Las nueve musas
República de Weimar

Weimar: una república sin republicanos devorada por las circunstancias y la falta de consenso

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La República de Weimar fue el régimen político mediante el cual se gestionó Alemania tras la caída del Imperio en 1918 y hasta el ascenso de Hitler al poder en 1933.

Weimar
Combates en Berlín entre revolucionarios y fuerzas gubernamentales

Si bien el país conservó el nombre de Deutsches Reich (Imperio Alemán), el régimen parlamentario surgido en torno a la constitución aprobada en la ciudad de Weimar el 31 de julio de 1919, provocó que los citados 15 años de la primera mitad del siglo XX, sean actualmente conocidos como los de la “República de Weimar”.

Este período se caracterizó por una gran inestabilidad, con golpes de Estado militares y derechistas, intentos revolucionarios por parte de la izquierda y fuertes crisis económicas, lo que finalmente derivó en el ascenso del partido Nacionalsocialista y el acceso de Adolf Hitler al poder. Pero, ¿por qué se había instaurado una república parlamentaria, un régimen democrático, en un país de escasa tradición democrática? La respuesta no es sencilla, o quizás sean muchos los motivos, pero desde mi punto de vista, fue el interés de la clase dirigente previa, el que lo permitió. Me explico, durante los años anteriores, el imperio estaba siendo gobernado por una dictadura militar, la guerra estaba drenando gran parte de los recursos, que eran destinados a la contienda, y la mayoría de población afrontaba unas condiciones de vida lamentables. Conscientes de la situación, y anticipando la inminente derrota, los propios militares forzaron un cambio de régimen, instaurándose un gobierno civil. De este modo, serían los nuevos gobernantes los que pagarían los platos rotos, ya que como el Kaiser había sido obligado a renunciar y ellos rechazaban ostentar el poder ejecutivo, era el “gobierno civil” el que debía buscar la paz.

Un país arruinado al que no le quedaba más opción que aceptar las condiciones que impusiese el bando vencedor. Un armisticio conveniente, que exoneraba a los militares de responsabilidades, dejándolos como héroes no vencidos, y con las manos libres para preparar la caída de la república que ellos mismos habían ayudado a crear. En definitiva, un tratado que les convenía, pero que estaban obligados a rechazar públicamente.

Una estrategia tan antigua como provechosa, dejar que el marrón se lo coma otro, y volver cuando la situación está en vías de solución, para llevarse los méritos y obtener réditos personales. En definitiva, culpar a otros de nuestros errores y aprovecharnos de su trabajo, apropiándonos de sus logros. Siempre ha existido gente que ha sabido venderse.

Analizando el periodo republicano, podemos establecer tres épocas diferenciadas:

  • La primera (1918-1923) de gran inestabilidad. La joven democracia se vio cuestionada políticamente tanto por la extrema izquierda como por la extrema derecha, que intentó llevar adelante golpes de estado. La profunda crisis económica y el tratado de paz firmado, considerado una traición al pueblo alemán, desgastaron sobremanera el nuevo régimen.
  • La segunda (1924-1929) de consolidación. La recuperación económica aportó cierta estabilidad.
  • La tercera (1929-1933) de declive. El crack de la bolsa de 1929, unido a las desastrosas consecuencias del tratado de Versalles y las reparaciones de guerra que de éste se derivaron, dejó el sistema agonizante, posibilitando el ascenso electoral de Hitler, que fue nombrado canciller por el presidente Hindenburg el 30 de enero de 1933, en pocos meses se acabó con la legalidad republicana y se estableció un poder personal.

Como hemos dicho, el emperador y el Alto Mando del ejército, habían abandonado la escena en las últimas semanas de la guerra, dejando que otros afrontasen la derrota y la humillación. La responsabilidad recayó sobre los socialdemócratas, partido político mayoritario de la época. Estos, de origen marxista, estaban más preocupados por conservar los logros de décadas anteriores que por obtener unos nuevos, con lo que habían derivado hacia una posición de centro. Una situación complicada, pues la izquierda los consideraba traidores al movimiento obrero, y los reaccionarios (antiguos monárquicos, oficiales del ejército, terratenientes, grupos de grandes negocios…) los veían próximos al bolchevismo.

