Las nueve musas
Zan-ryū Nippon hei

Zan-ryū Nippon hei: soldados japoneses rezagados

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Para verano de 1945, Japón, tremendamente debilitado, se veía incapaz de frenar el empuje aliado y responder al asedio al que se estaba viendo sometido.

Los intensos bombardeos y la inminente invasión de su territorio, amenazaban continuamente la soberanía de un imperio que públicamente manifestaba su decisión de resistir hasta el último hombre, mientras en secreto trataba de buscar una salida airosa con la mediación de la Unión Soviética. Mediante la declaración de Potsdam del 26 de julio, los aliados exigían la rendición incondicional, siendo la aniquilación total la única alternativa ofrecida.

Los japoneses confiaban en obtener unas mejores condiciones, por lo que mantenían el diálogo diplomático con los soviéticos que, aparentando neutralidad, planeaban atacar a los nipones, cumpliendo así los compromisos adquiridos con estadounidenses y británicos en las conferencias de Teherán y Yalta. El imperio del sol naciente no fue consciente de que carecía de alternativa, de que se le agotaba el tiempo.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, hora local, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica sobre suelo japonés, sobre Hiroshima, y apenas 16 horas más tarde reiteró su solicitud de rendición incondicional. Sin apenas tiempo para reaccionar, o incluso poder dar una respuesta, los rusos declararon la Guerra a Japón y comenzaron la invasión de Manchukuo (estado establecido por Japón al noroeste de China), poco antes de que una nueva bomba atómica fuese lanzada, esta vez sobre Nagasaki.

El emperador Hirohito entendió que continuar con la guerra llevaría únicamente a la destrucción de la nación y a prolongar el sufrimiento de su pueblo, por lo que decidió fuesen aceptadas las condiciones impuestas, y el día 10 de agosto, por medio de la diplomacia suiza, comunicó a los aliados que Japón aceptaba la declaración de Potsdam. Tras unos días de conversaciones, y un intento fallido de golpe de estado por parte de un grupo del ejército, el emperador notificó el 15 de agosto, la rendición de Japón en un mensaje radiofónico dirigido a la población. El 28 de ese mismo mes, se inició la ocupación aliada de la nación, teniendo lugar la ceremonia de rendición apenas unos días después, el 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado Missouri, oficializándose así el cese definitivo de las hostilidades.

rendición oficial de Japón
Hirohito

 

El proceso de paz iniciado tras la rendición, supuso la disolución del imperio y la ocupación aliada hasta la entrada en vigor del Tratado de San Francisco el 28 de abril de 1952 (cuatro años más tarde, en 1956, Japón y la Unión Soviética dieron término formalmente a su estado beligerante). Durante este periodo, el régimen político japonés se fue transformando. Se estableció una constitución el 3 de mayo de 1947, mediante la cual se disolvía el imperio y se creaba el Estado de Japón, se abolía la monarquía absoluta y se instauraba la soberanía nacional. El objetivo principal fue democratizar la política. Se juzgó y condenó a los criminales de guerra, y se restituyó al emperador dentro del nuevo régimen político. Tras el final de la ocupación, Japón se unió al bloque occidental liderado por los Estados Unidos.

El antiguo imperio fue capaz de resurgir de sus cenizas, adoptar un nuevo régimen político y hacer que su economía creciese exponencialmente. Pero no pensemos que fue únicamente la ocupación estadounidense la que produjo esta transformación, ya que desde mediados del siglo XIX con la Revolución Meiji, el país venía siendo influenciado por la cultura occidental, cuyo modelo tenía, a sus ojos, la clave del éxito. En este sentido, las reformas aplicadas se basaron en dar la continuidad al proceso iniciado décadas atrás, por lo que se puede afirmar que se trató tanto de una catarsis como de seguir el camino emprendido. De no haber existido esta experiencia previa, las reformas ejecutadas durante la ocupación difícilmente habrían arraigado.

El gran protagonista de todo el proceso fue el pueblo japonés con su talento para sacar el mejor partido a la derrota. Como expresó el presidente de la fábrica Denki Kagaku Kogyo, una empresa química fundada en 1915 en la que trabajaron como mano de obra esclava multitud de prisioneros de guerra, “Nuestro país está en ruinas. Pero, usted ya conoce a los japoneses. Nunca perderemos nuestro orgullo. Vuelva dentro de cinco años y lo tendremos todo en orden; y si nos da diez años, estoy seguro de que encontrará usted un país próspero”. Los valores y la cultura japonesa, con una mentalidad completamente diferente a la occidental, supieron asumir la rendición, superar el militarismo y asumir los preceptos occidentales como propios sin perder sus raíces. La mentalidad japonesa, sus valores y la voluntad de resurgir como nación tras la recuperación de su soberanía son la esencia para explicar el camino que emprendió Japón hasta ser el país que es hoy en día.

