La Reina Mártir es una novela histórica protagonizada por María Estuardo que se publicó a fines del siglo XIX. Su autor, un padre jesuita, sin proponérselo, nos legó un texto sumamente interesante, incluso para los más esquivos lectores de esta época. He aquí nuestra reseña.
Una novela entre mil textos
Eran todavía los tiempos del realismo, finales del siglo XIX. Galdós seguía dominando la escena literaria española, más a fuerza de proliferación que de talento; Clarín ya había escrito La Regenta. Fue entonces, cuando nadie lo esperaba, que un cura jesuita publicó una novela inspirada en María Estuardo, cuyo título, La Reina Mártir, anticipaba el posicionamiento del autor respecto de los hechos ahí narrados. El autor se llamaba Luis Coloma.
Coloma (Jerez de la Frontera, 1851 – Madrid, 1915) estudió Derecho en Sevilla, donde conoció a Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea, más conocida en el mundo literario como Fernán Caballero, quien no dudó en orientar al joven en su flamante carrera de escritor. En 1874, tras un breve período como activista político en favor de la restauración monárquica (período que, por cierto, casi le cuesta la vida), nuestro novelista ingresó en la Compañía de Jesús. Publicó varios cuentos en el que, sin duda, fue el órgano de la orden, la revista El Mensajero del Corazón de Jesús, cuentos que más tarde reunió en los volúmenes titulados Lecturas recreativas. En 1891 apareció la que la crítica considera su obra principal, Pequeñeces, novela que provocó un gran escándalo por su durísimo tono satírico contra la aristocracia Alfonsina. El resto de su extensa producción se compone de escritos religiosos y biográficos, además de las famosas Jeromín (1902) y Fray Francisco (1911), y del popularísimo Ratón Pérez, un relato infantil que, según se sabe, escribió por encargo de la reina María Cristina para su hijo de ocho años, hijo que luego se convertiría en el tristemente insigne Alfonso XIII.
La Reina Mártir (1898), tal como se ha dicho, es una novela histórica —o, si se prefiere, una biografía novelada— que tiene por protagonista a María Estuardo, la desafortunada reina de Escocia que fue decapitada por orden de Isabel I de Inglaterra, y si hemos decidido recordarla en este artículo, es por muchas de sus particularidades literarias, aquellas que la presentan, incluso a los ojos del lector contemporáneo, como una pieza de curiosa catadura.
La agilidad de la crónica, la gravedad del fasto, la exaltación del himno
La novela que glosamos está dividida en cuatro partes: una introducción («La suegra y la nuera»), el libro primero («Los dos hermanos»), el libro segundo («La tía y la sobrina») y un epílogo. Cuenta, además, con un apartado de notas y referencias históricas, lo cual, indudablemente, aporta el contrapeso documental que la obra —siempre a punto de extraviarse en la embriaguez panegirista— necesita y agradece.[1]
Más allá del tema del que trata (excusa para que Coloma despliegue un templado pero evidente proselitismo religioso), lo que en esta novela se impone con extrema contundencia es su ágil ritmo narrativo, hecho que la coloca por encima de la mayoría de las publicadas a fines del siglo XIX, aproximándola a ciertas páginas de Blasco Ibáñez o Baroja, es decir, a esa suerte de equilibrio entre la anécdota y las técnicas expresivas que le ha servido de modelo a gran parte de la oferta editorial de la primera mitad del siglo XX, cuando todavía los bestsellers podían leerse sin que nos den ganas de abandonarlos en la tercera o cuarta página.
«Fluidez y rapidez: esas dos son las condiciones esenciales del estilo, por encima de las condiciones que preceptúan las aulas y academias: pureza y propiedad»[2], señala Azorín, siempre concluyente. Bien, ya hemos destacado el ágil ritmo narrativo que Coloma exhibe en esta novela dedicada a María Estuardo, pero vale la pena aclarar que, en iguales proporciones, nuestro autor también da muestras de pureza y propiedad, al menos, en lo concerniente a la escritura. Veámoslo en este párrafo del capítulo VIII, del libro primero:
Darnley no había cumplido aún veintiún años, y era, por lo tanto, un niño; un niño infame, ciertamente, pero al fin y al cabo, niño. Bothwell, por el contrario, iba a cumplir treinta y seis; la edad de las ambiciones frías y calculadas y egoístas, sin mezcla alguna de pasión generosa que las ennoblezca. Y entre este niño infame y este hombre perverso, hallábase María, reina de veintitrés años, acosada por los herejes, combatida por los rebeldes, vendida y ultrajada por Darnley como reina y como esposa, y servida por Bothwell con una lealtad y una galantería que la halagaban como mujer y la satisfacían como reina, y no había encontrado hasta entonces entre los falaces y groseros lores escoceses.[3]
Lo que acabamos de leer tiene su mérito, sobre todo en la forma con que la psicología de los personajes que conforman esta especie de triángulo amoroso es delineada en pocos trazos, sin perder por ello la elegancia que caracteriza a la buena prosa castellana. Fijémonos en este otro párrafo del capítulo siguiente:
Aquella detonación formidable sembró la alarma y el pavor en Edimburgo, y el lord Prevoste acudió aterrado con sus guardas, seguido de mucha gente. Nadie osó, sin embargo, acercarse a las ruinas hasta despuntar el alba; mas, a su débil claridad, encontraron los más osados, entre los escombros, a Tomás Nelson, vivo todavía, y más lejos, en un jardín vecino, descubrieron el cadáver de Darnley, tendido bajo un árbol; a sus pies, y tocándole casi, se hallaba el de su paje William Taylor, pobre niño de dieciocho años. Darnley hallábase en camisa, medio envuelto en su capa de ricas perlas; Taylor, a medio vestir también, tenía a su lado una espada desnuda.[4]