Alemania
El 1 de noviembre de 1923, una libra de pan costaba 3000 millones de marcos, una libra de carne: 36 000 millones, un vaso de cerveza: 4000 millones.

Este grupo de centro, apoyado por otros partidos, tenía más miedo de la izquierda que de la derecha a tenor de la revolución rusa y las noticias que llegaban desde aquel país, máxime viendo la expansión que estaba experimentando el comunismo como consecuencia de las lamentables condiciones de vida de gran parte de la población. No les faltaba razón, en enero de 1919 se produjo un levantamiento que pareció tener la fuerza para lograr su objetivo, pero el Gobierno Provisional Socialdemócrata logró aplastarlo. Los hechos, abrieron aún más la brecha entre socialdemócratas y comunistas.

Una vez celebradas las elecciones constituyentes, una coalición liderada por los socialdemócratas tomó posesión y formó gobierno en febrero de 1919. Con un panorama extremadamente complicado por delante, el primer asunto al que tuvo que enfrentarse el nuevo ejecutivo era el de la firma del acuerdo de paz. Las cláusulas impuestas en el tratado de Versalles, fueron consideradas inaceptables y humillantes por la inmensa mayoría de los alemanes, empezando por su presidente, que se negó a firmar y dimitió del cargo en junio. De hecho, las condiciones impuestas fueron consideradas como “una paz cartaginesa” por John Maynard Keynes, miembro de la delegación británica en la conferencia de paz, que dimitió ese mismo año por estar disconforme con el régimen abusivo de indemnizaciones y reparaciones que se imponían a Alemania. Hubo que constituir un nuevo gobierno, presidido también por un socialdemócrata, para que se hiciese cargo de la responsabilidad de la firma. No quedaba más opción que rubricar el acuerdo impuesto, ya que la alternativa podía ser la disgregación del estado. Los acontecimientos fueron seguidos con pasión en las calles.

Suscrito el acuerdo, la asamblea constituyente, pudo centrarse en la elaboración de la nueva constitución, que fue aprobada el 31 de julio de 1919 en Weimar, población a la que se habían trasladado para alejarse de la turbulenta Berlín. Nacía una constitución muy democrática en un país de escasa tradición en ese sentido. Un texto complejo y contradictorio, donde se mezclaba una concepción avanzada y participativa (ley electoral proporcional, derecho de las mujeres al voto e instauración del referéndum), con elementos autoritarios como la elección directa del presidente de la república, y el recurso a poderes extraordinarios previsto en su artículo 48, que suponía un arma de doble filo en el camino de evitar la deriva autoritaria. Cabe destacar, que la constitución de Weimar quedó como la primera en recoger los principios que formarían la base del estado del bienestar. Estableció los “derechos y deberes fundamentales de los alemanes”, entendiendo por derechos no sólo los políticos, sino también los “sociales”.

El gobierno electo afrontaba una situación muy complicada y tuvo que superar una nueva prueba cuando en marzo de 1920 algunas unidades del ejército se amotinaron e instalaron en Berlín un gobierno encabezado por el general Von Luttwitz y por Wolfgang Kapp. El levantamiento fracasó a causa de la huelga general proclamada por los sindicatos y por la falta de colaboración de los funcionarios, que se mantuvieron fieles al estado.