Fue precisamente esta mentalidad, la que dio origen a los zan-ryū nippon hei o soldados japoneses rezagados; es decir, aquéllos que continuaron en batalla incluso después de la rendición oficial de Japón, algo difícil de entender o asumir en nuestra cultura occidental. Está claro que a este nivel de honor, valor, respeto… tenemos mucho que aprender de las culturas orientales. Valores y principios que poco a poco se van degradando en pos de una globalización en la que se imponen el egoísmo e individualismo.

Los zan-ryū nippon hei surgieron de diferentes formas, algunos tras retirarse a la jungla después de la derrota de sus unidades para evitar ser capturados, otros al ser enviados durante el conflicto a diversas islas para hacer guerra de guerrillas a los americanos… el hecho es que el escenario de la tenacidad de estos hombres fueron varias islas del Pacífico como Guam, Nueva Guinea, Lubang, Mindoro… que en un inicio habían sido controladas por los nipones, y que paulatinamente, estaban siendo conquistadas o reconquistadas por los norteamericanos tras su entrada en el conflicto como respuesta al bombardeo de Pearl Harbour. La superioridad estadounidense, provocó miles de bajas entre estos hombres encargados de defender las diferentes islas, pero no logró quebrantar su moral. Fundirse con la jungla y continuar la lucha para evitar la afrenta de ser capturados. La muerte siempre era mejor que la derrota. Muchos de ellos tenían la orden de no rendirse, ni de hacerse el harakiri.

Se trataba de hombres muy duros, acostumbrados a las privaciones y con un alto sentido del honor y la lealtad. Hombres que respetaban las siete virtudes del bushido (Justicia o Rectitud, Coraje, Compasión, Respeto, honestidad, honor y lealtad), código ético de los samurái. Si un samurái fallaba en mantener su honor y lealtad, podía recobrarlo practicando el Harakiri. Este código era en realidad un conjunto de principios, que preparan a un hombre para luchar sin perder su humanidad, y para dirigir y comandar sin perder el contacto con los valores básicos. Un camino y una forma de vida, en el que la muerte es mejor que el deshonor. Estos soldados, que no habían recibido la orden de rendirse, y que desconocían que la guerra había concluido, continuaron luchando como consecuencia de la firmeza y el dogmatismo de sus convicciones. Y si bien algunos tuvieron noticia de la rendición japonesa, y la conclusión de la guerra mediante octavillas lanzadas por aviones estadounidenses, o mediante el uso de megafonía, creyeron que dichos mensajes los emitía el enemigo para obligarlos a desistir. Ellos aún no habían recibido la orden de deponer sus armas.

Entre todos estos hombres que continuaron la lucha y se mantuvieron fieles a su palabra podemos destacar a los más conocidos, como el soldado Teruo Nakamura, el capitán aSkae Ōba y el Teniente Hiro Onoda, si bien fueron muchos más, acabando la mayoría de ellos muriendo en el anonimato por múltiples y diversas causas.

Teruo Nakamura
Teruo Nakamura

Teruo Nakamura (8 de octubre de 1919 − 15 de junio de 1979), soldado de origen Taiwanés, no se rindió hasta 1974. Era un aborigen Taiwanés que fue obligado a ingresar en el Ejército Imperial Japonés en 1943 y destinado a la isla de Morotai en Indonesia poco antes de que esta cayese en manos de los aliados. Desde la captura de la isla, vivió junto a otros “rezagados” hasta que se apartó del grupo y abandonó la resistencia, según alegó porque estos intentaron matarlo, extremo que negaron sus compañeros que fueron descubiertos en 1950.

Nakamura fue descubierto accidentalmente por un piloto a mediados de 1974, siendo arrestado el 18 de diciembre de ese mismo año. Decidió ser repatriado a Taiwan, previo paso por Japón, para acabar muriendo 5 años después de cáncer de pulmón. Su repatriación tuvo menor repercusión que la de otros casos, si bien se trató del último soldado en rendirse, probablemente por su nacionalidad taiwanesa, y el hecho de que se tratase de un soldado raso. Otra cuestión delicada fue el pago de su pensión como soldado, ya que al no ser japonés, no tuvo derecho a ésta hasta después de 1953, cuando se cambiaron las leyes, lo que motivó gran controversia y provocó que se le diese una cifra similar a la del teniente Onoda, generando malestar entre otros rezagados taiwaneses y causando una gran polémica por el trato distinto otorgado a japoneses y taiwaneses.