El dramatismo de la escena se ve contenido por una eficaz administración de los recursos narrativos. El efecto es innegable; lo es también el buen gusto de Coloma. Observemos ahora este del capítulo XIII, también del libro primero, notable ejemplo de descripción estática:
Levantábase esta sombría fortaleza en el centro del lago de Leven, uno de los más extensos y hermosos de Escocia, sobre una islilla de rocas escarpadas y estériles. Era su fábrica del siglo XIII, y formábala un macizo torreón enclavado en una enorme plaza de armas cuadrada, que flanqueaban a su vez, en sus cuatro ángulos, otras tantas torres redondas. Cerraba el horizonte, por un lado, la dentada cordillera de Ben-Lemond, que escalonándose de montaña en montaña y de colina en colina, venía a morir a orillas del lago; y extendíase, por el otro, la dilatada y fértil llanura de Kinross, donde se asienta la blanca aldeilla de este nombre, como una paloma posada en un prado de verdura. Las espesas nieblas que se levantaban del lago, aislaban sin embargo el sombrío castillo de aquel paisaje pintoresco, y le envolvían casi de continuo en una atmósfera húmeda y triste.[5]
Por último, prestémosle atención a este párrafo del capítulo VI, del libro segundo, en donde advertimos un sutil cambio de tono respecto de los ejemplos anteriores, cambio, tal vez, motivado por lo espinoso de los hechos referidos, hechos en sí tan lamentables que consiguen hacer que la buscada objetividad del narrador se tambalee:
Mientras tanto, languidecía la Reina de Escocia en su cautiverio, traída y llevada de castillo en castillo, por cualquier capricho o suspicacia de Isabel. Cada día que pasaba matábale una esperanza, y así vio transcurrir diez años de su vida, desde el 72 al 82, lentos en su amargura y horribles en su monótono padecer. Las humedades de Sheffield habíanle producido un reuma en el brazo, y su antigua enfermedad del hígado, exacerbada por las penas, angustias y sobresaltos, causábale, a veces, crueles torturas. La tribulación era, sin embargo, para el alma de María, lo que la impetuosa corriente de un río para las piedrecillas que lleva en su seno: que las labra y suaviza y abrillanta y convierte en superficie tersa y pulida lo que era antes aspereza y tosquedad. De este modo, aquel rudo y continuo batir de la desgracia, iba purificando el alma de María, y labrando en ella ese trono inmutable y tranquilo en que se asientan, confundidas y abrazadas, como madre e hija que se estrechan en la desgracia, la santa resignación cristiana y su hija predilecta, la suave y dulce paciencia.[6]
Es evidente que Coloma, como casi toda su generación, estaba al corriente de los vientos de cambio que el naturalismo proponía. Sin embargo, hay algo en estos fragmentos que prefiguran opciones estéticas más modernas todavía, algo que quizá tenga que ver con el año en el que se publicó la novela y que se explique, al margen de las opiniones vertidas algunas líneas más arriba, en el mismo título de este apartado.[7]

El santo oficio de la memoria
La novela de Coloma es un ajuste de cuenta con la memoria histórica de un pueblo, el escocés, pero desde la perspectiva en absoluto desinteresada de un religioso español, cuyo propósito fue, desde un principio, ubicar la figura de María Estuardo por encima de la de Isabel I de Inglaterra y, por consiguiente, la del catolicismo sobre la del anglicanismo, al cual no deja bien parado. Esto pudo jugarle en contra a fines del siglo XIX, cuando el liberalismo estaba en auge en la península y cuando toda reivindicación de carácter simbólico hecha por el clero era interpretada como un gesto reaccionario. Sin embargo, en el XXI, las cosas son un tanto diferentes.
La Reina Mártir puede leerse como si hubiera sido escrita solo hace unas décadas, pues cuenta con todos los ingredientes necesarios como para ser bien recibida por el público: intrigas palaciegas, dramas de alcobas, guerras fratricidas, y un telón de fondo desde el cual se asoma una villana de lujo: la cinematográfica y tantas veces mencionada Isabel I de Inglaterra. Podríamos decir que, si esta novela se publicara en nuestros días, no defraudaría a los lectores de Javier Sierra o Arturo Pérez-Reverte. Así de sólida y duradera la juzgamos, así de entretenida.
En 1908, Coloma ingresó en la Real Academia de la Lengua, con la manifiesta oposición de los sectores progresistas. Nosotros, hoy, desde esta humilde trinchera que nunca podrá tildarse de ortodoxa, lo recordamos, aunque más no sea por su pluma.
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[1] En relación con esto, podemos agregar que el subtítulo de la novela (que poco a poco fue dejándose de lado) es Apuntes históricos del siglo XVI.
[2] Azorín. «La eliminación», en Valencia, Buenos Aires, Losada, 1949.
[3] Luis Coloma. La Reina Mártir, Buenos Aires, Editorial Difusión, 1948.
[4] Ibíd.
[5] Luis Coloma. Óp. cit.
[6] Ibíd.
[7] Mencionamos a Blasco Ibáñez y a Baroja, pero también corresponde traer a colación al Gregorio Marañón de El Conde-Duque de Olivares, en donde descubrimos un ejercicio biográfico/narrativo muy similar al que Coloma practica en su novela.
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