Si bien el movimiento obrero había elevado la voz al inicio de la postguerra, debido tanto a la precaria situación socioeconómica como a las condiciones laborales, la colaboración de la patronal ayudó a que la conflictividad, cuya cúspide se alcanzó en 1920, decreciese rápidamente. Los grandes industriales, protagonistas del gran crecimiento económico de Alemania antes de la guerra, aceptaron mantener las conquistas laborales obtenidas en el levantamiento de noviembre del 2018, es decir, la jornada de ocho horas, los contratos colectivos, los subsidios de desempleo y la participación en los beneficios. Así mismo, se logró mantener los salarios a un nivel aceptable y controlar el desempleo. Como contrapartida, y para que los niveles de beneficios no se viesen negativamente afectados, los empresarios reclamaron a las autoridades una política económica capaz de favorecer las exportaciones, además de aliviar las deudas de la industria y el peso de las reparaciones exigidas en el tratado de Versalles. Pero todo ello comportaba una política monetaria poco rigurosa, en la que primaban las ventas a otros países, lo que supuso la progresiva devaluación del marco y un proceso de inflación creciente. No pasaría mucho tiempo hasta que las consecuencias de esta estrategia se dejasen sentir de forma dramática.

Junto con la industria, el otro pilar tradicional de la sociedad alemana era el ejército, que también ayudó a sostener la recién creada república. Su compromiso a respetar la nueva legalidad, estaba sujeto al de las instituciones en restablecer el orden y reprimir cualquier intento de subversión revolucionaria. Gracias a ello, se pudo restituir el orden en diversas ciudades, donde entre marzo y abril de 1920 se sucedieron múltiples y violentos enfrentamientos entre las milicias obreras organizadas por los comunistas y los militares. Pero el precio de este pacto fue alto, la dura represión, con el asesinato de varios líderes comunistas, privaron de sus cabezas más clarividentes al ala radical del movimiento obrero, empujándolo hacia posiciones más extremistas y dinamitando cualquier opción existente de reunificación de la izquierda alemana. Los intentos de insurrección se multiplicarían entre 1921 y 1923, para acabar finalmente siendo sofocados.

La relativa rapidez con la que se produjo la estabilización se dejó notar negativamente en las urnas, con la reducción de escaños de los socialdemócratas en las elecciones al parlamento de junio de 1920, y la subida tanto de la derecha como de la extrema izquierda. Se iniciaba de esta forma, el proceso de polarización del electorado, que representó una constante en la vida política, hasta el ascenso de Hitler al poder. Los gobiernos se sucedían.

Para mayor complicación, seguía el aislamiento al que Alemania estaba sometida dentro del sistema de relaciones internacionales. Si bien los tratados de paz con los Estados Unidos y la Unión Soviética, habían abierto una brecha, aún continuaban siendo difíciles las relaciones con las mayores potencias europeas, lastradas por la complicada cuestión de las reparaciones, cuya impopularidad entre la opinión pública no decrecía, e incluso superaba a la del propio tratado de Versalles.

A consecuencia del rechazo alemán a aceptar los términos y el calendario de los pagos de las reparaciones propuestos por los aliados, estos ocuparon las ciudades de Duisburg, Düsseldorf y Ruhrort en marzo de 1921, acrecentando la indignación de los germanos. Además, la decisión del consejo de la Sociedad de las Naciones, en octubre de 1921, de asignar a Polonia el 40 % de la Alta Silesia, a pesar de que en el referéndum de marzo, la población había expresado su deseo de permanecer en el Reich, acrecentó dicha irritación, que llegó a su punto álgido cuando, en mayo de 1922, se notificó el importe total de las reparaciones requeridas por los aliados: ciento treinta y dos millones de marcos en oro, una cifra exorbitante para la época. Lo único positivo para los vencidos, era que los mecanismos de pago y los plazos (se preveían 42 anualidades) dejaban algún margen para negociar, sin olvidar, que un colapso de la economía alemana derivaría en una coyuntura muy complicada, que en absoluto interesaba a los vencedores.