Sakae Ōba
El capitán del Ejército Imperial Japonés Sakae Ōba entrega su katana en señal de rendición al Tte. Cor. Howard G. Kurgis del Cuerpo de Marines en Saipán el sábado 1 de diciembre de 1945.

Sakae Ōba (21 de marzo de 1914 – 8 de junio de 1992), con 19 años se graduó como educador aceptando un puesto de maestro en su ciudad para poco después, en 1934, alistarse en el ejército. En 1937 fue enviado a China junto con su regimiento y desde entonces fue ganando ascensos hasta convertirse en capitán en 1943. Si bien su regimiento fue enviado a reforzar la defensa de Guam, en las islas Marianas, las circunstancias hicieron que acabase en Saipán (su transporte fue hundido por un submarino cerca de Saipán y los supervivientes llevados a tierra, quedando parte de los cuales en la defensa de aquel lugar).

La isla fue conquistada por los estadounidenses en Julio de 1944. Si bien la defensa de los japoneses fue feroz, la falta de suministros los condenó. Ante la imposibilidad de la victoria, se calcula que 9000 japoneses se quitaron la vida, los americanos tan solo pudieron hacer 921 prisioneros, entre los que no estaba el capitán Ōba, al que se declaró oficialmente muerto y se le concedió un ascenso póstumo a comandante. Pero el capitán había sobrevivido y se había refugiado en la jungla al mando de una cincuentena de hombres y unos 150 civiles. Lejos de darse por vencidos, los huidos iniciaron una guerra de guerrillas contra los marines estadounidenses. Nunca perdió la esperanza en la victoria, así que cuando llegaron noticias de la rendición de Japón, pensó que no eran más que propaganda enemiga.

Los guerrilleros de Ōba se movían con velocidad y sigilo, realizando acciones audaces perfectamente planificadas. Debido a ello y a los frustrados intentos para atraparlos, los americanos de la isla se referían a Ōba como “el Zorro de Saipán”. Se infiltraban en campos de prisioneros, robaban provisiones y municiones, saboteaban instalaciones… su estrecho contacto con el enemigo hizo que tuviese noticias del final de la guerra, pero aún tardó varios meses en convencerse de que era cierto que Japón había sido derrotado. Finalmente, aceptó abandonar la lucha, pero se negó a rendirse si no recibía la orden directa de un oficial superior, por lo que los estadounidenses tuvieron que trasladar expresamente a la isla al general de división Umahachi Amaha, comandante de la 9ª Brigada Mixta Independiente durante la batalla de Saipán. Tres meses después de la rendición oficial del Japón, el 1 de diciembre de 1945, el capitán Ōba entregó, con gran formalidad y dignidad, su catana al oficial al mando del Cuerpo de Marines en la isla. Habían pasado 512 días desde el final de la batalla de Saipán.

Ōba creía que al decidir continuar la lucha había sido más valioso para su país que si hubiese optado por un suicidio honorable, no obstante, al regresar a Japón, muchos le consideraron un cobarde por ello. Fue repatriado en 1946, y huelga decir que una vez confirmado que no había muerto, su ascenso póstumo a comandante fue anulado.

Un ex marine, Don Jones, que una vez fue parte de un grupo emboscado por los hombres Ōba en Saipán, lo buscó tras la guerra y juntos escribieron un libro, que resultó ser un éxito, sobre sus experiencias en Saipán. Jones se convirtió en un amigo para toda la vida de la familia Ōba y logró recuperar la catana que el capitán había entregado durante su rendición en 1945. Esta espada, permanece como una reliquia en posesión de la familia japonesa.

Destacar que además de una segunda novela basada en las cartas intercambiadas entre el capitán y su esposa durante la guerra, en 2011 se estrenó una película retratando las luchas de Ōba y su grupo en Saipán, así como la implacable persecución de los marines.

Hirō Onoda
Hirō Onoda

Hirō Onoda (19 de marzo de 1922 – 16 de enero 2014) fue entrenado como oficial de inteligencia y enviado a Lubang (Filipinas) a finales de diciembre de 1944 con órdenes de realizar una guerra de guerrillas contra los americanos, cuyo desembarco en la isla era inminente. Sus órdenes incluían el no rendirse bajo ninguna circunstancia, ni suicidarse.

Tras el desembarco, y la aplastante victoria aliada, el teniente Onoda y otros tres hombres (el soldado Yuichi Akatsu, el cabo Shoichi Shimada y el soldado de primera clase Kinshichi Koukaz) se refugiaron en las colinas con la intención de seguir combatiendo. Si bien a finales de 1945, se emplearon diversos medios para tratar de comunicarles que la guerra había concluido, el grupo de Onoda desconfió y pensó que se trataba de un engaño, por lo que decidieron continuar con las hostilidades.

