada, liberada, salvada, es decir, piadosamente, amorosamente abandonada a su ser.>>
María Zambrano dice que poesía es todo lo que tiene ala y, las alas, elevan. A menudo el hallazgo de la inteligencia lo solemos representar como una caída, tal como la manzana de Newton. Para la razón las cosas caen por su peso, pero no ocurre así entre españoles, educados en la fe, la gracia o el duende, para nosotros la realidad es tan espesa que forma una capa endurecida que es necesario perforar, de ahí que precisemos esa elevación que saca de abajo, que lanza hacía arriba. La experiencia tiende al suelo; la intuición, el pensamiento, caen hacía arriba.
Por último, a propósito de la ausencia del color en la pintura de Velázquez propone: <<en sus lienzos, el color, o mejor lo que ha quedado de él, las cenizas, las limpias cenizas de él, no quieren decir nada ni de ser nada>>. Donde la metáfora, ceniza, no cumple una función decorativa, sino que se convierte en otro concepto, supone un paso más en la investigación. Para hacer comprensible la idea se sirve de la poesía, de ahí esos saltos que nos fuerzan a dar en la lectura, saltos, por otra parte, muy eficaces, pues nos llevan a lo que quería decir.
Cuando define: <<Porque el arte no es, como se pensó una capacidad, sino una concavidad>>. Creo que esa concavidad, ese lugar donde se puede vivir, donde toda obra creada vive, frente a la obra artística que, bien por el poder político o clerical, se sitúan como depositarios de algo superior, a lo que llaman arte, pienso que, esta concepción desnuda, la cueva primera, no habría sido posible, o más preciso, es una realidad aportada por el exilio. Desde el exilio, Velázquez se convierte en algo que no puede ser propiedad, cuerpo, depósito, sino que es algo vivo, huidizo, cóncavo, donde el hombre, de paso siempre, puede guarecerse.
Esta provisionalidad la podemos encontrar en el cuadro de Las Meninas:<<Alguien dirá que nos ha dejado el cuadro de Las Meninas, pero todos hemos sentido que el cuadro de Las Meninas no existe, o mejor, no está en ninguna parte. “Pero ¿dónde está el cuadro?”, parece que exclamó Gautier>>.
Podemos preguntarnos: ¿Por qué los personajes no miran al pintor? Tampoco vemos lo que éste pinta, sólo las figuras de los reyes aparecen en el espejo. Parece que nos estuviese diciendo: la realidad es el único espejo verdadero. Lo que ve el espectador, eso es lo que pinto. Yo, Velázquez, soy consciente de que sólo en el otro reside la imagen, sólo la imagen es real, por tanto, no lo que yo veo, sino lo que tú ves, o mejor aún, lo que vería cualquiera que mirase este cuadro, siendo el cuadro obra de creación, creación que no obra.
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