En posición de debilidad, sin alternativas y confiando en la ayuda del tiempo, el gobierno alemán se decantó por empezar a efectuar los primeros pagos, lo que obligaba a variar su política económica. Se debía contener la inflación y sanear la situación financiera interna. También resultaba necesario mejorar las relaciones con Francia, para poder acceder a nuevas negociaciones y alivios. Pero las cosas no siempre salen como uno las planea, y los círculos industriales, interesados en mantener y acrecentar la competitividad, se opusieron a la nueva severidad fiscal y crediticia. Además, un cambio de poder en Francia, con la caída del gabinete de Briard y el ascenso de Poincaré, les privaron del interlocutor más amistoso. Ante esta situación, en noviembre de 1922, el canciller alemán, tras haber pedido una moratoria de los pagos sin obtenerla, se vio obligado a dimitir. El nuevo gobierno tenía ante sí una situación realmente complicada, con un 1923 decisivo, al agudizarse las crisis existentes, en el que hubo que adoptar medidas y soluciones para lograr la estabilidad.

La base del conflicto se hallaba en la grave situación económica. Cuando en diciembre de 1922, se detectaron retrasos alemanes en los compromisos adquiridos, Francia y Bélgica, movidas por sus propias dificultades financieras, encontraron el pretexto para invadir la cuenca del Ruhr el 11 de enero, pese a la oposición americana e inglesa. Con la resistencia pasiva como única salida, los obreros germanos se declararon en huelga y los funcionarios se negaron a obedecer a las autoridades de ocupación, que endurecieron su política, produciéndose múltiples enfrentamientos. El 13 de marzo de 1923, 13 obreros perdieron la vida en una manifestación y varios miles de ferroviarios fueron expulsados de la zona ocupada. Apenas unos meses más tarde, en agosto, cayó el gobierno alemán, en un momento crucial de desastre político y económico.

El nuevo ejecutivo tuvo que afrontar una situación dramática. Si a principios de 1922 un dólar correspondía a 200 marcos, a mediados de agosto suponía 4 millones, rebasando más tarde la cifra de varios billones. La pérdida del valor del dinero, unida al rápido descenso de la producción y al brutal incremento del paro, confirmaba una Alemania hundida. Sin apenas poder adquisitivo, con una creciente miseria obrera y la pequeña burguesía arruinada, había desaparecido la confianza en las instituciones. Sin embargo, las grandes empresas se beneficiaron de la inflación y pudieron librarse de sus deudas, e incluso algunos industriales lograron enriquecerse aún más, al abrigo de negocios tan oscuros como rentables.

Con el sorpresivo final de la resistencia pasiva a finales de septiembre, se produjo un golpe interno en Baviera, que partía de la proclama de un estado de excepción en su territorio y la investidura de Von Kahr como dictador local. Como respuesta, el ejecutivo nacional declaró igualmente el estado de excepción y confió poderes extraordinarios al ministro de Defensa. La indecisión de emplear la fuerza contra el Estado bávaro generó mucha tensión. En esta situación, se produjo el golpe de Hitler, que aprovechó una reunión pública en una cervecería de Munich, en la que Von Kahr explicaba su política, para tomar al comisario de Baviera y a sus hombres de confianza como rehenes y declarar la constitución de un nuevo Gobierno para todo el Reich bajo su dirección. Todo fue muy rápido y concluyó drásticamente. En la mañana del día siguiente, un desfile nazi acabó con 16 muertos; Hitler, herido, huyó para ser detenido pocos días después, y Baviera volvió a la tranquilidad, al menos aparente. Aunque esta acción parecía suponer el descalabro político del líder nazi, a la postre, se convirtió en el trampolín que lo impulsaría.

Hitler pudo haber sido condenado a muerte por alta traición, pero sin embargo, la sentencia fue únicamente de 5 años de prisión, al argumentar que el acusado había actuado “con un ánimo puramente patriótico y por los motivos más nobles y desinteresados”. Gozó en cautiverio de unas agradables condiciones de vida, además de la admiración de reclusos, guardias y visitas, lo que ayudó a reforzar su imagen y liderazgo. Aprovechó para reflexionar sobre sus errores e idear su estrategia de asalto al poder, así como para escribir el que sería considerado su testamento político, Mein Kampf (Mi lucha). Apenas un año después, el 20 de diciembre de 1924, le fue conmutada la pena y Adolf Hitler salió en libertad.