En 1950, el soldado Yuichi Akatsu, que se había separado del grupo, decidió rendirse a las fuerzas filipinas después de haber vagado unos 6 meses por su cuenta. Este hecho reactivó el lanzamiento de folletos y fotos de familiares instando a la rendición de los insumisos, aunque estos siguieron pensando que se trataba de un engaño, por lo que continuaron su lucha.

La dura vida en la espesura y los enfrentamientos durante los sabotajes, tanto con nativos como con policía y grupos de búsqueda, provocaron que el cabo Shimada muriese en mayo de 1954 y el soldado de primera Kozuka en octubre de 1972. Aunque Onoda había sido declarado oficialmente muerto en diciembre de 1959, el incidente en el que murió su último compañero sugirió que era probable que aún continuara con vida, por lo que se enviaron grupos en su busca. Todos fracasaron.

El 20 de febrero de 1974, Norio Suzuki, un universitario decidido a encontrar al teniente Onoda entre otros objetivos personales, dio con el oficial. A pesar de trabar amistad y explicarle que la guerra hacía años que había concluido, Onoda todavía se negaba a rendirse, diciendo que estaba esperando órdenes de un superior. Suzuki volvió a Japón y logró que el gobierno enviase al comandante retirado Yoshimi Tanicguhi, antiguo superior del teniente, que desplazado a Lubang el 9 de marzo de 1974 informó a Onoda de la derrota de Japón y le ordenó deponer las armas. El oficial salió de la selva 29 años después del final de la Segunda Guerra Mundial entregando sus armas y su uniforme. Fue el penúltimo soldado japonés en rendirse (el último de nacionalidad japonesa), ya que siete meses después, se rendía Teruo Nakamura. A pesar de las acciones y muertes causadas por Hiro Onoda durante su lucha, se tuvieron en cuenta las circunstancias y fue indultado.

La popularidad de Onoda se disparó a su regreso a Japón, lo que le llevó a publicar una autobiografía poco después de su entrega, “No Surrender: My Thirty-Year War” (Sin rendirse: Mis treinta años de guerra). No obstante, no le agradaba tanta atención, que consideraba como debilitamiento de los valores tradicionales japoneses, así que en 1975, abandonó su país y se trasladó a Brasil, donde se dedicó a la cría de ganado. En 1984, regresó a Japón para crear una escuela de naturaleza, un campamento para educar a los jóvenes, después de leer que un adolescente japonés había asesinado a sus padres unos años antes.

Onoda regresaría a Lubang en 1996 y donaría 10.000 dólares estadounidenses para la escuela local. Los últimos años de vida los pasó entre su país y Brasil, donde se le concedió la medalla al Mérito de Santos Dumont en 2004. El teniente Onoda falleció finalmente el 16 de enero de 2014 a la edad de 91 años. Su historia ha generado canciones, libros y películas, y podemos afirmar que no deja a nadie indiferente. Se pueden decir muchas cosas, pensar que se trata de un héroe o un fanático, pero lo que no podemos negar es que se trataba de un hombre con unas convicciones y unos valores marcados a fuego.

Por último, destacar que el corte de las líneas de suministro y las comunicaciones, unido a la difícil orografía de las múltiples islas del Pacífico, provocó que gran cantidad de soldados japoneses quedasen aislados y no fueran conscientes del final de la contienda. Se creó una situación que si bien resulta increíble, puede llegar a considerarse lógica. ¡¿Cómo podían los japoneses, con su país reducido a escombros, informar a todos y cada uno de sus soldados que no habían tenido más opción que rendirse, que la guerra había concluido y que habían sido derrotados?! ¡Si ni siquiera sabía cuántos ni quienes seguían con vida! En estas circunstancias, nos encontramos con la cultura nipona; honor, respeto y lealtad. Valores intrínsecos de un país que tiene un pensamiento colectivo, una sociedad en la que el individualismo queda en un segundo plano y que lo que importa es el grupo. Unos ciudadanos con un sentimiento de pertenencia que no se ve en occidente, y con un espíritu de sacrificio que cada vez cuesta más reconocer en nuestro país. Unos valores y principios, una educación, de los cuales deberíamos aprender y tratar de fomentar en nuestra sociedad. No digo que debamos llegar al extremo de aplicar todo a rajatabla, ya que podríamos caer en el fanatismo o en la ceguera colectiva de anular el pensamiento individual, pero sí deberíamos abrazar una cultura que nos puede aportar muchísimo como sociedad y como individuos.

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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