En 1923 también se sucedieron los conflictos y golpes a la república desde la izquierda, lo que llevó a la prohibición del partido comunista en todo el territorio del Reich a partir del 23 de noviembre. Se vio la necesidad de someter, dividir o debilitar a los partidos de extrema izquierda, con lo que perdieron su influencia en las instituciones. En esos meses de octubre y noviembre la República parecía agonizante, atacada desde la izquierda y la derecha, y soportando crisis que se potenciaban, complementaban y encadenaban.

Sorprendentemente, en el plazo de muy pocos meses, la situación dio un giro radical. El año 1924 se reconstruyeron las finanzas gracias a las medidas tomadas con acuerdo capitalista y el consentimiento de la socialdemocracia, así como con la llegada de capital extranjero, principalmente americano. Se había pasado de gobiernos de centro-izquierda, de base socialdemócrata, a gobiernos de centro-derecha con base burguesa-capitalista. La recuperación económica produjo la pacificación política interna y una nueva era en las relaciones exteriores, que se normalizaron gracias a la interlocución con Briand en Francia y con Chamberlain en Inglaterra. Se abrió un período estable económico, social y político.

A finales de 1923, con el cese de la resistencia pasiva, cuyo coste económico diario resultaba inasumible para el país, y tras controlar los intentos golpistas, que provocaron un giro a la derecha del gobierno, la recuperación y posterior estabilidad parecieron seguras, para lo cual se vio la necesidad de crear una nueva moneda que generase confianza y permitiese el resurgir económico. Con esta base y con la certeza de que a los aliados les interesaba la buena marcha de la economía con vistas al cobro de las reparaciones, la producción alemana hizo progresos rápidos y prodigiosos, se agilizó el comercio y se garantizó la liquidez.

La nueva unidad monetaria abrió una etapa financiera a partir de octubre de 1924. Bajó el paro, que se acotó mediante auxilios económicos y seguros eficaces, subieron los salarios y descendió la conflictividad obrera, haciendo que los años posteriores fuesen prósperos. La vuelta de capitales anteriormente fugados, la ayuda americana en créditos públicos y privados, así como la ordenación más racional en el pago de las reparaciones, ayudó también a la recuperación. No obstante, el país había dado un giro hacia posiciones más conservadoras y no tan lejanas al autoritarismo. La elección de Hindenburg, antiguo jefe del Ejército imperial y monárquico convencido, pese a que quería entrar en el juego constitucional, como presidente de la República en 1925, llevaría a Alemania a un cierto presidencialismo autoritario, y a dotar de mayor poder al ejército, de modo que con la subida de Hitler al poder no hubo más que continuar la obra emprendida.

imperio alemán
Hindenburg

La caída de la bolsa de Nueva York en 1929, supuso el desastre para todos los países capitalistas. Si bien esta crisis se manifestó en Alemania en 1930, aparecieron ya indicios mucho antes, en 1927, que llevaron al colapso del sistema. Comenzaron las crisis agrarias, con su centro en las zonas productoras de centeno, a las que continuaron las industriales y las bancarias, que llevaron a que el desempleo se cuadruplicase desde 1927 a 1929, pero fue la crisis mundial la que precipitó los acontecimientos con la retirada de capitales, el cierre de mercados y la caída de las exportaciones. Ante esta situación, se tomaron medidas deflacionistas (de recorte) para sostener la moneda, pero a costa de generar aún un mayor desempleo, que acabó disparándose. La moratoria de pagos que el presidente americano Hoover decretó en 1931 para los países deudores, tampoco fue la solución.

La dura crisis, con el aumento del paro y la miseria, derivaron en una radicalización sociopolítica hacia la extrema izquierda o hasta posiciones de ultraderecha, haciendo patente el vacío moral de la sociedad alemana y provocando la degradación del parlamentarismo. Ante la situación de debilidad política y parlamentaria, urgía gobernar, y la presidencia cayó en el error de establecer gobiernos sin base parlamentaria, con lo que la vida política se fue desarticulando. El parlamento quedó marginado, anulada la iniciativa política de los partidos, inutilizadas y repetidas las elecciones, es decir, el sistema quedó degradado y fue incapaz de sostener la situación en medio del cansancio y desilusión de las masas, que no se veían representadas por los gobiernos, que obedecían más a intereses y maniobras de grupos de presión. Era el principio del fin.

A finales de 1929 se produjo un cambio de gobierno. Brüning, avalado por los sectores industriales, apoyado por la presidencia de la República y el Ejército, fue nombrado canciller. Su gobierno, adoptó una serie de medidas económicas y políticas en un intento de normalizar la situación, sin la previa autorización del Parlamento. Si se mantuvo en el poder casi durante dos años fue debido a la neutralidad del parlamento, que le dejó hacer, y al interés de la burguesía que lo había promocionado. Fue únicamente la progresiva desintegración económica la que precipitó el final de su mandato.

Con Heidenburg reelegido como presidente en marzo de 1932, si bien el propio Hitler fue el segundo más votado, ratificando el gran ascenso del partido nazi, se constituyó un nuevo gobierno el 2 de junio. Franz Von Papen fue el elegido para ocupar el puesto de canciller del nuevo ejecutivo. Ejerció su mandato de forma autoritaria, sin apoyo del parlamento, y sostenido únicamente por el respaldo presidencial, el del ejército y el de ciertos sectores conservadores. Si bien revocó la prohibición sobre la Sección de Asalto (SA) para satisfacer a los nazis y lograr su apoyo, fue en todo momento un gabinete muy discutido, e incluso considerado ilegal desde algunos sectores. En última instancia, después de dos elecciones para el parlamento, sin que ello reforzase su liderazgo, presentó la dimisión como canciller el 17 de noviembre. Fue reemplazado por Schleicher, que formó gobierno el 3 de diciembre y esperaba formar una amplia coalición de gobierno con los nazis, que habían experimentado un ascenso espectacular en los últimos meses. De hecho, Hitler había solicitado a Hidenburg, el 30 de agosto, ser nombrado canciller como condición para apoyar al gobierno. La negativa de Hindenburg fue clara.

Papen
Papen (izq.) y el general Schleicher (der.)

Ante los infructuosos esfuerzos de Schleicher para obtener un apoyo mayoritario, tanto del parlamento como de otros sectores, para su gobierno, el ex canciller Von Papen y el líder del Partido Nacional del Pueblo de Alemania, Alfred Hungenberg, llegaron a un acuerdo con los nazis para formar una coalición de gobierno con Hitler a la cabeza como canciller, y el propio Von Papen como vicecanciller. Hindenburg que siempre se había mostrado en contra de dar tal cargo a Hitler, e incluso lo había hecho de forma pública, no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer ante la fuerza parlamentaria del partido Nazi, las presiones de los sectores industriales que financian el nazismo con el objetivo de garantizar un Gobierno estable, asegurar nuevos mercados y contener el avance del comunismo; y el apoyo de Von Papen y de la patronal hacia el dirigente nazi. Presionado, sin otra salida, Adolf Hitler fue nombrado para el puesto el 30 de enero de 1933, una decisión que marcaría la historia.

Está claro que la república de Weimar fue un buen intento por establecer un régimen más equitativo y democrático, en el que el pueblo fuese tenido en cuenta, pero los intereses de las clases dirigentes y las circunstancias, dieron al traste con ella. Las diferentes ambiciones, la propia condición humana, dinamitó el sistema. Todos deseaban imponer su criterio, su forma de hacer, torpedeando las iniciativas y decisiones del gobierno, del resto. Nada nuevo. Nada que no suceda hoy día. Aún no hemos aprendido que colaborando se obtienen mejores resultados para todos.

Fueron tres lustros de vitalidad cultural, de liberación de mentes y espíritus, de secularización de la vida cotidiana y de eclosión de la modernidad. Una época de liberación sexual y ascenso de la mujer, que se hizo dueña de sus propias decisiones. Pero también un periodo de gran inestabilidad política, grandes crisis y de duelo por una derrota que lastraría enormemente al país, con decenas de miles de excombatientes mutilados y/o traumatizados, que tuvieron que ser desmovilizados y trataban de buscar una salida en un país roto y arruinado.

Como ya hemos dicho, el nuevo régimen comenzó con el permiso de las clases dirigentes para tener a quien responsabilizar de su fracaso, de sus errores. Se culpó al nuevo gobierno de la derrota, asegurando que la guerra no se había perdido en el campo de batalla. Se afirmó que el ejército había sido traicionado por los civiles en el frente interno, especialmente por los judíos y los socialistas revolucionarios que fomentaron las huelgas y los disturbios laborales, así como por los políticos republicanos que habían derrocado a la monarquía. Al sentimiento de humillación del tratado de Versalles, se le sumó el de traición, fomentado en la difamación y la propaganda. Los líderes del gobierno alemán que habían firmado el Armisticio el 11 de noviembre de 1918, fueron considerados traidores y denominados «criminales de noviembre». Se acuñó y difundió el término: “Puñalada por la espalda”. Era, por tanto, un sistema tolerado, más que aceptado, por buena parte de las elites tradicionales, que minaron desde dentro su legitimidad.

La república era sostenida por apenas tres partidos, que se sucedieron en las distintas coaliciones de gobierno dentro de un parlamento inestable, debido en parte a un sistema electoral proporcional que otorgaba representación a casi todos los partidos. Si bien supieron controlar la amenaza comunista, advertidos por la experiencia soviética, no alcanzaron a anticipar el ascenso de la derecha radical, cuyo discurso se vieron incapaces de contrarrestar. Una estrategia que apelaba directamente al corazón bajo una falsa apariencia revolucionaria, que sublimaba las frustraciones de amplias clases sociales y prometía el resurgir de una nación orgullosa,

La República no sólo luchaba contra los grupos de poder que trataban de hacerse con el control del país, sino también contra las circunstancias. La inestabilidad económica de la primera mitad de los años veinte, y el impacto posterior de la Gran Depresión de 1929, se sumaron a las miopes exigencias de reparaciones económicas por parte de los vencedores de la Gran Guerra, uno de los elementos de propaganda más poderosos de la derecha radical y que era invocado también a menudo por otros partidos.

Fue finalmente Adolf Hitler, el partido Nacionalsocialista, el que supo aprovechar las crisis políticas, sociales y económicas que habían minado la legitimidad del sistema democrático y el ánimo de amplios sectores de población. Bajo su discurso populista, supo esconder su auténtico propósito, que iba más allá de los anhelos de restauración de la grandeza alemana y la superación de la Gran Depresión que habían llevado a muchos votantes a confiar circunstancialmente en los nazis en 1932.

Lo verdaderamente llamativo es que Hitler no necesitó impugnar la constitución para alcanzar el poder. Supo valerse de la deriva autoritaria desde el parlamento hacia la presidencia de los últimos años, para pasar de un sistema democrático con una buena constitución, a una dictadura en la que la misma carta magna seguía vigente. Es decir, la constitución no pudo garantizar la democracia. Una lección que debemos aprender, ya que las leyes se interpretan, y aun disponiendo de una buena constitución, esta puede ser respetada al mismo tiempo que se ataca el régimen que la sustenta.

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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